Chapter 14
E l sabor dulzón y metálico del humo del tabaco todavía me raspaba el paladar mientras subía los escalones hacia el apartamento de Mark de dos en dos.
Sentía una ligereza absoluta en los hombros, esa especie de letargo muscular, profundo y satisfactorio, que solo te deja una descarga de tensión visceral.
Pero esta vez había algo más. Mientras caminaba por el pasillo mal iluminado del edificio, el recuerdo físico de hace apenas una hora seguía latiendo en mis terminaciones nerviosas.
El calor húmedo. La estrechez absoluta. Hacía mucho tiempo que no me metía en un coño así de apretado, tan virgen, tan jodidamente torpe y reactivo.
Sentir cómo sus músculos se contraían a mi alrededor por el dolor y el pánico, y cómo luego se rendían por completo a mi ritmo.
.. había sido una experiencia adictiva. Era como estrenar un juguete caro que nadie más había tocado.
Empujé la puerta del apartamento de Mark sin molestarme en llamar. El olor a pizza fría y al inconfundible aroma denso de la marihuana me golpeó la cara. El televisor estaba encendido con el volumen al mínimo, iluminando el salón con destellos azules.
Mark estaba tirado en el sofá, con los pies sobre la mesa de centro y el mando de la consola en las manos. Levantó la vista cuando cerré la puerta tras de mí. Sus ojos escanearon mi postura relajada, mi camiseta negra arrugada y la sonrisa ladeada que no me molestaba en borrar.
Pausó el juego.
—Qué cara de satisfecho traes, cabrón —murmuró, entrecerrando los ojos, evaluándome—. ¿De dónde vienes?
Caminé hacia el sillón individual y me dejé caer en él, estirando las piernas largas frente a mí. Me pasé una mano por el pelo y solté un suspiro grave.
—Me he tirado a la pequeña —solté, sin anestesia, saboreando el impacto de las palabras.
El mando de la consola resbaló de las manos de Mark y golpeó la mesa de cristal con un chasquido seco. Se quedó paralizado, con los ojos muy abiertos, mirándome como si acabara de confesar un asesinato.
—¿Qué has hecho, qué? —balbuceó, incrédulo.
—Hace una hora, exactamente. En mi puta cama —respondí, cruzando los brazos detrás de la cabeza—. Sabes que no suelo traer las chicas a casa, pero la pequeña se merecía una primera vez especial.
—¡Eres un cabrón! —exclamó Mark, pasándose ambas manos por la cara, debatiéndose entre el asco moral y la curiosidad morbosa que no podía ocultar —. ¿Tan rápido se dejó? Joder, Ash...
Solté una carcajada ronca, una vibración oscura que me arañó la garganta.
—No se pudo resistir a mis encantos. Estaba temblando como una hoja, pero la he dejado fina. Esa estrechez, tío... uff. Hacía tiempo que no probaba algo así. Literalmente se rompió para mí.
Mark negó con la cabeza, levantándose del sofá con pesadez. Caminó hacia la pequeña cocina americana, abrió un armario y sacó una botella de ron Bacardí a medio empezar y dos vasos de cristal.
—Estás enfermo de la cabeza, te lo juro —murmuró, sirviendo una cantidad generosa de ron oscuro en los vasos. Volvió y me tendió uno. El líquido ambarino quemó deliciosamente al bajar por mi garganta, dejando un rastro caliente y dulce en el pecho que combinaba a la perfección con mi victoria.
—Creo que volveré a probarla unas cuantas veces más —dije, mirando el fondo del vaso, calculando mis próximos movimientos—. Aprieta que da gusto. Pero la dejaré descansar unos días. Un poco de silencio le vendrá bien para que se vuelva loca y vuelva rogando.
Mark le dio un trago a su vaso y me señaló con el dedo índice, frunciendo el ceño.
