Chapter 19
E l olor a eucalipto purificado y a limpiador de ozono me llenaba los pulmones con cada respiración irregular.
El gimnasio al que íbamos era uno de los clubes más exclusivos y caros del Upper East Side.
Era un santuario aséptico de cristal templado, acero inoxidable y máquinas de titanio de última generación.
El aire acondicionado zumbaba con un murmullo imperceptible, manteniendo la temperatura en unos perfectos dieciocho grados.
Aquí no había música atronadora ni paredes desconchadas; solo sonaba un hilo musical ambiental diseñado para no molestar, mezclado con el tintineo sordo de las pesas revestidas de poliuretano y la respiración acompasada de altos ejecutivos y herederos neoyorquinos.
Estaba tumbado en el banco de musculación, con los dientes apretados, empujando la barra cargada con ciento kilos.
El metal frío se me clavaba en las palmas de las manos.
Mis bíceps ardían con esa fricción abrasadora que rozaba el dolor puro, y cada fibra de mi pecho se tensaba al límite bajo el esfuerzo.
Subí la barra una última vez, exhalando un gruñido gutural desde el fondo de la garganta, y dejé caer el peso sobre los soportes metálicos.
Me senté en el banco, empapado en sudor, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. Agarré mi botella de agua, le di un trago largo y me pasé una toalla rasposa por la cara.
Fue entonces cuando lo vi aparecer por el enorme ventanal de cristal que separaba la sala de pesas de la zona de cardio.
Logan caminaba hacia mí con esa arrogancia pesada y simiesca que le caracterizaba.
Llevaba una camiseta de tirantes empapada, y su respiración aún estaba agitada por el cardio, pero la sonrisa asquerosa de superioridad que le partía la cara de lado a lado era inconfundible.
Se detuvo frente a mi banco, cruzándose de brazos, bloqueándome la visión del resto de la sala.
—Estoy esperando mis quinientos pavos —soltó, sin molestarse en saludar.
Mantuve la mirada fija en él, pasándome la toalla por el cuello con lentitud. Mi cerebro procesó la información durante un microsegundo, evaluando la situación. Sabía que Logan era rápido, pero no me esperaba que fuera tan rápido. O no me esperaba que ella se rindiera tan rápido. Tan fácil.
Solté una risa corta, áspera, carente de cualquier tipo de humor. Tiré la toalla al banco contiguo.
—No te creo —repliqué, manteniendo la voz plana y gélida.
Logan ensanchó su sonrisa, mostrando los dientes, disfrutando de su puto momento de gloria. Se dejó caer en una de las máquinas de al lado, espatarrado, apoyando los codos en las rodillas.
—Vino solita, hermano —dijo, arrastrando las palabras, relamiéndose como si todavía pudiera saborear su victoria—. No tuve que hacer prácticamente nada. Se me tiró encima en la piscina y luego, en la cocina, se me abrió de piernas. Y mira por dónde... ni una puta semana me ha llevado.
Apreté la mandíbula instintivamente. No eran celos.
Yo no sentía celos. Lo que me molestaba era el fallo en mi propio cálculo.
Había subestimado el nivel de desesperación de Emily.
Pensé que su dependencia hacia mí la mantendría paralizada, aterrorizada de que yo la odiara si otro la tocaba.
Pero, al parecer, su mente había tomado otro camino.
—La niña era mucho más fácil de lo que pretendía —continuó Logan, sacudiendo la cabeza, riéndose por lo bajo.
Me encogí de hombros, cogiendo de nuevo mi botella de agua.
—Por lo visto —concedí, con voz aburrida—. Al final resulta que no era tan especial. Una más del montón.
—Puedo decir que ha sido el mejor polvo en muchos, muchos meses —confesó Logan, mirándome con un brillo de pura lujuria sucia en los ojos —. La cría es un puto espectáculo en la oscuridad. Está apretada de cojones y pone unas caras...
Le di otro trago a mi botella, con el pulso completamente tranquilo y una indiferencia que rozaba el aburrimiento.
Escuchar al troglodita de Logan babear por mis sobras me dio ganas de reír.
Las tías como Emily eran todas exactamente iguales, un puto manual predecible: máquinas expendedoras en las que solo tienes que meter un par de monedas de atención barata para que te abran las piernas.
Si había sido tan gilipollas de tragarse el cuento de un neandertal solo porque yo le había retirado la palabra un par de días, demostraba que no era más que un trozo de carne sin cerebro.
—Pero no para repetir —añadió Logan de golpe, suspirando, pasándose una mano por el pelo mojado—.
Después del polvo, se le vino el bajón. Empezó a ponerse rara, tensa.
.. como si se fuera a poner a llorar en cualquier momento.
Mucho drama, tío. Me la llevé a su casa para quitármela de encima antes de que me montara el numerito. Me gustan fáciles, no desequilibradas.
Esbocé una sonrisa cínica, me levanté del banco y le di una palmada fuerte y sonora a Logan en su espalda empapada de sudor.
—Eres un cabrón, Logan —le dije, con un tono casi de felicitación vacía.
