No me quites la inocencia Chapter 28
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Chapter 28

E l tintineo del cristal contra el cristal me taladra los oídos. Es un sonido agudo, festivo, que choca violentamente contra la campana de silencio ensordecedor y espeso en la que me encuentro sumergida desde que salimos de aquella sala de juntas.

Estamos en la cabina de primera clase del vuelo de vuelta a Los Ángeles.

El aire aquí arriba es excesivamente seco y huele a una mezcla de cuero nuevo, comida gourmet recalentada y el aroma floral artificial del perfume de las azafatas.

Nathan está sentado a mi lado, rebosante de una energía que me resulta casi insoportable de presenciar.

Su rostro está encendido, sus ojos azules brillan con la chispa del triunfo absoluto y sostiene una copa de champan Dom Pérignon como si fuera el santo grial que acaba de conquistar.

—¡Es increíble, Emily! ¡Simplemente increíble!

—exclama, y su voz suena extrañamente amortiguada, distorsionada, como si me hablara desde el fondo de un pozo—.

¿Tienes idea de lo que esto significa? Mil quinientos millones de dólares en activos.

Sterling sobreviviré a ser su abogada.

Cuando llegamos a nuestra suite en el hotel para pasar la última noche antes de volar devuelta a casa, el silencio de la habitación me golpea.

Es una estancia opulenta, con alfombras que amortiguan cada paso y un inmenso ventanal que muestra las luces de Manhattan como joyas esparcidas en la oscuridad.

Nathan me rodea por la cintura desde atrás. Su aroma a sándalo y vainilla me envuelve, intentando expulsar el rastro de perfume almizclado y tabaco que parece haberse quedado pegado a mis poros, infiltrándose en mi torrente sanguíneo.

—Estás muy tensa, Emily —murmura en mi oído. Sus labios son suaves, seguros, predecibles—. Deja que te cuide. Solo somos nosotros dos. Nueva York ya ha terminado.

Me gira con delicadeza por los hombros. Sus manos son expertas, amables, mientras desabrochan lentamente los botones de mi chaqueta.

No hay prisa en sus movimientos. Nathan me trata como si fuera una figura de cristal soplado, con una reverencia y un respeto que a veces me hace sentir protegida y amada, y que otras veces, maldita sea, me hace querer gritar de frustración por su falta de fuego.

Me besa en la frente, luego en la punta de la nariz. Sus labios encuentran los míos en un beso que sabe a ternura, a promesa eterna, a estabilidad . Es un beso lento, de esos que construyen hogares. Nos movemos hacia la cama de sábanas de seda blanca.

Hacemos el amor de una forma pausada, romántica.

Nathan deshace el resto de mi ropa con una reverencia casi sagrada, dejando que la tela caiga al suelo antes de recostarme suavemente sobre el colchón.

Se toma su tiempo para adorar cada centímetro de mi piel desnuda.

Su boca desciende por mi cuello, trazando un camino de besos húmedos por mi clavícula hasta llegar a mis pechos.

Toma uno de mis pezones entre sus labios, saboreándolo con una lentitud que me arranca un gemido suave, acariciando el otro con la yema del pulgar.

Sus manos bajan acariciando la curva de mi vientre hasta llegar a mi intimidad, separando mis muslos con suavidad. Sus dedos encuentran mi centro ya húmedo, deslizándose por mis pliegues con una delicadeza extrema. Empieza a masajear mi clítoris con movimientos circulares y constantes.

Cuando finalmente se posiciona entre mis piernas y entra en mí, lo hace despacio.

Me llena por completo con un empuje largo, profundo y cuidadoso, entrelazando sus dedos con los míos sobre las sábanas.

Es dulce, es rítmico. Sus caderas chocan contra las mías con una constancia devota, retirándose casi por completo para volver a hundirse en mi interior, piel contra piel, fundiéndose conmigo en una fricción húmeda y cálida.

Pero, a pesar de lo perfecto que es, mi mente se disocia por completo.

Cierro los ojos con fuerza, aferrándome a sus hombros morenos hasta clavarme las uñas en las palmas, obligándome a estar allí.

Me obligo a sentir el peso reconfortante de su cuerpo sobre el mío, el roce de su pecho desnudo y sudoroso contra mis pechos, obligándome a no imaginar otras manos más grandes, más ásperas, cubiertas de anillos de plata, agarrándome por la cintura con hambre asesina.

La tensión se acumula en mi bajo vientre bajo los embates constantes de Nathan, hasta que finalmente rompe en un orgasmo suave, seguro y predecible que me hace arquear la espalda, justo en el instante en que él hunde sus caderas una última vez en lo más profundo de mi sexo.

—Te amo, Emily —susurra Nathan contra mi cuello, vaciándose dentro de mí con un gemido sordo y tembloroso, abrazándome con todas sus fuerzas.

—Yo también te amo —respondo, jadeando por el esfuerzo físico, pero mi propia voz me suena a una mentira asquerosa y hueca en medio del silencio.

Es una noche perfecta de amor. Pero horas más tarde, mientras Nathan duerme profundamente a mi lado, ajeno al huracán, yo me quedo mirando el techo decorado, sintiendo un vacío abismal en mi pecho que me impide respirar. Una verdad absoluta y dolorosa se instala en mi mente, pesada como una lápida:

Si Nathan es el que me hace sentir mariposas en el estómago, Asher las quemó todas hoy con un solo apretón de manos.

Dos meses después.

El sol de Los Ángeles entra con una violencia cegadora a través de los ventanales panorámicos de la nueva sede de Black Real Estate en el exclusivo barrio de Century City. El edificio huele a pintura fresca, a madera barnizada y a muebles nuevos.

Me he preparado para este día durante ocho semanas, como si fuera a un juicio por asesinato en el que yo soy la principal acusada.

He ido a terapia el doble de veces, mintiéndole a mi psicóloga sobre por qué mis niveles de ansiedad se habían disparado.

Y, como si mi cuerpo buscara castigarse por los recuerdos, he fumado más de lo normal.

El sabor áspero del humo arañándome la garganta se ha convertido en mi única anestesia.

He consumido cajetillas enteras a escondidas en el balcón de nuestro apartamento, tiritando de frío, obligándome después a frotar la yema de mis dedos con jabón y limón puro para que Nathan no detectara el olor a alquitrán, nicotina y desesperación que me impregna los poros.

He practicado mi "cara de abogada intocable" frente al espejo del baño hasta que el verde de mis ojos se ha vuelto opaco, gélido y muerto. Creo que tengo la situación controlada.

Creo que mi armadura resistirá el impacto.

Camino por el pasillo hacia la zona de la cafetería de la planta noble. Llevo una falda de tubo negra y una camisa blanca, abotonada hasta arriba. El repiqueteo de mis tacones sobre el suelo pulido suena como un latido ansioso.

Me detengo frente a la sofisticada máquina de café. El vapor sube, llenando el aire con el olor amargo y reconfortante del grano tostado. Estoy sola. O eso creo.

De repente, el aire se vuelve pesado. No necesito girarme para saber que é l está aquí. El aroma a tabaco y almizcle oscuro inunda mis sentidos antes de que oiga su voz. Asher aparece de la nada a mi lado, demasiado cerca. No respeta mi espacio personal; lo invade. Lo contamina.