No me quites la inocencia Chapter 15 #2
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Chapter 15 #2

Él detuvo el movimiento de sus dedos, pero no se separó. Su mirada se oscureció, cargada de una irritación gélida.

—¿Por qué no? —exigió saber, su voz ronca vibrando de advertencia—. Ya lo hemos hecho, Emily. Me apetece. Y si tú no quieres... puedo encontrar a otra en esa puta casa que esté completamente dispuesta.

El terror a ser reemplazada fue instantáneo, un balde de agua helada sobre mi cabeza. Me imaginé a Zoe dándole lo que yo le estaba negando.

—Nos puede ver alguien... —tartamudeé, buscando excusas en la calle vacía—. Y... ¿cómo puedes estar pensando en otra?

—Pensaría en ti en todo caso —respondió, con una suavidad letal, acariciándome la mandíbula con el pulgar—. Te dije que soy un hombre, pequeña... y tengo mis necesidades. Vamos a un sitio apartado.

—¿D-dónde? —pregunté, sintiendo que temblaba de pies a cabeza.

—Es de noche... en el parque que hay cerca de aquí, cruzando la avenida. No nos puede ver nadie.

—¿Y si pasa alguien, Asher? Tengo miedo...

—Está oscuro. Absolutamente nadie sabrá lo que pasará allí —sentenció, agarrándome de la mano con fuerza, tirando de mí.

Me dejé arrastrar. No quería que volviera a la casa. No quería que se fuera con Zoe. El miedo a perderlo era mil veces más fuerte que mi dignidad.

Llegamos a la zona más apartada del parque, rodeada por arbustos altos y robles viejos que bloqueaban la luz de la calle.

El aire olía a tierra y a hojas. Había un viejo banco de madera medio oculto en las sombras.

Asher se sentó en él, espatarrado, y tiró de mí hasta dejarme de pie entre sus piernas.

—Súbete la falda —ordenó en un susurro ronco, apenas visible en la negrura total.

Obedecí con dedos torpes, temblando por el frío de la madrugada que me golpeó la piel desnuda de las piernas.

Las manos de Asher empezaron a acariciar mis muslos, subiendo lentamente.

Estaba aterrorizada, incómoda, congelada.

.. pero la magia con la que me tocaba hizo que la humedad bajara por mis muslos.

Asher no tuvo paciencia. En cuanto sintió que estaba empapada, introdujo un dedo con brusquedad.

—Asher, para... —me quejé, mordiéndome el labio, intentando cerrar las piernas—. Me duele.

Él chasqueó la lengua, frustrado. Escuché el sonido metálico de su cinturón y el rasgado del envoltorio de plástico en la oscuridad. Se acomodó en el banco de madera y me agarró por las caderas.

—Siéntate encima —ordenó, tirando de mí hacia su regazo.

—No sé si puedo hacerlo... —sollocé, apoyando mis manos temblorosas en sus hombros mientras intentaba pasar una pierna por encima de él para sentarme a horcajadas.

Lo intenté. Me dejé guiar por sus manos, pero seguía estando aterrada.

Mis músculos estaban tensos como cuerdas de violín, mi cuerpo se cerraba por puro instinto.

El dolor sordo, agudo y abrasador de la primera vez volvió con toda su fuerza, haciéndome jadear y empujar su pecho para alejarme, en un intento inútil de levantarme de sus piernas.

Asher perdió la paciencia por completo. Apretó sus manos en mis caderas como si fueran garras de hierro, me inmovilizó contra su regazo y empujó hacia arriba con toda su fuerza de un solo golpe seco, obligándome a encajar todo mi peso contra él.

Grité. Fue un sonido agudo, ahogado en la oscuridad del parque, un sonido de dolor puro y crudo. Las lágrimas me quemaron los ojos.

—Ya está. Ya está, pequeña —murmuró, acercándose para darme un beso descuidado en la sien—. Eres una buena chica.

Empezó a moverse con fuerza, rápido, buscando su propio alivio mientras yo enterraba la cara en su cuello para no seguir gritando, sintiendo que me estaba desgarrando por dentro. El dolor era asfixiante, humillante. Me convertí en una muñeca vacía moviéndose sobre él bajo el cielo oscuro.

Cuando terminó, me apartó casi de inmediato. Se puso de pie, arreglándose la ropa con movimientos rápidos, dejándome a mí sentada sola en las tablas heladas.

Me quedé en el banco, bajándome la falda con las manos temblorosas, llorando en silencio. Necesitaba que esto valiera la pena. Necesitaba que esta tortura significara algo.

—Asher... —susurré, mirándolo a través de las lágrimas en la oscuridad—. Yo te quiero.

Asher se detuvo. No dijo ni una sola palabra. No me devolvió la frase que yo tan desesperadamente necesitaba escuchar, pero sabía exactamente qué hacer para acallar mis dudas.

Se acercó de nuevo a mí, me agarró la cara con ambas manos, limpiando el rastro de mis lágrimas con sus pulgares ásperos, y me besó.

No fue un beso rápido para salir del paso.

Fue un beso apasionado, profundo y posesivo.

Me quitó el aliento, invadiendo mi boca con una urgencia que me hizo olvidar el frío de la madera, el dolor y la humillación de los últimos minutos.

En ese beso puso toda la devoción que me negaba con la voz, dándome la atención y esperanza que necesitaba para no romperme del todo.

Me estaba diciendo con el cuerpo lo que su boca callaba.

