No me quites la inocencia Chapter 24 #2
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Chapter 24 #2

Sus dedos se deslizaron bajo el dobladillo de mi jersey de lana. El contacto de sus yemas cálidas contra la piel desnuda de mi estómago me hizo jadear. Levantó ligeramente la tela y, con un movimiento fluido, tiró del jersey por encima de mi cabeza, dejándome en un fino sujetador de encaje negro.

El aire del salón me golpeó la piel expuesta de los hombros y el pecho, erizándome el vello.

Y entonces, todo se desmoronó.

Fue como si alguien hubiera pulsado un interruptor cortocircuitando mi cerebro. El aire sobre mi piel desnuda fue el detonante.

De repente, el olor a cedro de la cabaña desapareció, aplastado por el hedor agrio a alcohol, sudor y marihuana. El crujido de la leña en la chimenea se transformó en el sonido ensordecedor de la música electrónica vibrando en las paredes de la casa de Mason.

Sentí el roce frío del aire cuando me quitaron la parte de arriba de un tirón.

Abrí los ojos de golpe. Mis pupilas se dilataron, cegadas por el pánico.

Ya no estaba en una alfombra frente al fuego; estaba acorralada contra la puerta de una habitación oscura.

Nathan se inclinó para besar mi clavícula, pero yo no sentí los labios de Nathan.

Sentí la boca de Zake y Mason en mi cuello y las manos posesivas y violentas de Logan agarrándome por las caderas, tratándome como a un trozo de carne muerta que Asher había tirado a la basura.

—¡NO!

El grito desgarró mi garganta. Fue un sonido gutural, animal, cargado de un terror tan puro que hizo eco en las paredes de madera de la cabaña.

Puse ambas manos en el pecho de Nathan y lo empujé con todas mis fuerzas.

La sorpresa lo hizo retroceder, cayendo de espaldas sobre la alfombra.

Yo retrocedí como un cangrejo, arrastrándome hacia atrás con desesperación, tropezando con mis propios pies hasta chocar violentamente contra la esquina de la pared, lo más lejos posible de él.

Mi respiración era errática, una sucesión de jadeos cortos e insuficientes.

Sentía que me asfixiaba. Agarré mi jersey del suelo con manos temblorosas y me lo puse por encima de la cabeza, pero lo hice mal, atrapando mi brazo, tirando de la tela con desesperación para cubrir mi piel, para cubrir la suciedad, para esconderme.

Me abracé las rodillas, encogiéndome en la esquina como si esperara su risa. El pánico me tenía secuestrada. Empecé a llorar, no con lágrimas silenciosas, sino con sollozos histéricos de una niña rota de quince años que acababa de darse cuenta de que nunca podría escapar de su propia mente.

—Emily... Dios, Emily, ¿qué pasa?

La voz de Nathan llegó a mis oídos, pero sonaba distorsionada, como si estuviera debajo del agua.

Levanté la vista, temblando convulsivamente.

Nathan estaba arrodillado a un metro de distancia.

Su rostro estaba pálido, confundido. Había levantado ambas manos en el aire, mostrando las palmas abiertas, deteniéndose en seco al ver mi terror absoluto.

—No me toques... por favor, no me toques... —supliqué entre dientes castañeteantes, encogiéndome aún más contra la madera de la pared—. Apesta... apesta a cerveza, estoy sucia...

Estaba disociando. El pasado y el presente chocaban violentamente en mi cabeza, mezclando la cabaña con la cocina sucia.

Nathan no se acercó ni un milímetro. Se quedó paralizado, leyendo la situación con su mente analítica que lo caracterizaba, pero que ahora estaba guiada por la empatía. Entendió que yo no lo estaba viendo a él. Entendió que estaba atrapada en un infierno del que él no tenía el mapa.

—No te voy a tocar, Emily —dijo. Su voz ya no era interrogativa; cambió a un tono grave, rítmico, monótono y extremadamente suave, como si le hablara a un animal herido a punto de saltar por un precipicio—.

Estoy aquí. Mírame a los ojos, cariño. No te voy a tocar.

Estás en la cabaña. Estás en Lake Arrowhead. Conmigo. Con Nathan.

El sonido repetitivo de mi nombre y el suyo actuó como un ancla. Parpadeé, las lágrimas nublándome la visión. El olor a pino y humo de leña volvió lentamente a mis pulmones, empujando fuera el fantasma de la marihuana y el alcohol.

Vi el fuego. Vi la alfombra. Vi a Nathan, todavía con las manos en alto, mirándome con un dolor tan profundo en sus ojos azules que me partió el alma en dos.

El terror dio paso inmediato a la vergüenza. Una vergüenza corrosiva, humillante y aplastante.

Escondí mi cara entre las rodillas, clavando las uñas en mis propios brazos por encima de la tela del jersey.

—Lo siento... —lloré amargamente, mi voz ahogada por la tela de mis pantalones—. Lo siento mucho, Nathan. Soy un desastre. Estoy rota.

