Chapter 12
E l olor a óxido, magnesio y sudor rancio llenaba el gimnasio.
El ruido metálico, seco y contundente de los discos de hierro chocando entre sí resonaba en las paredes de hormigón desnudo, marcando el compás errático de mi propia respiración.
Noventa kilos en la barra de press de banca.
Bajé el metal lentamente hasta que rozó mi pecho, sintiendo cómo las fibras musculares de mis brazos y hombros ardían, tensándose bajo el peso extremo.
Exhalé con fuerza, empujando la barra hacia arriba en un movimiento explosivo antes de dejarla caer sobre los soportes con un estruendo sordo.
Me senté en el banco de cuero, pasándome el antebrazo por la frente empapada en sudor frío.
El dolor físico era la única cosa que me mantenía centrado.
Fuera del gimnasio, la vida me parecía terriblemente predecible y aburrida.
Todo el mundo era fácil de leer. Todo el mundo quería algo, y casi todos estaban dispuestos a arrastrarse por el barro para conseguirlo si sabías qué botón pulsar.
Un par de horas más tarde, el olor a hierro fue reemplazado por el humo dulce y espeso de la marihuana.
Estaba tirado en el sofá hundido del apartamento de Mark, con las piernas abiertas y la cabeza apoyada en el respaldo.
El cuarto de estar estaba en penumbra, iluminado solo por la luz azulada del televisor que emitía un partido de baloncesto sin volumen.
Mark estaba sentado en la silla del ordenador, dándole vueltas a un porro a medio terminar entre los dedos, observándome de reojo.
—¿Qué te traes con la pequeña, Ash? —preguntó Mark de repente, rompiendo el silencio. Su voz sonaba cautelosa, pero con ese matiz de reproche que llevaba días arrastrando.
Le di un trago lento a mi cerveza, sintiendo el líquido frío bajar por mi garganta seca.
—Nada —respondí, con una indiferencia absoluta, dejando la botella de cristal sobre la mesa baja con un golpe seco—. Nada serio. Es un puto pasatiempos. Sabes de sobra que me aburro rápido.
Mark bufó, pasándose una mano por el pelo desordenado y dándole una calada al porro. La brasa naranja iluminó sus facciones cansadas.
—No juegues con ella, tío. Es menor de edad. Solo tiene quince años. Te traerá problemas de los grandes. Si Brown se entera de lo que haces con ella, se va a volver loco. Y si su madre lo descubre, te pueden meter un buen puro.
Solté una carcajada ronca, estirando el brazo para que me pasara el porro. Mark me lo tendió a regañadientes.
—Tranquilo, joder. Todo es consentido —dije, aspirando el humo y manteniéndolo en los pulmones antes de soltarlo hacia el techo—.
La tengo comiendo de mi mano, Mark. Hace exactamente lo que yo quiero que haga, cuando yo quiero que lo haga.
Si le digo que salte, me pregunta a qué altura.
No va a haber ningún problema porque ella misma se encarga de esconderlo.
—Está enamorada de ti —sentenció Mark, mirándome con una mezcla de asco y compasión—. Es una cría que no sabe ni por dónde le da el aire. Me da pena, sinceramente. Eres un hijo de puta sin remedios, Ash.
—El mejor de todos —sonreí de lado, dándole otra calada al porro. El THC empezaba a aflojarme los músculos, pero mi mente seguía fría y calculadora—. No me culpes a mí de que la niñata tenga carencias afectivas. Yo solo le doy lo que me pide a gritos: atención.
Mark negó con la cabeza, frustrado.
—¿Y Zoe? Llevabas meses enrollándote con ella.
—Zoe me tiene aburrido. —Hice una mueca de fastidio solo de pensar en ella—. No ofrece nada nuevo. Es predecible. Sabe a lo mismo, hace lo mismo, dice lo mismo. Solo sirve para pasar el rato cuando no hay nada mejor, pero ya ni siquiera me divierte.
—¿Y la pequeña crees que es otra cosa? —insistió Mark, apoyando los codos en las rodillas.
Giré la cabeza para mirarlo. Una sonrisa oscura se dibujó en mi boca al pensar en la forma en que Emily temblaba cada vez que le ponía una mano encima.
—Es virgen, Mark —murmuré, saboreando la palabra—.
Es un puto lienzo en blanco. Y físicamente.
.. joder, no hay nada igual. La estrechez de alguien que nunca ha sido tocada, esa inexperiencia absoluta donde cada movimiento tuyo la vuelve loca.
.. aprieta mucho mejor. La forma en que se asusta pero se muere de ganas de ceder al mismo tiempo. Es adictivo.
—También tienes que tener mucha más paciencia —replicó Mark—. Tienes que jugar al novio comprensivo para que abra las piernas.
—Esa es la mejor parte del juego —dije, apagando el porro en el cenicero a rebosar—. Construirla para luego moldearla como a mí me dé la gana.
El sonido de la puerta principal abriéndose nos interrumpió. El olor a perfume de fresa y chicle invadió el salón antes de que ella siquiera pisara la alfombra. Zoe. Entró caminando con esa confianza de siempre, llevando unos vaqueros ajustados y un top que apenas le cubría la mitad de las tetas.
