No me quites la inocencia Chapter 15
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Chapter 15

E l aire menos fresquito de principios de junio se me colaba por los desgarros de mis vaqueros, arañándome la piel desnuda de las rodillas.

Estaba sentada en el banco de madera astillada de nuestro parque, ese trozo de asfalto encajonado entre edificios de ladrillo que olía permanentemente a tabaco.

Llevaba el tercer cigarrillo de la noche temblando entre mis dedos.

El humo gris subía en espirales hacia un cielo sin estrellas, perdiéndose en la oscuridad de Nueva York.

A mi lado, James mantenía un silencio tenso, espeso.

Olía a perfume amaderado y a tabaco, un aroma que antes me daba paz y que ahora solo me generaba una profunda irritación.

Sentía su mirada clavada en el perfil de mi cara, escrutándome, diseccionando cada uno de mis movimientos nerviosos mientras yo no dejaba de mirar hacia la entrada del callejón, esperando escuchar el rugido de la moto de Asher.

—Emily... —La voz de James rompió la quietud de la noche. Sonaba cansada, ronca, cargada de una tristeza que me revolvió el estómago—. No te veo bien. Ya no pareces tú.

Me tensé al instante, poniéndome a la defensiva. Di una calada profunda a mi cigarro, sintiendo el ardor familiar en la garganta antes de expulsar el humo por la comisura de los labios.

—¿Qué estás diciendo, James? —repliqué, fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.

James se giró por completo hacia mí. La luz anaranjada y mortecina de la farola iluminaba sus ojos oscuros.

—Te veo cómo lo miras, Em —dijo, y su tono no era de enfado, sino de pura advertencia—. Vas a sufrir. Él no busca una novia. Él solo quiere follar. ¿Eso es lo que quieres tú? ¿Ser una muñeca sexual para que él se divierta cuando se aburra?

Las palabras fueron como una bofetada con la mano abierta. «Muñeca sexual». El pecho se me contrajo, y el recuerdo del dolor sordo en su cama y su frialdad posterior me asaltó la mente.

—¿Qué estás diciendo...? —balbuceé, sintiendo que la sangre me hervía en las mejillas por la humillación.

—Mereces un chico bueno, Emily —insistió James, acercándose un poco más, suplicándome con la mirada—.

Que te haga feliz, no uno que te lastime poco a poco, día tras día.

Necesitas a alguien que te elija a ti siempre, sin importar cuántas mujeres ronden a su alrededor.

Y él no es ni será nunca uno de ellos. Deja de buscar su atención como si te fuera la vida en ello.

Tú eres la que debería obtenerla sin esfuerzos.

Primero tú, y después, si queda espacio, el resto del mundo.

Tragué saliva, sintiendo un nudo de cristal roto en la garganta. Antes de que pudiera contestarle con alguna excusa barata para proteger mi frágil burbuja, el ruido gutural de un motor pesado cortó la calle.

Asher apareció cruzando la verja, seguido por Logan, Dylan, Zane, Mark y las chicas. Llevaba su chaqueta de cuero oscuro y caminaba con esa pereza depredadora que me dejaba sin aliento. Mi corazón dio un vuelco tan violento que me dolió el pecho.

—¡Venga, cabrones! —gritó Logan, frotándose las manos—. Mis padres no están. Nos vamos todos para mi casa. Tengo el mueble bar de mi viejo a nuestra entera disposición.

Me levanté del banco como un resorte, tirando la colilla al suelo.

James soltó un suspiro derrotado y pesado detrás de mí, pero lo ignoré.

Caminamos todos en grupo hacia la casa de Logan.

Durante el trayecto, Asher caminaba en la parte delantera, bromeando con Mark.

Ni siquiera me miró. El vacío de su indiferencia me congelaba más que el viento de la calle.

La casa de Logan olía a cerveza y a humo denso de marihuana.

Las luces del salón estaban apagadas, sustituidas por el parpadeo mareante de una tira LED azul.

Nos sentamos todos en un círculo enorme sobre el suelo.

El centro estaba ocupado por botellas de vodka, tequila, ron y vasos de plástico rojo.

—Vamos a jugar al Yo nunca —anunció Zane, con una sonrisa maliciosa, sirviendo chupitos a destajo—. Y nada de mierdas suaves.

El juego empezó con risas, pero rápidamente, impulsado por el alcohol que ya nos quemaba el estómago, descendió a un terreno oscuro y explícito. Las confesiones volaban por el aire viciado del salón, cargadas de morbo.

A través del juego, fui encajando piezas de un rompecabezas que me hacía sentir minúscula.

Me enteré, entre risas y tragos, de que Asher había hecho tríos.

Que había follado en baños de discotecas, en callejones y en los asientos traseros de los coches.

Allison, con las mejillas rojas, bebió al confesar que se había acostado con Zane, y Evelyn le lanzó una mirada descarada a Dylan al admitir que se lo follaría sin dudarlo.

El ecosistema de los mayores era un pantano de promiscuidad donde yo era un pequeño insecto asustado.

—A ver... —arrastró Logan, pasándose una mano por el pelo, mirándonos a todos con una sonrisa sucia—. Yo nunca... he dejado de ser virgen.