—No juegues con sus sentimientos, Asher. Es una cría, tiene la cabeza llena de pájaros. Ella seguro que ya se está haciendo planes de futuro contigo. Pensará que ahora vais a casaros o alguna mierda romántica de esas.
—No estoy jugando. Sé perfectamente lo que hago —repliqué, chasqueando la lengua con fastidio—.
Ella ya mencionó algo de "novios" la otra vez, y le dejé claro que esa palabra no me gustaba.
Le dije que era mía, y con eso le bastó para abrir las piernas.
No me va a dar problemas porque está aterrorizada de perderme.
Antes de que Mark pudiera seguir con su sermón moralista, el sonido de voces fuertes y pasos pesados resonó en el pasillo.
La puerta se abrió de golpe y el caos entró en el apartamento.
Logan, Dylan, Mason y James irrumpieron en el salón, seguidos de cerca por Zoe, Chloe, Allison y Evelyn.
El olor a perfume dulce de fresa y vainilla se mezcló instantáneamente con la peste a tabaco y ron.
La temperatura del salón subió de golpe con tantos cuerpos.
Logan encendió la cadena de música, subiendo el volumen hasta que los graves hicieron vibrar los cristales de las ventanas, y el tintineo de las botellas de cerveza abriéndose ahogó cualquier conversación seria.
James me lanzó una mirada rápida al entrar, pero yo le sostuve el contacto visual con una frialdad absoluta, bebiendo de mi vaso.
Si supiera que hace menos de dos horas su «hermanita pequeña» estaba gimiendo mi nombre en mi cama, me intentaría arrancar la cabeza.
Pero no lo sabía. Y yo adoraba tener ese poder.
Me quedé en mi sillón, observando la escena como un espectador aburrido. Fue entonces cuando Zoe se despegó del grupo. Caminó hacia mí contoneando las caderas dentro de su minifalda ajustada, oliendo a vodka y a desesperación.
Sin pedir permiso, se acercó, separó las piernas y se restregó descaradamente contra mi muslo, apoyando una mano en mi hombro y acercando sus labios pintados de rojo a mi cuello.
—Vaya, Asher... estás muy calladito hoy —ronroneó, bajando la voz en un intento burdo de sonar sensual—. ¿Te han comido la lengua los gatos?
Apenas moví un músculo. La miré de reojo, escaneando su escote expuesto, su maquillaje pesado, su actitud predecible y fácil.
Sentí una pereza inmensa. Comparada con el terror puro y la rendición absoluta de Emily, Zoe me parecía un chiste gastado.
Puse la mano plana contra su cadera y la empujé hacia atrás, lo justo para cortar el contacto físico.
—No es necesario, Zoe —dije, con la voz plana y cortante—. Estoy satisfecho hoy. Muy satisfecho.
Zoe trastabilló un paso hacia atrás. Su sonrisa seductora se congeló y la humillación le manchó las mejillas de rojo. Se cruzó de brazos, ofendida frente a todos.
—Pues la próxima vez, cuando te apetezca follar, te la chupas tú solo, imbécil —escupió, con veneno.
Sonreí de lado, dándole el último trago a mi Bacardí antes de dejar el vaso en la mesa.
—No llego, Zoe. Por eso te llamo a ti —le respondí, guiñándole un ojo con cinismo puro.
Un par de carcajadas estallaron en el grupo, lideradas por Logan y Mason. Zoe me fulminó con la mirada y se alejó pisando fuerte hacia la cocina, desapareciendo entre la multitud. Yo me recosté en el sillón, cerrando los ojos bajo las luces azules del televisor, invencible.
La vibración del motor se transmitía de forma agresiva por las palmas de mis manos, subiendo por mis antebrazos hasta instalarse en mi caja torácica, latiendo al mismo ritmo que mi corazón.
A doscientos kilómetros por hora, no hay pensamientos.
No hay remordimientos. No hay reglas morales absurdas.
Solo el ruido ensordecedor del viento cortando contra el casco y la línea del horizonte trgándote vivo.
