Chapter 27
E l poder tiene un olor específico, inconfundible y embriagador.
No huele a billetes recién impresos ni a colonias de diseñador, aunque esas cosas siempre lo acompañan como un maldito séquito.
El verdadero poder huele a la tensión estática que irradias en los demás cuando entras en una habitación.
Huele a sudor frío oculto bajo trajes caros, a respiraciones contenidas, a adrenalina silenciada y a miedo puro disfrazado de respeto.
Y a mí me vuelve loco ese puto olor. Es mi puta droga diaria. Lo respiro cada mañana cuando cruzo las puertas de cristal del rascacielos de Black Real Estate.
Son las nueve y un minuto de la mañana. Camino por el pasillo del piso sesenta, flanqueado por obras de arte moderno.
A mi paso, el murmullo de las oficinas se apaga.
Las cabezas se agachan. Nadie me sostiene la mirada por más de dos segundos.
Me gusta así. El sonido de mis zapatos italianos hechos a medida golpeando el suelo de mármol pulido resuena con un eco rítmico, seguro y pesado. Cada paso es una sentencia.
Me detengo frente a la pesada puerta de roble macizo de la sala de juntas principal. Mi secretaria, una mujer robótica de cuarenta años que sabe perfectamente que no debe dirigirme la palabra si no es para darme cifras, asiente levemente desde su escritorio.
—Ya están dentro, señor Black. Los abogados de Los Ángeles —anuncia con voz neutra.
—Gracias, Sarah. Que nadie nos interrumpa.
Empujo la puerta con una sola mano. El sonido de las bisagras metálicas cediendo es como el disparo de salida en una carrera que yo ya he ganado antes de empezar.
La inmensa sala de juntas, un santuario de roble oscuro, cuero negro y tecnología de alta gama, está bañada por la luz grisácea y fría de la mañana.
A través de los inmensos ventanales panorámicos, la niebla abraza los picos de los rascacielos vecinos, ofreciendo el skyline de la ciudad que nunca duerme como mi tapiz personal.
El ambiente está climatizado a unos perfectos veinte grados, pero aun así, la atmósfera en el interior es densa.
Dentro me esperan dos personas. La carnada que Sterling & Brooks , uno de los bufetes más prestigiosos de California, ha enviado para intentar pescar al tiburón más grande de la costa este.
El hombre se pone en pie al instante en cuanto cruzo el umbral, ajustándose rápidamente el botón de su americana en un gesto que delata sus nervios.
Es Nathan Brooks. Es el típico abogado de éxito de la soleada California, el que seguramente juega al golf los domingos y se cree el rey del mundo. .. hasta que pisa mi territorio.
Y un segundo después, se levanta ella.
El aire en mis pulmones sufre una levísima alteración, una pausa microscópica que mi cerebro registra de inmediato, pero que mi ego ignora con la misma rapidez.
Joder. Interesante.
Aprieto la mandíbula, pasando la lengua por la parte interior de mis dientes, saboreando el rastro de menta fuerte y tabaco que aún persiste de mi último cigarrillo matutino.
Camino hacia ellos con paso depredador. Me acerco a la mesa y le tiendo la mano a Brooks. Mi agarre es firme, calculado para demostrar dominio. El suyo es correcto. Aburrido.
—Señor Brooks. Un placer. He escuchado maravillas de su trabajo en la costa oeste —digo. Uso mi tono de negocios, ese barítono profundo, áspero y ensayado demasiadas veces.
—El placer es todo nuestro, señor Black —responde él, con una sonrisa igual de ensayada que no me impresiona en lo más mínimo—. Gracias por recibirnos en su sede.
Pero mi atención ya no está en él. Me importa una mierda su amabilidad. Me giro despacio hacia la mujer que está a su lado, la que ha permanecido en un silencio absoluto.
El impacto visual es puramente físico. Una hostia silenciosa en medio del estómago.
Mis ojos chocan directamente contra un par de ojos verdes.
Pero no son un verde cualquiera. Son verdes como el bosque glacial, cortantes, intensos y deslumbrantes, enmarcados por unas pestañas oscuras y densas que contrastan brutalmente con la palidez inmaculada de su rostro.
Es una mujer espectacular. Absolutamente hipnótica.
Y, sobre todo, completamente distinta a las mujeres con cuales me rodeo.
No se parece en nada a las modelos de Instagram que tienen un bronceado perfectamente artificial, ni a las herederas de plástico con las que me acuesto. Hay algo en su postura, una rigidez absoluta, un aura de intocabilidad que me resulta asombrosamente intrigante.
La observo de arriba abajo con un descaro absoluto, sin importarme que su compañero esté a medio metro de distancia.
Mi mirada escanea cada milímetro de su figura.
No enseña absolutamente nada, y sin embargo, lo promete todo.
Lleva una falda que se ciñe a una cintura estrecha y a unas caderas que mi mente ya está imaginando agarrar con fuerza contra el borde de esa misma mesa.
