No me quites la inocencia Chapter 21
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Chapter 21

S i alguien me hubiera pedido hacer un ranking de los momentos más dolorosos de mi vida, no habría sido capaz de empezarlo.

Ni mucho menos de ordenarlos. Y es que había pasado por demasiados momentos duros.

Para tener solo quince años, mi línea de vida ya parecía el electrocardiograma de un corazón a punto de pararse.

Con lo joven que era, sentía que había llegado al límite absoluto de mis fuerzas.

Sentía que mis huesos estaban hechos de polvo y mi corazón de un cristal tan fino que la simple vibración del aire amenazaba con reventarlo.

La vida está hecha de momentos buenos y no tan buenos.

No. La vida está hecha de momentos buenos, malos, horribles, maravillosos, tristes, depresivos, eufóricos, divertidos, sorprendentes.

.. Los momentos de la vida son un arcoíris lleno de colores, distinto para cada persona.

Sin embargo, en mi arcoíris predominaban los tonos grises y negros.

En ese instante, mientras el aire se sentía como cuchillas entrando en mis pulmones, solo veía gris y negro.

Me di cuenta de que, una vez más, me habían engañado. El rojo ardiente de la pasión y el azul sereno de la calma que creía ver en primer plano, no eran más que un velo translúcido, una distracción barata para que no viera la explosión de oscuridad que se gestaba justo detrás.

Cuando quise reaccionar, el vacío ya me había tragado.

Las piernas me fallaron y caí de rodillas.

El sonido seco de mis huesos chocando contra el suelo de madera retumbó en mis oídos como un trueno.

Conocía esa sensación. La había experimentado antes, dos veces.

Cuando era pequeña y se me había muerto mi perrita y cuando murió mi padre.

Sentía… No. No sentía. No sentía nada. Estaba entumecida, un shock tan profundo que te hace dudar de si el suelo que tocas es real o si estás atrapada en una pesadilla de la que es imposible despertar.

Lo que ocurría a mi alrededor no… no podía estar ocurriendo de verdad.

El mundo se movía a cámara lenta, los sonidos llegaban amortiguados, como si estuviera bajo el agua, y lo único que escuchaba con claridad era el latido errático de mi propio corazón, golpeando mis costillas como un pájaro enjaulado que sabe que va a morir.

Pasé la noche en una especie de trance, mirando al techo de mi habitación.

El aire de la mañana me cortaba las mejillas como si estuviera compuesto por diminutas cuchillas de cristal, pero apenas lo sentía.

Caminaba por las calles de mi vecindario arrastrando los pies, con las suelas de mis zapatillas rozando el asfalto húmedo.

Todo a mi alrededor parecía envuelto en un filtro gris, opaco, carente de vida.

Mi cuerpo pesaba una tonelada, como si mis huesos se hubieran rellenado de plomo.

El sabor metálico de la sangre seca aún perduraba en el interior de mi mejilla, de tanto mordérmela para no gritar. Mi mente era un bucle ruidoso, una cinta de casete estropeada que repetía la misma melodía macabra una y otra vez. « No creemos en los putos cuentos de hadas ».

Saqué el móvil del bolsillo con manos temblorosas. La pantalla brilló, hiriéndome los ojos cansados. Tecleé un mensaje rápido, desesperado.

Emily: Necesito verte.

La respuesta de Amelia llegó antes de que pudiera guardar el teléfono.

AMELIA: Ven a mi casa. Ahora .

El trayecto hasta su puerta lo hice en piloto automático.

Cuando llegué, ni siquiera tuve que llamar al timbre.

Amelia ya estaba abriendo la puerta, vestida con una camiseta de tirantes y pantalones cortos, con el pelo rubio recogido en un moño desordenado.

El olor a vainilla y a tostadas recién hechas me golpeó en la cara.

—Em... —empezó a decir Amelia, abriendo mucho los ojos al ver mi estado.

Di un paso hacia el interior del vestíbulo y las lágrimas, que habían estado contenidas detrás de mis ojos a punto de estallar, cayeron como cascadas hirvientes por mi rostro.

El nudo en mi garganta era tan grueso que me ahogaba.

Me tapé la cara con ambas manos, encogiéndome sobre mí misma, sintiendo que el pecho se me partía literalmente en dos mitades sangrantes.

—Se acabó... —fue lo único que pude articular entre sollozos guturales, sacudida por espasmos que me cortaban la respiración—. Se acabó, Amy.

Amelia cerró la puerta de un portazo y me rodeó con sus brazos. Su abrazo era cálido, suave, pero yo me sentía como un cadáver rígido en sus brazos. Me guio a trompicones hasta su habitación. Nos sentamos en el borde de su cama, sobre el edredón rosa pálido que olía a suavizante de lavanda.

—¿Qué ha pasado, Em?—preguntó, con los ojos muy abiertos por la preocupación—. ¿Estás bien?

Alcé el rostro. Tenía el flequillo húmedo pegado a la frente, los ojos inyectados en sangre y los labios hinchados.

—No —Negué frenéticamente con la cabeza, respirando por la boca porque tenía la nariz completamente taponada por el llanto—.

