Chapter 27 #3
—Exijo dedicación exclusiva y absoluta a mis intereses —continúo, marcando cada sílaba con frialdad implacable—.
No quiero tratar con asociados junior, ni con subordinados asustadizos.
Cuando yo llame, a las tres de la puta madrugada de un domingo si es necesario, quiero que las personas al otro lado de la línea sean las que tienen mi contrato grabado a fuego en el cerebro.
Y quiero que esos dos únicos enlaces principales con mi empresa sean ustedes dos. Sin intermediarios.
Brooks levanta la cabeza de golpe, sorprendido, halagado por la importancia de la petición.
—¿Nosotros dos en exclusiva? —pregunta Brooks, procesando los números y el volumen de trabajo demencial que eso implica—. Señor Black, manejamos carteras titánicas actualmente, nuestros otros clientes...
—Usted tiene los contactos políticos y ella es implacable cerrando tratos.
He leído los informes de la torre Harbour —lo corto en seco, sin dejarle respirar—.
Ustedes dos. Trabajando mano a mano conmigo, a diario.
Si quieren cobrar este contrato millonario, estarán a mi entera disposición veinticuatro horas al día, siete días a la semana.
Tómenlo ahora mismo, o déjenlo y buscaré a otro bufete en la siguiente calle.
Se hace el silencio. El aire acondicionado parece sonar más fuerte.
Sé que Brooks no va a rechazar mil quinientos millones de dólares.
Es matemáticamente imposible para un capitalista.
Y exigirles que trabajen los dos juntos es mi jugada maestra.
Así tengo a la intrigante señorita Reed cerca, atada a mis horarios y a mis caprichos, sin que su prometido sospeche que es un interés puramente personal.
Miro a Emily. Sus ojos chocan con los míos.
El asombro ha dado paso a una tormenta eléctrica.
Está enfadada. Hay una rabia fría contenida en sus pupilas.
Está buenísima cuando frunce el ceño. Ese aire de "mujer intocable de hielo" solo hace que quiera verla derretirse lentamente, gota a gota, bajo la presión de mi mando.
Está a punto de abrir la boca para objetar.
Pero antes de que ella probablemente rechaze mi propuesta, su prometido contesta.
—Aceptamos la condición, señor Black —dice Brooks, con una estúpida sonrisa de satisfacción codiciosa que le parte la cara. Cierra la carpeta con un golpe sordo—. Será un honor.
—¡Nathan! —susurra Emily, girando la cabeza hacia él de forma brusca, rompiendo por fin su postura perfecta.
—Es una oportunidad única, cariño —le dice él en voz baja—. Estás más que preparada para esto.
La veo rendirse internamente y me levanto lentamente de mi asiento.
—Excelente y acertada decisión, señor Brooks —digo, con una amabilidad gélida—. Mi equipo les enviará el borrador del contrato final esta tarde al hotel para que ustedes dos empiecen a desglosarlo de inmediato. No quiero retrasos.
Doy la vuelta a la enorme mesa de roble y camino hasta detenerme justo detrás de sus sillas. El olor del perfume de ella, sutil, elegante, algo floral, inunda mis pulmones. Es un olor que se clava en mis sinapsis como una aguja ardiente.
—Bienvenidos a Black Real Estate —murmuro.
Dirijo mi voz ronca hacia el espacio que hay entre ambos, pero mis ojos se clavan fijamente en el delicado perfil pálido de Emily, admirando la curva de sus largas pestañas temblorosas—.
Estoy ansioso por empezar a trabajar... muy estrechamente con ustedes en California.
Me enderezo de golpe, le doy un último apretón de manos rápido a Brooks, que sigue hipnotizado por el futuro engrosamiento de su cuenta bancaria, y camino con paso firme hacia la puerta de salida.
Mientras agarro el frío picaporte metálico para abandonar la sala y dejarlos solos con su nueva realidad, siento la mirada de Emily clavada exactamente en el centro de mi espalda. Es una mirada física, intensa que casi puedo tocar.
Sonrío abiertamente para mis adentros, mostrando los dientes en la soledad del pasillo de mármol.
He venido hoy a esta sala buscando cerrar una aburrida expansión de territorio, pero me llevo un juguete inmensamente mejor.
Una mujer de hielo, sofisticada, estricta y mortalmente aburrida en su perfección comprometida.
Una mujer que me mira como si yo fuera lo más aterrador y destructivo que ha visto en toda su ordenada vida.
Oh, joder, voy a disfrutar muchísimo de esto.
