No me quites la inocencia Chapter 19 #2
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Chapter 19 #2

—Te diré que te lo pienses mejor —susurró, con una suavidad letal que helaba la sangre—. Eres un Black, Asher. Llevas mi maldito apellido. No me avergüences. No quiero volver a oír más rumores en mis círculos de que mi hijo es un gamberro de poca monta que se junta con escoria.

Tragué saliva, pero mantuve la barbilla alta, negándome a apartar la mirada.

Mi padre sacó su teléfono móvil del bolsillo interior de su americana, pulsó la pantalla un par de veces y me lo plantó delante de la cara. Era la aplicación de su banco. La pantalla mostraba las alertas de mis movimientos de esa mañana, vinculadas a su cuenta principal.

Transferencia Bancaria: -500,00 $. Destinatario: Logan Carter.

El estómago se me contrajo.

—Vamos a ver después de dónde sacarás quinientos dólares para gastarlos a saber en qué demonios te los estás fundiendo a las once de la mañana con ese tal Logan —dijo mi padre, guardando el móvil, con una sonrisa de absoluta superioridad dibujada en los labios—.

No tienes nada, Asher. Todo lo que llevas puesto, la moto que conduces, la comida que tragas.

.. es mío. Yo te lo doy y yo te corto el suministro cuando me plazca.

El golpe fue certero. Me estaba recordando quién tenía la correa atada a mi cuello.

Dio un paso atrás, volviendo a su escritorio, dando por finalizada la conversación. Recogió su vaso de whisky y me dio la espalda.

—Mañana te quiero en la empresa a las ocho de la mañana. En el departamento de cuentas. Y ponte un puto traje decente, pareces un vagabundo.

Me quedé allí un segundo más, apretando los puños dentro de mis bolsillos con tanta fuerza que me clavé las uñas en las palmas de las manos hasta hacerme daño. La humillación me quemaba por dentro.

—A las ocho —mascullé entre dientes, dándome la vuelta.

Salí del despacho y cerré la puerta de un golpe. Mientras caminaba hacia mi habitación por el pasillo de mármol blanco, la rabia se transformó en una necesidad oscura e imperiosa de desahogarme.

Necesitaba salir de esa puta casa antes de asfixiarme o de reventar algo. Me cambié de ropa rápido, cogí de nuevo las llaves de la moto y salí del garaje quemando rueda.

Conduje sin rumbo fijo hasta que el sol empezó a caer y el cielo se tiñó de un naranja enfermizo. Terminé aparcando junto al parque de siempre. El olor a la marihuana de Zane me llegó antes siquiera de verlos.

El grupo estaba concentrado alrededor del banco de madera de siempre.

Unos sentados en el respaldo, otros ocupando el asiento, y el resto de pie o en cuclillas justo delante.

Logan, Mark, Dylan, Zoe y Allison ocupaban el centro.

James estaba sentado en una esquina del asiento y, justo a su lado, la pequeña Emily.

Se había pegado a él todo lo posible, manteniendo la máxima distancia física con Logan.

Llevaba unos shorts vaqueros y un top ligero de tirantes con bastante escote.

Parecía un pájaro herido intentando esconderse detrás de la figura protectora de James.

Logan estaba de pie, bebiendo de una lata de cerveza, con el ego hinchado después de haber cobrado su apuesta aquella misma mañana.

Me senté en el respaldo del banco, un poco apartado, encendiendo un cigarrillo.

Dejé que el primer chorro de humo caliente y rasposo me llenara los pulmones, intentando anestesiar la rabia impotente que me consumía por dentro.

No quería hablar con nadie; solo quería fumar y olvidarme de que mañana a las ocho tendría que ponerme un puto traje.

Zane empezó la conversación de siempre, dándole una calada profunda a un porro mal liado que olía a maria de buena calidad.

—...y os lo digo en serio, no hay nada mejor que cuando sabes que no vas a tener que aguantar sus rayadas al día siguiente. Entras, haces lo tuyo, y si te he visto no me acuerdo. Cero compromisos.

Dylan soltó una carcajada sucia, escupiendo cáscaras de pipa al suelo.

—Eso es porque no sabes retenerlas, cabrón. A mí me duran al menos un fin de semana antes de que me aburra y las mande a pastar.

—Lo importante es pasarlo bien y engordar la puta lista, hermano —dije, mirando a Emily un segundo y chocando los puños con él—. Mientras más números, más respeto. Las tías sirven para lo que sirven.

James bufó, asqueado, negando con la cabeza y tensando la mandíbula. Zoe y Allison, sentadas en el césped, rodaron los ojos, pero no dijeron nada. Estaban demasiado acostumbradas a tragar esa basura para mantener su estatus en el grupo.

Emily levantó la cabeza. Sus ojos grandes, vidriosos y cargados de una desesperación profunda, se clavaron directamente en mí. Su voz sonó fina, frágil, pero cargada de una rabia temblorosa que cortó el aire denso del parque.

—La masculinidad no se mide por el número de mujeres que se te pasan por la cama —sentenció, mirándome a los ojos con una intensidad que pretendía ser desafiante.

Se hizo un silencio incómodo y pesado. Logan parpadeó, cruzándose de brazos, y los demás se miraron de reojo.

—Sino en el número de días en el que la chica se queda a tu lado y te quiere, y sobre todo, es feliz —continuó Emily. Su voz ganó un poco de fuerza, barriendo al grupo con la mirada antes de volver a fijarla en mí—. Si no lo consigues, no te puedes llamar hombre.

Le di una última calada a mi cigarrillo, saboreando la nicotina rasposa antes de tirarlo al suelo y aplastarlo lentamente con la suela de mi bota.

Exhalé el humo en su dirección, en una nube espesa que se interpuso entre los dos, y me encogí de hombros, devolviéndole una mirada cargada de un cinismo absoluto que helaba la sangre en medio de ese calor sofocante.

—¿Eso es lo que le has dicho a Logan para convencerte de que tu último polvo ha significado algo, pequeña?