No me quites la inocencia Chapter 26
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Chapter 26

PRESENTE

D urante estos cuatro años, mi vida se ha convertido en una fortaleza impenetrable.

He levantado muros tan altos, gruesos y pulidos que ni siquiera el viento helado de mi pasado puede colarse por las grietas.

A mis veinticinco años, la Emily Reed que camina por los pasillos de Sterling un pecado solitario que me permito de madrugada en el balcón, solo cuando las pesadillas me ahogan y necesito que el rastro áspero de la nicotina me queme la garganta para saber que sigo viva.

A lo largo de estos años me he hecho dos tatuajes que marcan mi renacer.

En mi espalda, centrado entre los omóplatos y descendiendo por mi columna, llevo un atrapasueños intrincado de líneas finas y trazos negros; su red es un mandala perfecto con una luna creciente entrelazada, del que caen largas y detalladas plumas sombreadas.

Es un amuleto permanente para filtrar las pesadillas que solían ahogarme en la madrugada.

Y más abajo, cerca del vientre, justo en la parte izquierda donde siempre tuve aquel pequeño lunar, ahora descansa una paloma blanca en pleno vuelo, con sus alas desplegadas en un ascenso dinámico y una pequeña ramita de olivo en el pico.

El diseño es lo suficientemente denso para ocultar por completo el lunar, reemplazando la inseguridad por un símbolo eterno de mi paz y mi libertad encontrada.

Es mi declaración de tregua definitiva con el pasado.

Mis ojos ya no miran al suelo; desafían. Y mi corazón... mi corazón está a salvo en las manos del único hombre que ha demostrado merecerlo.

Nathan tiene ahora treinta y un años. Nos mudamos juntos a un ático impresionante en Santa Mónica hace dos.

Nuestro hogar huele siempre a la perfección: a la brisa salada del océano Pacífico que entra por los inmensos ventanales, al café expreso italiano que él prepara cada mañana, y a ese aroma inconfundible suyo, a sándalo, a vainilla y a seguridad.

Nuestra relación es la envidia de nuestro círculo social.

E s estable, madura, construida sobre una base de respeto mutuo, noches de pasión encendida y mañanas de domingo leyendo en la cama.

Él es mi ancla, mi refugio, el hombre que me sacó del abismo y me enseñó que el amor no tiene por qué doler.

Es un viernes por la noche cuando la cúspide de esa seguridad cristaliza frente a mis ojos.

Salimos a cenar para celebrar mi reciente ascenso en el bufete.

Nathan ha reservado la azotea privada de un restaurante exclusivo en Beverly Hills.

El aire nocturno es cálido, perfumado con el olor dulce del jazmín que trepa por las celosías de madera.

La ciudad de Los Ángeles se extiende bajo nosotros, un océano interminable de luces parpadeantes.

Bebemos champagne frío, cuyo sabor a uva blanca y burbujas cosquillea en mi garganta, y cenamos bajo la luz de las velas.

Cuando los postres desaparecen, un silencio íntimo y espeso se instala entre nosotros.

El sonido lejano del tráfico es solo un murmullo sordo.

Nathan me mira fijamente. Sus ojos azules, tan limpios y transparentes como el primer día que lo conocí, brillan con una intensidad contenida que acelera mi pulso.

Se pone en pie lentamente. Me tiende la mano y yo la tomo, levantándome de la silla. Sus dedos cálidos y firmes envuelven los míos. Y entonces, el hombre que me ha enseñado a vivir de nuevo, se arrodilla frente a mí.

El mundo parece detenerse. El aire abandona mis pulmones de golpe.

Nathan saca una pequeña caja de terciopelo azul marino del bolsillo interior de su americana. La abre, revelando un diamante de corte esmeralda, elegante, sobrio y espectacular, que destella bajo la luz de las velas.

—Emily... —comienza, con su voz grave temblando ligeramente por la emoción, un sonido que me encoge el pecho—.

Hace cinco años entraste en mi despacho como una tormenta perfecta de inteligencia y desconfianza.

Me advertiste que estabas rota. Me enseñaste tus cicatrices.

Y yo te prometí que acogería todo tu caos en mi corazón.

Mis ojos se llenan de lágrimas cálidas que, esta vez, no me molesto en reprimir. Son lágrimas de felicidad absoluta.

—Has construido tu propia fortaleza, Emily.

Eres la mujer más fuerte, brillante y hermosa que he conocido en mi vida —continúa Nathan, mirándome desde abajo como si yo fuera una diosa a la que venerar—.

Pero quiero ser el hombre que esté a tu lado en esa fortaleza para siempre.

Quiero ser tu paz, tu hogar, y tu familia. Emily Reed... ¿quieres casarte conmigo?

