Chapter 20
L a luz estridente de la pantalla del móvil me perforó los ojos hinchados cuando me desperté.
El reloj marcaba las once de la mañana. Parpadeé un par de veces para enfocar la vista, sintiendo la boca seca, pastosa, con un regusto agrío a alcohol y a tabaco que me revolvió el estómago.
La cabeza me latía al ritmo de un tambor sordo.
Me pesaban los brazos, las piernas, el alma entera.
Tenía una notificación. Un mensaje de Logan.
Mi corazón dio un vuelco estúpido, un aleteo patético de esperanza de que, al menos, él hubiera sentido algo real. De que la noche anterior no hubiera sido un error absoluto. Abrí el texto y cada palabra fue como una gota de ácido cayendo directamente sobre mi estómago vacío.
LOGAN: Espero que hayas sido consciente de que solo ha sido sexo. Los dos estábamos borrachos y necesitados. Nos vemos luego.
La respiración se me cortó. Mi mano tembló con tanta violencia que el teléfono se me resbaló de los dedos y se estrelló contra el suelo de madera con un golpe seco.
Me quedé mirando el techo de mi habitación, sintiéndome usada, vacía y completamente sucia.
Estaba rota. Rota a un nivel tan profundo que sentía que las piezas nunca volverían a encajar.
Sabía, con una certeza aplastante, que ya no podía confiar en nadie.
Las lágrimas se me quedaron atrapadas en la garganta. Se formaron como un nudo duro y punzante que apenas me dejaba respirar. Era como si, de repente, alguien hubiera apagado las luces y todo a mi alrededor se hubiera quedado envuelto en una oscuridad absoluta, asfixiante y densa.
Dolía . Joder, cómo dolía.
Se habían vuelto a reír de mí. Logan no me había protegido, no le había gustado de verdad; lo único que quiso fue metermela y hacerme daño, igual que él.
Igual que Asher. La cara de Logan anoche parecía real, su voz sonaba sincera, pero el resto fue puro teatro barato: una máscara calculada que se puso para cazarme, y yo me la creí entera.
Sus palabras dulces, sus caricias... todo fue solo un plan rastrero para acercarse a mí, usarme, seducirme y tacharme de una maldita lista.
Y yo, como una completa tonta, caí otra vez. Caí en su trampa perfecta solo porque soñaba con un amor bonito, de esos que salen en las novelas románticas que leía o en las películas que veía los domingos por la tarde. De verdad...
¿Cómo podía ser tan estúpida de pensar que en la vida real existía un tío con el que vivir una historia digna de un libro?
La realidad es otra. Es dura, fría y está llena de gente sin escrúpulos que te clava el puñal y lo retuerce para ver cómo sangras.
La realidad es que la gente es mala, es egoísta y te hace daño por cualquier tontería, por aburrimiento, sin que les importe una mierda destrozarte la vida.
Y sus excusas luego suelen ser las más aburridas, inútiles y sin sentido: «estábamos borrachos », « estábamos necesitados ». Mentiras envueltas en humo.
Me levanté despacio, arrastrando los pies descalzos, y me metí en el baño.
Encendí la luz blanca y me miré en el espejo.
Me apoyé en el lavabo de cerámica blanca y me miré en el espejo.
Di un paso atrás, asustada de mi propio reflejo.
La imagen me dio ganas de llorar otra vez.
Mi piel, pálida y enfermiza, estaba salpicada de granitos que ahora tenían un tono rojizo, inflamado por el estrés, el sudor y la mala alimentación.
Me toqué la mejilla con las yemas de los dedos.
¿ Será que no soy lo suficientemente guapa ?
, me pregunté en silencio, sintiendo que la inseguridad me devoraba viva.
Había usado todas las cremas posibles de la farmacia, un montón de tratamientos caros que mi madre me compraba con esfuerzo, pero ninguno dio efecto.
Los granitos seguían saliendo, marcando mi adolescencia como una maldición.
Por eso me dejé el flequillo, para intentar esconder los que tenía en la frente y que parezcan menos.
Apreté los bordes del lavabo hasta que los nudillos se me pusieron blancos y hablé con mi propio reflejo, con la voz ronca por el llanto ahogado.
—Olvídate de los tíos que te han hecho daño —me susurré, obligándome a mirarme a los ojos—.
De los que te han hecho pasar noches enteras llorando y te han dejado un sabor amargo en la boca con todas las mentiras dulces que te soltaron.
Olvídate de Asher, que se te metió en el alma como un torbellino y te puso el mundo patas arriba para luego irse.
Respiré hondo, secándome una lágrima rebelde con el dorso de la mano.
—No malgastes tu energía en ellos. Simplemente.
.. ¡olvídalos! Levanta la mirada, mantén la cabeza alta y sigue caminando con orgullo.
Con el poquito que te queda. Recupéralo.
Él no te merecía. Ninguno de los dos. ¡Ni siquiera deberían haber ocupado un rinconcito en tu mente!
