Chapter 16
E l calor abrasador de junio ya había empezado a instalarse en las calles de Nueva York, derritiendo el asfalto y volviendo el aire pesado, pegajoso. Era media tarde, y el mundo entero parecía derretirse bajo un sol castigador, pero el verdadero incendio estaba dentro de mí.
Llevaba un vestido ligero de tirantes, de tela suave y floreada que me rozaba los muslos con cada ráfaga de viento caliente.
Mi teléfono había vibrado hacía menos de una hora con un mensaje escueto de Asher.
ASHER: Ven a casa de Mark.
No lo pensé dos veces. No hubo dudas. En el instante en que leí su nombre en la pantalla, la ansiedad que me había estado devorando el pecho durante días se evaporó, sustituida por un chute de dopamina tan fuerte que me temblaron las manos al teclear un « Voy » apresurado.
Llegué al edificio de Mark antes de lo previsto.
Subí los escalones con el corazón latiéndome desbocado en la garganta.
Toqué el timbre. La puerta se abrió, pero no fue Asher quien apareció, sino Mark.
Iba en calcetines, con una camiseta negra descolorida y los ojos enrojecidos. El tufo a marihuana me golpeó la cara.
—Pasa, pequeña —murmuró Mark, haciéndose a un lado. Su tono carecía de su habitual burla y cinismo.
Entré al salón en penumbra. Asher aún no había llegado.
Él se dejó caer en su sofá y me señaló el sillón, pero preferí quedarme de pie. Se frotó la cara con las manos y soltó un suspiro pesado.
—Emily, tienes que tener cuidado con Asher —dijo de golpe, sin anestesia. Su voz era grave, casi fraternal, lo cual resultaba terrorífico viniendo de él—. Él no está enamorado.
El estómago se me encogió. Un sudor frío me recorrió la nuca a pesar del calor del apartamento.
—¿Qué dices? —repliqué, frunciendo el ceño, apretando las uñas contra mis propios brazos.
—Sé lo vuestro.
Tragué saliva. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis sandalias, dejándome suspendida sobre un abismo.
—¿Lo... nuestro? —balbuceé, intentando mantener la máscara de indiferencia, aunque el pánico me estaba ahogando. Se suponía que era nuestro maldito secreto. Que nadie podía saberlo.
—Que... estáis juntos. O como sea que lo llaméis en vuestra puta cabeza —aclaró Mark, mirándome con una mezcla de cansancio y pena—. No te hagas ilusiones, Emily. Él no es hombre de una sola mujer. Nunca lo ha sido y nunca lo será.
—¿Por qué me estás diciendo esto? —Mi voz subió una octava, afilada por la defensiva. Mi cerebro trabajaba a mil por hora para rechazar sus palabras—. Tú no sabes nada.
—Te lo digo porque, joder, aunque no me creas, me das un poco de lástima —escupió Mark, inclinándose hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas—. Eres demasiado pequeña para él y no sabrá apreciarte. Solo te va a usar, y no pareces el tipo de chica que pueda soportar algo así.
—Él me aprecia... a su manera —sentí la necesidad de defenderlo—. Estás celoso.
Mark soltó una carcajada seca, carente de cualquier humor.
—¿Celoso? Joder, Emily, estás completamente ciega... Te engaña en la puta cara. ¿De verdad no quieres verlo?
Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de chándal, sacó su teléfono móvil y desbloqueó la pantalla con movimientos rápidos y furiosos. Buscó en la galería y, sin decir una palabra, giró la pantalla hacia mí.
El mundo se detuvo. El aire dejó de entrar en mis pulmones.
Era una foto oscura, iluminada por las luces de neón de algún bar o de una calle. En el centro de la imagen estaba Asher. Y pegada a él, agarrándole la cara con ambas manos, estaba Zoe. Se estaban besando.
La bilis me subió por la garganta. Sentí que me rompía en mil pedazos ahí mismo, de pie en la alfombra de Mark. La negación se activó como un mecanismo de defensa absoluta.
—A saber desde cuándo la tienes —mascullé, con la voz temblando violentamente, apartando la vista de la pantalla.
—Mira la puta fecha, Emily —me exigió Mark, acercándome el teléfono a la cara.
Mis ojos, empañados por las primeras lágrimas que me negaba a derramar, enfocaron los números en la esquina superior de la pantalla. Era de anoche. Anoche, cuando a mí me ignoraba los mensajes.
Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas de las manos.
—Has manipulado la fecha para convencerme... —susurré, dando un paso hacia atrás, negando con la cabeza, aferrándome a eso porque si era verdad me mataba—. Quieres separarnos.
Mark me miró, guardando el teléfono en su bolsillo con lentitud. La lástima en sus ojos ahora era absoluta.
—Estás perdida, niña.
El sonido de la puerta abriéndose de golpe nos interrumpió.
Asher entró en el apartamento como si fuera el dueño del mundo.
Su sola presencia, su olor a tabaco y a colonia almizclada, hizo que mi mente borrara la foto de un plumazo.
Fui hacia él casi corriendo. Me puse de puntillas y le di un beso directo en la boca, desesperada por marcar mi territorio frente a Mark, desesperada por sentir que él era mío.