El silencio cayó sobre el círculo por una fracción de segundo. Todos los mayores levantaron sus vasos y bebieron al instante, riéndose.

Mis manos temblaban sobre mis rodillas. Sentí la mirada de James clavada en mí desde el otro lado del círculo, pesada, protectora. Seguramente no se esperaba mi próximo movimiento.

La imagen de las sábanas grises y el escozor que todavía sentía al caminar me golpearon. Miré a Asher. Él me estaba mirando fijamente a través de las luces azules, con el borde de su vaso apoyado en el labio inferior, esperando.

Agarré mi vaso de plástico rojo, levanté la barbilla y le di un trago largo al vodka.

El círculo entero estalló en murmullos de sorpresa.

James se quedó petrificado, con la mandíbula tensa y los ojos oscuros abiertos de par en par, mirándome como si fuera una completa desconocida.

Su decepción cruzó la habitación y me abofeteó la cara, pero yo mantuve la vista fija en Asher, buscando su aprobación.

Él solo me dedicó una sonrisa de medio lado, satisfecha, antes de apartar la mirada.

—Joder, la pequeña no es tan pequeña —rio Zane, frotándose las manos—. El Yo nunca aburre. Vamos a la botella.

El estómago se me encogió de golpe. El juego de la botella. Besos. Con otras personas.

—Yo no juego —solté rápidamente. Mi voz sonó demasiado aguda, temblorosa por el pánico—. Me voy a casa.

Me levanté despacio, alisándome la falda. En mi interior, una voz desesperada gritaba rogando que Asher se levantara también. Quería creer, necesitaba creer con cada fibra de mi ser, que él rechazaría el juego, que diría que se iba conmigo, que me defendería.

Pero no se movió.

Se quedó sentado en la alfombra, con las piernas abiertas, mirándome desde abajo con esa maldita pasividad.

—Venga, no seas aguafiestas, enana —se burló Logan.

Giré sobre mis talones y caminé hacia el pasillo. Pero antes de cruzar el umbral, me detuve y miré por encima del hombro, incapaz de romper el hilo invisible que me ataba a esa habitación.

Vi a Zane hacer girar la botella de cristal verde. El sonido del vidrio contra el suelo fue hipnótico. La botella frenó lentamente. El cuello apuntó a Asher, y la base a Zoe.

El oxígeno abandonó mis pulmones. Zoe no esperó ni un segundo.

Se lanzó a gatas sobre la alfombra, se arrodilló frente a él, le agarró la cara con ambas manos y le plantó un beso voraz, desesperado, metiendo la lengua.

Y Asher... Asher no la apartó. Puso sus manos grandes en las caderas de Zoe, apretando la tela de su minifalda, y le devolvió el beso con la misma intensidad con la que me besaba a mí.

¿ Por qué no se oye un corazón cuando se rompe ?, pensé, paralizada en el pasillo, sintiendo un dolor físico, agudo e insoportable astillándome el esternón. ¿ Cómo es posible que siga latiendo, bombeando sangre, si está completamente agrietado por la mitad ?

Di media vuelta, empujé la puerta principal y salí corriendo hacia la calle. El frío de la noche me golpeó la cara húmeda por las lágrimas que no me había dado cuenta de que estaba derramando. Saqué el teléfono móvil con manos torpes y frenéticas, mis dedos resbalando sobre el teclado iluminado.

Emily: No me gusta lo que he visto.

Pulsé enviar y aceleré el paso, cruzándome de brazos, tiritando por el viento fresco y el alcohol en mi sangre. Apenas había avanzado una manzana cuando escuché el eco inconfundible de unas botas pesadas corriendo tras de mí.

—¡Emily! —La voz grave de Asher resonó en la calle vacía.

Me detuve en seco bajo la luz parpadeante de una farola, girándome hacia él. Tenía la respiración ligeramente agitada. Su olor a tabaco y ron me envolvió, haciéndome retroceder un paso.

—¿Cómo has podido hacer eso? —grité, con la voz rota, histérica—. ¡¿Cómo?!

Asher ladeó la cabeza, mirándome con esa calma suya que me sacaba de quicio y me anulaba a partes iguales.

—Es un puto juego, Emily. Relájate.

—¿Me estás diciendo que si yo hubiera besado a otro tío... jugando a la botellita de mierda... no te habría molestado? —le escupí, clavándole la mirada, desafiándolo, buscando cualquier rastro de celos que me demostrara que le importaba.

Asher se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.

—Si estuvieras jugando, no. Son las reglas, enana.

El golpe fue definitivo. No le importaba. No sentía celos porque, para él, yo no era un premio que valiera la pena defender.

—Bien —mascullé, tragándome un sollozo, dándome la vuelta para seguir caminando.

En dos zancadas, me alcanzó. Me agarró por el brazo, girándome con brusquedad, y me empujó contra la pared de ladrillo del primer edificio que encontró. Su cuerpo duro y musculoso me aprisionó, bloqueándome cualquier escapatoria.

Se inclinó, rozando su nariz con mi mejilla, y susurró contra mi oído.

—Estaba pensando en ti.

Me besó. Fue un beso rudo, posesivo. Su mano fría se deslizó veloz por debajo de mi top y bajó hasta colarse por debajo de mi falda.

—No... —jadeé, empujándole débilmente el pecho.