Debajo de la chaqueta, lleva una blusa abotonada hasta la mismísima clavícula, sin una puta gota de escote visible.
El contraste de esa ropa tan recatada, estricta y profesional con esos labios carnosos pintados de un rojo agresivo, es una maldita invitación al pecado.
Me vuelven loco las mujeres que parecen inalcanzables.
Me despiertan el instinto animal, esa necesidad primaria y depredadora de querer arrancarles cada botón de la blusa con los dientes, rasgar la tela despacio y descubrir qué infierno ardiente se esconde debajo de tanta represión y frialdad.
Brooks habla, llenándose la boca de orgullo, rompiendo el silencio, ajeno por completo a cómo yo estoy desnudando mentalmente a la mujer que tiene al lado.
—Y ella es la señorita Emily Reed, mi mejor asociada y mi futura esposa.
Señorita Reed. Un nombre sofisticado. Y futura esposa.
Mi mirada baja instintivamente hacia su mano izquierda, que descansa tensa junto a su cadera.
Un diamante ridículamente grande y brillante, descansa en su dedo anular.
Reprimo una sonrisa burlona que arruinaría mi fachada.
¿ Prometida? Qué puta ironía. Como si un maldito pedazo de metal o un papel firmado me hubieran importado una mierda alguna vez en mi vida.
Doy un paso más, invadiendo sutilmente su espacio vital. Le tiendo mi mano grande, adornada con mis habituales anillos de plata.
—Señorita Reed —murmuro, bajando la voz una octava. Arrastro las sílabas intencionadamente, dejando que la textura áspera de mi voz cruce la distancia entre nosotros como una caricia no autorizada.
Ella se queda congelada. Rígida como una maldita estatua de piedra.
Sus enormes ojos verdes me miran con una expresión de asombro absoluto y devastador. No parpadea. Su pecho apenas sube y baja debajo de la blusa. Me mira como si estuviera viendo a un puto fantasma resucitado de entre los muertos, o tal vez a la mismísima encarnación del diablo.
Y entonces, ocurre algo que me descoloca por una milésima de segundo.
Una lágrima escapa de sus pestañas y resbala lentamente por su mejilla.
No hace ni un solo movimiento para secársela.
Solo me mira, petrificada, mientras la gota de agua salada arruina su máscara de hielo.
¿Una lágrima? ¿De miedo, de pánico absoluto, de nervios al tenerme delante?
Estoy más que acostumbrado a que las mujeres me miren con deseo, con curiosidad o con una sumisión silenciosa ante mi cuenta bancaria, pero esto.
.. es nuevo. Seguramente, en toda su vida perfecta, ordenada y aburrida en California, no ha visto a un hombre con mi nivel de poder y mi presencia en su vida.
El silencio se alarga de forma incómoda. Incluso Brooks frunce el ceño, notando la extraña parálisis de su prometida. Tiene que inclinarse y susurrarle algo, probablemente preguntándole si se encuentra bien, para sacarla de su trance hipnótico.
Ella traga saliva con dificultad. Puedo ver el movimiento errático en su garganta, frágil y pálida. Parpadea varias veces, como si estuviera intentando despertar de una pesadilla, y finalmente levanta la mano derecha para aceptar la mía.
En cuanto mi piel áspera, grande y cálida envuelve sus dedos largos y finos, siento una descarga.
Está helada. Su piel está tan fría que el contraste con mi calor casi quema.
La aprieto con firmeza, rodeando por completo su fragilidad.
Es una completa desconocida, una mujer nueva, una presa exótica que acaba de entrar en mi radar personal.
Siento la excitación pura de tener a alguien tan herméticamente cerrada frente a mí, suplicando en silencio ser abierta.
La suelto finalmente, retirando el calor, y esbozo una levísima sonrisa de medio lado. Esa sonrisa ladeada, arrogante y destructiva que reservo para cuando sé, sin lugar a dudas, que voy a ganar la puta partida.
—Tomen asiento, por favor —ordeno, girándome hacia la cabecera de la mesa—. Tenemos mucho de qué hablar.
Camino hacia mi silla de cuero negro, la más grande y alta de la sala.
Me acomodo en ella, cruzando una pierna sobre la rodilla en una postura de dominio relajado.
Me desabrocho tranquilamente el botón central de la chaqueta de mi traje oscuro, permitiendo que la camisa blanca, tensa sobre los músculos de mi pecho, deje entrever un poco de la tinta oscura de los tatuajes que me suben por la base del cuello.
Sé exactamente el efecto que causa. El contraste entre el salvaje de la calle y el CEO descoloca a mis rivales y moja a las mujeres.
Mientras Brooks abre su maletín de cuero marrón y empieza a sacar expedientes, gráficas y documentos, mi mente vaga durante unos minutos.
Escucho el sonido de los folios rozando la madera y el zumbido constante del aire acondicionado, pero mis pensamientos retroceden en el tiempo, evaluando cómo diablos he llegado a estar sentado en esta silla de cuero, decidiendo el destino de ciudades enteras.