Chapter 13 #3
—Shhh... ya está, pequeña. Ya ha pasado lo peor —susurró, besándome las lágrimas que habían escapado por la comisura de mis ojos—. Relájate. Respira conmigo.
Se quedó estático durante lo que me parecieron horas, acariciándome el pelo, esperando a que mi cuerpo asimilara la intrusión, a que mis músculos dejaran de luchar contra él.
Su paciencia, su devoción en ese momento, anuló mi voluntad.
Enterré la cara en su cuello, respirando su colonia, y asentí débilmente, cediéndole las llaves de mi cuerpo y de mi mente.
Lo sentía encima de mí pero no podía apartarlo.
Temía que existiera la posibilidad, por muy pequeña que fuera, de que se enfadara.
Que si le decía que no estaba lista para continuar que pensara que era una cría.
Y no quería perderlo. Así que me quedé callada.
Me quedé callada, conteniendo las lágrimas que comenzaban a brotar mientras me penetraba.
El dolor era casi cegador, me revolvía el estómago.
No importaba.
Se volverá placentero, ¿verdad?
Me centré en el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, en el peso de su pecho contra el mío. No era como en los libros. No había fuegos artificiales ni magia. Había opresión, sudor, la asfixia de estar siendo usada.
Apreté los dientes y esperaba sentir ese placer del que había oído hablar. Pero ese placer nunca llegó, y el dolor nunca desapareció, ni siquiera por un instante.
—¡Qué bien se siente, joder. Lo estás haciendo muy bien, cariño.
No dije nada. No podía. Me quedé como una losa de piedra y ni siquiera me di cuenta de que aceleró el ritmo y sentí que me estaba rompiendo en mil pedazos.
No quería esto. Las lágrimas cayeron al final por mis mejillas.
La idea de perderlo a él me asustaba más que el sexo.
Al final con algo más de experiencia, será más placentero, ¿verdad?
Me repetía, como un mantra desesperado, que esto era el amor.
Que ahora, al darle mi virginidad, yo era verdaderamente suya.
Su respiración se rompió en un gruñido grave cerca de mi oído.
Sus caderas chocaron contra las mías con fuerza, inmovilizándome por completo, y luego se desplomó sobre mí, jadeando.
Se había acabado. Lo había logrado.
El contraste llegó apenas diez minutos después.
La intimidad pegajosa y asfixiante se evaporó en cuanto Asher se separó de mí.
El aire frío de la habitación me golpeó la piel desnuda, haciéndome tiritar.
Él se levantó de la cama como si acabara de hacer un trámite administrativo.
Caminó hacia el pequeño cubo de basura de la esquina, se deshizo del condón, se subió los pantalones de chándal y agarró su paquete de tabaco de la mesita.
Me quedé tumbada, arropándome con la sábana oscura, esperando que volviera a la cama, que me abrazara, que me dijera algo que confirmara que ahora éramos diferentes. Que ahora éramos una pareja real.
Asher sacó dos cigarrillos del paquete arrugado.
Se llevó uno a los labios y me tendió el otro.
Me incorporé despacio, sujetando la sábana contra mi pecho desnudo con una mano, y lo cogí con dedos temblorosos.
Él encendió su mechero Zippo, prendió el suyo y luego se inclinó apenas lo justo para acercar la llama al mío.
Aspiré el humo fuerte, sintiendo un calor familiar en el pecho. Fumar con él siempre me había hecho sentir especial, conectada a su mundo. Por un instante fugaz, viéndolo allí de pie exhalando el humo gris, pensé que este era nuestro momento, la calma compartida después de haberme entregado a él.
Pero la ilusión duró exactamente lo que tardé en darle la primera calada.
En lugar de volver a sentarse a mi lado, Asher se alejó. Se apoyó en el marco de la ventana, dándome la espalda a medias.
—Deberías ir vistiéndote, Emily —dijo, soltando el humo hacia el cristal. Su voz sonaba fría, plana, vacía de cualquier atisbo de la ternura de hacía diez minutos—. Va a empezar a oscurecer pronto y tu madre seguro se preocupará por ti.
Parpadeé, confundida por el cambio brusco. La bruma en mi cerebro empezaba a disiparse, dejando paso a una resaca de pesadez y a un escozor punzante entre las piernas.
—¿No... no vienes conmigo? —pregunté, con el cigarro a medio consumir temblando entre mis dedos—. ¿Me acompañas a casa?
Asher se giró a medias, mirándome con una mezcla de pereza y condescendencia, como si le hubiera pedido que me bajara la luna.
—Estoy reventado, enana. Y tengo cosas que hacer luego con Mark y Logan.
El rechazo me golpeó el pecho con la fuerza de un martillazo. Me estaba echando. Había conseguido lo que quería, me había «enseñado», y ahora le molestaba mi presencia. El abandono que tanto temía me estaba mirando a la cara, con un cigarro en la boca.
Pero la negación es un escudo poderoso. Me tragué el nudo de lágrimas, me puse de pie temblando, e ignoré el dolor sordo de mis muslos. Los hombres son así , me dije a mí misma, no necesita llevarme de la mano. Lo de hoy significa que me quiere a su manera .
Me vestí en silencio. Él no me miró mientras lo hacía. Me puse el jersey, los vaqueros, y caminé hacia la puerta.
—Adiós, Asher —murmuré.
—Nos vemos, enana. Escríbeme cuando llegues —respondió, sin siquiera girar la cabeza.
Salí de la casa grande y vacía, y el frío de la tarde- noche me caló los huesos.
El trayecto de vuelta fue un borrón, un estado de disociación absoluta.
Caminé de vuelta a casa, con la mente entumecida, intentando aferrarme desesperadamente a la idea de que ahora era especial.
De que ya no era la virgen y tenía una relación con un chico mayor. Tenemos algo de verdad .
Llegué a mi bloque. La luz parpadeante del recibidor me dio la bienvenida con su habitual olor a lejía. Subí las escaleras lentamente, cada escalón era una punzada ardiente entre mis muslos.
Entré en casa. Estaba vacía. Fui directa al baño. Me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo. Mis ojos estaban rojos, el maquillaje corrido, el pelo revuelto. No me sentía como una mujer nueva. Me sentía vacía, sucia, extrañamente rota.
Mis manos temblorosas bajaron a la cremallera de mi pantalón. Me lo quité despacio, empujando la tela por mis caderas junto con la ropa interior de encaje negro.
Me quedé mirando la tela en el suelo del baño.
Justo en el centro del encaje oscuro, había una mancha húmeda y espesa. ¿Podría ser sangre? La prueba irrefutable, física e irreversible, de lo que le había entregado a Asher Black.
La miré durante un largo rato, escuchando el silencio sepulcral de mi casa, convenciéndome a la fuerza de que esa mancha era el precio que había que pagar por ser amada.
Ahora soy suya. Ahora ya no me dejará.