Chapter 27 #2
Hace diez años, yo no era este hombre trajeado.
Mi vida, a mis diecinueve, se resumía en una espiral decadente de carreras ilegales de motos en polígonos industriales, alcohol, peleas a puñetazo limpio para descargar la adrenalina y un humo denso de marihuana que me mantenía constantemente adormecido.
Era un niñato con demasiado dinero, demasiada furia reprimida y ninguna puta dirección en la vida.
Flotaba en una burbuja de rabia adolescente.
Pero mi padre, el gran magnate de Black, se hartó.
Un día decidió que el juego del chico rebelde que destrozaba coches de lujo y gastar dinero a lo loco, había terminado.
Me sacó de aquella mierda de vida y me metió a la fuerza en las entrañas de este mismo rascacielos.
Me obligó a trabajar. Me dio un ultimátum: o me ponía el puto traje y aprendía a devorar, o me desheredaba y me dejaba tirado en la calle sin un puto centavo.
Me odié a mí mismo y a él los primeros meses. Odiaba los números, las corbatas que me asfixiaban y las reuniones interminables. Pero entonces, un día, gané mi primera negociación hostil. Y descubrí algo que me colocaba muchísimo más que cualquier hierba o raya de cocaína: el poder absoluto.
Descubrí que los negocios de alto nivel eran exactamente igual que las peleas callejeras que yo frecuentaba, pero con más ceros en la cuenta bancaria y menos sangre salpicando los nudillos.
Me volví un tiburón implacable. En estos diez años, destrocé a la competencia sin compasión.
Humillé a hombres que me subestimaban por mi juventud y mi actitud prepotente.
Levanté la empresa de mi padre, multiplicando sus ganancias y convirtiéndonos en un monopolio intocable.
Dejé los porros. Nublaban el cerebro, te volvían lento y complaciente, y yo necesitaba mi mente afilada como un puto bisturí cada maldito segundo del día. Lo único que no pude, o no quise dejar, fue el tabaco. Esa nicotina amarga quemándome la garganta era mi cable a tierra.
¿Y las mujeres? Dios, se volvieron un pasatiempo tan monótono como respirar.
Después de dejar a esa cría absurda que empezaba a darme dolor de cabeza con sus estúpidos traumas infantiles y su llanto constante hace años, me volqué de lleno en el trabajo y con mujeres de verdad.
Mujeres que estaban buenísimas, que tenían cuerpos de infarto operados o esculpidos en el gimnasio, y que sabían perfectamente lo que hacían entre las sábanas.
Sin pedir absolutamente nada a cambio. Sin apegos emocionales absurdos.
Sin promesas de amor eterno que a mí me daban náuseas.
Solo sexo sucio, rápido y complaciente. Hubo cientos a lo largo de estos años.
Modelos de lencería, herederas de hoteles, actrices buscando patrocinadores.
Zoe, aquella chica de mi juventud, fue solo una pieza más de carne en un buffet interminable que olvidé al día siguiente de habérmela tirado.
Aunque estaba a mi alcance cada vez que necesitaba vaciarme.
Claro que, con el éxito desmesurado y los millones de dólares, vinieron las asfixiantes presiones sociales y corporativas.
Mi padre, siempre obsesionado con la maldita imagen pública y la caída de las acciones por escándalos de faldas, me exigió sentar la cabeza.
Quería verme en las revistas de negocios como un hombre estable, no como un playboy empedernido.
Por eso, ahora tengo a Kate.
Si es que a esa farsa mediática se le puede llamar una "relación".
Kate tiene veintisiete años, es la hija caprichosa de uno de nuestros socios mayoritarios en Europa, y está buena hasta decir basta.
Es una rubia de metro setenta, piernas kilométricas, curvas en los lugares exactos y una sonrisa de anuncio dental.
¿La quiero? Ni por asomo. Me aburre mortalmente escucharla hablar de sus viajes a Milán y de sus perros de raza.
El problema es que ella sí se ha enamorado de mí.
Empezó como un acuerdo tácito: yo necesitaba una cara bonita y respetable para las galas benéficas de la empresa, y ella quería mi tarjeta negra ilimitada y salir en las portadas de Vogue agarrada del brazo del CEO más codiciado de Nueva York.
Pero con el tiempo, la muy idiota cruzó la línea y mezcló los sentimientos.
Sé perfectamente que me quiere. Y por eso sé que, haga lo que haga, por muchas veces que le sea infiel y la trate con frialdad a puerta cerrada, no me va a dejar.
Nunca se irá. Está enganchada a la estúpida ilusión de que algún día logrará cambiarme y seré el príncipe azul que su padre le prometió.
Pobre ilusa .
Pero me resulta condenadamente útil. Su amor ciego y sumiso me garantiza una lealtad absoluta y un control total sobre ella sin tener que esforzarme lo más mínimo. Es un trato cómodo y perfecto para mí.
Pero ahora... ahora miro a la señorita Emily Reed, rígidamente sentada al otro lado de mi mesa, y el aburrimiento crónico que me produce Kate se evapora como el agua en el desierto.
