Chapter 26 #2
Un pequeño escalofrío invisible, delgado como el filo de una navaja, me recorre la nuca. Nueva York. La costa este. A solo unos cientos de kilómetros de la ciudad que me vio morir. Aprieto la mano izquierda bajo la mesa, sintiendo el peso de mi diamante. Yo ya no soy esa niña. Lo enterré todo .
—Prepara las maletas, futura señora Brooks —me susurra Nathan al oído cuando la reunión termina, depositando un beso rápido en mi mejilla—. Vamos a conquistar Manhattan.
El trayecto en primera clase es un borrón de expedientes, pero en el instante en que aterrizamos en el JFK, algo en la atmósfera cambia.
Al salir por las puertas automáticas del aeropuerto, el aire helado, húmedo y afilado de la costa este me golpea las mejillas y los pulmones. Huele diferente a California. Huele a tubo de escape, a pretzeles tostados... y a invierno crudo.
El viaje en el coche negro hasta nuestro hotel en Manhattan se me hace eterno.
Veo los rascacielos grises alzarse hacia un cielo nublado.
El traqueteo de los neumáticos sobre el pavimento irregular suena como un latido ansioso.
Mis manos, perfectamente cuidadas y con las uñas pintadas de un rojo burdeos oscuro, sudan frío.
Mientras caminamos esta tarde por la Quinta Avenida hacia el restaurante donde cenaremos, un hombre pasa a mi lado. Va fumando. El inconfundible y denso olor a tabaco mezclado con la humedad del aire penetra por mis fosas nasales, directo a mi cerebro.
El impacto es tan físico que mis rodillas flaquean.
La moto negra. El humo rozando mis labios.
Los ojos marrones vordozos mirándome bajo las farolas del parque.
Me detengo en seco en medio de la acera, llevándome una mano al pecho.
El ruido del tráfico, de los taxis amarillos pitando, se desvanece.
De repente, vuelvo a tener quince años. Vuelvo a ser pequeña, ingenua, adicta a un veneno que me estaba matando.
Las palabras de Asher resuenan en mi cráneo con la nitidez de un cristal rompiéndose: « No creemos en los putos cuentos de hadas, Emily ».
—¿Emily? —La mano cálida de Nathan en mi cintura me trae de vuelta a la realidad. Me mira con preocupación, el viento revolviendo su pelo moreno—. ¿Cariño, qué te pasa? Estás pálida.
Parpadeo rápidamente, forzando a mis pulmones a succionar el aire helado. El olor a tabaco se ha disipado. Solo es un transeúnte. Solo es la puta paranoia jugando con mi mente.
—Nada —miento, forzando una sonrisa impecable—. Ha sido solo una ráfaga de aire frío. Estoy bien, de verdad.
Nathan me besa la frente, un roce tranquilizador, y me envuelve bajo la protección de su brazo. Sigo caminando, pero mis piernas son de gelatina. Me repito a mí misma el mantra que me salvó la vida y que ahora me suena a mentira: Estoy a salvo. Nadie me va a volver a hacer daño.
A la mañana siguiente, Nueva York amanece cubierta por una fina capa de neblina gris.
Me visto frente al inmenso espejo del hotel como quien se prepara para ir a la guerra.
Elijo una falda de tubo negra, de corte impecable, que se ciñe a mi cintura y cae justo hasta las rodillas con una elegancia letal.
Debajo de la chaqueta a juego, me pongo una blusa de seda color rosa palo, completamente cerrada y sin rastro de escote, dándome un aire de profesionalidad absoluta e inalcanzable.
Mi pelo negro cae liso y brillante hasta la mitad de la espalda.
Me aplico delineador oscuro, acentuando el verde gélido de mis ojos, y me pinto los labios de un rojo burdeos que grita poder y distancia.
Me miro en el espejo del lujoso hotel. La armadura está perfecta. Ni una sola fisura.
Nathan aparece detrás de mí, terminando de ajustarse los gemelos en los puños de su camisa inmaculada. Rodea mi cintura con sus brazos fuertes y apoya la barbilla en mi hombro, cruzando su mirada azul con la mía a través del reflejo del cristal.
—Estás espectacular, cariño —murmura, depositando un beso suave en mi mejilla y mirándome con esa adoración incondicional—. Y estoy tan orgulloso de ti... Sé todo lo que has trabajado para llegar a este nivel. Hoy vas a deslumbrarlos a todos.
Me apoyo contra la dureza su pecho un segundo, cerrando los ojos para absorber su calor, su paz y esa seguridad inquebrantable que me da.
—Vamos a por ellos —susurro, tocando el diamante de mi anillo.
Llegamos a la sede de Black Real Estate a las nueve en punto.
El edificio es un mastodonte de cristal negro y acero en pleno distrito financiero.
El vestíbulo principal, forrado en mármol oscuro, desprende una opulencia fría e intimidante.
