Chapter 17
E l bajo de la música electrónica hacía temblar el vaso de cristal grueso que sostenía en mi mano derecha.
Las vibraciones subían por mi muñeca, se colaban por las venas de mis antebrazos y rebotaban en mi esternón, compitiendo con el latido perezoso de mi propio corazón.
El salón de la casa de Logan se había convertido en un puto infierno claustrofóbico.
El aire acondicionado había perdido la batalla hacía horas contra el calor humano de los cuerpos que se restregaban unos contra otros en la penumbra.
El ambiente era espeso, casi masticable. Olía a sudor, a laca de pelo, a cada tipo de alcohol derramado secándose sobre la alfombra, y al humo denso y dulzón de la marihuana que flotaba como una niebla baja bajo las luces LED azules y rojas.
Me llevé el vaso a los labios y le di un trago largo a mi ron seco.
El líquido ambarino me quemó la garganta con una familiaridad áspera.
Cerré los ojos una fracción de segundo, intentando que la quemazón me anestesiara el aburrimiento crónico y ese vacío abismal que siempre amenazaba con devorarme.
Sobre mi regazo, Zoe se movía con un ritmo insistente.
Estaba sentada a horcajadas sobre mis muslos, con su vestido ajustado subido casi hasta la cintura, moliendo sus caderas contra mi entrepierna.
Olía a un perfume de fresa y vainilla demasiado empalagoso y a vodka.
Sus manos, con las uñas pintadas de rosa, estaban enredadas en mi pelo, besando mi cuello con una urgencia que me resultaba puramente mecánica.
Mi cuerpo reaccionaba por inercia biológica a la fricción, pero mi cabeza era un desierto helado. Apoyé mi mano libre y fría sobre su cadera, no para acariciarla, sino para mantenerla en su sitio mientras escaneaba el salón desde mi posición en el sofá.
Faltaban dos personas. James no estaba. Y la pequeña Emily tampoco.
Un bufido de indiferencia se escapó de mi nariz. Ni siquiera me había dado cuenta de en qué momento exacto se había largado. Supuse que James, jugando a ser el puto caballero de brillante armadura, la había sacado a rastras de la casa, como intentaba hacer siempre.
Pensar en Emily ya no me daba ningún subidón especial.
Ya había cumplido su función. El morbo de su inocencia, de abrir algo que nadie más había tocado, de ver cómo se rompía y se rendía.
.. había estado bien. Muy bien, de hecho.
Pero la novedad siempre se desvanece rápido.
Ahora, lo que quedaba era una cría demasiado intensa, aterrorizada, pegajosa y dependiente.
Sus miradas constantes de perrillo apaleado y su necesidad silenciosa de que yo le validara la existencia empezaban a darme una pereza inmensa.
Ya la había estrenado. Ya me la había follado. Misión cumplida.
Saqué el móvil del bolsillo de mis vaqueros. La pantalla se iluminó, cegándome por un instante en medio de la oscuridad del salón. Tenía tres notificaciones de mensajes no leídos. Los tres de Emily.
EMILY: Siento mucho haberme ido así con James, me ha obligado.
EMILY: Por favor, contéstame. Dime que nos vemos mañana.
EMILY: Te quiero.
Leí las líneas iluminadas y apagué la pantalla sin dignarme a teclear una sola letra.
Dejé el móvil boca abajo sobre la mesa. Ese era el puto problema de las vírgenes con carencias afectivas.
Les abres las piernas una vez y se creen que les has abierto el alma.
Se aferran a ti como parásitos, esperando que les resuelvas la vida, que tapes sus vacíos, que seas el puto centro de su universo.
Y yo no estaba dispuesto a ser el centro de nada que no fuera yo mismo.
Me ahogaba. Necesitaba cortar ese hilo invisible antes de que empezara a darme problemas reales o escenitas de celos en público.
El sonido de unas botas pesadas arrastrándose por el suelo llamó mi atención.
Logan apareció en mi campo de visión, separándose de un grupo que fumaba junto a la ventana.
Tenía la camisa desabrochada hasta la mitad del pecho, la cara brillante por el sudor y los ojos inyectados en sangre, desenfocados por la mezcla de alcohol y maría.
Se detuvo frente a mi sofá, plantándose con las piernas separadas, mirándome con una sonrisa, enseñándo sus dientes blancos.
Zoe siguió moviéndose encima de mí, ajena a la interrupción, bloqueándome la vista con su melena.
