Chapter 21 #3
—Tápate, Emily —escupió James, con la voz rota, pasándose una mano temblorosa por el pelo oscuro—. Maldita sea... Enana, ¿qué estás haciendo con tu puta vida?
Encontré mi top tirado en el suelo y me lo puse, sintiendo como las lágrimas calientes volvían a acumularse en mis ojos. Levanté la vista hacia él. Mis ojos verdes, empañados por las lágrimas y el alcohol, se encontraron con los suyos.
—¿Vivirla? —respondí, soltando una risa histérica y sin gracia que resonó hueca en la habitación—. Solo estoy pasándolo bien, James. Igual que hacen todos. Igual que hace él .
James dio un paso más hasta quedar a centímetros de mi rostro. Su altura me empequeñecía. Puso sus manos grandes y cálidas sobre mis hombros y apretó con firmeza. Era el ancla de un barco a la deriva.
—Esto no es vivir, enana —dijo en un susurro áspero, casi suplicante—. Esto es destruirte. Y no voy a permitir que ese malnacido te arrastre al puto fango con él. ¿Me oyes? No valen la pena. Ninguno de estos imbéciles vale una sola de tus lágrimas.
—¡No me importa! —grité yo también, rompiendo a llorar a mares, las lágrimas lavando el delineador negro por mis mejillas—. ¡Quería dejar de sentir, James! ¡Quería que todo parara! ¡Quería que el pecho dejara de dolerme! ¡Solo quería dejar de ser yo!
James me miró, y el enfado en sus ojos se derritió al instante, reemplazado por un dolor profundo.
Como si él mismo sintiera el corte de mis heridas.
Sin decir una palabra más, me tiró contra su pecho y me abrazó.
Me abrazó con tanta fuerza que mis pies casi se despegaron del suelo.
Sus brazos grandes y cálidos me rodearon por completo, formando un escudo irrompible contra el mundo exterior, contra Mason que lloriqueaba en el suelo, contra Zake que escupía sangre.
Pero no podía salvarme de la oscuridad en la que yo misma había decidido instalarme.
—Ya está, enana. Ya te tengo —susurró James contra mi pelo, acariciándome la nuca mientras yo sollozaba descontroladamente contra su camiseta—. No voy a dejar que te hundas. Nos vamos a casa. Te saco de aquí.
Me aferré a él, llorando hasta quedarme vacía. Esa noche, entre la sangre, el alcohol y la humillación, la niña de quince años murió definitivamente. Y en el vacío que dejó en mi pecho, solo quedó un inmenso y gélido bloque de hielo.
Había pasado una semana. Siete días que se sentían como una única y eterna noche estancada entre las cuatro paredes de mi habitación.
No había salido ni una sola vez, ni siquiera cuando el hambre me mordía el estómago con la fuerza de un animal rabioso.
El mundo exterior, con su sol de julio y su alegría estival, me resultaba insultante.
Me sentía asquerosa. Sucia de una forma que el jabón no podía alcanzar. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Asher, Logan, Mason y Zake.
Lo de Logan había sido un error. Lo de Mason y Zake había sido otra cosa. Porque con ellos no hubo engaño. No me vendieron mentiras bonitas ni promesas vacías. Y lo peor no es que casi pasara. Era que ya no sabía distinguir entre lo que quería y lo que me hacía daño.
El silencio de esta casa mata, y la esperanza, la poca que me quedaba, se apaga tan despacio que es una tortura.
Un alma humana puede convivir con el dolor, sí, te acostumbras a la herida; pero, ¿qué coño haces cuando el dolor ya no desaparece jamás?
¿Cuando se vuelve tu jodida sombra ? Tienes dos putas opciones: o eliges sanar o te quedas estancada en la miseria.
Sea lo que sea que yo acabara haciendo, sabía con una certeza aterradora que terminaría perdiéndome.
Mi móvil, tirado en algún rincón bajo la cama, no dejaba de vibrar al principio. Amelia, James, incluso algunos mensajes de "perdón" de Mason que borré sin leer. No contesté a nadie.
