Chapter 11 #2
Los celos me quemaban la garganta como ácido puro. Quería gritar, quería levantarme y arrancarla de su lado, quería gritarles a todos que él era mío.
Una noche de jueves, el frío húmedo de Nueva York amenazaba con traer lluvia.
Llevaba cuarenta y cinco minutos sentada en el banco, congelándome, viendo cómo Zoe le susurraba algo al oído a Asher y él soltaba una carcajada grave que me retumbó en las costillas.
El dolor en mi pecho era físico, una garra de celos y humillación que me cortaba la respiración.
Vi que Logan empezaba a recoger las latas vacías. Se iban. Asher se puso la chaqueta de cuero. Ni siquiera miró en mi dirección ante de dar un paso hacia su moto.
Saqué el móvil del bolsillo, con las manos temblando de pura rabia y desesperación. Tecleé el mensaje a la velocidad del rayo.
Emily: Tengo que decirte algo. Te espero en el callejón de la 42, a una calle de aquí. Ahora.
Pulsé enviar. Me levanté del banco, tiré el cigarro al suelo, lo aplasté con furia y eché a caminar hacia la salida contraria del parque, sin despedirme de nadie.
James me miró de reojo, con el ceño fruncido, pero no dijo nada.
Caminé rápido, con los tacones de mis botas resonando contra la acera vacía, alejándome del ruido del grupo.
El callejón de la calle 42 apestaba a basura acumulada en los contenedores y a humedad estancada.
La única fuente de luz provenía de un farol mortecino que zumbaba intermitentemente.
Me apoyé contra la pared, cruzándome de brazos, tiritando tanto de frío como de nervios.
Mi respiración formaba pequeñas nubes blancas que se deshacían en la oscuridad.
Cinco minutos después, escuché el eco de unas botas pesadas.
Asher dobló la esquina. Caminaba con esa pereza suya, con las manos en los bolsillos, la mandíbula relajada, como si el mundo entero le debiera pleitesía. Se detuvo a un metro de mí. El olor a cerveza, tabaco y su perfume me golpeó de lleno.
—¿Qué pasa, enana? —preguntó, con voz tranquila, casi aburrida—. ¿A qué viene tanta urgencia? James casi se da cuenta de que no iba en dirección a mi casa.
—¿Por qué no me escribes? —le solté, sin anestesia. La voz me tembló, aguda y patética, pero no pude detenerla—. Llevas tres días contestándome con monosílabos. Y hoy... llevas casi una hora a diez metros de mí y ni siquiera me has mirado.
Asher ladeó la cabeza, mirándome como si fuera una niña pequeña haciendo una rabieta absurda.
—Da igual que no te escriba cada cinco minutos, Emily. Sabes que me verás por la noche en el parque de todos modos. No hace falta estar pegados al teléfono como unos putos críos.—respondió, encogiéndose de hombros con una indiferencia que me dolió más que una bofetada.
—¡Pero no es suficiente! —grité en un susurro, dando un paso hacia él, desesperada por que entendiera mi angustia—. Se supone que estamos saliendo. ¡Se supone que soy tuya! Y tú estás cada puta noche pegado a Zoe. Dejas que te toque, dejas que te susurre...
Asher endureció la mirada. La diversión desapareció de sus ojos, dejando paso a una frialdad cortante. Dio un paso al frente, invadiendo mi espacio, obligándome a echar el cuello hacia atrás.
—No es mi culpa que tú hayas querido mantener lo nuestro en secreto, Emily —dijo, arrastrando las palabras—.
Me pareció buena idea al principio, ¿sabes?
—elevó un poco la voz, su tono cargado de un reproche que me hizo sentir pequeña e irracional—.
Pensaba que así nadie se podría entrometer.
Que nos ahorraríamos los discursos de James y tú te ahorarías también una posible bronca de tu madre.
Pero si es un secreto, tengo que mantener las apariencias frente a mis amigos.
Si de repente dejo de hablar con Zoe o de estar con el grupo, James y el resto van a sospechar al instante.