Chasqueé la lengua, irritado por el estorbo. Puse ambas manos en las caderas de Zoe y detuve su movimiento en seco, apartándola hacia un lado con firmeza, sin ninguna delicadeza.
—Largo, Zoe. Vete a dar una vuelta —ordené, con la voz plana y cortante.
Zoe parpadeó, confundida y ofendida por el rechazo repentino frente a Logan. Se bajó de mis rodillas alisándose el vestido de un tirón agresivo.
—Eres un gilipollas —masculló entre dientes, dándose la vuelta y perdiéndose entre la multitud hacia la barra improvisada de la cocina.
Volví a centrar mi atención en Logan, que seguía de pie frente a mí, divertido por la escena. Le di otro trago a mi ron, recostándome en el sofá.
—Menuda está la niña —soltó Logan de golpe, alzando su voz ronca por encima de la música machacona.
Mantuve mi expresión completamente neutral. Sabía perfectamente a quién se refería, pero no me molesté en facilitarle la conversación.
—¿Qué niña? —pregunté, arrastrando las sílabas—. ¿Zoe?
—La nueva... Emily —aclaró Logan, pasándose la lengua por los labios secos —. Joder, tío. Me la tiraría.
Una ola de alivio frío e inesperado me recorrió por dentro.
¿Logan quería a Emily? Perfecto. Ese puto simio podía ser la solución ideal a mi problema.
Si él se encaprichaba con ella, tal vez lograría quitármela de encima sin que yo tuviera que esforzarme en romperle el corazón de forma dramática y aguantar sus dramas de cría.
Esbocé una sonrisa burlona, pero relajada.
—No sé si lo conseguirás, Logan —le respondí, con un tono liso, encogiéndome de hombros—. No parece ser de las que se dejan manosear por cualquiera.
Logan soltó una carcajada ronca, golpeándose el muslo.
—¿Ah, sí? —Me desafió, cruzándose de brazos, mirándome con una arogancia estúpida—. ¿Lo has intentado tú y no te ha salido, genio? ¿Acaso el intocable Asher ha pinchado hueso con la virgen?
Mi sonrisa se ensanchó. Una sonrisa lenta, afilada y cargada de cinismo puro.
—Te sorprendería mucho lo que he conseguido, amigo —dije en voz baja, pero con la suficiente claridad para que la escuchara por encima del estruendo de la sala.
Logan se quedó paralizado un segundo. Sus ojos inyectados en sangre buscaron algún rastro de mentira en mi cara, pero yo sostenía el contacto visual con una frialdad absoluta. Parpadeó, procesando la información a través de la neblina de su borrachera.
—¿Te la has tirado? —preguntó, bajando la voz instintivamente, incapaz de ocultar su sorpresa mezclada con morbo.
No necesité usar palabras. Mantuve mi mirada clavada en la suya y solté un sonido gutural, arrastrado desde el fondo de la garganta.
—Hmmm.
Era una confirmación absoluta.
Esperaba ver su reacción. Tal vez se echaría para atrás al saber que ya era material usado. Pero el nivel de depravación de Logan siempre superaba mis expectativas.
Logan se encogió de hombros, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Bueno, no me importa que hayas pasado por ahí tú primero —dijo, con una sonrisa babosa que dejaba clara su falta de escrúpulos—.
Tiene pocos kilómetros. Todavía está fresca.
Y qué quieres que te diga... está muchísimo más buena que con las que nos hemos acostumbrado a tratar últimamente.
Esa boca que tiene, y cómo se le marcaba el culo en ese vestido. .. Me pone a mil.
Lo escuché hablar como si estuviera tasando un coche de segunda mano, y sentí una absoluta indiferencia.
La única verdad era que, por mucho que yo quisiera quitármela de encima, conocía a Emily.
Conocía la puta tela de araña en la que yo mismo la había envuelto.
Estaba tan ciega, tan aterrorizada de perderme y tan enganchada a la validación que yo le daba con cuentagotas, que la sola idea de que otro tío la tocara le daba pánico.
Por un lado, ojalá Logan ganara. Me ahorraría un dolor de cabeza. Pero por otro, sabía que Logan era un trozo de carne inútil que no tenía ni puta idea de cómo manipular una mente.
—Te lo repito, Logan —dije, apoyando los codos sobre mis rodillas—. No lo conseguirás. No te va a dejar ni que le roces la piel.
Logan frunció el ceño, su orgullo herido por mi desprecio directo hacia sus habilidades para llevarse a una tía a la cama.
—¿Qué te apuestas? —lanzó el órdago, hinchando el pecho.