—Como puede ver en los informes detallados, señor Black —está cacareando Brooks, señalando con su bolígrafo una serie de gráficos de barras en el dosier—, nuestra firma en Los Ángeles tiene un dominio absoluto sobre la zonificación comercial y los permisos de construcción en las áreas metropolitanas de expansión que usted busca.
Desde Santa Mónica hasta el centro. Conocemos a los jueces, a los concejales de urbanismo y. ..
—Lo sé. Por eso los he llamado —lo interrumpo de golpe, cortando su monólogo de ventas. Mi voz suena seca, aburrida—. No me interesa lo que ya han hecho en el pasado con otras empresas, Brooks. Me interesa lo que están dispuestos a hacer por mí, ahora.
Me inclino hacia delante, apoyando los codos sobre el roble frío de la mesa y entrelazando mis dedos. Mantengo mis ojos clavados deliberadamente en Emily.
Ella sigue rígidamente sentada, con la espalda más recta que una tabla de planchar, las manos perfectamente cruzadas sobre su regazo.
A lo largo de la reunión, apenas ha hablado.
Solo respira. Pero su mirada verde, gélida y afilada está clavada en mí con ese asombro persistente y mudo, como si no pudiera creer que respiro el mismo oxígeno que ella.
Me encanta que me mire así. Me encanta cómo sus labios rojos se aprietan en una fina línea de tensión.
—Su plan de expansión es... muy agresivo, señor Black —habla ella de repente.
Su voz corta el silencio de la sala. Es una melodía fría y educada. Me recorre la espina dorsal un escalofrío de puro morbo inesperado. Está tan condenadamente buena, que me enerva.
—Me gusta ser agresivo, señorita Reed —contesto, clavando mis ojos en su boca, viendo cómo traga saliva de nuevo antes de que mis ojos regresen a sus pupilas desafiantes—.
En los negocios, en los tribunales... y en la vida.
Si no devoras tú primero a la competencia, te devoran a ti.
Supongo que una abogada de su supuesto calibre entiende a la perfección la ley de la selva.
O eres el depredador, o eres la puta presa. No hay término medio.
Brooks tose levemente, incómodo por el cambio de tono en la conversación, tratando de recuperar el aire profesional y proteger a su mujercita de mis garras retóricas.
—Absolutamente. Sterling & Brooks cuenta con un equipo de litigantes de primera línea, listos para...
Lo ignoro de nuevo. Me recuesto en mi silla de cuero, sintiéndome el dueño absoluto del mundo. Es hora de lanzar la maldita bomba atómica, la oferta que los pondrá de rodillas.
—Les voy a ser muy claro, así no perdemos el tiempo de ninguno.
Voy a inyectar mil quinientos millones de dólares en propiedades comerciales en Los Ángeles durante los próximos tres años.
Voy a cambiar el horizonte de la ciudad.
Y necesito un bufete de abogados que no duerma, que no haga preguntas éticas estúpidas y que ejecute mis órdenes sin parpadear.
Agarro una carpeta negra de cuero de alta calidad que descansa a mi derecha y la deslizo por la larga mesa pulida hasta que se detiene suavemente frente a ellos.
—Esa es mi oferta económica inicial para el contrato de retención exclusiva.
Brooks abre la carpeta con manos ligeramente temblorosas. Sus ojos se abren de par en par, casi cómicamente, al leer los ceros. La cifra es obscena. Grotesca. Es una oferta imposible de rechazar para un bufete que quiere jugar en las grandes ligas mundiales.
—Esto es... esto es sumamente generoso, señor Black —tartamudea Brooks. Su pulso ha cedido ante la pura y dura avaricia.
—No es generosidad, Brooks. Es el precio de compra —replico con una sonrisa oscura—. Porque, evidentemente, esta cifra trae collares atados al cuello. Las condiciones no son negociables.
Emily se tensa visiblemente a su lado. La veo tragar saliva otra vez. Ese movimiento casi imperceptible en su garganta, justo encima del casto cuello de su blusa, es jodidamente hipnótico. Quiero rodearle el cuello con mis manos solo para sentir cómo traga.
—¿Condiciones? —pregunta ella. Su voz suena aún más tensa, como una cuerda de violín a punto de reventar.
—Sí, señorita Reed. Condiciones. —Me giro para mirarlos a ambos, repartiendo mi dominio en partes iguales—.
En un par de meses, me trasladaré a Los Ángeles temporalmente.
Black abrirá una nueva sede gigantesca allí, y yo mismo supervisaré este proyecto desde los cimientos. No confío en gerentes de pacotilla.
Se queda blanca. Es un cambio drástico. Sus ojos verdes se abren aún más, perdiendo el brillo gélido para llenarse de una sombra que se asemeja peligrosamente al terror.
Se aferra a los reposabrazos de su silla con tanta fuerza que sus nudillos blancos contrastan con el cuero negro.
El asombro en su rostro ahora es pánico puro ante la perspectiva de tenerme cerca.
¿Miedo a no estar a la altura? ¿Miedo a mi exigencia? No lo sé, pero me excita.