Me pasaba las horas bocarriba, mirando las motas de polvo flotar en la penumbra, repasando cada estupidez que había cometido.
Mi mente diseccionaba mi primer amor, ese flechazo violento y ciego.
¿Había sido amor de verdad? ¿O solo fui una niña asustada, huérfana de afecto, que vio un salvavidas en el peor de los abismos y se aferró a él hasta ahogarse?
Pero de algo estaba segura: tenía que ser cuidadosa. Me tragué los sollozos y me sequé el rostro mil veces. Mi madre no podía verme llorar nunca más. No iba a permitir que viera las ruinas humeantes en las que me había convertido.
—¿Emily? ¿Puedo entrar? —La voz de mi madre sonó suave, casi temerosa, tras la madera de la puerta.
No respondí. La puerta crujió y el olor clínico a desinfectante de hospital llenó el cuarto, barriendo el ambiente cargado de mi encierro. Se sentó en el borde del colchón, en la penumbra.
—Me han dado una respuesta del hospital —dijo, la voz temblándole por la ansiedad—. Del puesto de supervisora.
Me giré lentamente hacia ella. Mi cuerpo pesaba una tonelada.
—No es en Nueva York, Emily —susurró, y pude ver el brillo desesperado en sus ojos—. Me han ofrecido la dirección del departamento de enfermería en un centro de urgencias en Los Ángeles.
Los Ángeles. Al otro lado del mapa. A miles de kilómetros de este parque, de estas calles, de la moto de Asher y de la cocina de Mason.
—Es el sueldo que necesitamos para empezar de verdad —continuó ella, apretando sus manos sobre sus rodillas—. Pero está muy lejos. Si quieres que nos quedemos, lo entiendo.
Dejar esto.
Miré a mi alrededor. Miré las fotos en la pared donde sonreía con Amelia. Miré la ventana desde donde podía ver el parque. Miré las sábanas donde había llorado hasta deshidratarme. No quedaba nada aquí para mí, salvo escombros y humillación.
Si me quedaba, siempre sería la chica que se perdió a sí misma en una fiesta.
—Vámonos —dije. Mi voz sonó rasposa, carente de cualquier matiz, como el roce de dos piedras secas.
—¿Estás segura, cielo? Es California. Una vida totalmente nueva. Tienes que estar segura, la mudanza será en unas semanas.
—Es perfecto —sentencié.
A principios de agosto, el asfalto ardía con una crueldad despiadada.
Iba sentada en la parte trasera de un taxi amarillo, envuelta en un hedor mareante a ambientador de pino sintético y cuero rancio.
Apoyé la frente contra el cristal frío y vibrante de la ventanilla, dejando que el traqueteo del motor me entumeciera el cráneo mientras las calles abarrotadas de Nueva York se difuminaban en mi visión periférica, desdibujándose velozmente en dirección al aeropuerto.
En el maletero de aquel coche destartalado solo iban un par de maletas rasguñadas, pero sobre mis hombros cargaba el peso asfixiante de un millón de fantasmas de ojos oscuros y manos destructivas.
No miré hacia atrás por la luna trasera.
Ni una sola vez. No podía permitirme ver las cenizas de la ciudad que me había devorado viva.
Saqué el móvil del bolsillo de mis vaqueros. La pantalla se iluminó, fría y acusadora en la penumbra del vehículo. Cuarenta y tres llamadas perdidas de James. Cincuenta de Amelia.
Apreté la mandíbula hasta que el dolor me punzó las sienes.
Con dedos rígidos pero inquebrantables, saqué la tarjeta SIM del teléfono y la dejé caer por la ventanilla.
Un minúsculo cuadrado de plástico rebotando contra el asfalto agrietado, perdiéndose para siempre bajo las enormes ruedas de los coches que venían detrás.
Con ella, se hizo añicos la última cadena.
Adiós, Emily Reed. Adiós, estúpida, patética e inútil inocencia.
Hola, Los Ángeles. Hola, oscuridad.
Ahora sé que nadie me puede herir tanto como él.