Chapter 25 #2
Esa noche, mi mente estaba extrañamente clara. No había fantasmas. Solo estaba él. Solo estaban sus ojos azules mirándome con una adoración infinita.
Tomé la iniciativa. Le quité la camiseta con manos firmes, delineando los músculos de su pecho, sintiendo la vibración de su respiración agitada bajo mis palmas.
Cada toque suyo era una pregunta silenciosa: ¿Estás bien?
¿Seguimos? Y cada suspiro mío, cada arqueo de mi espalda hacia sus caricias, era un rotundo y definitivo sí.
Cuando me quitó la blusa y el sujetador, el aire de la habitación acarició mi piel, pero esta vez no me transportó.
Esta vez, la cálida fricción de las manos de Nathan sobre mis costillas, sobre mi espalda, borró cualquier rastro de frío o de duda.
Sus pulgares trazaban círculos sobre mi piel, venerando cada centímetro como si fuera un territorio sagrado.
Cuando nos unimos por primera vez, no sentí dolor, no sentí miedo ni suciedad.
Sentí una plenitud tan colosal que me arrancó un jadeo ahogado.
Me aferré a sus hombros, clavando mis uñas ligeramente en su piel.
Nathan enterró su rostro en mi cuello, besando mi pulso desbocado, moviéndose con una lentitud y una reverencia que me hizo sentir adorada, venerada.
Era un baile perfecto de dos cuerpos que habían estado buscando encajar durante meses.
Sentí el roce de las sábanas bajo mi espalda.
Escuché su respiración agitada cerca de mi oído, murmurando mi nombre como si fuera una plegaria desesperada.
El placer comenzó a acumularse en mi bajo vientre, una tensión dulce y ardiente que fue creciendo con cada movimiento suyo, con cada beso húmedo que dejaba en mi clavícula, con cada mirada de esos ojos azules que me decían que yo era suficiente, que yo era perfecta.
El clímax me alcanzó como una marea cálida y brillante, haciéndome arquear la espalda y soltar un grito sordo contra su hombro.
Él me siguió segundos después, con un gemido grave y ronco, abrazándome contra él con tanta fuerza que sentí que nuestros corazones se fusionaban en uno solo.
Había cruzado la línea de meta. Había recuperado mi cuerpo.
Cuando la respiración de ambos volvió a la normalidad, nos quedamos tumbados de lado, cara a cara, las piernas todavía entrelazadas bajo las sábanas desordenadas. El sudor enfriaba ligeramente nuestra piel, pero el calor entre nosotros era incombustible.
Nathan apartó un mechón de pelo húmedo de mi frente. Me miró con esa misma devoción de siempre, pero ahora mezclada con un alivio y una felicidad pura.
—Te quiero, Emily —susurró, besando la punta de mi nariz.
Cerré los ojos, sintiendo que la última pieza rota de mi alma acababa de encajar en su sitio, pegada con el oro de su paciencia y su amor.
—Yo también te quiero, Nathan. —Abrí los ojos y le sonreí, una sonrisa limpia que nacía desde lo más profundo de mi ser.
Con la barrera física derribada, nuestra conexión emocional alcanzó profundidades que jamás creí posibles. Las semanas y los meses volaron.
Una de esas noches de primavera, cuando el aire de Los Ángeles olía a jazmín florecido y a asfalto húmedo, estábamos sentados en el balcón de su apartamento.
Teníamos las piernas entrelazadas bajo una manta fina de punto.
Yo llevaba puesto uno de sus jerséis grises de estar por casa, que me quedaba enorme y olía embriagadoramente a él.
Mirábamos las luces de la ciudad, un mar de estrellas artificiales brillando en el valle.
Pensaba que sin Asher ya no podría respirar.
Pero el tiempo me demonstró que aquí sigo, viva, inhalando y exhalando.
Y, sin embargo... todavía pienso en él. Creí que estaría perdida sin él, como si solo a su lado hubiera podido ser cualquier cosa, convertirme en lo que fuera.
Pensé que nunca iba a sentir el amor . Y aunque ahora sentía algo parecido al amor, sé con una certeza aterradora que no es un amor tan fuerte como lo que sentí por él .
Me hubiese encantado que él fuera mío. Pero él fue un huracán y yo solo fui los escombros que dejó a su paso; una lección dura, cruda y sin escapatoria.
A veces, siento su perfume intenso. Parecía un tío que sabía lo que quería, pero a mí no me quiso. Solo me consumió.
Habíamos estado callados durante casi media hora. Era un silencio denso pero cómodo, de esos que solo puedes compartir de verdad con alguien que ha tocado tu alma desnuda. Yo estaba trazando círculos imaginarios con mi dedo índice sobre el dorso de su mano derecha.
—¿En qué piensas? —preguntó Nathan, rompiendo el silencio con un murmullo profundo que vibró en el aire nocturno.
Dejé de mover el dedo. Levanté la mirada hacia él. La luz de la ciudad se reflejaba en sus ojos, pero no ocultaba la intensidad de sus pupilas.
—Pensaba en cómo era yo antes de llegar a esta ciudad.
Antes de ti —confesé. Mi voz sonó inusualmente tranquila, despojada por completo de su habitual filo cortante—.
Hasta que te conocí a ti, había perdido todos mis sueños, mis esperanzas, mis deseos.
.. partes importantes de mí. Sentía que me habían vaciado por dentro.
