Chapter 21 #2
—Ayer —mentí a medias, o tal vez fue hace días, el tiempo había perdido sentido para mí—.
Estaba borracha... aunque no ayuda de nada la excusa.
No voy a mentirte, Amelia. Estaba consciente de lo que hacía.
Yo lo busqué. Quería sentir algo diferente, quería borrar sus manos de mi piel. Quería que dejara de dolerme él .
—¡No puedes ir tirándote a tíos solo para olvidar a uno!
—exclamó Amelia, escandalizada, agarrándome por los hombros, sacudiéndome ligeramente—.
Eso no funciona así, no te va a sanar, te va a vaciar más.
Escúchame bien: no fuiste poca mujer para él, Emily.
Fue él poco hombre para ti. Necesitas a alguien que no te mantenga en la sombra, no castigarte de esta manera.
Sus palabras rebotaron contra mí. « Poco hombre ». « Poca mujer ». Qué estupidez. Yo no era una mujer, era un puto juguete roto. Me zafé de su agarre y me puse de pie. Las piernas me temblaban, pero la decisión en mi pecho era firme como el acero.
—Eso es lo que haré a partir de ahora —sentencié, limpiándome la última lágrima con el dorso de la mano—. Ya no buscaré amor. No sirve para nada, solo para que te arranquen la piel a tiras. Buscaré pasarlo bien. Apagar el cerebro y sobre todo el corazón.
Amelia abrió la boca para rebatirme, pero en ese preciso instante, mi móvil vibró en el bolsillo.
Lo saqué. La luz de la pantalla iluminó mis facciones marcadas por el cansancio.
Era una notificación de Mason, uno de los chicos del círculo extendido.
No era mi amigo, solo parte de esa fauna salvaje que orbitaba alrededor de la popularidad.
Mason: Fiesta en mi casa esta noche. Alcohol de sobra.
Miré la pantalla iluminada. Y ahí estaba. Mi libertad suprema. Una invitación al caos, a la desconexión total. Esta noche la aprovecharía al máximo. Esta noche quemaría lo que quedaba de la antigua Emily hasta reducirla a cenizas.
Horas más tarde, el bajo de la música retumbaba en el suelo de madera de la casa de Mason, subiendo por mis piernas y vibrando directamente en mi pecho. El aire estaba viciado, espeso, cargado de un olor penetrante a humo de marihuana y alcohol.
Llevaba un top negro ajustado que dejaba mi ombligo al aire y una falda vaquera demasiado corta.
Gritaba: tócame para no sentir nada . Mi flequillo estaba alisado y mis ojos delineados con lápiz negro.
Me abrí paso entre la multitud de adolescentes que bailaban y gritaban.
Sentía la tensión en mis hombros, una electricidad estática que me ponía los pelos de punta.
Y entonces, como si el destino quisiera darme la última estocada para asegurarse de que estuviera bien muerta, le vi.
Estaba de pie cerca de las puertas correderas del jardín trasero. Llevaba una camiseta blanca que resaltaba sus brazos tatuados y trabajados. Y no estaba solo. Zoe estaba acorralada contra el cristal. Y él... él la estaba besando.
Me quedé paralizada, como si me hubieran inyectado cemento en las venas.
Mis ojos verdes se dilataron. No era un beso rápido.
Era sucio, hambriento. Y lo peor de todo, lo que me trituró el alma como si la pasaran por una picadora de carne, fue ver sus manos.
Las manos de Asher, largas, fuertes, con esos anillos de plata, bajaban por la espalda de Zoe y se agarraban a sus caderas, masajeándolas, apretándolas a la vista de todo el maldito mundo.
A mí me había mantenido en las sombras. A ella la tocaba a plena luz, reclamándola sin importarle quién mirara.
Un pitido ensordecedor se instaló en mis oídos.
El sabor a bilis me subió por la garganta.
Sentí rabia, humillación, asco, celos, pero sobre todo, una agonía insoportable.
Él abrió los ojos un segundo mientras besaba a Zoe.
Sus ojos marrones verdosos, fríos y calculadores, barrieron la sala, pasaron por encima de mí sin detenerse, sin importarle una mierda que yo estuviera presenciando mi propio asesinato emocional.
No era nadie. Nunca lo fui.
Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas.
Me giré bruscamente hacia la mesa improvisada de las bebidas.
Agarré la primera botella que encontré —vodka— y le di un trago largo.
El líquido quemó mi garganta, bajando como fuego líquido, pero lo agradecí.
El ardor físico anestesiaba el dolor del pecho.
—¡Eh, cuidado, fiera! Deja algo para los demás.
Me giré, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Era Mason. Tenía una sonrisa torcida, los ojos vidriosos y apestaba a hierba.
—Si quieres, te consigo otra para ti solo —le respondí.
Mason se acercó, invadiendo mi espacio personal. Su mirada descendió descaradamente hacia mi escote.
—Estás muy guapa esta noche, Emily. Diferente. Más... salvaje —murmuró, pasándome un porro a medio consumir.
Lo cogí con dedos temblorosos. Le di una calada profunda, reteniendo el humo en mis pulmones hasta que sentí que me mareaba, y luego lo expulsé lentamente. El zumbido en mi cabeza empezó a hacer efecto, difuminando los bordes afilados de la realidad.