¿Es eso lo que quieres? ¿Que lo arruinemos todo por tus celos de niña pequeña?
Me quedé sin aire. Él lo estaba haciendo por mí. Lo estaba haciendo para proteger nuestro secreto. La culpa me golpeó, apagando mi rabia, pero el dolor seguía ahí.
—Pero estas apariencias... me hacen daño, Asher —susuré, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Me duele verte con ella.
El rostro de Asher se suavizó de inmediato. Levantó las manos y agarró mis brazos, tirando de mí hasta que mi pecho chocó contra el suyo.
—Sabes que Zoe me da igual —murmuró cerca de mis labios. Su voz era un ronroneo grave y persuasivo que me desarmó todas las defensas—. Es solo ruido de fondo, enana.
Antes de que pudiera responder, estampó su boca contra la mía.
Fue un beso fiero, rudo, diseñado para apagar mi cerebro.
Me agarró de la nuca con fuerza, obligándome a abrir la boca para él.
Su lengua invadió la mía, sabiendo a cerveza y a nicotina.
Mis lágrimas de frustración se mezclaron con el beso.
Levanté las manos y me abracé a su cuello, rindiéndome, perdonándole todo al instante.
Su mano libre bajó rápidamente por mi espalda.
Me agarró el culo con brutalidad, apretando la carne a través de la tela de mis vaqueros, levantándome un poco del suelo para que sintiera la dureza de su entrepierna contra mi vientre.
El contraste térmico era brutal: el viento helado en mi nuca y el calor volcánico de su cuerpo aplastándome contra la pared de ladrillo del callejón.
Un gemido sordo escapó de mi garganta. Él lo interpretó como una luz verde.
Su mano abandonó mi cadera y se coló hábilmente entre nuestros cuerpos.
Sus dedos ásperos tantearon el botón metálico de mis vaqueros.
Escuché el sonido seco de la cremallera bajando.
El roce de sus dedos fríos contra la piel desnuda de mi abdomen, justo por encima de mi ropa interior, me provocó un cortocircuito.
El miedo instintivo, primitivo, me paralizó. Las palabras de Amelia sobre el dolor y la presión me asaltaron la mente.
—Asher... —jadeé, apartando mi boca de la suya y empujando débilmente su pecho con ambas manos—. Aquí no. Por favor, para.
Él se detuvo, pero no apartó la mano de mi vientre. Su respiración era agitada, pesada. Me miró desde arriba, con la mandíbula tensa y los ojos oscurecidos por una frustración que no se molestó en ocultar.
—Si estamos saliendo, Emily, estas cosas son normales —dijo, y su voz ya no era un susurro consolador; era dura, exigente—.
Soy un hombre, joder. Necesito más que esto.
No puedo estar jugando a los besitos de colegio eternamente.
Si no puedes darme lo que necesito, dímelo ahora y terminamos con esto.
El mundo se me cayó a los pies. El abismo se abrió bajo mis zapatillas. Me iba a dejar. La idea de que se cansara de mí, de que buscara a otra porque ella sí le daba lo que necesitaba, me hizo temblar de arriba abajo.
—Yo... yo... no sé si estoy preparada —tartamudeé, con la voz quebrada, sintiéndome la criatura más defectuosa, frágil e inútil del planeta. Mis manos aferraban sus muñecas, suplicando sin palabras que no se enfadara—. Tengo miedo.
Asher me observó en silencio durante cinco largos segundos. Calculando. Evaluando mi terror.
De repente, la dureza de su rostro se desvaneció. Soltó un suspiro, sacó la mano de mis pantalones y me subió la cremallera. Me rodeó con ambos brazos, atrayéndome de nuevo hacia su pecho, escondiendo mi cara aterrorizada en el hueco de su cuello.
—Shhh... joder, tranquila —siseó suavemente, secando una lágrima de mi mejilla con su pulgar—. Yo te lo enseñaré todo. Es mejor así, que no sepas nada. Lo aprenderás todo conmigo. —Se inclinó y me dio un beso suave en la frente.