Olvídate de los que te lo quitaron todo y no te dieron absolutamente nada a cambio, creyendo que todo les pertenecía.
Me aparté del espejo. Fui a mi habitación, abrí la ventana de golpe, dejando que el aire caliente del mediodía entrara, y me encendí un cigarro.
El humo me llenó los pulmones, calmando el temblor de mis manos.
Apagué la colilla en el alféizar y, para evitar pensar, para no volver a tirarme a la cama a llorar, me puse a recoger la ropa del suelo, a hacer la cama, a limpiar el polvo.
Cualquier cosa para mantener las manos y la mente ocupadas. Cualquier cosa para no pensar.
Por la tarde, me duché, me puse unos vaqueros cortos, un top y bajé al parque como de costumbre. No sabía a dónde más ir. Era mi rutina tóxica, mi condena.
Al llegar, escaneé los bancos. Asher no estaba.
Mejor , pensé, tragando saliva, sintiendo un alivio mentiroso en el pecho.
Pero sí estaba Logan. Estaba de pie, riéndose con Zane.
Intenté no mirarlo, tensando la mandíbula, obligándome a restarle importancia a lo que pasó en la cocina de Mason. Lo hecho, hecho está , me repetí como un mantra vacío. Total, ya no era virgen. Qué importa uno más o menos.
Caminé hacia el banco y me senté al lado de James. Él se giró, asombrado de que buscara su cercanía. Y tenía razón en hacerlo. Últimamente habíamos estado muy distantes. Él me advirtió de todo esto. Él vio a los lobos antes de que me mordieran, y yo no quise ver las señales.
—¿Qué tal, grandullón? —saludé, intentando forzar una sonrisa.
James me escudriñó con sus ojos oscuros, sin tragarse mi teatro.
—Enana. No tienes buena cara —murmuró, frunciendo el ceño con preocupación.
—Las pesadillas han vuelto —mentí. Aunque no era del todo mentira. Mis pesadillas no ocurrían cuando dormía; mis pesadillas eran reales, caminaban, hablaban, olían a perfume embriagador y a tabaco y respiraban cerca de mí..
James suavizó la expresión. Pasó un brazo grande por mis hombros y me dio un beso tierno en la sien.
—¿Por qué no me has llamado? Sabes que estoy a una llamada, Emily.
Zane, que acababa de encender un porro y nos estaba mirando, soltó una risa nasal.
—Uffff... James... Pero, ¿eso no es incesto? Parecéis novios, tío.
James se tensó a mi lado, fulminándolo con la mirada.
—Primero, no es mi hermana. Y segundo, vete a la puta mierda, Zane.
Zane levantó las manos en son de paz, riéndose, pero Logan, con la lata de cerveza en la mano, se giró hacia nosotros y sonrió. Una sonrisa maliciosa, sucia y repulsiva.
—Cállate, cabrón —le dijo Logan a Zane, arrastrando las palabras. Se acercó un par de pasos, mirándome directamente a los ojos con un descaro que me revolvió el estómago—. Ella no es de esas. No enfades a James diciendo esas cosas sobre la inocente Emily.
Yo aparté la mirada, clavando las uñas en mis propios muslos, sintiendo que la cara me ardía de vergüenza.
Justo en ese momento, el rugido familiar de un motor cortó el aire. Asher aparcó su moto y se acercó a nosotros con las manos en los bolsillos. Se sentó en el respaldo del banco, ajeno al mundo, encendiéndose un cigarro. El viento me trajo su olor. Ni siquiera me miró.
Zane le dio otra calada al porro recién hecho.
—Pues por eso prefiero a las tías que saben a lo que van —siguió Zane con la conversación—. Y os lo digo en serio, no hay nada mejor que cuando sabes que no vas a tener que aguantar sus rayadas al día siguiente. Entras, haces lo tuyo, y si te he visto no me acuerdo. Cero compromisos.
Dylan soltó una carcajada sucia, escupiendo cáscaras de pipa al suelo.
—Eso es porque no sabes retenerlas, cabrón. A mí me duran al menos un fin de semana antes de que me aburra y las mande a pastar.
Asher expulsó el humo por la nariz. Su mirada oscura barrió el grupo, se detuvo en mí un segundo exacto, frío y calculador, y luego miró a Dylan, chocando los puños con él.
—Lo importante es pasarlo bien y engordar la puta lista, hermano. Mientras más números, más respeto. Las tías sirven para lo que sirven.
Las palabras de Asher fueron un latigazo en mi pecho.
Me sentí pequeña, débil y profundamente enfadada conmigo misma.
Lo odiaba. Lo odiaba por lo que me hizo, pero me odiaba muchísimo más a mí misma porque una parte maldita y rota de mí todavía lo buscaba.
Todavía sentía su ausencia como un agujero en el pecho.
Todavía anhelaba su contacto, el calor de sus manos.
Lo odiaba porque había contaminado mi paz con su perfume oscuro y su olor a gasolina, un olor que ahora buscaría en cada rincón por el resto de mi vida.