No me quites la inocencia Chapter 23
46%

Chapter 23

Me froté los ojos, sintiendo la arenilla del cansancio bajo los párpados.

Llevaba siete horas sentada en la misma silla ergonómica, iluminada únicamente por la luz blanca y estéril de mi flexo de escritorio.

Frente a mí, el expediente de Hargrove Industries estaba esparcido en docenas de folios.

Mi bolígrafo rojo descansaba sobre la madera, junto a una taza de cartón que contenía un café que hace horas había dejado de estar caliente.

Le di un sorbo de todos modos. El líquido frío y amargo me raspó la garganta, pero necesitaba la cafeína.

Necesitaba que mi cerebro siguiera funcionando con la precisión de un bisturí.

Tenía el cuello rígido, los hombros tensos y un leve dolor palpitando en la sien derecha. Pero no me importaba.

Nathan Brooks me había lanzado un desafío. Un hombre me había puesto a prueba, pero esta vez no era una prueba sobre mi cuerpo o mi lealtad ciega. Era una prueba sobre mi intelecto. Y no pensaba perder.

Volví a sumergirme en el océano de jerga legal. Cláusulas de indemnización, acuerdos de no competencia, términos de disolución... Las palabras empezaban a bailar ante mis ojos, pero mi mente se aferraba a ellas con una terquedad obsesiva. Buscaba un fallo. Un hueco. Una grieta en la muralla.

Y entonces, a las cuatro y cuarto de la madrugada, la encontré.

Mi corazón dio un vuelco, no por miedo, sino por pura adrenalina.

Un latido fuerte, claro y victorioso que resonó en mis oídos.

El sabor metálico de la ansiedad desapareció de mi boca, reemplazado por la dulce embriaguez del éxito.

Estaba en la página 342, en el subapartado 4.

C sobre la rescisión anticipada por parte de los directivos.

El equipo legal de la empresa menor había redactado la cláusula utilizando el término «compensación proporcional al valor proyectado de las acciones» en lugar de «valor nominal actual».

Esa minúscula diferencia semántica, ese simple adjetivo mal colocado, significaba que, en caso de fusión hostil, Hargrove Industries podría liquidar a la directiva basándose en el valor actual del mercado, ahorrándose casi cuatro millones de dólares en indemnizaciones.

Era un agujero negro legal. Y yo lo había encontrado.

Subrayé la línea con el bolígrafo rojo, apretando tanto que casi perforo el grosor del papel.

Me recosté en la silla, soltando el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.

Una sonrisa involuntaria, pequeña y afilada, se dibujó en mis labios.

El control. Esto era lo que se sentía al poseerlo.

No necesitaba a nadie que me validara; mi cerebro era mi mejor arma.

A las ocho en punto de la mañana, la oficina comenzó a cobrar vida.

El murmullo de las secretarias, la mezcla del inconfundible olor a cruasanes recién horneados y perfume caro llenaron el aire.

Yo seguía exactamente en la misma posición, aunque había ido al baño a retocarme el maquillaje, lavarme la cara con agua helada y asegurarme de que mi armadura estuviera intacta.

No había rastro de ojeras bajo mis ojos; solo una frialdad meticulosamente calculada.

Escuché la cadencia de sus pasos antes de que su sombra cruzara mi campo de visión.

Nathan Brooks caminaba por el pasillo con esa seguridad tranquila que lo caracterizaba.

Llevaba un traje gris oscuro, una camisa blanca sin corbata, y sostenía un maletín de cuero en una mano y dos vasos de café humeante en la otra.

Al pasar por la zona de becarios, se detuvo frente a mi escritorio.

Su colonia, esa mezcla de sándalo y un leve toque de vainilla, no invadía mi espacio, sino que parecía pedir permiso para entrar.

—Buenos días, Emily —pronunció, y la vibración grave y cálida de su voz me acarició la nuca de un modo casi físico—. Por tu ropa, deduzco que esa silla ha sido tu cama esta noche.

Levanté la vista. Sus ojos azules me escudriñaron, buscando signos de agotamiento, pero yo le sostuve la mirada sin pestañear.

—Buenos días, Nathan. El sueño está sobrevalorado cuando hay cuatro millones de dólares en juego —respondí, con un tono neutro.

Deslicé la carpeta gruesa sobre mi escritorio hacia él—.

Página 342. Subapartado 4.C. Tienen un error semántico en la valoración de las acciones en caso de rescisión anticipada.

Podemos usarlo para liquidarlos a precio nominal.

Nathan parpadeó. Dejó los dos vasos de café sobre mi mesa y abrió la carpeta, yendo directamente a la página que le había indicado.

Vi cómo sus ojos recorrían las líneas subrayadas en rojo.

El silencio se prolongó durante diez segundos que parecieron horas.

Finalmente, cerró la carpeta de golpe y levantó la vista hacia mí. Su expresión era de puro asombro.

—Dios mío... —exhaló, casi para sí mismo—. He tenido a tres asociados senior revisando esto durante una semana y ninguno lo vio. Emily... esto es brillante. Eres brillante.