Era una situación donde yo siempre ganaba. Si Logan lo conseguía, me quitaba a Emily de encima y problema resuelto. Si Logan fracasaba, yo me embolsaba dinero fácil. No había ninguna pérdida emocional porque, simplemente, no había emociones.
—Quinientos dólares —solté, clavando mis ojos oscuros en los suyos sin dudar un microsegundo—. Quinientos pavos a que la enana no se deja follar por ti. Y tienes límite de tiempo, cabrón. No vas a estar mareando la perdiz todo el puto verano. Tienes exactamente una semana a partir de mañana.
Los ojos de Logan brillaron con codicia y con la estupidez de alguien que cree que tiene la partida ganada solo porque tiene músculos.
—Hecho —aceptó al instante, y me tendió su mano grande.
Levanté mi mano y la estreché. El apretón fue firme. El trato estaba cerrado. Acababa de poner a Emily en un puto escaparate de apuestas por quinientos billetes, y no sentí absolutamente ningún remordimiento. Solo me importaba el billete y librarme del lastre de una cría aburrida.
Logan asintió una vez, soltó mi mano, me guiñó un ojo lleno de soberbia y se dio la vuelta, perdiéndose entre la multitud para ir a celebrar su futura victoria, o su futuro fracaso.
Yo me recosté en el sofá, respirando hondo, disfrutando de la sensación de que el mundo volvía a girar a mi favor, calculando cómo gastaría el dinero si ganaba.
Apenas pasaron dos minutos cuando sentí que el asiento a mi lado se hundía. Zoe volvió a dejarse caer en el sofá, pero esta vez no se subió a mis piernas. Se sentó muy pegada a mi muslo, rozando mi rodilla con la suya. Llevaba dos vasos nuevos. Me tendió uno.
—¿Ya habéis terminado los machos de hablar de vuestras putas mierdas? —preguntó, con un tono coqueto, dejando atrás el cabreo de hace un rato. Estaba demasiado desesperada como para mantener el orgullo herido.
Cogí el vaso y le di un trago corto al alcohol puro.
—Ya hemos terminado —confirmé, mirándola de reojo.
Zoe apoyó su mano en mi muslo, subiendo los dedos lentamente, acercándose a mi oído hasta que sentí su respiración caliente y alcohólica.
—Asher... —ronroneó, bajando la voz—. Vamos a una de las habitaciones que están vacías. Ya no aguanto más la puta música. Estoy muy caliente.
La miré. Su escote exagerado, su maquillaje perfecto, su actitud fácil y predecible.
No había retos con Zoe, no había mentes que quebrar ni barreras que derribar, pero me servía para vaciarme.
Era un trámite puramente físico. Exactamente lo que yo necesitaba en ese momento para matar la última hora de la noche sin complicaciones.
—Venga —murmuré, agarrándola del brazo sin ninguna delicadeza y poniéndome de pie.
La arrastré por el salón, subiendo las escaleras hacia el primer piso de la casa de Logan.
No había pasión en mis pasos, ni interés real.
Mientras Zoe me empujaba hacia el interior de una habitación a oscuras y empezaba a desabrocharme los vaqueros con prisa desesperada, mi mente repasaba el calendario de la semana.
Siete días. Siete días para que Logan hiciera el ridículo o para que me hiciera el favor de mi vida librándome de Emily de una puta vez.
Cerré los ojos, me dejé caer la nuca contra la pared de la habitación y dejé que la boca de Zoe hiciera su trabajo, completamente ajeno y aburrido del mundo.
Cuando terminé, no hubo abrazos ni susurros en la oscuridad. Me aparté de Zoe, me abroché el cinturón con movimientos rápidos y mecánicos, y salí de la habitación sin mirar atrás, dejándola arreglándose la ropa frente a un espejo de cuerpo entero.
Bajé las escaleras, atravesé el salón esquivando los cuerpos tirados por el suelo y salí por la puerta principal.
El golpe del aire frío de la madrugada me limpió los pulmones de la peste a sudor y humo de la casa de Logan. Caminé hacia mi moto, aparcada junto a la acera. Me puse la chaqueta de cuero, saqué las llaves y, antes de meterlas en el contacto, volví a mirar el móvil.
Otro mensaje de Emily.
EMILY: Buenas noches, Asher. Te quiero.
Esbocé una sonrisa afilada en la soledad de la calle vacía.
Que empiece el puto juego, Logan , pensé.
Arranqué el motor, dejando que el rugido ensordecedor ahogara cualquier otro sonido en la calle, y aceleré hacia la oscuridad, sintiéndome completamente invencible.