No hubo reproche. No hubo bufidos de frustración o palabras sobre cómo le había arruinado la noche. Escuché el roce de su ropa contra la alfombra. Se movió, pero no hacia mí. Fue hacia el sofá y agarró una manta gruesa de lana.

Se acercó a mí con lentitud calculada y, en lugar de invadir mi espacio, se sentó en el suelo a medio metro de distancia, de lado, sin mirarme directamente para no hacerme sentir acorralada. Dejó la manta sobre el suelo, a medio camino entre los dos.

—No tienes que pedir perdón por absolutamente nada —dijo Nathan, con una voz tan firme y segura que cortó mis sollozos por un segundo—. No estás rota, Emily. Solo estás herida. Y las heridas duelen.

Levanté la cara lentamente. Mis ojos estaban hinchados, rojos, mi pelo era un desastre, y me sentía asquerosamente pequeña.

—Me siento sucia —confesé, con un hilo de voz, escupiendo la verdad que me comía por dentro—.

Siento que sus manos siguen ahí, manchándome la piel.

Intentaba estar contigo, lo intentaba de verdad, porque te deseo, pero de repente el aire frío.

.. y me arrastró de vuelta... yo me sentía tan sucia, Nathan. ..

Me tapé la boca con la mano para ahogar un gemido de dolor agudo, sintiendo que iba a vomitar de la vergüenza.

Nathan cerró los ojos por un segundo, y vi cómo apretaba la mandíbula con tanta fuerza que un músculo saltó en su mejilla.

Su pecho subió y bajó en una respiración profunda, tragándose la furia que seguramente le provocaba escuchar lo que le contaba.

Cuando volvió a abrir los ojos, toda la ira estaba oculta, dejando solo comprensión.

—Escúchame con atención, Emily —me pidió, girando la cabeza para mirarme fijamente—. Nada de lo que te pasó fue culpa tuya. Nada. Esa suciedad de la que hablas no te pertenece a ti. Les pertenece a los cobardes que te hicieron daño. Tú eres pura luz.

Negué con la cabeza frenéticamente.

—No lo entiendes. Estoy defectuosa. Te mereces a alguien normal. Alguien que no entre en pánico cuando le quitas el jersey. Yo te prometí que no huiría, y mírame... no sirvo para esto.

—Emily, para —Nathan no levantó la voz, pero su tono autoritario hizo que me callara—.

Te veo perfecta. Te veo perfecta incluso cuando sé que la perfección no existe.

Te veo perfecta porque te quiero con todas tus malditas imperfecciones y cicatrices.

No serías la misma mujer de la que me he enamorado si fueras esa chica "normal" y perfecta que dices.

Y entonces, quizá ya no te querría igual.

Mis lágrimas cayeron en silencio por mis mejillas, absorbiendo el peso de sus palabras.

—No voy a pedirte nunca que cambies, Emily —continuó, su voz suavizándose hasta convertirse en un abrazo cálido—.

Porque te amo de verdad. Desde el principio me mostraste quién eras.

Me advertiste de tus muros. Y, aunque te diera un miedo aterrador, me permitiste conocer cada centímetro de tu alma y de tu mente antes que tu cuerpo.

Eso vale mucho más para mí que una noche juntos.

Extendió la mano, lentamente, manteniendo la palma hacia arriba en un gesto de ofrenda, esperando a ver si yo estaba lista para tomarla.

—Solo sé tú, Emily. A tu ritmo. Del resto... del resto me encargo yo. Te lo juro.

Miré su mano, extendida hacia mí, firme, segura, limpia de todo peligro. El pánico se había desvanecido por completo, reemplazado por un agotamiento emocional extremo, pero también por una paz profunda.

Solté un suspiro tembloroso, desenredé los brazos de mis rodillas y, con cautela, estiré mi mano hasta colocarla sobre la suya.

En el instante en que nuestros dedos se tocaron, Nathan no tiró de mí hacia él.

En cambio, se movió él, acortando la distancia hasta quedar a mi lado.

Pasó su brazo por detrás de mis hombros y me atrajo hacia su pecho con delicadeza.

Apoyé la mejilla contra su camiseta térmica, escuchando el latido fuerte, acompasado y reconfortante de su corazón. Olía a él. Mi hogar olía a él.

Me envolvió en la manta gruesa de lana, creando una fortaleza donde los fantasmas de Asher y los demás no podían entrar. Me besó en la coronilla, apoyando su mejilla contra mi pelo.

Esa noche, no hubo pasión en la cabaña frente al lago.

No hubo ropas quitadas, ni piel contra piel.

Pero esa noche, mientras el fuego moría lentamente en la chimenea y yo me quedaba dormida en los brazos del hombre que me había recogido del suelo sin importarle que fuera un rompecabezas de mil piezas, tuvimos nuestra primera noche juntos.

La noche más íntima, real y curativa de toda mi existencia.