No me quites la inocencia Chapter 22
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Chapter 22

A veces, las cicatrices nunca sanan del todo.

Permanecen ahí, ocultas bajo la piel, tejiendo una red invisible y tirante sobre tus huesos, pero palpitando con cada latido, demasiado profundas y dolorosas para olvidarlas por completo.

Es un dolor fantasma. A veces, la brisa de la tarde o el olor a un perfume determinado en la calle me hacían girar la cabeza, esperando encontrar el desastre acechándome, pero solo había silencio.

Creo que todo lo que me sucedió hace cinco años creó un vacío tan colosal en mi interior que ya nada, absolutamente nada, podía llenarlo.

Así que hice lo único que podía hacer para sobrevivir: me construí un muro de piedra alrededor de mi alma, un mecanismo de defensa impenetrable.

Intentaba, día tras día, enterrar los recuerdos de mi pasado bajo una gruesa capa de indiferencia forzada.

Quería olvidar a esa versión de mí; a esa Emily débil, ingenua, vulnerable, fácilmente quebradiza.

Y, sin embargo... por mucho que intentaba no recordar esos tiempos, los restos de esa niña aún respiraban dentro de mí, ocultos en cada fibra, en cada gesto, en la forma en que evitaba que la gente se acercara demasiado.

La vida me enseñó, de la manera más cruel posible, que la gente inevitablemente siempre te traicionará cuando menos te lo esperas, incluso cuando hubieras estado dispuesta a ofrecerles la luna del cielo, incluso cuando te hubieras vaciado para intentar llenarlos a ellos.

Pero... ¿Por qúe este maldito corazón no puede renunciar a él?

Cumplí veinte años la semana pasada. No hubo fiesta, no hubo tarta, no hubo velas que soplar ni deseos estúpidos que lanzar al vacío. Solo el sabor a quemado de un café negro y amargo por la mañana y el sonido del tráfico lejano.

La vida en Los Ángeles era tranquila. O, al menos, yo me la hice tranquila.

Es una metrópolis llena de millones de personas que fingen ser alguien que no son; yo encajaba a la perfección.

Creo que ya había ardido lo suficiente en el pasado como para no querer acercarme al fuego nunca más.

Aquí, en California, apenas tenía amigos.

No los necesitaba. La amistad, al igual que el amor, requiere vulnerabilidad, y yo había cerrado esa puerta con un candado de titanio y había tirado la llave al océano Pacífico.

Perdí el contacto con Amelia y James. Ni siquiera me despedí de ellos.

No sentí la necesidad. Simplemente desaparecí como un fantasma.

Tampoco habían perdido a una persona importante , pensé con amargura.

Amelia me tenía cariño, sí, pero tenía a su novio Josh, sus dramas de instituto, su vida perfecta. ..

Y James... bueno. Joder. Un nudo áspero se me forma en la garganta cada vez que pienso en James.

A lo mejor él fue el único que siempre me protegió, el único que de verdad me vio, mi escudo en la vida.

Pero él también era parte de ese mundo. Parte de los recuerdos que necesitaba incinerar.

Para salvar el cuerpo de la gangrena, a veces tienes que amputar el miembro infectado, aunque te duela. Y yo lo amputé todo.

Me volqué de lleno en los estudios. Quería ser una buena abogada.

No por un sentido idealista de la justicia, sino porque la ley me fascinaba por su rigidez.

Las leyes son absolutas. Los contratos tienen cláusulas, límites claros y consecuencias directas si se rompen.

En el derecho no hay espacio para las emociones ambiguas, para las manipulaciones baratas o para los cuentos de hadas.

Todo está por escrito. Si firmas, asumes las consecuencias.

Quería dominar ese mundo para tener el control que me faltó a los quince años.

Seguía sacando notas brillantes en la universidad.

Se me daba bien diseccionar textos legales, encontrar los fallos, buscar las grietas en los argumentos de los demás.

La relación con mi madre seguía igual: una coexistencia pacífica y distante.

Su nuevo trabajo en el hospital de Los Ángeles le permitía estar más horas en casa y tener un sueldo holgado, pero la distancia emocional entre nosotras era insalvable.

Ella me preparaba la cena, me preguntaba por la universidad, y yo le respondía con monosílabos amables mientras me encerraba en mi habitación con la excusa de que estaba "supuestamente estudiando".

Y lo hacía, la mayor parte del tiempo. Pero a veces, me perdía en mi pasado.

A veces me sentaba en el alféizar de la ventana en la madrugada, encendía un cigarrillo y fumaba en silencio, dejando que el humo áspero y gris me raspara la garganta, intentando olvidar.

Otras veces, leía libros de fantasía durante horas para perderme en mundos que no existían, historias donde podía perderme y ser otra persona, en otro universo, lejos de la realidad.

Cambié. Físicamente, al menos, era otra persona.