—Hola, chicos —ronroneó, ignorando a Mark por completo y caminando directa hacia mi sofá.
Se dejó caer a mi lado, apoyando una mano en mi muslo. Su piel estaba caliente, pero su tacto no me provocó absolutamente nada. Solo pereza. Una pereza infinita.
—Vaya cara llevas, Asher. ¿Te aburres? —dijo ella, acercando su boca a mi cuello, rozándome con los labios, intentando subirse a horcajadas sobre mí.
La aparté poniendo una mano plana contra su pecho y empujándola hacia atrás sin ninguna delicadeza.
—No tengo ganas de follar hoy, Zoe. Corta el rollo —la corté en seco.
Ella parpadeó, sorprendida por el rechazo tan brusco, y una chispa de orgullo herido le cruzó la mirada. Pero no se levantó.
—Bueno... —Zoe se mordió el labio inferior, bajando la mano desde mi muslo hasta la cremallera de mi pantalón—. Puedo hacer otras cosas. Si tú no quieres moverte, no te muevas. Déjamelo a mí.
Mark, que lo estaba viendo todo desde la silla del ordenador, bufó con asco y tiró los cascos sobre el escritorio con un golpe seco.
—Paso de ver vuestras mierdas —gruñó Mark, levantándose de golpe—. Me voy a la cocina. Y limpiad luego, joder, que esto es mi casa.
Mark salió del salón dando un portazo, dejándonos a oscuras. Yo ni me inmuté. Volví a mirar a Zoe desde arriba. Su desesperación por complacerme era patética.
—Hazlo —le ordené, con voz monótona, acomodándome contra el respaldo del sofá.
Zoe no lo dudó. Se deslizó del sofá y se arrodilló sobre la alfombra gastada de Mark, entre mis piernas.
El sonido metálico de mi cremallera bajando rasgó el silencio del salón.
Yo eché la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
Mientras sentía su boca húmeda y experimentada moviéndose sobre mí, mi mente se fue a otra parte.
Pensé en Emily. En su torpeza, en cómo apretaba los puños y cerraba los ojos muy fuerte cuando la besaba en los callejones.
La inocencia era un trofeo mucho más apetecible que la rutina desgastada que tenía ahora mismo entre las piernas.
Dos días después, puse en marcha la siguiente fase. El silencio.
No hay nada que destruya más rápido la cordura de una mujer, especialmente de una cría insegura de quince años, que el silencio.
Dejé de contestar a sus mensajes de "buenos días".
Dejé de existir en su teléfono. Quería que se ahogara en su propia ansiedad, que se convenciera de que tenía que darme más.
Esa noche de jueves, bajé al parque encajonado entre los edificios.
El aire estaba helado y amenazaba lluvia, pero sabía que ella estaría allí.
Emily nunca faltaba. Estaba sentada en su banco de siempre, envuelta en su chaqueta vaquera, tiritando de frío.
En cuanto me vio llegar con la moto, noté cómo se tensó.
Sus ojos verdes se clavaron en mí, brillando de esperanza en la oscuridad.
La ignoré por completo.
Me acerqué a Logan y a Zane, abrí una cerveza y me apoyé en el asiento de la moto, dándole la espalda a medias, lo justo para que pudiera ver mi perfil. Y para girar el cuchillo lentamente en la herida, dejé que Zoe se me pegara como una maldita lapa.
Zoe me pasó un brazo por el cuello, riéndose de forma exagerada de algún comentario estúpido que dijo Mark.
Yo le seguí la corriente. Solté una carcajada, permitiendo que ella apoyara la cabeza en mi hombro, que me susurrara al oído.
Por el rabillo del ojo, observaba a Emily.
Era un puto espectáculo. Se estaba consumiendo.
Veía cómo apretaba los puños, cómo chupaba el cigarro con rabia, cómo me miraba con celos que casi podía olerse desde mi posición.
Después de cuarenta y cinco minutos de tortura calculada, vi que no aguantaba más. Se levantó de golpe. Tiró su cigarro a medio consumir al asfalto, lo aplastó con furia bajo la suela de su botín y salió del parque caminando rápido. Sus pasos resonaron furiosos contra la acera.
Segundos después, el móvil me vibró en el bolsillo de la chaqueta de cuero. Sonreí de lado.
Emily: Tengo que decirte algo. Te espero en el callejón de la 42, a una calle de aquí. Ahora.
El tono exigente me hizo gracia. Era como ver a un gatito intentando rugir. Me acabé la cerveza de un largo trago, me separé de Zoe sin darle ningún tipo de explicación y caminé con calma hacia la calle 42.
Cuando doblé la esquina, la vi. Estaba en la penumbra del callejón que olía a basura, cruzada de brazos y temblando como una hoja.
—¿Qué pasa, enana? —le pregunté, arrastrando las palabras con peresa, soltando el humo del cigarro que me acababa de encender—. ¿Por qué tanta urgencia? James casi se da cuenta.
Y entonces, estalló. Su voz aguda y cargada de reproches rebotó en las paredes del callejón. Me echó en cara que no le escribía, que la ignoraba, que me pasaba la noche pegado a Zoe.