Voy a arrancar, pieza a pieza, esa máscara de abogada intocable que lleva pegada a la piel. Y no me importa una soberana mierda su brillante anillo de compromiso.
Lo que yo quiero, yo lo tomo. Siempre.
California va a ser un patio de recreo jodidamente divertido.
Me he arrancado el puto traje a medida nada más llegar a casa. Ahora, con mis vaqueros desgastados, una camiseta negra y la chaqueta de cuero, por fin puedo volver a respirar.
He llevado el imperio de mi padre muy alto. He aprendido a moverme en este mundo y a devorar a mis rivales. Pero hay cosas que siguen intactas. Mi pasión por mi moto y por las carreras.
Llego al punto de encuentro en los polígonos industriales a las afueras de Queens.
El aire ya apesta a goma quemada, tabaco, gasolina y adrenalina.
La Yamaha YZF-R1 ruge bajo mis muslos. Negra.
Agresiva. Un misil balístico de doscientos caballos de fuerza, impaciente por destrozar la noche.
El ronroneo ensordecedor del motor vibra a través del chasis, colándose directamente en mi caja torácica, pero mi mente está a años luz de las calles de Nueva York.
Esa abogada. Emily Reed.
Aprieto el manillar, esbozando una sonrisa torcida bajo el casco.
No me había sacudido esa imagen de la cabeza desde la reunión.
Me había llamado la atención esa fachada de hielo y arrogancia que llevaba puesta, y de repente, me apetecía destrozarla.
Verla perder el control. Me importa una jodida mierda que fuera la prometida de uno de los socios.
Si algo me llama la atención, voy a por ello, arrasando con lo que haga falta. Y ella acaba de entrar en mi radar.
Avanzo hasta la línea de salida improvisada.
A mi lado, un capullo con una Kawasaki Ninja acelera el motor, buscando intimidar.
Scott Wilson. Lo ignoro y bajo la visera de mi casco oscuro.
En el centro del asfalto agrietado, una chica en corsé de cuero levanta ambos brazos hacia el cielo gris.
Una fracción de segundo de agonía. Y los deja caer.
El puto mundo explota.
Salgo disparado, la rueda delantera de la Yamaha levantándose apenas del asfalto antes de que la obligara a morder el suelo de nuevo.
Primera, segunda, tercera marcha. El engranaje de la caja de cambios es un disparo metálico bajo mi pie.
El viento se convierte en un bloque sólido de hielo que intenta arrancarme la cabeza de los hombros, pero yo me fundo con la moto, retorciendo el puño derecho al límite de su recorrido.
A ciento ochenta kilómetros por hora, la ciudad es solo un borrón de luces distorsionadas.
Scott se me pega en la primera curva cerrada.
Quiere jugársela. Inclino la Yamaha hacia el asfalto hasta que mi rodilla roza el suelo, haciendo saltar chispas en la noche.
El motor grita a catorce mil revoluciones.
Él intenta cerrarme el paso por el interior, bloqueándome contra la barrera de hormigón.
Un movimiento en falso y acabaríamos los dos destrozados contra el muro.
Pero yo no tengo miedo a morir. Nunca lo he tenido.
Acelero a fondo en la fracción de segundo que duda, pasando a escasos centímetros del cemento. El espejo izquierdo roza el muro, pero logro colarme. Lo dejo atrás, tragando mi polvo y mi humo. En la última recta, empujo la moto más allá del límite, dejando que la adrenalina borre todo lo demás.
Cruzo la línea de meta rompiendo el viento y freno de golpe, derrapando y dejando una gruesa marca de neumático quemado sobre el asfalto. Me quito el casco de un tirón, respirando con fuerza, empapado en sudor.
El eco roto del megáfono del organizador lucha por abrirse paso entre el rugido bestial de la masa humana agolpada en las aceras.
—¡El rey indiscutible de la calle! ¡Por décima puta vez consecutiva... ASHER BLACK!
La gente aulla mi nombre, pero apenas los escucho. La adrenalina aún me zumba en los oídos cuando veo acercarse a Kate entre el tumulto. Lleva unos pantalones de cuero ajustadísimos y una sonrisa depredadora en los labios pintados de rojo.
Sin decir una sola palabra, se aferra a mi cuello y me planta un beso.
Es un beso agresivo, exigente, saboreando el peligro y la victoria que yo acabo de conseguir frente a todos.
Le devuelvo el beso por pura inercia, agarrándola por la cintura.
Kate es fuego, es fácil y directa. Pero mientras su lengua se enreda con la mía, una imagen fría y verde cruzó mi mente.
Iba a ser jodidamente divertido romperle los esquemas a Emily Reed.