—Solo quiero divertirme, Mason —dije, sintiendo que mis labios pesaban.
De repente, otra figura se materializó junto a él. Zake. Otro de los chicos de la órbita de ese grupo. Tenía una gorra echada hacia atrás y una mirada intensa que, en cualquier otra circunstancia, me habría hecho correr en dirección contraria.
—¿Divertirte? —Zake se rió, una risa ronca y húmeda—. Nosotros sabemos cómo divertirnos. ¿Verdad, Mason?
Mason asintió, acercándose un poco más a mí, rozando su mano por mi brazo.
—Dime una cosa, Emily —ronroneó Zake, bajando la voz para que solo nosotros tres lo escucháramos por encima del estruendo de la música—. ¿Alguna vez has hecho un trío?
La pregunta flotó en el aire, cruda y asquerosa. Mi cerebro gritó en señal de alarma, pero el alcohol y la hierba habían construido un muro de algodón alrededor de mi. Miré de reojo hacia Asher. Asher seguía besando a Zoe, su mano ahora en la entrepierna de Zoe.
Esta noche yo estaba muerta. Y a los muertos no les importa lo que hagan con sus cuerpos , pensé, con una amargura tóxica inundando mi sangre.
—No —respondí, mirándolos a los dos con una expresión vacía—. Nunca.
Zake sonrió de medio lado, un gesto que me recordó vagamente a Asher.
—¿Quieres que te enseñe mi piercing de la polla? —soltó Zake, sin ningún tipo de filtro, rozando su mano contra mi muslo—. Dicen que se siente increíble.
Era desagradable. Era denigrante. Pero la autodestrucción es un tobogán resbaladizo, y yo ya había soltado las manos del borde. Asentí lentamente, sintiendo que la habitación empezaba a dar vueltas a mi alrededor.
—Vale —escuché que decía mi propia voz, lejana, ajena.
Mason me agarró por la cintura, su mano apretando mi piel a través de la fina tela, y Zake me guio por el brazo. Caminé entre la multitud como un fantasma, tropezando con mis propios pies. El mundo era un borrón de ruido sordo.
Me metieron en una habitación al final del pasillo y cerraron la puerta con pestillo. El silencio relativo fue un golpe repentino. Solo había la luz de una farola de la calle entrando por la persiana a medio bajar, proyectando sombras alargadas en el suelo.
—Así me gusta —murmuró Mason, acorralándome contra la pared.
Sus labios chocaron contra los míos. Sabía a cerveza y a humo.
Le respondí el beso de forma mecánica, abriendo la boca, dejando que su lengua explorara sin sentir absolutamente nada.
Era como si estuviera viendo la escena desde el techo de la habitación.
Zake se colocó a mi otro lado, besándome el cuello, chupando mi piel con brusquedad.
Sus manos ansiosas me recorrieron el cuerpo, levantando el bajo de mi top.
Sentí el roce frío del aire cuando me quitaron la parte de arriba de un tirón.
Me quedé en sujetador, aplastada contra la pared por dos cuerpos extraños, calientes y sudorosos.
El aire frío de la habitación me golpeó la piel desnuda, poniéndome la carne de gallina, pero el frío en mi interior era mucho peor.
No sentía excitación. No sentía placer. Había una desconexión total y absoluta de la realidad. Solo me dejaba llevar.
Zake bajó la mano hacia mi falda, metiéndo la mano por debajo, tocando mi muslo interior.
Y entonces, el infierno se desató.
¡BAM!
Un estruendo ensordecedor rompió la habitación. La puerta no se abrió; literalmente fue reventada de una patada, chocando violentamente contra la pared y astillando el marco de madera.
La luz del pasillo irrumpió, cegándome, y recortó la silueta alta y ancha de James.
Su respiración era agitada, sus puños estaban apretados con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos bajo la luz amarillenta. Sus ojos, normalmente amables y protectores, eran dos pozos de furia homicida.
—¡QUÉ COÑO HACÉIS, HIJOS DE PUTA! —rugió, su voz haciendo vibrar las paredes.
Antes de que Mason pudiera girarse del todo, James lo agarró por el cuello de la camiseta y lo lanzó contra la cómoda del otro lado de la habitación.
La madera crujió y Mason cayó al suelo soltando un gemido de dolor.
Zake intentó reaccionar, levantando los puños, pero James era más rápido, más fuerte y estaba cegado por la rabia.
El primer puñetazo impactó de lleno en el pómulo derecho de Zake con un crujido sordo, repugnante.
El chico trastabilló hacia atrás, escupiendo sangre, y James remató con un gancho de izquierda directo a su mandíbula.
Zake se desplomó como un saco de patatas.
Yo me había encogido en la esquina, cruzando los brazos sobre mi pecho desnudo, temblando incontrolablemente por el shock del alcohol y la adrenalina.
James se quedó jadeando en medio de la habitación, mirando con asco a los dos idiotas en el suelo. Luego, se giró hacia mí. Su expresión se suavizó un milímetro, pero la decepción y el dolor en sus ojos me quemaron más que cualquier insulto.