—¡Se supone que estamos saliendo! ¡Se supone que soy tuya!
Me quedé mirándola, frío. La audacia de la niñata casi logró sacarme de mis casillas. Di un paso hacia ella, invadiendo su espacio, bloqueándola contra la pared de ladrillo. Era hora de darle la vuelta a su cabreo y convertirlo en culpa.
—No es mi culpa que tú hayas querido mantener lo nuestro en secreto, Emily —le siseé, usando un tono cargado de decepción fingida—.
Me pareció buena idea al principio, ¿sabes?
—elevé un poco la voz—. Pensaba que así nadie se podría entrometer.
Que nos ahorraríamos los discursos de James y tú te ahorarías también una posible bronca de tu madre.
Pero si es un secreto, tengo que mantener las apariencias frente a mis amigos.
Si de repente dejo de hablar con Zoe o de estar con el grupo, James y el resto van a sospechar al instante. ¿Es eso lo que quieres?
Vi cómo la comprensión y la culpa le caían encima como un yunque. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero estas apariencias... me hacen daño, —susurró, rota—. Me duele verte con ella.
Perfecto. La tenía donde quería. Le di la dosis de cariño que estaba mendigando. La agarré por los brazos, la pegué a mi pecho y le dije que Zoe me daba igual. Y luego la besé.
La besé con fuerza, sintiendo cómo se rendía al instante, cómo sus manos se aferraban a mi cuello como si yo fuera su salvavidas en lugar del cabrón que la estaba ahogando. Su respuesta fue desesperada. Quería complacerme, quería asegurarse de que yo no la soltara.
Decidí probar hasta dónde llegaba su sumisión.
Bajé la mano por su espalda y le agarré el culo, apretándola contra mi erección.
Ella soltó un pequeño gemido. Mi mano se coló entre nuestros cuerpos, fui directo al botón de sus vaqueros y le bajé la cremallera de un tirón. Mis dedos rozaron su vientre desnudo.
La reacción fue inmediata. El pánico.
—Asher... Aquí no. Por favor, para —jadeó, empujándome débilmente con las manos temblorosas.
Me separé de ella. La frustración que le mostré no era del todo fingida; odiaba que me pararan cuando yo decidía avanzar, pero sabía que la virgen necesitaba otro tipo de presión. La miré con frialdad absoluta.
—Si estamos saliendo, Emily, estas cosas son normales —le dije, mi voz sonando dura e implacable en la oscuridad—. Yo soy un hombre y necesito más. Si no puedes darme lo que necesito, es mejor que no sigamos con esto.
El golpe fue letal. Vi cómo su mundo se resquebrajaba. El terror a perderme, a que la abandonara por no ser "suficiente", le borró cualquier instinto de supervivencia.
—No sé si estoy preparada. Tengo miedo —suplicó, agarrándome por las muñecas, mirándome con unos ojos tan grandes que casi me hacen sonreír.
Me tomé mi tiempo. Dejé que el silencio la torturara unos segundos más, que sintiera que estaba a punto de perderlo todo. Le subí la cremallera, la abracé contra mi pecho y le acaricié el pelo.
—Shhh... tranquila—le susurré, secándole una lágrima con el pulgar, usando mi tono más suave—. Yo te enseñaré todo. Es mejor así, que no sepas nada. Lo aprenderás todo conmigo.
La invité a mi casa para el día siguiente. A solas. Para ver una "película".
Aceptó sin dudarlo. Estaba tan desesperada por arreglar su "error" que habría aceptado ir al puto infierno si yo se lo pedía. Le di un beso rápido y la mandé a casa, sabiendo que ya la tenía atrapada en la red.
Horas más tarde, ya de madrugada, estaba tirado boca arriba en mi cama, observando el humo del último cigarro de la noche elevarse hacia las sombras del techo.
Pensé en la cara de pánico que había puesto en el callejón y en lo fácil que había sido acorralarla y domarla.
Cogí el móvil de la mesita de noche y tecleé un mensaje rápido para asegurar la jugada de mañana.
Sabía exactamente qué palabras usar para dejarla temblando en su cama, completamente insomne.
Asher: No dejo de pensar en cómo temblaba tu cuerpo bajo mi toque. Mañana no te vas a escapar.
Le di a enviar y le di una calada larga al cigarro.
No tuve que esperar casi nada. Apenas un minuto después, el móvil empezó a vibrar sin parar contra el colchón. Una cascada de mensajes de Emily.
EMILY: No dejo de pensar en mañana .
EMILY: Tengo un poco de miedo, Asher, pero confío en ti.
EMILY: ¿A qué hora voy?
EMILY: Te quiero.
Solté una carcajada grave en la oscuridad de mi habitación. Te quiero. Tan ingenua. Tan jodidamente fácil de romper.
Bloqueé la pantalla sin dignarme a contestarle al resto de sus mensajes desesperados y tiré el móvil a los pies de la cama. Apagué el cigarro en el cenicero.
Cerré los ojos y me dormí profundamente, sin el más mínimo rastro de culpa.