No lo estoy. Me duele. Me duele todo. Todo duele, Amelia.

Mi piel duele, mis huesos duelen. Pero lo que más me duele.

.. lo que me está matando, es que extraño a alguien que, en realidad, nunca fue mío. ¿Lo entiendes?

Ella me miró, con el ceño fruncido, intentando procesar la magnitud de mi dolor.

—Me hizo sentir cosas que nunca antes había sentido —continué, ahogándome en mis propias lágrimas, clavando mis uñas en las palmas de mis manos hasta hacerme daño—. Y sucedió demasiado rápido para que pudiera asimilarlo.

Me quedé mirando un punto fijo en la alfombra de su habitación.

Mi mente divagó, hundiéndose en ese agujero negro que se había instalado en mi caja torácica.

¿ Acaso solo los humanos pueden sentirse tan vacíos por dentro ?

, pensé, sintiendo una sequedad abrumadora en el alma.

¿Existen otras criaturas en este puto mundo capaces de sentir lo que siento yo ahora ?

No es solo tristeza. Es más bien… como si volcaras un desierto entero dentro de mí.

Arena rasgándome la garganta, dunas de soledad aplastando mis pulmones.

—Ha jugado con mi corazón porque yo se lo entregué sin más —dije en voz alta, tragando saliva con sabor a sal—, sin pensármelo dos veces.

Se lo puse en bandeja de plata. En aquel momento tuve fe en él y en sus acciones.

Creí que sus silencios eran misterio, creí que sus migajas eran amor.

Pero... —apreté los puños, sintiendo un latigazo de rabia efímera cruzando mi dolor— ojalá mi recuerdo le persiguiera.

Ojalá le removiera por dentro y que, algún día, entienda que su marcha dejó a una chica con las alas rotas.

Amelia me acarició la espalda con torpeza.

—Tus alas volverán a aprender a volar, Em —dijo Amelia, intentando animarme—. Encontrarás a un hombre. Uno de verdad. Que con paciencia y tiempo lo conseguirá. Te pegará los pedazos. Solo que tendrás que elegir bien la próxima vez.

La miré, sintiendo una punzada de cinismo naciendo en lo más profundo de mi ser. El primer bloque de hielo formándose en mi corazón.

—Puede que tengas razón —murmuré, secándome las mejillas con la manga de la sudadera—.

Pero esas alas nunca volverán a hacerlo con la misma ligereza, ni con la misma libertad, ni con la misma inocencia de antes.

Esa niña... se ha muerto hoy. Se acabaron los cuentos de hadas.

Solo espero... solo espero dejar de quererle pronto.

—Lo harás. Te lo prometo —insistió Amelia, apretando mi mano—. El tiempo lo cura todo, ya lo verás. Eres preciosa, lista... Él es solo un imbécil que no supo ver lo que tenía enfrente. Pasará, Emily. Todo pasa.

Negué con la cabeza, sintiendo el ardor de las lágrimas amenazando con volver a caer.

—Será difícil mientras lo vea cada noche... —confesé, con un hilo de voz—. Sus amigos, el parque, las fiestas. Su olor, Amelia. Su olor a ese perfume oscuro y tabaco se me ha quedado impregnado en el cerebro.

—Entonces la solución es simple: no vayas más con ese grupo —dictaminó ella con una simplicidad que me pareció casi insultante—. Aléjate de ellos.

La miré, sintiendo un pinchazo de pánico irracional.

—No puedo...

—¿Por qué no? —Amelia frunció el ceño—. Eres masoquista, Emily. De verdad te lo digo. Si sabes que te hace daño su presencia... ¿Por qué ir? ¿Por qué seguir torturándote así?

Me mordí el labio inferior hasta saborear el cobre de mi propia sangre.

—Necesito verlo aunque sea unos minutos, de lejos —admití, sintiendo asco de mis propias palabras—. No lo sé... No puedo explicarlo. Es como si el dolor que me provoca fuera lo único que me confirma que estoy viva. Si no lo veo, el vacío es aún peor.

Amelia suspiró profundamente, soltándome la mano por un segundo, como si mi confesión la hubiera agotado.

—Escúchame bien —dijo, adoptando un tono más severo—. Hay hombres que te enseñarán lo mucho que vales... y otros que te enseñarán cuánto puedes aguantar. Asher es de los segundos. Da igual si se quedan o se van, te van a modelar el camino para seguir adelante. Tienes que aprender de esto.

Me quedé en silencio. El sonido del reloj de pared de su habitación hacía un tic-tac ensordecedor.

Cerré los ojos y la imagen de Logan, de sus manos, me asaltó de golpe.

El asco me subió por el esófago. Me sentí sucia.

Tan asquerosamente sucia y miserable que las siguientes palabras salieron de mi boca antes de que pudiera frenarlas, como un vómito verbal.

—Tuve sexo con otra persona...

Las palabras cayeron en la habitación como una bomba de relojería.

Amelia se quedó de piedra. Su mandíbula cayó ligeramente.

—¿Qué? Emily... ¿De qué hablas? Acabas de perder la virginidad... ¿Cuándo? ¿Con quién? ¿Qué has hecho?