Me llevo la mano libre a la boca, ahogando un sollozo de pura alegría. Miro al hombre arrodillado frente a mí, el hombre que nunca me ha hecho daño, el que me ama con mis luces y mis infinitas sombras. El castillo impenetrable de mi vida está por fin terminado.

—Sí —murmuro, con la voz rota por la emoción—. Sí, Nathan. Mil veces sí.

Él suelta el aire en un suspiro tembloroso, desliza el anillo de platino en mi dedo anular y se pone de pie para levantarme en brazos, besándome con una devoción que me hace sentir la mujer más afortunada del universo.

Cuando llegamos a nuestro ático esta noche, Nathan va a la cocina a servirnos dos vasos de agua.

Yo me siento en el borde de nuestra inmensa cama, observando cómo la luz pálida de la luna arranca destellos plateados de mi nuevo anillo.

De repente, siento la necesidad de anclar este momento a mi realidad.

Agarro mi teléfono y marco el número de mi madre.

Tarda cuatro tonos en contestar. El sonido de un televisor de fondo se filtra por el altavoz.

—¿Emily? ¿Pasa algo? Es tarde —su voz suena plana, monótona, cansada por sus turnos interminables como supervisora en el hospital.

Nuestra relación se ha enfriado hasta convertirse en un bloque de hielo durante estos años en California.

No hay discusiones, no hay gritos ni dramas; solo una distancia abismal, un vacío cordial que ninguna de las dos se molesta en llenar.

Nos vemos apenas una vez cada seis meses, obligadas por el calendario: una cena rápida en Acción de Gracias o un café estructurado por mi cumpleaños, más parecido a una reunión de negocios que a un encuentro madre e hija.

Ella vive inmersa en su trabajo, yo en el mío.

En todos los años que llevo con Nathan, ella solo lo ha visto siete veces.

Siete malditas veces en un lustro. Siete cenas tensas y educadas donde hablamos del clima, del hospital y de la bolsa de valores, sin llegar nunca a tocar el alma de nadie.

—No pasa nada malo, mamá —respondo, y mi voz suena extrañamente formal para dirigirme a la mujer que me dio la vida—. Te llamaba para decirte que Nathan y yo nos hemos prometido. Me ha pedido matrimonio hace un rato.

Hay una pausa al otro lado de la línea. Ni un grito de asombro, ni un sollozo ahogado.

—Oh... Vaya. Eso es una gran noticia, Emily. Me alegro mucho por ti. Es un buen hombre, tiene un buen puesto.

—Lo es. Estoy muy bien, mamá. Todo en mi vida está perfectamente bien —recalco, como si necesitara convencerme a mí misma a través del teléfono.

—Me alegra oírlo, hija. De verdad. Mañana tengo turno doble temprano, así que te dejo descansar. Felicidades a los dos. Ya me iréis contando los planes. Buenas noches.

—Buenas noches.

Cuelgo. La pantalla se apaga, dejándome a oscuras.

No hay preguntas sobre cómo es el anillo, ni anécdotas sobre su propia boda con papá, ni lágrimas de alegría.

Pero, sorprendentemente, no me duele. Esa llamada solo sirve para reafirmar lo que mi mente ya sabe: mi verdadera y única familia, mi mundo entero, es el hombre de ojos azules que acaba de entrar en la habitación con dos vasos de agua y una sonrisa enamorada.

Esta noche, el metal frío del anillo en mi dedo se siente como la promesa definitiva de que mi pasado está oficialmente muerto y enterrado.

A la mañana siguiente, el ambiente en Sterling & Brooks es eléctrico.

Llego al bufete luciendo mi anillo de compromiso. Las felicitaciones llueven por parte de las secretarias y los socios, pero el tiempo es oro y las celebraciones mueren rápido. El olor a tóner de las impresoras y a café quemado en la sala de descanso flotan en el aire.

Nathan, luciendo su impecable traje azul marino y una sonrisa triunfal que ni siquiera el estrés puede borrar, reúne a nuestro equipo en la gran sala de juntas de cristal.

—Señores, tomen asiento —anuncia, apoyando ambas manos sobre la larga mesa de roble—. Acabo de recibir la confirmación de Nueva York. Hemos cerrado el acuerdo de representación con el Grupo Black Real Estate .

Un murmullo de asombro y emoción recorre la mesa. Black es un conglomerado inmobiliario monstruoso, un gigante de la costa este que está devorando el mercado y que ahora planea una expansión agresiva multimillonaria en Los Ángeles.

—El cliente es de máxima prioridad —continúa Nathan, mirándome con orgullo profesional—.

Su CEO es conocido por ser... implacable.

No delega. Quiere conocer al equipo legal que manejará sus activos en la costa oeste en persona.

Por lo tanto, Emily y yo volamos esta noche a Nueva York para la reunión de presentación de mañana por la mañana.