No me quites la inocencia Chapter 13 #2
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Chapter 13 #2

Se giró hacia mí y me tendió uno de los vasos. El líquido era de un color ambarino pálido. El líquido era ambarino, pálido. Sus nudillos rozaron los míos; su piel estaba hirviendo.

—Bébetelo —ordenó, con un tono suave pero que no admitía réplicas—. Te he preparado algo suave, con mucho zumo, para que te relajes. Te hace falta.

Agarré el cristal frío con ambas manos, porque si usaba solo una, se me habría caído. Miré el líquido y después miré a Asher. Confiaba en él. Quería confiar en él, porque si no lo hacía, ¿qué sentido tenía todo esto? Me llevé el cristal a los labios y di un trago largo.

Sabía dulce, a frutas, pero había un regusto amargo y metálico que me raspó la garganta al bajar.

Arrugué la nariz, pero Asher me estaba mirando fijamente, esperando.

Así que me obligué a dar otro trago. Y otro más, hasta que el fondo del vaso quedó a la vista y el alcohol me mandó un latigazo de calor directo a la cabeza.

—Buena chica —murmuró él, dejando su propio vaso intacto sobre la mesa.

Asher me quitó el vaso de las manos con una suavidad calculada y lo dejó junto al suyo en la mesita de noche. Luego, se dio la vuelta y cogió un mando a distancia.

La enorme pantalla plana que colgaba frente a la cama cobró vida, iluminando la habitación con destellos fríos.

Seleccionó una película cualquiera —ni siquiera me fijé en el título o en la imagen, mi cerebro iba a mil por hora, incapaz de procesar nada más allá de mis propios latidos— y el sonido de una banda sonora tenue empezó a llenar el silencio asfixiante del cuarto.

Él se sentó en el borde de la cama, hundiendo el colchón con su peso, y se recostó contra el cabecero, cruzando los tobillos con una pereza insultante. Yo seguía de pie, a un metro de distancia, abrazándome a mí misma como si mi propio cuerpo fuera un escudo.

—Ven aquí, no te quedes ahí pasmada —dijo, dándose un par de palmaditas en el espacio vacío a su lado. Su voz era un ronroneo cálido, hipnótico, desprovisto de cualquier amenaza aparente.

Caminé despacio y me senté. Mantuve una distancia de seguridad, dejando al menos dos palmos de sábanas grises entre nosotros.

Él no intentó acortar ese espacio de golpe.

Fijó la vista en la pantalla. Pero yo podía sentir su energía.

Podía sentir su atención, pesada, oscura y asfixiante, acechándome por el rabillo del ojo.

Pasaron cinco minutos. El sonido de la película y la calidez de la habitación empezaron a aflojar la tensión de mis hombros, haciéndome creer que su promesa de "no pasará nada que no quieras" era real. Mi respiración comenzó a acompasarse.

Y entonces, justo cuando exhalé un suspiro más largo de lo normal, Asher hizo su movimiento.

Como si fuera el gesto más natural e inofensivo del mundo, deslizó su brazo por el borde del cabecero.

Sus dedos largos y fríos rozaron la piel desnuda de mi hombro.

El contacto fue tan leve que parecía casual, pero me provocó un escalofrío eléctrico que me recorrió la columna vertebral de arriba a abajo.

Me tensé al instante, conteniendo el aire.

—Estás helada, enana —ronroneó contra mi piel. Esta vez me miró. Sus ojos eran dos pozos sin fondo—. Ven.

Con una firmeza implacable, tiró de mi brazo hacia él.

No me resistí. El miedo se estaba disolviendo en esa necesidad enferma y adictiva de que me validara.

Me dejé llevar, dócil, hasta que mi costado chocó contra la dureza de su torso.

Su brazo me envolvió por completo, atrapándome contra él, hundiendo su mano en mi pelo para acariciarme la nuca con movimientos lentos y rítmicos.

—Así estás mucho mejor —susurró, inclinando la cabeza hasta rozar con sus labios la punta de mi oreja, un roce que me hizo cerrar los ojos de golpe—. ¿Ves? Te dije que podías confiar en mí. Céntrate en la película, relájate... y déjame cuidarte.

Con una lentitud deliberada y exasperante, deslizó la mano desde mi nuca hasta mi mandíbula, obligándome a mirarlo.

Se inclinó y me besó. Yo no opuse resistencia.

No podía. Sus labios eran expertos, dominantes.

Me abrió la boca y deslizó su lengua, marcando un ritmo lento y posesivo que me hizo cerrar los ojos y dejar caer la cabeza hacia atrás, cediéndole todo mi peso.

Poco a poco, sus manos empezaron a reclamar más territorio.

Bajaron desde mi cintura, trazando líneas lentas y pesadas sobre la tela de mi vaquero.

Su pulgar acarició el borde de mi cadera y luego se deslizó hacia el frente.

El roce de sus dedos fríos contra mi piel desnuda, justo donde terminaba el jersey, me provocó un cortocircuito y el pánico volvió a apuñalarme.

—Asher... —jadeé, intentando apartarme un milímetro, rompiendo el beso. Mi voz era un cristal a punto de estallar.

Él no se detuvo. Sus nudillos presionaron contra el metal del botón de mis vaqueros. Seguía besandome lentamente.

—Déjame tocar lo que es mío, cariño —ronroneó sobre mis labios, con una suavidad letal.