Huele a limpio, a dinero y a perfume profundo, almizclado y sumamente oscuro.
Ese olor... es denso. Penetrante. Se enreda en mis terminaciones nerviosas y provoca que mi estómago dé un vuelco violento e irracional.
Es el tipo de aroma que te envuelve lentamente antes de asfixiarte, igual que una red invisible.
Por un microsegundo, mi memoria intenta conectar esa nota de almizcle con el humo de tabaco y la menta que todavía me persiguen en mis pesadillas.
El vello de mis brazos se eriza bajo la seda de mi blusa, como si mi cuerpo reconociera el peligro antes de que mi mente racional pudiera procesarlo.
Aprieto los dientes y trago saliva, aplastando el pensamiento al instante.
Solo son los nervios del viaje y la paranoia jugando conmigo , me digo a mí misma.
Una secretaria robótica con un traje impecable nos guía hasta el piso sesenta.
Entramos en la sala de juntas. Es inmensa, con una mesa de roble macizo que parece un campo de batalla y ventanales panorámicos que ofrecen una vista vertiginosa de Manhattan.
Nos sentamos. Nathan está a mi lado, revisando su reloj, exudando confianza profesional.
Bajo la mesa, busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.
El diamante de mi anillo presiona suavemente contra su piel.
—El CEO llegará en dos minutos —anuncia la secretaria, dejándonos dos vasos de agua con hielo y retirándose.
El silencio en la sala es sepulcral. Solo se escucha el leve zumbido de la calefacción central. Con la mano temblorosa, tomo un sorbo de agua. Me siento ansiosa, una ansiedad del día anterior, del olor a tabaco, del aire de la costa este.
Entonces, el sonido de la pesada puerta de roble abriéndose resuena en la habitación.
Luego, el sonido de unos pasos seguros, pesados, rítmicos. Zapatos golpeando el suelo pulido con una autoridad absoluta.
Nathan se pone de pie inmediatamente para recibirlo, ajustándose la chaqueta del traje, y yo, siguiendo el protocolo corporativo, me levanto una fracción de segundo después, alisando mi falda y levantando la vista para poner mi mejor cara.
El aire de mis pulmones desaparece por completo. El corazón se me detiene en el pecho.
Un golpe sordo, brutal y demoledor destroza mi castillo de piedra desde los cimientos hasta la última almena.
Entrando por la puerta, con una presencia que absorbe todo el oxígeno de la habitación y la sume en las tinieblas, está él.
Asher Black.
Tiene veintinueve años. Y si a los diecinueve era un peligro andante, ahora es la puta encarnación de lo letal.
El chico de la moto, de la camiseta blanca ajustada, se ha transformado en un depredador de la élite.
Lleva un traje de tres piezas negro carbón, hecho a medida, que se ajusta a sus hombros anchos y a su torso poderoso como una armadura oscura.
No lleva corbata; la camisa blanca está ligeramente desabrochada en el cuello, dejando entrever la sombra de la tinta de sus tatuajes extendiéndose por su piel.
Su mandíbula es más afilada, más dura, cubierta por una barba de un par de días meticulosamente cuidada.
Su pelo oscuro, ese pelo que mis manos habían recorrido, está peinado hacia atrás, aunque un mechón rebelde y salvaje sigue desafiando el orden.
Es guapo. Pero su belleza no acaricia, sino desgarra.
No promete salvación, sino el final. Es hermoso como un dios caído del infierno, que nunca perteneció.
Un dios que no ilumina, sino que quema. Un dios que no ama, sino que reclama y pisotea.
Un dios que te arranca el alma solo con su mera existencia.
Y yo estoy parada frente a él, sabiendo que si me acerco un paso más, arderé con él.
Pero lo peor son sus ojos. Esos ojos marrones verdosos, con destellos avellana. Los ojos del lobo. Son más fríos, cargados con el peso de un poder inmenso y una autoridad absoluta.
El mundo entero empieza a dar vueltas a mi alrededor.
El mareo me golpea con tanta fuerza que tengo que apoyar las yemas de mis dedos en la mesa de roble para no desplomarme.
El zumbido en mis oídos ahoga el saludo cordial que Nathan está pronunciando.
La habitación de repente apesta a tabaco negro, a menta, a alcohol y a traición.
Mi mente grita. Asher. Es Asher. Es él. Él está aquí.
Él es el CEO de Black. El pánico se apodera de mi sistema nervioso central, paralizándome.
Quiero correr, quiero esconderme bajo la mesa, quiero vomitar.
Espero el golpe. Espero la sonrisa ladeada, cruel, burlona.
Espero que diga « Hola, enana » y destroce la vida perfecta que me ha costado años construir.
Asher estrecha la mano de Nathan con firmeza. Su voz, esa voz profunda, áspera y oscura que me ha atormentado en mis peores pesadillas, resuena en la sala.
—Señor Brooks. Un placer. He escuchado maravillas de su trabajo en la costa oeste.