Cuando por fin se separó, me dejó mareada, con los ojos cerrados y aferrada a la solapa de su chaqueta de cuero.

—Vamos, pequeña. Te llevo a tu portal —murmuró, dándose la vuelta con total naturalidad, como si no acabara de ponerme el mundo del revés otra vez.

El jueves por la mañana, la luz fluorescente del pasillo del instituto me hería los ojos. El dolor de cabeza palpitaba en mis sienes, una mezcla de falta de sueño, resaca emocional y la tristeza constante que se había instalado en mi pecho desde la noche del viernes.

Amelia estaba apoyada en las taquillas, aplicándose su eterno brillo de labios sabor cereza. Me miró a través del pequeño espejo de su polvera.

—¿Qué tal estás, Em? —preguntó, cerrando la tapa con un chasquido.

—Bien —mentí, abriendo mi taquilla, fingiendo estar muy interesada en mis libros de texto.

Amelia se cruzó de brazos, ladeando la cabeza, estudiándome con ojos críticos.

—¿Qué tal todo con Asher?

—Bien...

—¿Bien? Emily, por cómo contestas, no estás bien. Ni te acercas a bien. Pareces un fantasma. —Bajó la voz, inclinándose hacia mí—. ¿Lo habéis hecho? Ya no me cuentas nada.

Tragué saliva, sintiendo que el aire me faltaba. Asentí lentamente, cerrando la taquilla para esconderme tras la puerta metálica.

—Sí...

Amelia abrió mucho los ojos, emocionada por un segundo, pero luego frunció el ceño al ver mi expresión vacía.

—¿Y cuál es el problema? ¿Te hizo daño?

—No lo sé, Amelia... —suspiré, apoyando la frente contra el metal frío de la taquilla, sintiendo que me iba a desmoronar—.

No sé si tiene cosas que hacer o si, simplemente, me ignora a propósito.

Después de hacerlo... no es tan cariñoso conmigo como me lo esperaba. Me echa de su lado. Se vuelve frío.

—¿Lo has hablado con él?

Solté una risa amarga y seca.

—¿Y decirle qué? Él mencionó algo de que no es muy cariñoso... me dejó claro que su época de paseítos de instituto ya pasó. Que él es un hombre.

—Mi niña, a lo mejor no es nada... Los chicos mayores a veces no saben cómo expresar las cosas. Tienen otras cosas en la cabeza.

—A lo mejor solo es mi maldito miedo a perderle lo que me vuelve loca —admití, cerrando los ojos—. Pero es que el domingo se besó con otra chica. Delante de mí, Amelia. Jugando a la botella. Y le metió la lengua.

Amelia se enderezó, indignada.

—Eso está muy mal, Emily. ¿No le dijiste nada? No te puedes dejar pisotear así.

—Me dijo que era un puto juego... que no fue nada el beso.

Que esas eran las reglas. Y me lo echa en cara, como si yo fuera la niña irracional por enfadarme.

—Me froté los ojos, sintiendo la punzada del llanto amenazando con salir—.

Creo que he ido demasiado deprisa, Amelia.

Que no pensé las cosas. Todavía no me puedo creer que me haya acostado con un tío después de dos semanas de conocerlo.

¡No sé nada sobre él! No sé qué le gusta, no sé de qué hablar con él que no sea. .. eso.

—Pero le ves todos los días, ¿no? En el parque.

—Noches... —la corregí con amargura—. Lo veo por las noches.

Y solo unos minutos a solas. No tengo tiempo de conocerlo.

Cuando estamos todos en el grupo, hacemos como que no nos conocemos.

Él ni me mira. Y cuando estamos los dos.

.. solo... nos besamos, me toca... y bueno, ahora algo más.

Solo lo hemos hecho dos veces y las dos han sido. .. frías.

Amelia me miró con una mezcla de lástima y condescendencia que me hizo sentir aún más pequeña y estúpida.

—Pobre mi niña. No me quiero imaginar por lo que estás pasando. El tío es un cabrón, te está mareando.

—Pensé que a lo mejor yo también podría tener algo bonito, como tú con Josh —murmuré, sintiendo pura envidia de su relación fácil y pública.

—Ya... La verdad es que mi Josh es un sol, me cuida muchísimo —sonrió ella, acariciando su collar, completamente ajena a que su alarde me clavaba cuchillos en el pecho—. No sé qué decirte, Em.

—No sé qué hacer.

—Nada. Ya no puedes hacer nada —sentenció Amelia con una frialdad pasmosa que me heló la sangre—. Te has acostado con él. Las cartas ya están sobre la mesa. No puedes cambiar lo que ya ha pasado, ahora solo puedes aguantar o dejarle.

Aguantar o dejarle. Y dejarle, en mi mente rota, significaba morir.

El sábado por la noche me puse mi armadura de nuevo: una falda negra ajustada, un top asimétrico y maquillaje pesado para borrar las ojeras del insomnio. Había otra fiesta en casa de Zane. Otra noche de ruido, humo y alcohol.

Cuando bajé las escaleras del bloque y salí al portal, la luz parpadeante reveló la figura de James apoyado contra la pared de los buzones. Me estaba esperando. Sus brazos estaban cruzados y su mandíbula parecía tallada en piedra.

—Sabía que irías —dijo, con voz áspera.

—Pues claro. ¿Por qué no iba a ir? —repliqué a la defensiva, agarrando la correa de mi bolso, intentando esquivarlo para salir a la calle.

Él dio un paso lateral, bloqueándome el paso.

—Tenemos que hablar, Emily.