Chapter 11
P asé los siguientes días flotando dentro de una burbuja densa, irreal y de un color rosa absolutamente tóxico.
El sol entraba débilmente por las ventanas altas, dibujando rayos polvorientos sobre las taquillas metálicas.
Yo caminaba por los pasillos del instituto hasta llegar a mi clase, con el corazón latiéndome fuerte contra las costillas, como si llevara un secreto demasiado grande para mi cuerpo.
Las clases eran un murmullo lejano. Lo único que me mantenía anclada a la tierra era la vibración esporádica de mi teléfono contra la pierna y el recuerdo del olor a tabaco y cuero que se me había quedado tatuado en las fosas nasales.
Estaba saliendo con Asher Black. O, al menos, eso era lo que yo me repetía frente al espejo cada mañana mientras me cepillaba el pelo. Soy suya .
El martes, durante el recreo, el sol de mayo caía a plomo sobre las gradas de cemento del patio.
Hacía calor, el aire era pegajoso y olía a césped recién cortado y a la laca de pelo de las animadoras que ensayaban a lo lejos.
Amelia estaba sentada a mi lado, aplicándose una capa gruesa de su eterno brillo de labios con sabor a cereza.
El secreto me quemaba en la punta de la lengua. Era como tragar fuego; necesitaba escupirlo, necesitaba que alguien más validara que lo que estaba viviendo era real y no una invención de mi cabeza.
—Tengo que contarte un secreto —solté de golpe, cerrando mi libro de biología de un manotazo.
Amelia detuvo el aplicador del brillo a un milímetro de su boca. Giró la cabeza, con los ojos entrecerrados y una chispa de pura avidez cotilla iluminándole el rostro.
—Más te vale que sea bueno, Emily. Llevas dos días con cara de estar en las nubes.
Me incliné hacia ella, comprobando que Nataly y Claudia estuvieran lo suficientemente lejos, discutiendo sobre el último examen de química. El corazón me latía en la garganta. Me mordí el labio inferior, reprimiendo una sonrisa inmensa.
—Estoy saliendo con el chico que te conté. El amigo de James. El mayor.
Amelia abrió la boca, soltando un chillido agudo que me obligó a taparle la boca con la mano, aterrorizada de que alguien nos oyera.
—¡¿Qué?! —exclamó en un susurro histérico en cuanto la solté—. ¡Por fin! ¡Dios mío, Emily, tienes novio! ¡Y uno de diecinueve años! ¡Eso es... es increíble! Tienes que contármelo todo. Cómo es, cómo besa, dónde te lleva...
—Sí... bueno, sí —murmuré, sintiendo un nudo de orgullo vanidoso en el estómago, aunque una pequeña sombra me nubló la sonrisa—. Pero no puedo alegrarme tanto, la verdad. Lo mantenemos en secreto.
Amelia frunció el ceño, cerrando el tubo de brillo de labios con un chasquido seco.
—¿En secreto? ¿Por qué coño ibas a hacer eso? Si yo estuviera con un tío así, lo pasearía por todo el instituto para que las perdedoras de último curso se murieran de envidia.
—Porque es lo mejor —me apresuré a justificar—.
Así mi madre no se enterará y no le dará un infarto.
Ya sabes cómo está desde lo de papá... Si se entera de que salgo con alguien cuatro años mayor, que va en moto y tiene tatuajes, me encierra bajo llave.
Además, James es un pesado. Lo arruinarían todo con sus sermones.
Nuestro secreto lo hace... especial. Intocable.
Amelia pareció sopesarlo un segundo, asintiendo lentamente mientras se acomodaba el pelo rubio detrás de la oreja.
—Supongo que tiene sentido. El misterio le da morbo —concedió, restándole importancia con un encogimiento de hombros—. Pues yo tampoco puedo quejarme. ¿Adivina cómo pasé el fin de semana?
—¿En casa de Josh? —pregunté, ansiosa por escuchar la vida adulta que yo tanto anhelaba entender.
—En casa de Josh —confirmó ella, con una sonrisa amplia, casi perezosa, estirando las piernas sobre el cemento caliente—.
Sus padres se fueron a los Hamptons. No salimos de la habitación desde el viernes por la noche.
No paramos de hacer el amor, Em. Fue increíble.
Me preparó la cena, vimos una película y luego. .. bueno. Ya te imaginas.
Tragué saliva. La imagen mental de Amelia y Josh me hizo sentir un pinchazo de curiosidad morbosa y terror a partes iguales. Mi conocimiento sobre el sexo se limitaba a lo que leía en novelas románticas y a los rumores exagerados de los vestuarios.
—¿Y... no tuviste miedo? —pregunté, bajando la voz hasta que fue un hilo frágil. Mis dedos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de mi falda—. Quiero decir, la primera vez. ¿No te dolió? ¿No te asustó no saber qué hacer?
Amelia soltó una carcajada suave, llena de suficiencia, y me dio un golpecito condescendiente en la rodilla.
—Claro que estaba asustada al principio.
Duele un poco, no te voy a mentir. Sientes una presión extraña y escuece.