El elogio me golpeó en el pecho, justo donde la coraza de hielo era más gruesa. No era un halago vacío sobre mi cara o mi cuerpo. Era una validación a mi capacidad. Sentí un pequeño calor, una chispa que intenté apagar de inmediato, asintiendo con frialdad.

—Es solo cuestión de leer con atención.

Nathan sonrió, negando con la cabeza, y empujó uno de los vasos de café hacia mí.

—Te lo has ganado. Doble carga de expreso, sin azúcar, como supongo que te gusta teniendo en cuenta que pareces alimentarte de pura disciplina. Te veo en mi despacho en diez minutos. Vas a entrar conmigo a la junta con el cliente.

Se alejó hacia su oficina. Me quedé mirando la tapa blanca del vaso. Lo envolví con mis manos frías, sintiendo el calor traspasar el cartón. Él no lo sabía, pero acababa de golpear mi muro con un mazo de respeto.

Las semanas se transformaron en meses, y los meses en una rutina absorbente.

Nuestra victoria con Hargrove Industries sentó un precedente.

Para el resto de los becarios, yo me había convertido oficialmente en "la protegida del señor Brooks".

Me miraban con una mezcla de envidia y recelo, murmurando a mis espaldas en la sala de descanso mientras ellos se turnaban en la fotocopiadora y yo asistía a reuniones a puerta cerrada con los socios del bufete.

No me importaba. Sus opiniones me resbalaban con la misma facilidad con la que el agua de lluvia resbala sobre el cristal.

Pero lo que sí me importaba, lo que me descolocaba cada día un poco más, era la presencia constante de Nathan.

A medida que el verano daba paso al otoño en Los Ángeles, acercándonos más y más, nuestra dinámica se convirtió en un baile extraño y fascinante.

Trabajábamos juntos, codo con codo, a veces hasta doce horas al día.

Yo era afilada, cortante y letalmente eficiente.

Él era el equilibrio: tranquilo, metódico, y poseía una paciencia casi irritante.

Nunca levantaba la voz. Nunca me miraba con la condescendencia que otros socios reservaban para las mujeres jóvenes.

Cuando debatíamos una estrategia legal y yo me ponía a la defensiva, atacando con palabras frías, él simplemente me escuchaba, procesaba mi rabia disfrazada de lógica, y me respondía con una suavidad que me desarmaba por completo.

Y luego estaban los detalles. Esos malditos, diminutos e insidiosos detalles que amenazaban con derretir mis cimientos.

A finales de septiembre, después de un juicio agotador, bajamos juntos a la cafetería del edificio. Yo estaba particularmente silenciosa, repasando mentalmente los argumentos del abogado contrario. Nathan me compró un té verde y nos sentamos en una pequeña mesa apartada.

—Estás a mil kilómetros de aquí, Emily —comentó suavemente, apoyando los codos en la mesa.

Mis ojos saltaron hacia él y mis brazos se cruzaron sobre mi pecho en un acto reflejo de autodefensa.

—Estoy reestructurando el interrogatorio en mi cabeza.

—No, no lo estás. Llevas una hora frotándote la muñeca, una señal inequívoca de que algo te genera ansiedad a nivel personal, no profesional —Nathan le dio un sorbo a su café—.

Eres un misterio, ¿lo sabías? Eres la persona más brillante que conozco, pero te relacionas con el mundo como si todos estuviéramos a punto de atacarte.

Apreté la mandíbula. El aire a nuestro alrededor se volvió repentinamente denso.

—¿Sabes por qué ya no confío en la gente, Nathan? —pregunté, mi voz bajando una octava, destilando veneno.

Él sostuvo mi mirada, sin retroceder.

—Puedo imaginármelo...

—No. No puedes. No tienes ni la más remota idea —lo corté, sintiendo que el corazón me latía contra las costillas—.

Porque cuando entregué mi alma, la pisotearon.

Me engañaron. La golpearon. La destrozaron y luego la humillaron para que todos se rieran de ella.

Y un día, me dije a mí misma que ya no confiaría en nadie. Nunca.

Nathan me miró, y vi un destello de genuino dolor en sus ojos azules. Un dolor empático, como si mis palabras le hubieran dolido a él físicamente.

—Un día encontrarás a la persona adecuada que cuide de ti, Emily —dijo, con una convicción suave y firme—. Alguien que entienda el valor de lo que ofreces.

Solté una risa seca, carente de humor.

—Ya me cuido sola, Nathan. —Aparté la mirada, observando el tráfico a través del cristal de la cafetería—.

Era una chica fácil de querer. De las que sonreían por todo y no pedían nada a cambio.

Pero ya no. Porque dejé de creer en los hombres.

Porque me enseñaron que una caricia puede doler como el infierno, y que una palabra suave puede esconder algo muy oscuro y retorcido.

Así que me tocó recoger mis propios pedazos.

Curarme sola. Reconstruirme con lágrimas, con rabia y con fuerzas que ni siquiera sabía que tenía.

Volví a clavar mis ojos verdes, ahora convertidos en dos dagas de hielo, en los suyos.