Y reconozco que no creía que fuera a poder encontrarlas nunca más.
Nathan apretó mi mano entre las suyas. Su expresión se suavizó, bañada por una ternura inmensa que me encogió el corazón.
—Oh, Emily... —suspiró, y vi cómo su nuez subía y bajaba al tragar saliva, genuinamente conmovido por mi honestidad.
—Ha pasado —seguí yo, sintiendo que una única lágrima cálida y liberadora resbalaba por mi mejilla izquierda, perdiéndose en el cuello de lana de su jersey—.
Me alegro de que me hayas ayudado a encontrar esas partes que creía perdidas para siempre.
Creo que ese es el verdadero propósito del amor: reunir a las personas que tienen el alma hecha pedazos y ayudarles a encajar las piezas de nuevo.
Nathan se inclinó hacia mí. Con el pulgar, secó el rastro húmedo de mi lágrima. Su toque fue tan reverencial que me hizo cerrar los ojos por un segundo, apoyándome en su calidez.
—Quiero que me necesites todos los días, Emily —me dijo, y cada palabra que pronunciaba estaba cargada de una devoción absoluta, una promesa inquebrantable forjada en hierro y envuelta en terciopelo—.
Quiero ser el único al que llames cuando tengas un problema, por muy pequeño que sea.
Quiero que sepas que si estuvieras en la otra punta del mundo y me necesitaras, llegaría hasta ti en un abrir y cerrar de ojos.
Movería el mundo entero si hiciera falta.
Abrí los ojos y me encontré con su mirada.
El pecho me dolía, pero de amor. De un amor tan grande, tan desbordante y tan sano que sentí que no me cabía en el cuerpo.
Me acerqué y pegué mis labios a los suyos, entregándole en ese beso silencioso la confirmación de que ya lo necesitaba. De que él ya era mi mundo entero.
El tiempo siguió su curso. Entramos de lleno en el verano, mi estación más odiada por los recuerdos de aquel maldito verano que me atormentaba, pero Nathan se encargó de reescribirlos por completo.
Me llevaba a pasear por la playa de Malibú al atardecer, donde el olor a salitre, a algas y a brisa fresca limpiaba mis pulmones de cualquier ceniza del pasado.
Nos sentábamos en la arena fría a escuchar el rugido monótono y relajante de las olas estrellándose contra las rocas oscuras.
Fue en una de esas calurosas noches de julio, de vuelta en su apartamento después de hacer el amor, cuando sentí que el círculo se cerraba.
Estábamos tumbados en su gran cama. La ventana estaba ligeramente abierta, dejando entrar una brisa nocturna que mecía suavemente las cortinas blancas.
Yo tenía la cabeza apoyada en su pecho desnudo, escuchando el ritmo constante, fuerte y seguro de su corazón.
Mi mano descansaba sobre su abdomen firme, subiendo y bajando con cada una de sus respiraciones lentas.
Él me acariciaba la espalda desnuda, trazando patrones invisibles en mi piel.
Me sentía inmensamente en paz. Intocable.
Levanté un poco la cabeza para mirarle el rostro relajado y hermoso bajo la luz de la luna.
—Nathan —lo llamé en un susurro tenue.
Él bajó la barbilla para mirarme, regalándome una sonrisa adormilada.
—Dime, preciosa.
—Tú que eres un hombre de leyes, que te gustan las definiciones exactas... —bromeé suavemente, arrastrando las palabras—. ¿Cuál sería tu definición exacta del amor?
Una sonrisa lenta y deslumbrante se dibujó en sus labios. Sus ojos azules brillaron en la semioscuridad de la habitación.
—Me temo que eso no viene tipificado en el Código Penal, Emily —bromeó suavemente, acariciando la línea de mi mandíbula con el dorso de sus dedos—.
Pero si tuviera que definirlo... diría que, cuando dos corazones tienen el mismo ritmo y los mismos pensamientos, se llama amor.
Cuando dos corazones sienten lo mismo, con la misma intensidad, el amor es más profundo.
—Hizo una pausa. Su mano subió por mi cuello hasta enredarse en mi pelo negro azabache—.
Y cuando dos corazones no pueden vivir el uno sin el otro. .. es amor absoluto.
Sus palabras flotaron en el aire, pesadas, hermosas y cargadas de una verdad aplastante. Mi corazón, latiendo exactamente al mismo ritmo que el suyo bajo mi oreja, le dio toda la razón jurídica y emocional del mundo.
Me incorporé ligeramente, apoyándome en un codo, quedando por encima de él.
Mi melena cayó a los lados, creando una cortina oscura que nos encerraba a los dos en nuestro propio universo privado.
El olor a su piel, ese aroma inconfundible a sándalo mezclado con el de vainilla, me inundó los sentidos.
—Entonces, que sea amor absoluto —susurré contra sus labios, rozándolos con los míos en una promesa.
Él cerró los ojos, soltando un suspiro tembloroso, y sus manos subieron hasta mi cintura, atrayéndome hacia él una vez más.
En esa habitación, rodeada del olor a sándalo, a vainilla, a paz y al amor más puro que jamás había conocido.
Me había costado meses, lágrimas y mucha paciencia, pero finalmente, la niña rota de quince años había sanado. Había dejado paso a una mujer implacable de veintiún años que sabía exactamente lo que valía y que había elegido su propio destino.