Chapter 13
E l viernes por la tarde, el cielo sobre Brooklyn se cubrió de un gris plomizo que amenazaba tormenta, tiñendo los pasillos del instituto de una luz mortecina y lúgubre.
Cuando sonó el timbre final, no salí corriendo.
Me quedé anclada junto a mi taquilla, con las manos hundidas en los bolsillos de mi chaqueta, esperando a que el torrente de alumnos se disipara hasta encontrarla a ella.
A unos veinte metros, al otro lado del corredor que empezaba a vaciarse, Amelia estaba apoyada contra una hilera de taquillas rojas. Reía con esa soltura magnética y despreocupada ante algo que le murmuraba un chico de último curso. En cuanto me vio, se despidió de él con un gesto vago y se acercó.
—Vaya cara, Em. Pareces un fantasma —dijo, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—Tengo miedo, Amelia —solté sin preámbulos. Mi voz sonó pequeña, asustada, perdiéndose en el eco del pasillo vacío. El nudo de mi estómago se apretó un poco más—. Voy a su casa ahora. A la de Asher. Él dice que vamos a ver una película, pero yo sé que quiere algo más.
Esperaba compasión, tal vez una advertencia, pero Amelia no se escandalizó. Al contrario, me dedicó una sonrisa de complicidad, casi de orgullo.
—Es normal que estés aterrada. Todas lo estamos la primera vez. ¿Te crees que yo no temblaba? Sentía que me iba a dar un síncope en el trayecto. Pero vas a ir, ¿verdad?
—Pero... no sé si puedo hacerlo. Siento que me voy a desmayar solo de pensarlo. ¿Y si duele demasiado? ¿Y si hago algo mal y se ríe de mí? —Las preguntas salían de mi boca como ráfagas desesperadas. Ella era la única que me entendería, la única que no me juzgaría.
Amelia me puso una mano en el hombro, apretando con firmeza.
—Escúchame: no puedes hacer nada mal porque él es el que sabe.
Asher es un hombre, Emily. Él seguramente ha hecho esto mil veces.
Solo tienes que tumbarte y dejar que él dirija.
Deja que él sea el que mande. —Se inclinó hacia mi oído, bajando la voz—.
No le enseñes tus inseguridades o pensará que eres una cría.
—Creo que todo esto me supera —susurré, sintiendo un escalofrío de terror ante la sola idea.
—Todo saldrá bien. No te preocupes. Solo déjate llevar.
Me separé de ella con las palabras grabadas a fuego: Solo déjate llevar.
Llevaba más de una hora preparándome, caminando sobre las ruinas de mi propia cordura.
Había revuelto todos los cajones buscando algo que me hiciera sentir mayor, segura, invencible.
Al final, me había puesto un conjunto interior de encaje negro, cuya tela rasposa me rozaba la piel sensible con cada movimiento, recordándome constantemente lo que estaba a punto de hacer.
Por encima, me puse unos vaqueros pitillo oscuros y un jersey de punto fino que dejaba los hombros al descubierto.
El nudo en mi estómago era una masa densa y pesada.
Las náuseas me subían por la garganta, dejándome un sabor metálico y amargo en la boca.
Era terror. Terror puro, primitivo y asfixiante, paralizándome las rodillas.
Estaba a punto de entregarle mi cuerpo a un chico de diecinueve años al que apenas conocía, todo porque el miedo a que me abandonara era mucho más grande que el instinto de protegerme a mí misma.
Frente al espejo de cuerpo entero, mis manos temblaban de tal manera que el frasco de cristal de mi perfume tintineó contra la madera de la cómoda al dejarlo.
Cerré los ojos, apoyando la frente fría contra el cristal del espejo, y obligué a mi mente a conjurar la voz de Amelia. « No puedes hacerlo mal si te dejas llevar. Él toma el control. Él sabrá en todo momento qué hacer contigo. »
Respiré hondo, tragándome el pánico hasta encerrarlo en el fondo de mis pulmones.
Salí al pasillo pisando con cuidado sobre la madera que crujía.
Mi madre estaba en la cocina, con el uniforme azul del hospital recién lavado y planchado, repasando unas facturas en la mesa antes de salir a su turno de noche.
Las gafas de lectura le resbalaban por el puente de la nariz.
—Mamá —murmuré, agarrando la correa de mi bolso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa, se bajó las gafas de lectura y me dedicó una sonrisa tan llena de ternura incondicional, que me atravesó el pecho como un cuchillo de sierra.
—Hola, cariño. Estás muy guapa. ¿Vas a salir?
El latigazo de culpa fue tan violento que casi me hace retroceder hacia mi cuarto. La estaba engañando de la forma más sucia posible. Estaba traicionando su confianza ciega que ella había depositado en mí desde que tengo memoria.
—Sí... —Mi voz sonó frágil, pero me obligué a mantener el contacto visual—.
He quedado con Amelia en la biblioteca del centro para adelantar un trabajo de historia para el lunes.
Es largo y queremos quitárnoslo de encima hoy.
Y luego... supongo que iremos a su casa a cenar. A lo mejor me quedo también a dormir.