Esa palabra. Mío .

Si quería que siguiera conmigo, tendría que ser suya hasta el final.

« Solo déjate llevar .»

Dejé caer la cabeza hacia atrás contra el cabecero y cerré los ojos con tanta fuerza que vi destellos blancos. Apreté los puños contra la sábana gris, aferrándome a ella como a un salvavidas.

Escuché el sonido metálico de la cremallera bajando.

Me dejé llevar. Sus manos grandes y expertas se colaron bajo mi ropa, implacables, despojándome de cada capa.

No había prisa en sus movimientos, solo un dominio total.

Asher me desnudó por completo bajo los destellos fríos y azules del televisor.

Mi piel quedó expuesta, temblando por el cambio de temperatura y la vergüenza.

La sumisión fue inevitable, una rendición total a su control absoluto.

Asher me empujó suavemente por los hombros y me dejé caer por completo de espaldas sobre las sábanas grises.

Él se subió a horcajadas sobre mí, inmovilizándome.

Su peso era aplastante, una gravedad nueva que me anclaba a la cama.

Me sentía tan pequeña debajo de él… como si yo no pudiera hacer nada más que quedarme quieta y dejar que él decidiera todo.

Él no me preguntaba, no dudaba. Era el dueño de la situación.

Yo no sabía qué hacer con mis manos, ni con mi respiración, ni con nada.

Asher me miró desde arriba. Sus ojos recorrieron mi pecho con una intensidad oscura. No había burla, no había prisa. Había una concentración casi devota.

—Mírame, enana —ordenó en un susurro áspero que me hizo abrir los ojos de golpe—. Eres preciosa.

Mi pecho se hinchó de un orgullo enfermo. Le gusto. Le valgo.

Mi cerebro estaba anestesiado, flotando en esa nube artificial, enfocada únicamente en la urgencia de complacerle para asegurarme de que me siguiera mirando así, de que me siguiera queriendo.

Se quitó la camiseta de un solo tirón, revelando los músculos cincelados y tensos de su abdomen, el piercing plateado que llevaba en el pezón izquierdo y los tatuajes negros que le trepaban por los brazos y parte del cuello. Volvió a inclinarse sobre mí.

—Voy a cuidarte, Emily —susurró en mi oído, besándome la piel sensible justo debajo de la mandíbula—. Voy a enseñarte cómo se hacen las cosas. Solo tienes que dejarte llevar. Deja que yo tome el control.

Las palabras de Amelia se materializaron en su boca.

Él toma el control.

Y lo hizo. Asher fue atento. Me besó con suavidad, rozando sus labios por mi cuello, mi clavícula, bajando hasta el puente de mis pechos. Sus manos acariciaban mi piel con una firmeza que me hacía temblar, trazando líneas invisibles por mis costillas, por mi estómago.

Cada vez que un rastro de miedo amenazaba con abrirse paso a través de la bruma del alcohol, él lo silenciaba. Si yo tensaba un músculo, él se detenía, me besaba en la frente, me susurraba palabras bonitas, halagos que me llenaban el pecho de vanidad y seguridad.

« Estás perfecta », « Eres mía », « Qué buena chica eres ».

Me hacía creer que yo importaba. Que esto era amor. Que el dolor y el sacrificio que estaba a punto de hacer valdrían la pena porque me atarían a él para siempre.

Mis piernas temblaban, pero él puso sus rodillas entre las mías, separándolas con una autoridad gentil, marcando su territorio. Sus dedos rozaron mi intimidad. El pánico me paralizó. No estaba lista. Mi cuerpo no estaba listo.

Cuando introdujo el primer dedo, una presión extraña y dolorosa me hizo contener el aliento. Clavé las uñas en las sábanas. Añadió un segundo dedo, estirándome, y un ardor punzante me hizo encogerme.

—Asher... —jadeé, intentando cerrar las piernas por puro instinto—. Me escuece...

Él detuvo el movimiento al instante, pero no apartó la mano. Se inclinó sobre mí, apoyando su frente contra la mía.

—Shhh, tranquila, enana —murmuró, rozando su nariz con la mía en un gesto de devoción que me desarmó por completo—. Es normal que moleste un poco al principio. Estás muy tensa. Tienes que relajarte para mí, ¿vale? Hazlo por mí.

Hazlo por mí.

Asentí, tragándome el nudo de la garganta y obligando a mis músculos a ceder, ignorando el escozor que seguía latiendo entre mis piernas.

Satisfecho con mi sumisión, bajó sus propios pantalones de chándal. Escuché el rasgado de un envoltorio, un sonido que me devolvió a la realidad por una fracción de segundo, haciéndome jadear por la inminencia de lo que iba a ocurrir. Segundos después, su peso volvió a aplastarme.

—Mírame, enana —ordenó en un susurro, agarrándome la barbilla para obligarme a conectar mis ojos con los suyos.

Lo miré. Mis ojos estaban húmedos, nublados.

—Respira hondo —pidió, y luego, sin apartar la mirada, empujó.

El dolor fue agudo, un desgarro sordo y punzante que me quemó en el centro exacto de mi cuerpo. Solté un grito ahogado, arqueando la espalda por el acto reflejo de la invasión, clavando mis uñas en los hombros musculosos de su espalda.

Asher se quedó inmóvil, enterrado dentro de mí, con la mandíbula tensa y la respiración errática.