Chapter 24
E l hielo, por definición, es rígido. Es una estructura molecular perfectamente ordenada, diseñada para no ceder, para mantenerse firme ante cualquier impacto.
Pero el hielo tiene una debilidad fundamental: cuando se expone a una fuente de calor constante, no se rompe con un estruendo; simplemente, empieza a derretirse gota a gota, en silencio, hasta que la estructura colapsa desde dentro.
Nathan Brooks era ese calor constante.
Habían pasado tres semanas desde aquella noche de tormenta en su despacho, desde que me dijo que no me dejaría caer.
Desde entonces, el aire entre nosotros había cambiado.
Ya no era solo una relación de mentor y becaria.
Había una electricidad nueva, un zumbido bajo la piel que me acompañaba desde que me despertaba hasta que apoyaba la cabeza en la almohada.
Era finales de noviembre, y el frío de Los Ángeles —esa ligera brisa que obligaba a llevar un abrigo ligero por las noches— se había instalado en la ciudad.
Acabábamos de ganar el caso Hargrove de manera oficial.
Para celebrarlo, Nathan no me llevó a un bar ruidoso lleno de abogados arrogantes celebrando con champán.
Me llevó a un pequeño y discreto restaurante italiano escondido en una callejuela de Santa Mónica.
El lugar olía a paraíso terrenal: a masa de pizza recién horneada, a ajo tostado en aceite de oliva, a albahaca fresca y a madera vieja. Nos sentamos en una mesa al fondo, iluminada únicamente por la luz temblorosa de una vela blanca en el centro.
Nathan llevaba una camisa color carbón que resaltaba el azul invernal de sus ojos.
Hablamos durante horas. No de leyes, no de contratos, sino de la vida.
Le conté que me gustaba leer fantasía para escapar; él me confesó que de niño quería ser arquitecto pero terminó enamorado de la estructura invisible de las leyes.
Bebimos un vino tinto de la Toscana, denso y con un regusto a cerezas negras y roble que me calentó la garganta y me aflojó los músculos de los hombros.
Cuando salimos del restaurante, la brisa del océano Pacífico nos golpeó la cara con su característico olor a sal y humedad.
Caminamos hacia mi apartamento, que estaba a solo unas manzanas de distancia.
El roce accidental de su brazo contra el mío me enviaba descargas eléctricas que me cortaban la respiración.
Mi corazón latía con un ritmo acelerado, golpeando mis costillas como un pájaro asustado que, por primera vez en años, quería salir de su jaula.
Llegamos al portal de mi edificio. La luz amarillenta de la farola recortaba su silueta alta y protectora. Me giré hacia él, abrazándome a mí misma, no por el frío, sino por los nervios puros y duros que me atenazaban el estómago.
—Gracias por la cena, Nathan —murmuré. Mi voz sonó inusualmente suave, desprovista de mi habitual tono cortante—. El vino estaba... perfecto.
—Te lo merecías, Emily. Has trabajado sin descanso —respondió él.
Dio un paso hacia mí. Redujo la distancia de seguridad que siempre manteníamos, invadiendo mi espacio vital, pero mi cuerpo no retrocedió. No sentí el impulso de huir. Me quedé anclada en el cemento, mirando hacia arriba, perdiéndome en la intensidad de sus ojos.
Nathan levantó una mano lentamente. Me dio todo el tiempo del mundo para apartarme, para decirle que no, pero me quedé inmóvil.
Sus dedos, cálidos y suaves, rozaron la línea de mi mandíbula.
Su pulgar acarició mi mejilla, apartando un mechón de mi pelo negro azabache.
El contraste de su calor contra mi piel fría me hizo soltar un pequeño suspiro tembloroso.
—Emily... —susurró mi nombre como si fuera un cristal a punto de romperse—. ¿Puedo?
Esa simple palabra. Esa maldita pregunta. Me estaba dando a elegir. Me estaba devolviendo el poder sobre mi propio cuerpo. Nadie me había preguntado nunca. Asher simplemente tomaba; Logan simplemente invadía. Pero Nathan estaba pidiendo permiso para cruzar mi frontera.
Tragué saliva, sintiendo que el nudo en mi garganta se deshacía. Asentí. Una sola vez, con lentitud.
Nathan inclinó la cabeza. Cerré los ojos, preparándome inconscientemente para un impacto rudo, para un agarre posesivo en la nuca. Pero lo que recibí fue una caricia absoluta.
Sus labios rozaron los míos con una delicadeza abrumadora.
Era un contacto suave, cálido, tentativo.
Sabía a vino tinto y a algo intrínsecamente suyo, limpio y masculino.
No me agarró con fuerza, no intentó dominarme.
Simplemente mantuvo su mano en mi mejilla, sosteniendo mi rostro como si fuera su tesoro más preciado.
Mi mente se quedó en blanco. El miedo se evaporó, barrido por una ola de calidez que nació en mi pecho y se extendió hasta las puntas de mis dedos.
Respondí al beso, abriendo ligeramente los labios.
Él profundizó el contacto, pero siempre manteniendo esa cadencia lenta, reverencial.