Habían pasado dos días desde mi encuentro con Emily.
Fiel a mi plan, le había aplicado el castigo del silencio.
La había ignorado durante el día, viendóla en el parque encajonado por las noches.
Y allí estaba ella, puntual como un reloj, mirándome de forma insistente, con esos ojos verdes llenos de ansiedad y dependencia desde su banco de madera.
Yo la ignoraba frente a James y al resto, pero cuando se daba por vencida y caminaba hacia su portal con los hombros caídos, iba tras ella.
La acorralaba un par de minutitos en las sombras del pasillo, le daba unos cuantos besitos posesivos, le susurraba que era mía y la dejaba temblando, atada a la correa, lista para seguir aguantando mis migajas.
Giré el acelerador a fondo, sintiendo el tirón violento de la máquina entre mis muslos. Solo veía la franja oscura del asfalto que se estrechaba frente a la visera del casco. El olor penetrante a gasolina quemada, a tubo de escape y a humo inundaba mis pulmones, limpiándome por dentro.
A mis diecinueve años, no he conseguido nada extraordinario en la vida.
Tampoco lo busqué. Tampoco lo quería. Tampoco me importaba una mierda.
Mis padres seguían en Chicago de viaje de negocios.
Mi casa estaba vacía, inmensa y en un silencio absoluto.
Ellos tienen una empresa de tecnología absurdamente rentable; el dinero sobra.
No me urge trabajar. Tengo tiempo para ello.
Tampoco necesito matarme a estudiar, teniendo en cuenta que el día que yo quiera, tengo un despacho con mi nombre esperándome en la planta noble de su edificio.
Por eso ahora solo disfruto de mi juventud.
Me niego a llegar a los cuarenta, mirarme al espejo vestido de traje y lamentar no haber hecho todo lo que me dio la puta gana.
A veces, para sentirme vivo, participo en carreras ilegales por las avenidas industriales de Queens o el Bronx.
No lo hago por el dinero, me sobra. Lo hago por la adrenalina.
Por esa fracción de segundo donde un error de cálculo te puede reventar contra un muro de hormigón.
Son las cinco de la mañana. El frío de la madrugada me corta a través de la chaqueta de cuero.
La ciudad es una jungla de luces de neón parpadeantes que se reflejan como cuchillos en la pintura negra y mate del depósito de mi moto. La gente normal duerme. Se preparan para levantarse, para ir a trabajar, para desayunar, para vivir vidas seguras, estructuradas y aburridas.
¿Yo? Estoy buscando la próxima dosis de adrenalina que haga que mi sangre hierva lo suficientemente fuerte como para tapar el maldito silencio que a veces se instala en mi cabeza. Soy un depredador en un mundo lleno de presas. Soy un lobo que no sabe dejar de comer, aunque ya no tenga hambre.
Las mujeres van y vienen.
Para mí, son como abrir una caja de cerillas: necesarias para encender el fuego en el momento, rápidas de consumir, pero jamás, jamás dejan ninguna huella real. Se queman y se tiran.
Todas se creen especiales. Todas me miran a los ojos y piensan que van a ser la excepción.
Quieren "arreglarme". Quieren escarbar bajo este caparazón de cuero negro, tatuajes y arrogancia violenta, convencidas de que con suficiente amor, paciencia y lágrimas, me convertirán en el puto príncipe azul que les vendió Disney.
Y yo las dejo creer que pueden. Las dejo que se acerquen con sus curitas emocionales, solo para divertirme viéndolas estallarse a doscientos por hora contra el muro inquebrantable que he construido durante años.
Aceleré aún más, cortando la niebla matutina de Nueva York.
No creo en el amor.
No creo en almas gemelas ni en corazones rotos que se curan con promesas al oído.
Solo creo en el sexo sin compromiso, en el control absoluto... y en el agarre de los neumáticos sobre el asfalto.