Logan se echó a reír.
—Tranquilo, Asher... no te supero, eso seguro —respondió, devolviéndome el golpe en el hombro.
Saqué el teléfono móvil del bolsillo de mis pantalones de chándal. Desbloqueé la pantalla, entré en la aplicación de mi banco y busqué su contacto. Puse la cifra exacta. Quinientos dólares. Le di a enviar .
—Ya tienes tu dinero, muerto de hambre —murmuré, guardando el móvil antes de que pudiera decir nada más—. Me voy a las duchas.
Me alejé caminando por el pasillo, dejando que el ruido de las pesas ahogara la risa estúpida de Logan a mis espaldas.
El calor de las calles de Nueva York al mediodía era asfixiante, una masa de aire pesado que olía a asfalto recalentado, a comida callejera y a tubos de escape.
Conducir mi moto a toda velocidad por la avenida, sorteando los taxis amarillos y sintiendo la vibración del motor entre las piernas, era la única forma de sentir algo parecido a la libertad.
El viento caliente me golpeaba la cara y me secaba la humedad del pelo recién lavado.
Pero esa libertad era un espejismo. Siempre se acababa al cruzar la puerta de mi propiedad.
Aparqué la moto en el amplio garaje inmaculado de mi casa. Dejaba atrás el caos sofocante de la ciudad para entrar en mi jaula de oro particular. Aquí solo había un silencio sepulcral y los coches europeos de alta gama de mis padres aparcados en perfecta simetría.
La casa de la familia Black era un mausoleo de lujo helado, una inmensa construcción moderna de líneas rectas, hormigón visto y acero.
Los suelos de mármol pulido reflejaban la luz cegadora que entraba por los inmensos ventanales del salón de doble altura, con vistas a un jardín privado perfectamente milimetrado.
Olía a cera cara, a flores frescas colocadas en jarrones de diseño minimalista que nadie miraba, y a la aséptica frialdad de una familia que solo se comunicaba a través de extractos bancarios.
Tiré las llaves sobre la consola de cristal de la entrada y me dirigí hacia la enorme cocina de isla central a por una bebida fría, pero una voz grave, autoritaria y cargada de desprecio me detuvo en seco en medio del pasillo.
—Asher. Ven al despacho. Ahora.
Cerré los ojos, respiré hondo y tensé la mandíbula. Mi padre.
Caminé hacia el final del pasillo. El despacho de mi padre era una fortaleza de madera de nogal, cuero oscuro y estanterías repletas de libros de derecho y economía que solo servían de decorado.
Él estaba sentado detrás de su inmensa mesa de escritorio, vestido con un traje a medida.
Tenía el pelo peinado hacia atrás, con algunas canas plateadas brillando en las sienes, y un vaso bajo de cristal tallado con whisky puro en la mano.
Me quedé de pie en el umbral de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos, sosteniéndole la mirada.
—¿Qué pasa? —pregunté, arrastrando las palabras con desgana.
Mi padre le dio un sorbo al whisky. El hielo tintineó contra el cristal. Ese sonido siempre precedía a una tormenta. Dejó el vaso sobre la mesa, apoyó los codos y cruzó las manos debajo de su barbilla, evaluándome de arriba abajo con una decepción que no se molestaba en ocultar.
—Creo que ya es hora de que te pongas a trabajar, Asher —sentenció, con una voz que no admitía réplica—. Se acabó tu año sabático, tus fiestas de mierda y tus noches durmiendo la mona. No puedes seguir gastando mi dinero y no producir absolutamente nada. Eres un parásito en esta casa.
El insulto me resbaló. Estaba acostumbrado. Mi padre no me veía como un hijo; me veía como un activo financiero defectuoso que no estaba dando rentabilidad.
Esbocé una sonrisa torcida, insolente.
—Para eso estáis vosotros, ¿no? —repliqué, encogiéndome de hombros—. Para generar el dinero. Yo cumplo mi función gastándolo. Es un ecosistema perfecto.
Los ojos de mi padre, idénticos a los míos pero mil veces más fríos, se afilaron como cuchillos. No le hizo gracia la broma.
—Ya, pues no —respondió, secamente—. Se acabó el juego de niño rico. O empiezas a trabajar mañana mismo en la empresa, aprendiendo el negocio desde abajo, o te congelaré todas y cada una de tus tarjetas de crédito y débito. Incluida tu cuenta de ahorros. Te dejaré a cero.
La amenaza flotó en el aire, pesada y real. Él no faroleaba. El control absoluto era su única forma de paternidad. Sentí una punzada de rabia pura, una furia impotente quemándome la garganta. Odiaba que me acorralaran. Odiaba que alguien tuviera el poder de decidir sobre mi puta vida.
—Déjame pensarlo —le desafié, sosteniéndole la mirada con chulería—. No.
Mi padre no levantó la voz. No le hacía falta. Se levantó lentamente de su sillón de cuero, rodeó la mesa y se paró frente a mí. Era más alto que yo, más imponente. Olía a su colonia habitual, una mezcla de madera de cedro y poder puro.