Asher no se apartó. Al contrario, soltó una pequeña risa grave contra mis labios, me siguió el beso y bajó sus manos grandes hasta mi culo, apretando la tela ligera del vestido con una posesividad que me hizo jadear en su boca.
Se separó de mí, lamiéndose el labio inferior, y miró a Mark con su habitual sonrisa arrogante.
—¿Qué os traigo para beber? —preguntó Mark, dándose por vencido, caminando hacia su cocina americana con los hombros caídos.
—Ron seco —pidió Asher, dejándose caer en el sofá y tirando de mi mano para que me sentara encima de él.
—¿Tú, Emily? ¿Una Coca-Cola? —me preguntó Mark, sin mirarme.
—Sí, está bien —murmuré, acomodándome en el regazo de Asher, sintiendo el calor de su cuerpo.
Asher sacó su paquete arrugado de cigarrillos, se puso uno entre los labios y, para mi sorpresa, me tendió otro. Lo acepté sin pensármelo dos veces. Mark volvió con los vasos, los dejó en la mesa y se sentó en el sillón de enfrente, empezando a liar un porro con movimientos mecánicos.
Cuando lo terminó, lo encendió y le dio la primera calada profunda.
El olor dulzón e invasivo llenó la estancia.
Se lo pasó a Asher. Él lo tomó entre sus dedos índice y corazón, aspiró el humo reteniendo la toxicidad en los pulmones, y luego exhaló una nube espesa y grisácea que flotó hacia el techo.
Extendí la mano hacia el porro.
—Quiero también —dije.
Asher apartó la mano, mirándome de reojo con una ceja arqueada.
—Afloja, pequeña —dijo, dándole otra calada—. No estás acostumbrada a esta mierda.
—¿Qué pasa? En la fiesta también fumé. No pasa nada —repliqué, agarrando el porro de sus dedos con un movimiento rápido.
Me lo llevé a los labios y aspiré con fuerza, ignorando el ardor que me hizo toser un poco, empeñada en demostrarle que no era una niña.
Asher sonrió de lado, divertido por mi rebeldía. Dejó su vaso de ron vacío en la mesa, se levantó y me agarró de la mano, tirando de mí hacia arriba.
—Ven —ordenó.
Me llevó por el pasillo hacia una habitación de la casa. Justo antes de empujar la puerta, se detuvo un segundo y me acorraló suavemente contra el marco. Bajó la mirada hacia mí, esbozó esa sonrisa ladeada que me volvía loca y me guiñó un ojo.
Fue un gesto minúsculo, pero un latigazo de calor eléctrico me recorrió la columna, despertando un enjambre de mariposas nerviosas en mi estómago.
Mi parte racional, la que había visto la foto con Zoe, me gritaba que estaba cometiendo un error enorme; pero a mi cuerpo le bastaba esa maldita mirada suya para ignorarlo todo y rendirse por completo.
Cerró la puerta tras nosotros. La habitación estaba en penumbra.
Sin decir una palabra, me empujó suavemente contra la puerta de madera y empezó a besarme.
Su boca sabía a ron, a tabaco y a marihuana.
Mis sentidos se saturaron. Sus manos viajaron por mi cuerpo, impacientes, metiéndose por debajo de mi vestido ligero.
Su tacto era eléctrico sobre mi piel caliente.
Con un movimiento ágil, tiró de los tirantes y me quitó el vestido, dejándolo caer al suelo.
Me quedé solo en ropa interior. Asher bajó los besos por mi cuello, mordiendo suavemente mi clavícula, bajando por el valle de mis senos hasta llegar a mi vientre, justo donde tengo un pequeño lunar en la parte izquierda.
Apoyó sus labios sobre la marca oscura.
—Este lunar es mío —susurró contra mi piel, su aliento erizándome el vello.
—Sí —respondí en un suspiro tembloroso, entregándole mi voluntad entera.
Su mano descendió, apartando el encaje de mis bragas.
—Me gusta que te mojes por mí —ronroneó, comprobando la humedad que él mismo había provocado.
—Bésame —supliqué, desesperada por no pensar, por no recordar la foto de Zoe, por borrar la mirada de lástima de Mark.
Asher subió a besarme, pero al mismo tiempo, introdujo dos dedos en mi intimidad con un movimiento seco.
Ahogué un grito contra su boca, tensándome de golpe. Mi cuerpo no estaba listo, mis músculos se cerraron por puro instinto ante la invasión brusca.
—Sigue molestándome... —me quejé en un susurro dolorido, separándome de sus labios, con los ojos húmedos.
—Esta vez pasará más rápido el dolor, pequeña —prometió con ternura, dándome otro beso rápido en los labios para acallarme.
Me dio la vuelta con firmeza y me empujó sobre la cama hasta dejarme boca abajo, completamente vulnerable y expuesta de espaldas a él. Escuché cómo rasgaba el envoltorio del condón y el sonido de su cremallera. Sus manos grandes y ásperas se posaron en mis caderas, apretándome con fuerza.
—Qué preciosidad... Tienes el mejor culo que he tocado —murmuró, alabando mi cuerpo, dándome esa validación que necesitaba como el aire.
Y entonces, sin previo aviso, me penetró.