Decidí hacerme un cambio drástico. Uno que gritara al mundo que empezaba a ser una nueva Emily.

Me dejé el pelo largo, liso, cayendo como una cascada oscura por mi espalda, y lo teñí de negro azabache.

Fue la mejor decisión que pude tomar. El tono oscuro endureció mis facciones, afiló mis pómulos y creó un contraste brutal que hacía que mis ojos verdes destacaran mucho más, como dos trozos de cristal frío.

Ya no tenía flequillo. Despejé mi frente, dejando mi rostro al descubierto, como una declaración de intenciones: ya no me escondo.

Los granitos de la adolescencia habían desaparecido por completo, dejando una piel pálida y suave.

Me veía bien. Más que bien. Era una mujer atractiva, con curvas.

Pero mi atractivo tenía un aire cortante, casi letal.

A veces, cuando me miraba en el espejo del baño, tocando la superficie fría del cristal, me asaltaba una pregunta: Si a los 15 años me hubiera visto igual que ahora.

.. ¿me habría pasado lo mismo? ¿ Me habría convertido él en su juguete ? ¿ Habría sido todo diferente ?

La respuesta siempre se me atragantaba con un sabor a bilis.

Esta mañana el sonido estridente de mi alarma me sacó de un sueño sin imágenes a las seis en punto. El aire acondicionado de mi habitación zumbaba suavemente. Me levanté, sintiendo el suelo de madera frío bajo mis pies descalzos.

Hoy no era un día cualquiera. Me habían llamado para hacer prácticas en Sterling & Brooks , uno de los bufetes de abogados más prestigiosos del centro de Los Ángeles. Era mi primer día.

Me vestí con una armadura nueva: una falda de tubo negra que abrazaba mis caderas, una blusa blanca de seda abotonada casi hasta el cuello y unos stilettos negros de aguja que resonaban con autoridad contra el suelo.

Me recogí la mitad del pelo negro con una pinza, dejando el resto suelto, y me apliqué una capa de máscara de pestañas y un pintalabios color nude .

Me miré por última vez en el espejo. No había rastro de debilidad.

El trayecto hasta el centro financiero de Los Ángeles fue un embotellamiento interminable, un mar de asfalto hirviendo y parabrisas reflejando el sol cegador de California.

Conducía en piloto automático, con el aire acondicionado al máximo y la radio completamente apagada.

El interior de mi coche era mi burbuja personal: silencioso, impecable y con un leve olor a cuero limpio.

Mis manos agarraban el volante con firmeza, dándome esa sensación de control absoluto que tanto anhelaba en mi vida.

Tras dejar el coche en la plaza del garaje subterráneo del imponente rascacielos de cristal donde se alojaba el bufete, el frío artificial del vestíbulo me golpeó la piel en cuanto crucé las puertas giratorias. Subí en el ascensor hasta la planta 42.

Las oficinas de Sterling & Brooks olían a dinero.

A cuero recién pulido, a colonia cara, a tinta fresca y solo se escuchaba el suave zumbido de los ordenadores de última generación.

Los pasillos estaban forrados de moqueta gruesa que absorbía el sonido, creando una atmósfera de biblioteca de alto nivel.

Las primeras tres semanas en el bufete se disolvieron en una amalgama gris y asfixiante.

Mi trabajo fue patéticamente mundano. Un insulto a mi inteligencia.

Al ser la nueva becaria, me tocaba mover expedientes de un lado para otro y organizar contratos interminables.

Sin embargo, mi momento favorito llegó cuando me asignaron redactar un resumen de jurisprudencia.

No me importaba pasarme horas leyendo sentencias antiguas o textos legales espesos.

Al contrario, me gustaba. Me fascinaba diseccionar los argumentos, buscar las grietas en las defensas y analizar cómo una sola coma mal puesta podía hacer perder millones a una empresa. La ley era exacta, fría y calculadora.

A las once y media de la mañana, la recepcionista, una mujer rubia con sonrisa entrenada, se acercó a mi pequeño escritorio en el área de becarios.

—Emily Reed, ¿verdad? —preguntó. Asentí, enderezando mi postura—. El señor Brooks quiere verte en su despacho. Es tu supervisor directo. Al final del pasillo, puerta de roble doble.

Mi estómago se contrajo ligeramente, un acto reflejo primitivo, pero rápidamente lo asfixié.

Cogí mi libreta de notas de cuero negro, mi bolígrafo, y caminé hacia allí.

Mis tacones se hundían en la moqueta, amortiguando mis pasos.

Asumía que la reunión sería la típica perorata de un abogado arrogante pidiéndome que le trajera el café más caliente o que archivara una montaña de demandas aburridas o me mirará el escote o me tratará con condescendencia paternal.

Llegué frente a la puerta doble de roble y di dos golpes secos.

—Adelante —respondió una voz masculina desde el interior. Era una voz grave, calmada, pero con una resonancia de autoridad que vibró en la madera.