No me quites la inocencia Chapter 28 #2
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Chapter 28 #2

—¿Café solo, señorita Reed? —Su voz es un barítono áspero que vibra en mi nuca—. Tan amargo como su mirada hoy.

Me quedo paralizada con la taza en la mano. Siento el calor de su cuerpo irradiando a través de mi camisa. Él se inclina para coger un sobre de azúcar, y su brazo roza el mío de forma deliberada. La descarga eléctrica es tan fuerte que casi suelto la taza.

—Puedo manejar la amargura de mi café, señor Black —respondo, tratando de que mi voz suene profesional.

—¿Y puede manejar lo que viene después? —murmura él.

—No sé a qué se refiere.

En lugar de alejarse con su azúcar, se acerca un centímetro más. Ahora está prácticamente bloqueando mi perfil.

—A mí.

En ese agónico y paralizante segundo, Nathan entra en la sala. Asher, con una agilidad, da un paso atrás justo a tiempo, recomponiendo su postura a una distancia perfectamente educada y profesional.

—¡Asher! ¡Ya estás aquí! —exclama Nathan, acercándose con una sonrisa deslumbrante.

Llega hasta donde estoy, pasa un brazo cálido y confiado alrededor de mis hombros y me da un beso en los labios justo frente a Asher.

Cierro los ojos y, en un arrebato de desesperación por borrar la presencia de Asher, le devuelvo el beso a Nathan con una intensidad inusual y hambrienta.

Le rodeo el cuello con los brazos y lo atraigo hacia mí, ignorando que estamos en la oficina.

Necesito sentir a Nathan para no desaparecer en el abismo que Asher ha abierto bajo mis pies.

Cuando nos separamos, Nathan me mira sorprendido pero encantado. Yo, sin embargo, desvío la vista de reojo hacia Asher.

Él está apoyado contra el mostrador, sosteniendo su taza, observándonos con una sonrisa ladeada y divertida. Sus pupilas dilatadas recorren mis labios, todavía húmedos por el beso de Nathan, y luego bajan hacia mi cuello.

—Qué conmovedor, Brooks —dice Asher con veneno en la voz—. Pero te recuerdo que tenemos una junta directiva en diez minutos sobre la adquisición de ese terreno en Malibú. No querrás que tu asociada se distraiga con... romanticismos en horario laboral.

El resto de la semana se convierte en un asedio táctico, silencioso y brutal.

La tensión en la oficina es una cuerda de violín estirada a punto de romperse en mil pedazos.

Asher no me deja respirar. Es una sombra constante.

Cada vez que salgo de un despacho, él está apoyado en el pasillo, mirando su móvil pero registrando cada uno de mis movimientos.

Cada vez que levanto la vista en una junta directiva, sus ojos están clavados en mí.

Llega el miércoles. Estoy en la sala de archivos físicos en el fondo del piso, buscando una documentación antigua sobre permisos de construcción.

El sonido del aire acondicionado es un zumbido monótono que me aísla del mundo.

De repente, la pesada puerta se cierra. El clic metálico del seguro resuena en mis oídos como el percutor de un arma de fuego.

Me giro de golpe, con el corazón saltándome a la garganta.

Asher está apoyado de espaldas contra la puerta cerrada.

No tiene puesta su americana. Lleva únicamente la camisa blanca impecable, con el botón del cuello desabrochado.

Las mangas están arremangadas de forma descuidada hasta los codos, exhibiendo la tinta oscura, caótica y violenta de los tatuajes que serpentean por sus gruesos antebrazos.

La fría luz de la sala hace que su presencia sea más cruda, más física y aterradora.

—Señor Black. Esto es altamente inapropiado. Destrabe la puerta ahora mismo —digo. Intento mantener mi máscara de hielo, levantando la barbilla, pero mis manos tiemblan visiblemente sobre la pesada carpeta que sostengo contra mi pecho.

Él no dice absolutamente nada. Simplemente empuja su cuerpo lejos de la puerta y camina hacia mí con ese paso lento, rítmico y cazador. Retrocedo por puro instinto hasta que mi espalda choca contra los fríos archivadores metálicos. Me ha acorralado en el rincón ciego de la sala.

Asher llega hasta mí. Levanta ambos brazos y apoya las palmas abiertas contra el acero de los archivadores, una a cada lado de mi cabeza, encerrándome en una jaula asfixiante formada por el calor ardiente de sus brazos tatuados.

Se inclina hacia delante hasta que su frente casi roza la mía.

Puedo ver los diminutos destellos dorados en el marrón verdoso de sus ojos.

—¿Sabes qué estaba pensando mientras veía cómo te aferrabas al cuello de tu prometido el otro día en la cafetería?

—su voz es un susurro oscuro, rasposo y peligroso que me eriza cada milímetro de piel—.

Pensaba en lo mucho que te esfuerzas, en lo desesperada que estás por fingir que no sientes absolutamente nada cuando paso a tu lado.

