Chapter 18 #2
Al atardecer, Mason pidió montañas de pizzas.
El olor a queso fundido y a pepperoni inundó la cocina, mezclado con el humo de la marihuana y el pestazo a alcohol.
Me dediqué a beber. Muchísimo. Cerveza, chupitos, mezclas de dios sabe que.
Fumé porros hasta que el cerebro se me quedó flotando en una neblina espesa y reconfortante.
Logan estuvo a mi lado todo el tiempo, sirviéndome, riéndose de mis chistes malos, prestándome esa maldita atención que yo necesitaba como un adicto.
Cuando casi todos estaban fuera en el jardín, Logan me acorraló contra la fría isla de mármol de la cocina.
—¿Por qué me has besado hoy? —me preguntó en voz baja, con una sonrisa ladeada, acercando su cuerpo enorme al mío—. ¿Te lo has pensado y me eliges a mí?
Me reí. Una risa floja, pastosa por el alcohol.
—Creo... que estás bueno —balbuceé, diciendo la primera estupidez que se me ocurrió para justificar mi locura.
Logan no necesitó más. Me besó. Sus labios chocaron contra los míos con un hambre voraz.
Sus manos me agarraron por la cintura y me subió de un tirón a la encimera de la isla.
El contacto del mármol helado contra mis muslos desnudos me hizo soltar un jadeo, pero el roce de su cuerpo ardía.
Instintivamente, enredé mis piernas alrededor de su cadera.
Él se pegó más, volviéndose más salvaje, más apasionado.
Sus manos se movían por todo mi cuerpo, amasando mis pechos por encima del bikini mojado, bajando por mi vientre.
Sentí cómo se apartaba un segundo. Metió la mano en el bolsillo trasero de su vaquero y sacó un cuadradito de plástico brillante.
El sonido del plástico al arrugarse cortó mi bruma alcohólica como un relámpago. La imagen de Asher en el parque, el dolor... Todo volvió de golpe. Puse mis manos sobre el pecho de Logan, deteniéndolo.
—No... —jadeé, con la respiración entrecortada, mirándole con ojos asustados.
Logan se quedó quieto, con el condón en la mano, mirándome con el ceño fruncido.
—Pensaba que querías... ¿Por qué has parado, Em?
—Tengo miedo —reconocí. El susurro se escapó de mis labios temblorosos. Fue la verdad más pura que había dicho en semanas. Se me escapó de los labios porque estaba demasiado cansada para mentir.
—¿Miedo a qué? —preguntó Logan, suavizando la voz, de forma comprensiva—. Has dicho delante de todos que ya no eres virgen. No vamos a hacer nada que no sepas, nena.
Tragué saliva. Mis barreras estaban destruidas.
—Y no lo soy... Tengo miedo a enseñar mis vulnerabilidades... —susurré, bajando la mirada hacia su pecho, avergonzada de estar hablando así con un chico como él—. Podrías reírte de mí. Podrías hacerme daño.
Logan levantó mi barbilla con dos dedos, obligándome a mirarle a los ojos. Su expresión era seria, cálida. Parecía un faro sólido en medio de mi tormenta de mierda.
—No tengo motivos para reírme de ti, pequeña —me susurró, rozando su pulgar por mi mejilla húmeda—. Me gustas, Emily. Me gustas de verdad.
Esa frase. « Me gustas ». Este chico brutal y salvaje estaba hablando con más claridad y afecto del que Asher me había dado jamás. Asher nunca me dijó nada concretamente.
—No sé si puedo... —dudé, con lágrimas picándome en los ojos.
—Solo déjate llevar. Yo te cuidaré —prometió, con una voz aterciopelada.
Solo déjate llevar. Lo había oído una vez.
La frase me transportó a otra noche, a otro cuerpo, pero sacudí la cabeza para disipar el fantasma.
El alcohol y la hierba amortiguaban mis sentidos, desdibujaban los bordes de la realidad, y mi cuerpo traidor, estaba reaccionando a la fricción previa.
Ya no quería pelear. Quería apagar el cerebro.
Quería, por encima de todo, dejar de sentir ese abismo en el centro del estómago.
Logan rasgó el envoltorio con los dientes y se puso el condón. Cuando me penetró, cerré los ojos esperando la agonía. Pero no llegó.
Ya no dolió. Ahora podía decir que sentía algo parecido al placer.
Logan era sorprendentemente atento. No era bruto como Asher.
No me empujaba con rabia. Se movía con un ritmo constante, buscaba mis labios, entrelazaba sus dedos con los míos sobre la encimera de la cocina.
Parecía todo más... romántico. Me hacía sentir especial, como si yo fuera una mujer y no un trozo de carne.
Se corrió dentro del condón soltando un gruñido ronco. Cuando terminó, no se apartó de inmediato. Me besó suavemente en la comisura de los labios, me ayudó a bajarme de la encimera de mármol y me arregló el pelo.
Me agarró de la mano. Salimos al jardín caminando juntos, con los dedos entrelazados frente a todo el grupo.
Cuando me senté en una silla, él se quedó de pie a mi lado, apoyando una mano posesiva y protectora en mi hombro.
Asher estaba a dos metros, fumando, y ni siquiera nos miró. Pero ya no me importaba. Tenía a Logan.
Cuando dieron las dos de la madrugada, Logan me miró.
—Venga, te llevo a casa. Ya es tarde —se ofreció.
El corazón se me encogió de gratitud. Logan se ofrecía a acompañarme.
Él sí me valora , me dije a mí misma. Él sí sabe lo que valgo.
Caminamos hasta mi bloque de pisos en silencio. Me dio un beso tierno en el portal y se marchó.
Subí en el ascensor en silencio. Entré en casa de puntillas, rodeada por las sombras y el sonido rítmico de los ronquidos de mi madre.
Entré en mi habitación, cerré la puerta con cuidado y me dejé caer sentada en el borde de mi cama.
El olor a cloro, a sudor y a sexo todavía estaba pegado a mi piel.
La adrenalina del alcohol y la venganza empezó a evaporarse del torrente sanguíneo, dejándome sola con mis pensamientos en la penumbra.
El vacío abismal regresó a mi pecho, pero esta vez, golpeó con el doble de fuerza, ensanchando la herida. Una punzada de asco absoluto hacia mí misma me revolvió las entrañas. Me llevé las manos a la cara, temblando.
¿Por qué lo había hecho? ¿Qué pretendía lograr abriéndole las piernas a Logan?
¿Darle celos a Asher? Asher no había sentido celos; Asher me había mirado como si yo fuera transparente, irrelevante, humo disipándose en el aire.
¿Quería demostrar que era mayor? Ahora me sentía más pequeña, sucia y miserable que nunca.
Me di cuenta, con un terror paralizante que me cortó la respiración, de que no le había lastimado a Asher.
Las llamas de mi estúpido incendio ni siquiera le habían rozado.
Me había quemado a mí misma. Había vuelto a regalar la parte más íntima de mi cuerpo a alguien a quien apenas conocía, todo por intentar curar una herida que ahora sangraba a borbotones.
Me abracé las rodillas, encogiéndome en la cama, y lloré en silencio hasta que se hizo de día, deseando desaparecer de la faz de la tierra.