Me acerqué a ella, impulsada por una necesidad desesperada de compensar mi traición con afecto físico. Me incliné y la rodeé por los hombros en un abrazo largo y apretado, enterrando el rostro en su cuello.
—Eres una chica tan responsable, Emily —susurró ella, devolviéndome el abrazo con fuerza y apoyando la cabeza en mi pecho un segundo, como si buscara refugio—.
A veces me pregunto qué he hecho para merecer una hija que no me da ni un solo dolor de cabeza.
Otros padres se vuelven locos con sus hijos a esta edad, pero tú. .. tú eres un ángel.
Sentí que se me revolvía el estómago. Un ángel . Me separé un poco para poder besarle la frente y luego le di un beso sonoro en la mejilla, acariciándole el brazo con cariño.
—Solo quiero hacerte la vida más fácil. Ya tienes bastante...
—Oh... mi amor. Pásalo bien y, por favor, ten mucho cuidado al cruzar las avenidas grandes, que ya sabes cómo conducen por esa zona —dijo, volviendo a bajar la vista hacia los papeles, confiando en mi mentira con una ingenuidad que me hizo sentir asquerosa.
—Lo tendré, te lo prometo. Te quiero mucho, mamá.
—Y yo a ti, vida mía.
Salí del piso y bajé las escaleras casi corriendo, huyendo de su mirada y del peso aplastante de mi propia conciencia.
El trayecto hacia la dirección que Asher me había enviado fue una agonía lenta. Eran apenas diez minutos a pie, pero cada paso que me acercaba a su casa hacía que el corazón me latiera más rápido, como un pájaro atrapado en una jaula demasiado pequeña.
La dirección me llevó a una zona residencial que yo no conocía del todo.
Las calles aquí eran más anchas, bordeadas de árboles frondosos y coches aparcados en batería.
No había bloques de pisos, sino casas grandes, independientes, de dos y tres plantas con fachadas de ladrillo impecable y pequeños jardines en la entrada.
El contraste era abrumador. Yo no pertenecía aquí.
Me sentí como una intrusa, una niña de barrio pisando un territorio que le quedaba inmenso.
Me detuve frente al número que marcaba la pantalla de mi móvil. Era una casa imponente, con un porche de madera oscura y grandes ventanales. Mis zapatillas crujieron sobre el camino de grava. Tragué saliva, levanté la mano temblorosa y toqué el timbre.
El sonido de la campanilla resonó en el interior. El silencio posterior me destrozó los nervios. Y entonces, la pesada puerta de roble macizo se abrió.
Asher estaba allí, llenando el marco de la puerta con sus hombros anchos.
Llevaba unos pantalones de chándal grises que le caían bajos en la cadera y una camiseta negra de algodón fino que se adhería a cada músculo de su torso.
Iba descalzo. El olor a su perfume oscuro, almizclado y caro me golpeó de lleno, mezclado con un rastro denso de tabaco.
Me miró de arriba abajo, sus ojos marrones verdosos escaneando mi ropa, mi postura encogida, el terror evidente en mis pupilas. Su boca se curvó en esa sonrisa ladeada y perezosa que me volvía loca.
—Has venido, enana —ronroneó. Se apartó a un lado, dejándome espacio para entrar—. Pasa.
Di un paso tentativo hacia el interior, cruzando el umbral.
La casa por dentro era enorme, decorada con muebles modernos, minimalistas y fríos.
El silencio era total, opresivo. No se escuchaba una televisión de fondo, ni ruido de platos, ni voces.
Estábamos completamente solos. La intimidación de estar encerrada con él en su territorio me hizo cruzar los brazos sobre el pecho de forma instintiva.
—¿Estás... estás solo? —pregunté, con un hilo de voz, mientras él cerraba la puerta a mis espaldas con un clic metálico que sonó a condena.
—Mis padres están de viaje de negocios en Chicago. Vuelven el martes —explicó con indiferencia, caminando por el pasillo de suelo brillante sin girarse a mirarme—. Sígueme.
Lo seguí por una escalera de caracol hasta la segunda planta. El corazón me retumbaba en los oídos con tanta fuerza que me mareaba. Abrió una puerta al final del pasillo y entré tras él.
Su habitación era un caos que desentonaba brutalmente con el resto de la casa.
Era un espacio enorme, pero asfixiante. Las paredes estaban empapeladas de pósteres oscuros, había ropa tirada por el suelo y ceniceros a rebosar sobre la mesa de noche.
La cama, ancha y deshecha, tenía sábanas de un color gris oscuro.
El aire estaba viciado, espeso, cargado del olor a marihuana y a tabaco.
Me quedé parada cerca de la puerta, clavada en el sitio, sintiéndome diminuta y fuera de lugar.
Asher se dio cuenta de mi rigidez. Caminó hacia una mininevera incrustada bajo su escritorio y sacó dos vasos de cristal y un par de botellas.
—Estás temblando, Emily —observó, dándome la espalda mientras servía líquido en los vasos. El tintineo del hielo contra el cristal sonó afilado en la habitación—. Te veo demasiado tensa. Relájate, no pasará nada que no quieras que pase.