—Yo no finjo nada. Lo que veo en usted cuando lo miro es indiferencia. ¿Qué podría sentir por usted? No le conozco y no me interesa conocerle —miento, con el corazón golpeándome las costillas con tanta violencia que temo que él pueda escucharlo.

—Mientes —sisea él.

Sin apartar los ojos de los míos, baja una de sus manos y la desliza por mi abdomen.

El movimiento es lento, calculador y extremadamente preciso, acariciando la curva de mi cintura por encima de la suave seda de mi blusa.

El toque es fuego puro, un ácido que me quema y me revive al mismo tiempo.

Un estremecimiento violento, incontrolable y profundamente humillante me sacude entera, desde la nuca hasta la punta de los pies.

—Mírate... estás temblando, Emily... —ronronea, observando con una satisfacción oscura cómo mis pupilas se dilatan—. Si acortara este último centímetro que nos separa y te rozara los labios ahora mismo... ¿saldrías corriendo o te quedarías callada para ver hasta dónde soy capaz de llegar?

El aire abandona mis pulmones por completo. La mente me grita a pleno pulmón « empújalo, grita, vete », pero mis pies están clavados al suelo. Mi cuerpo entero es un traidor.

—Tengo un prometido —logro articular, mi voz reducida a un hilo patético—. Aleja tus manos de mí.

Asher suelta una carcajada seca, áspera, sin una sola pizca de gracia en ella. Se acerca aún más, girando la cabeza para rozar mi lóbulo con sus labios calientes.

—El hecho de que tengas un prometido no hace que deje de mirarte de otra forma. Así que, ¿qué te hace pensar que un anillo barato me va a impedir tenerte en cuanto yo lo decida?

La crudeza de su afirmación enciende una chispa de mi antigua rabia. Agarro sus muñecas, intentando apartar sus manos de mi cintura, aunque mi fuerza es ridícula comparada con la suya.

—Puede que el anillo no te detenga a ti, pero a mí sí —respondo, recuperando un ápice de dignidad, mirándolo con fuego verde—. ¿Y dónde queda tu ética moral, Asher? ¿En querer acostarte con la futura esposa de tu socio?

Él se separa apenas unos centímetros, mirándome con una intensidad letal que me hace querer derretirme en un charco en el suelo. Sube la mano y me coge la barbilla con dos dedos, aplicando la presión justa para obligarme a mantener el contacto visual.

—No tengo de eso. Nunca tuve. Y cuando me propongo algo, lo obtengo.

La bofetada psicológica de sus palabras me deja paralizada. Me suelta de golpe, como si quemara, quita el seguro de la puerta con un movimiento fluido y sale al pasillo sin mirar atrás ni una sola vez.

Me quedo completamente sola en el archivo helado.

El sabor metálico del pánico y de la bilis se asienta en mi lengua.

Me escurro por la superficie de los archivadores metálicos, las rodillas cediendo por fin, hasta caer sentada de golpe en el suelo de linóleo.

Me abrazo las piernas, apretando la carpeta inútil contra mi pecho, boqueando como un pez fuera del agua, intentando desesperadamente recordar cómo demonios funciona el mecanismo de respirar.

Al final de la tarde, Nathan entra en la oficina de Asher mientras yo estoy allí terminando de organizar unos archivos. Nathan parece eufórico, relajado.

—¡Asher! Emily y yo hemos pensado que ya es hora de celebrar tu llegada a Los Ángeles como es debido —dice Nathan, rodeándome la cintura con el brazo—. Queremos invitarte a cenar a nuestra casa en Santa Mónica el viernes por la noche. Nada de oficinas ni de contratos, solo una cena tranquila.

Asher levanta la vista de su escritorio. Por un segundo, sus ojos chocan con los míos y veo un brillo de malicia pura.

—Me parece una propuesta excelente, Brooks —responde Asher con voz aterciopelada—. Pero me temo que tendré que ir acompañado. No querría dejar a mi pareja sola en su primera semana aquí.

Nathan parpadea, sorprendido.

—¿Oh? ¿Tienes novia, Asher? —pregunta Nathan con curiosidad genuina—. No sabía que habías traído a alguien contigo. ¿Novia o prometida?

Asher se reclina en su silla, observándome fijamente mientras responde.

—Novia —dice, saboreando la palabra—. Su nombre es Kate. Y creo... estoy absolutamente convencido, de que se llevará extraordinariamente bien con la señorita Reed.

—Fantástico —exclama Nathan, totalmente ajeno a la tensión que está a punto de hacerme explotar—. Entonces, os esperamos a los dos el viernes a las ocho.

Nathan se despide de Asher con un gesto amistoso de la mano. Yo me quedo petrificada. Asher me dedica una última sonrisa ladeada antes de volver a sus papeles.

—Hasta el viernes... Emily.

Salgo del edificio con Nathan, sintiendo que el aire de California se ha vuelto absolutamente irrespirable. La tormenta no se acerca; ya está aquí.

Y mi prometido ha invitado al rayo a entrar en nuestra propia casa.