Fue un beso que no buscaba devorarme, sino alimentarme.
Un beso que no dejaba cicatrices, sino que curaba las que ya estaban allí.
Cuando nos separamos, nos quedamos con las frentes apoyadas la una contra la otra. Mi respiración era irregular. Abrí los ojos y vi los suyos, oscurecidos por la emoción, mirándome con una devoción que casi me hace echarme a llorar allí mismo.
—Buenas noches, Emily —susurró, rozando su nariz contra la mía antes de dar un paso atrás, dejándome espacio para respirar.
—Buenas noches, Nathan.
Subí a mi apartamento en una nube. Cuando cerré la puerta a mis espaldas, me deslicé por la madera hasta sentarme en el suelo, me toqué los labios con las yemas de los dedos y, por primera vez en cinco años, sonreí de verdad. Una sonrisa genuina, libre de sombras.
Pasaron tres semanas. El mes de diciembre envolvió Los Ángeles con un aire festivo y brillante, pero mi verdadera luz estaba dentro del bufete.
Nuestra relación avanzó con una naturalidad que me asustaba y me maravillaba a partes iguales.
En la oficina manteníamos una profesionalidad estricta, pero las miradas compartidas por encima de las carpetas de los casos y los roces accidentales en la sala de reuniones eran nuestro secreto.
Y fuera del trabajo, Nathan me estaba enseñando a vivir de nuevo.
A lo largo de esas semanas, mis pensamientos hacia él se transformaron.
Ya no era solo mi supervisor; era mi refugio.
En sus brazos me sentía protegida, me sentía, de alguna manera absurda e irreal, la reina de su corazón.
Esos mismos brazos eran capaces de levantarme cuando el fantasma del pasado me tiraba al suelo, de apoyarme incondicionalmente cuando la presión del trabajo me asfixiaba, y de darme de comer después de un día duro, cocinando para mí en su apartamento mientras yo me acurrucaba en su sofá.
Con Nathan, la paranoia silenciosa en mi cerebro empezó a apagarse. Y, en esos momentos de paz, empezaba a entender que el sufrimiento, por muy brutal y destructivo que fue, me había enseñado a valorar esta seguridad. A valorar a un hombre de verdad.
A mediados de diciembre, Nathan me dio una sorpresa.
—Haz la maleta —me dijo el viernes por la tarde, asomándose a mi cubículo cuando ya no quedaba casi nadie en la oficina—. Pasamos el fin de semana fuera.
El destino resultó ser Lake Arrowhead, un pintoresco pueblo en las montañas de San Bernardino, a un par de horas en coche de la ciudad.
El trayecto fue mágico. El paisaje urbano de cemento y palmeras dio paso a enormes pinos verdes, carreteras sinuosas y, finalmente, nieve.
Yo miraba por la ventanilla, fascinada por el contraste, mientras la calefacción del todoterreno de Nathan me mantenía caliente y el sonido de una lista de reproducción llenaba el habitáculo.
Llegamos a una cabaña de madera rústica pero increíblemente lujosa, aislada en medio del bosque, con vistas a un lago parcialmente congelado. El lugar olía a cedro, a pino fresco y a invierno puro.
La primera noche transcurrió risas de las que no me creía capaz, vino caliente con especias y una cena que preparamos juntos en la cocina abierta.
Encendimos la inmensa chimenea de piedra del salón.
El sonido de la leña crujiendo y el resplandor anaranjado del fuego creaban una burbuja de intimidad tan profunda que me sentía flotando.
Nos sentamos en la gruesa alfombra de piel frente al fuego. Yo llevaba unos leggins cómodos y un jersey de lana gris oversize; él llevaba unos pantalones oscuros y una camiseta térmica negra que se ajustaba a su torso. Estábamos apoyados en el sofá, mis piernas cruzadas sobre las suyas.
Nathan apartó la copa de vino de mi mano y la dejó en la mesa auxiliar. Me miró con esa intensidad que lograba paralizarme el corazón, y luego trazó la línea de mi cuello con el dorso de sus nudillos. El toque me provocó un escalofrío delicioso que no tenía nada que ver con el frío del exterior.
Se inclinó y me besó. Esta vez, el beso no fue solo una promesa tentativa como aquella noche.
Había urgencia, había necesidad. Mis manos subieron instintivamente hasta su nuca, enredando mis dedos en su pelo suave.
Él soltó un ligero gruñido en mi boca, un sonido profundo que me hizo vibrar por dentro.
Sus manos, grandes y cálidas, bajaron por mi espalda, agarrándome por la cintura para acercarme más a su cuerpo firme.
El calor de la chimenea me tostaba la piel del rostro, pero el fuego que se encendía en mi bajo vientre era mucho más intenso.
Nathan empezó a besar mi cuello, dejando un rastro de humedad y calor justo debajo de mi mandíbula, en el punto exacto donde el pulso me latía desbocado.
Olía a sándalo, a vainilla y a deseo. Me dejé llevar, cerrando los ojos, sintiendo que por primera vez estaba lista para esto.
Lista para borrar las marcas sucias de mi pasado con la pureza de sus manos.