No me quites la inocencia Chapter 22 #2
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Chapter 22 #2

Abrí la puerta y entré. El despacho era amplio, bañado por la luz natural que entraba por un enorme ventanal con vistas al caótico skyline de Los Ángeles. Detrás de un escritorio de cristal y acero, rodeado de torres de carpetas perfectamente alineadas, estaba él.

Nathan Brooks.

El aire se quedó atrapado en mi tráquea por una fracción de segundo.

Era insultantemente joven —veintiséis, quizás veintisiete— para tener su apellido cincelado en la puerta principal.

Llevaba un traje azul marino cortado a medida que se ajustaba perfectamente a sus hombros anchos, una camisa blanca impecable y una corbata de seda con un nudo perfecto.

Estaba concentrado en un pliego de folios, pero al escuchar el cierre de la puerta, levantó el rostro.

El impacto visual fue como sumergir la cabeza en un lago helado.

Sus ojos colisionaron contra los míos. Eran de un azul profundo, limpio y transparente, como el cielo de invierno.

Un color que transmitía una calma absoluta.

Su cabello moreno estaba peinado hacia atrás con pulcritud, aunque un mechón rebelde caía ligeramente sobre su frente.

Respiré.

No había rastro de peligro en él. Olía a sándalo suave. No olía a humo, ni a menta, ni a cuero. Hizo que mis alarmas internas, esas que habían estado dormidas bajo el hielo, dieran un pequeño e imperceptible pitido de advertencia.

Nathan dejó los documentos sobre la mesa y me dedicó una sonrisa. No fue una de esas sonrisas ladeadas, arrogantes ni cargadas de intenciones ocultas. Fue una sonrisa educada, simétrica, genuinamente amable.

Se puso en pie. Su estatura impuso una sombra sobre el cristal de la mesa.

—Tú debes ser Emily —dijo, rodeando el escritorio. No se acercó demasiado, manteniendo una distancia estrictamente profesional, y me tendió la mano—. Soy Nathan Brooks. Bienvenida a Sterling tienes una de las notas medias más altas en la última década.

Matrícula de honor en Derecho Contractual y en Ética. Es impresionante.

—Me esfuerzo en mis estudios, Nathan. Creo que la disciplina lo es todo —respondí, manteniendo el contacto visual.

—La disciplina es un buen cimiento, sí —asintió, ladeando ligeramente la cabeza—.

Pero he tenido a muchos becarios con expedientes brillantes que, a la hora de la verdad, se desmoronan bajo la presión de un caso real.

Aquí no tratamos con teorías de libros, tratamos con corporaciones que pierden o ganan millones de dólares en base a una coma mal puesta en un contrato.

—No me asusta la presión —dije con frialdad, sin alterar mi expresión. Ya me han roto en mil pedazos antes, un contrato no puede hacerme daño , pensé—. Me adapto rápido.

Nathan se reclinó lentamente contra el respaldo de cuero, y un destello de interés brilló en sus pupilas azules.

—Lo noto. Tienes una... —Hizo una pausa, buscando la palabra adecuada—.

Tienes una presencia muy serena. Muy analítica.

La mayoría de los becarios de tu edad que llegan aquí están más preocupados por saber dónde está la máquina de café o cómo impresionar a los socios aparentando estar ocupados.

Tú, en cambio... Tú pareces dispuesta a auditarme a mí.

No pude evitar que la comisura de mis labios temblara ligeramente hacia arriba, una micro-sonrisa que reprimí al instante.

—Si me cediera los libros de contabilidad de sus últimos litigios, quizá lo estaría haciendo.

Nathan soltó una carcajada breve, un sonido profundo y rico que rebotó en los cristales del despacho. Era un sonido limpio. Era un entorno tan sano que casi me daba alergia.

—Me gusta tu actitud, Emily. Verás, el resto de los socios te tendrán haciendo fotocopias y archivando papeles viejos durante los próximos tres meses. Eso es lo que hacen con los novatos.

—Llevo tres semanas en ello —admití, sin quejarme.

—Lo sé. Pero yo tengo una forma diferente de trabajar —Nathan abrió un grueso archivo sobre su mesa y me lo deslizó por la superficie de cristal hasta que quedó frente a mí—.

Llevo la cuenta de Hargrove Industries. Están intentando una fusión hostil con una empresa tecnológica menor.

Necesito que alguien revise las cláusulas de rescisión de los contratos de los directivos de la empresa pequeña.

Hay una laguna legal, estoy seguro, pero no tengo tiempo de buscarla línea por línea.

Miré la carpeta. Luego lo miré a él.

—¿Me está pidiendo que haga el trabajo de un abogado cobrando becaria?

—Te estoy retando —corrigió él—. Te estoy pidiendo que me demuestres si ese expediente perfecto es solo capacidad para memorizar, o si de verdad tienes instinto para esto —Nathan me sostuvo la mirada.

Había un desafío en sus ojos azules, sin malicia—.

¿Crees que estás preparada, o prefieres volver a la fotocopiadora?

Alcé la mano y agarré la carpeta gruesa, sintiendo el peso del papel contra mis dedos.

—¿Para cuándo lo necesita? —pregunté, abriendo la primera página con gesto clínico.

La sonrisa de Nathan se ensanchó, una mezcla de aprobación y sorpresa agradable.

—Para mañana a primera hora. Es un texto denso. Te llevará horas. Probablemente tengas que quedarte hasta tarde.

—Me quedaré el tiempo que haga falta —cerré la carpeta y me puse en pie, alisando mi falda con una mano—. Si hay una laguna legal en estos contratos, Nathan, le aseguro que la encontraré antes de que salga el sol.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta. Pude sentir su mirada en mi espalda.

—Emily —me llamó justo cuando agarré el pomo de la puerta.

Me giré, mirándolo por encima del hombro.

—Bienvenida a mi equipo —dijo, con un tono más suave, casi cálido.

—Gracias —musité, saliendo del despacho y cerrando la pesada puerta de roble tras de mí.

Caminé de vuelta a mi pequeño escritorio en el área de becarios. El aire acondicionado me refrescó la nuca. Dejé caer la pesada carpeta sobre mi mesa y me senté.

Nathan Brooks era mi jefe. Era la antítesis de todo lo que había conocido en el pasado. Era transparente, educado y brillante.

Por un segundo, una voz diminuta y enterrada en lo más profundo de mi mente me susurró que aquel hombre de ojos azules podría ser peligroso de una manera completamente distinta: el peligro de hacerme bajar la guardia.

Apreté la mandíbula y abrí el expediente de Hargrove Industries.

No seas estúpida , me regañé mentalmente, sacando mi bolígrafo rojo para empezar a leer.

Nadie va a hacerte bajar la guardia nunca más.