Cerré los ojos con fuerza, respirando su olor, sintiendo una gratitud inmensa e inmerecida por su comprensión. Él me estaba perdonando mi imperfección. Él me iba a guiar.
Se separó un poco y me miró a los ojos, frotando sus pulgares contra mis mejillas frías.
—¿Qué te parece si mañana te vienes a mi casa y vemos una película? —propuso con una sonrisa suave—. Estaremos un buen rato a solas. Cómodos. Sin frío. Sin que nadie nos moleste.
El corazón me dio un salto eufórico. A su casa. A solas. Ya no en la calle escondidos. Era un paso gigante. Era la prueba de que iba en serio.
—Sí —dije sin dudarlo ni un segundo, con una sonrisa trémula—. Me encantaría.
—Perfecto. Te mandaré la dirección mañana —Me dio un último beso, rápido, y dio un paso atrás—. Vete a casa, pequeña.
Salí del callejón casi corriendo, con la sangre zumbando en mis oídos. El frío había desaparecido. Solo quedaba la adrenalina y la promesa de mañana.
En cuanto llegué a mi piso, cerré la puerta de mi habitación, me tiré en la cama y agarré el móvil. Marqué el número de Amelia. Contestó al tercer tono, con ruido de televisión de fondo.
—¡Amelia! —chillé en un susurro, pegando el teléfono a mi oreja, incapaz de contener la emoción.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? Suenas como si hubieras corrido una maratón.
—Asher me ha invitado a su casa mañana —solté de golpe, y una risa nerviosa se me escapó de los labios—. Vamos a estar a solas. A ver una película.
—¡Hostia, Emily! —Amelia soltó un chillido agudo de pura emoción—. Eso significa que la cosa va muy en serio. Los chicos no invitan a su casa a cualquiera.
La confirmación de mi amiga fue el empujón definitivo para convencerme de que mi cuento de hadas estaba funcionando. Me giré boca arriba, mirando el techo oscuro de mi habitación, apretando la tela del edredón con la mano libre.
—Pero, Amelia... —dudé, sintiendo que el pánico del callejón asomaba tímidamente—. Hoy... hoy ha intentado meterme la mano en los pantalones. Y me ha dicho que, como hombre, necesita más. ¿Qué hago si mañana me propone... ir más allá? No sé qué hacer. Tengo miedo.
Escuché un suspiro al otro lado de la línea. Amelia adoptó su tono de hermana mayor experta en el mundo, la gurú del instituto que ya había cruzado la línea de meta.
—Pues aceptas, Emily. Te dejas llevar y ya está. Es un chico de diecinueve años, no va a conformarse con darte la mano.
—¿Y si lo hago mal?
—No puedes hacerlo mal si te dejas llevar.
Mira, a los tíos les encanta sentir que tienen el control, especialmente a los más mayores —explicó Amelia, como si estuviera recitando una lección magistral—.
Él ya sabe que eres virgen, ¿no? Pues le va a encantar ser el primero.
Su ego se va a poner por las putas nubes.
Tú no te preocupes de nada. Él sabrá en todo momento qué hacer contigo.
Solo relájate y disfruta del momento. Es tu novio, Em.
Se supone que esto es lo que hacen los novios.
Las palabras de Amelia borraron la última sombra de duda de mi mente.
Él sabrá en todo momento qué hacer contigo.
—Tienes razón —murmuré, sintiendo un nudo ciego en el estómago.
Colgué el teléfono. Un minuto después, la pantalla se iluminó.
Asher: No dejo de pensar en cómo temblaba tu cuerpo bajo mi toque. Mañana no te vas a escapar, enana.
Leí el mensaje y el miedo se mezcló con una intensa corriente de deseo inducido.
Le respondí con devoción ciega, enviando mensajes cargados de intensidad, prometiendo cosas que me aterraban.
En cuestión de semanas, me había vuelto completamente dependiente de la vibración de mi móvil.
Mi estado de ánimo, mi autoestima, mi propia percepción de la realidad, pendían exclusivamente de él.