Y entonces, Asher Black se gira hacia mí.
Sus ojos chocan contra los míos. El impacto es una colisión de asteroides. Mi respiración se corta. Aprieto los dientes con tanta fuerza que me duele la mandíbula, esperando el reconocimiento, esperando mi ejecución pública.
Me mira de arriba abajo. Su mirada escanea la recatada blusa rosa, mi cabello liso, mis labios pintados de rojo, mi postura rígida. Su escrutinio es intenso, calculador, casi animal. Como si estuviera evaluando a una presa nueva, a una extraña que le resulta vagamente intrigante en su frialdad.
Y entonces, lo veo.
En sus ojos no hay ningún destello de burla. No hay sorpresa. No hay pasado. En sus ojos, no hay ningún destello de reconocimiento.
No sabe quién soy.
El hombre que me destrozó la vida, el hombre que me robó la inocencia, el que me redujo a polvo.
.. me está mirando a la cara y no tiene ni la más remota idea de que yo soy la niña de quince años con flequillo castaño a la que vació por dentro.
Para él, yo solo soy una abogada más. Una mujer atractiva, sofisticada y desconocida.
El dolor que me atraviesa es tan inmenso, tan salvaje y humillante, que supera con creces al miedo.
Me ha olvidado. Fui tan insignificante para él, fui un juguete tan fácil de romper y desechar, que mi rostro ni siquiera se ha quedado grabado en su memoria.
Mientras yo he pasado diez años reconstruyéndome pieza a pieza, huyendo de su sombra.
.. él simplemente ha seguido con su vida. Ni siquiera me recuerda.
Una traición nueva y punzante se clava en mi garganta. Mi visión se vuelve borrosa por un milisegundo. Parpadeo, intentando contener el diluvio, pero una sola lágrima, solitaria y ardiente, escapa de mi control, resbalando lentamente por mi mejilla pálida, arruinando mi máscara de hielo.
—Y ella es la señorita Emily Reed, mi mejor asociada y mi futura esposa —dice Nathan, con la voz cargada de orgullo, ajeno al apocalipsis que se está desatando a su lado.
Asher me tiende la mano. Su mano grande, con anillos de plata que solía usar también en el pasado.
—Señorita Reed —murmura Asher. Su voz baja un tono, arrastrando las sílabas con una intensidad que hace vibrar el aire entre nosotros.
Miro su mano. Miro sus ojos vacíos de memoria. La lágrima llega hasta mi barbilla. Siento que me muero. Estoy rígidamente congelada en el tiempo y el espacio, incapaz de levantar el brazo, incapaz de tocarlo, incapaz de respirar.
Nathan gira la cabeza hacia mí al notar que no respondo al saludo. Frunce el ceño, detectando de inmediato la tensión anormal en mis hombros, la palidez sepulcral de mi rostro y la lágrima solitaria.
—¿Estás bien, cariño? —me susurra Nathan, inclinándose ligeramente hacia mí, su voz llena de esa preocupación sincera y protectora que siempre me ha salvado.
Trago el nudo de cuchillas que tengo en la garganta. Clavo mis uñas en la palma de mi mano izquierda, usando el dolor físico para anclarme a la realidad. No voy a dejar que me destruya dos veces.
—Sí —respondo. Mi voz suena metálica, fría, desprovista de emoción, aunque por dentro me esté desangrando—. Sí. Yo... Lo siento.
Me obligo a levantar la mano derecha y, con un movimiento mecanizado, acepto el apretón de manos de Asher Black.
El contacto de su piel contra la mía es una descarga de alto voltaje. Su mano es cálida, áspera y letal. El calor quema el hielo de mi cuerpo en una fracción de segundo.
Asher aprieta mi mano con firmeza calculada.
No la suelta de inmediato. Sus ojos marrones verdosos, fríos y calculadores, se clavan en los míos con una intensidad perturbadora.
El ceño de Asher se frunce imperceptiblemente.
Me mira insistente, bajando la vista por un segundo hacia mis labios, luego hacia mi cuello, antes de volver a mis ojos.
Noto su mirada pesada, inquisitiva, como si algo en mi voz, en mi roce o en el color de mis ojos le provocara un eco lejano, un déjà vu que su cerebro se niega a procesar.
La tensión en la sala se vuelve tan espesa que casi puede cortarse con un cuchillo. Yo sostengo la mirada del diablo en traje a medida, sintiendo cómo todas mis heridas, que creía cerradas, se abren de par en par, sangrando en silencio sobre la mesa de cristal.
Asher finalmente suelta mi mano, esbozando una levísima sonrisa de medio lado. Esa maldita y destructiva sonrisa ladeada.
—Tomen asiento, por favor —dice Asher, sin apartar los ojos de mí—. Tenemos mucho de qué hablar.
Mi castillo impenetrable acaba de volar por los aires. Y yo estoy atrapada bajo los escombros, cara a cara con el monstruo que los creó.