Pero luego... luego es brutal, Emily. Te sientes conectada a él de una forma que no se puede explicar.
Josh sabía perfectamente lo que hacía. Me hizo sentir súper especial, como si yo fuera la única chica en el mundo.
—Se inclinó un poco más hacia mí, bajando el tono—.
Los hombres saben lo que quieren, y nosotras solo tenemos que dejarnos llevar.
Si confías en él, no tienes por qué preocuparte de nada. Él toma el control.
Él toma el control.
Asentí lentamente, grabando esas palabras en mi cerebro como si fueran una ley universal. Si llegaba el momento con Asher, solo tenía que dejar que él dirigiera. Al fin y al cabo, él era el hombre. Él sabría qué hacer conmigo.
Pero la burbuja de cristal rosa empezó a mostrar fisuras a medida que pasaban los días.
Mantener una relación en secreto sonaba romántico en los libros, pero en la realidad, era una tortura psicológica para la que yo no tenía herramientas. La dinámica que Asher impuso era un campo de minas donde yo caminaba con los ojos vendados.
Él controlaba absolutamente todo. Cuándo nos veíamos, cuándo hablábamos, cuándo existíamos.
Yo le escribía cada mañana al despertar, un « Buenos días » cargado de ilusión.
A veces, la respuesta llegaba a las tres de la tarde.
A veces, no llegaba hasta el día siguiente.
Mirar la pantalla de mi móvil se convirtió en una obsesión enfermiza.
Los dos ticks azules de WhatsApp me provocaban taquicardias; su silencio prolongado me hundía en un pozo de ansiedad donde yo misma me culpaba.
« Seguro que he sido muy pesada », « A lo mejor está trabajando », « No puedo asfixiarlo ».
El pánico a haber hecho algo mal, a que se hubiera aburrido de mí, me destrozaba los nervios. Me castigaba mentalmente repasando cada palabra que le había dicho.
Y luego, cuando yo estaba a punto de colapsar, de echarme a llorar de frustración en mi cuarto, él aparecía.
Me mandaba una dirección. Un callejón oscuro detrás de un supermercado, un aparcamiento vacío de madrugada.
Y todo el dolor se borraba. La dopamina estallaba en mi cerebro como fuegos artificiales.
Bajaba las escaleras corriendo, con el corazón latiendo tan fuerte que me mareaba. Solo para tener veinte minutos con él.
Esos encuentros furtivos eran gasolina para mi adicción.
Asher aparcaba la moto en las sombras, me atraía hacia él agarrándome por la cintura y me besaba hasta dejarme sin oxígeno.
Ya no eran besos lentos como el del muelle.
Eran posesivos, hambrientos. Sus manos grandes, ásperas y frías se volvían cada vez más audaces.
Se colaban por debajo de mi camiseta, trazando la línea de mi columna, rozando el encaje de mi sujetador con una confianza que me aterraba y me fascinaba.
Una de esas noches, apretada contra la pared de ladrillo rugoso de un callejón, mientras su boca me devoraba el cuello y su mano izquierda amasaba mi pecho a través de la tela de mi top, la confesión se me escapó en un gemido ahogado.
—Asher... —murmuré, aferrándome a su chaqueta, temblando por el contacto—. Nadie... nadie me ha tocado nunca así.
Él se detuvo un segundo. El silencio del callejón se hizo pesado.
Se separó unos centímetros, lo justo para mirarme a los ojos a la escasa luz de la luna.
Vi cómo una sombra de satisfacción cruda, oscura y depredadora le cruzaba la mirada.
La sonrisa ladeada que tanto me gustaba apareció en su rostro, pero esta vez tenía un filo peligroso.
—Lo sé, enana —susurró, rozándome la nariz con la suya, volviendo a apretarme contra su cuerpo—. Me gusta saberlo.
Pero la peor parte del secreto no eran las ausencias por WhatsApp.
Era la rutina de las noches. Las noches seguían siendo mi particular infierno.
Como de costumbre, yo salía al parque encajonado entre los edificios a fumar.
James siempre estaba allí, callado, manteniendo una distancia tensa y llena de reproches desde nuestra pelea.
Y Asher también estaba, junto con Logan, Mark, Zane. .. y Zoe.
Yo me sentaba en mi banco, encogida en mi chaqueta vaquera, encendiendo un cigarrillo con dedos temblorosos.
El humo áspero me arañaba la garganta, pero no podía calmar el ácido que me quemaba el estómago.
James se acercaba a veces a darme un sermón rápido, pero yo apenas le escuchaba.
Mis ojos estaban clavados en él, como dos imanes defectuosos.
Asher estaba a diez metros de mí, apoyado en su moto, riendo con Logan, bebiendo cerveza. Me ignoraba por completo. Ni una mirada, ni un gesto. Éramos perfectos desconocidos. Yo tragaba saliva, repitiéndome la regla: « Es nuestro secreto , tiene que mantener las apariencias ».
Pero lo que me destrozaba, lo que me hacía clavar las uñas en la madera podrida del banco hasta hacerme daño, era Zoe.
Zoe siempre orbitaba a su alrededor. Y siempre estaba cerca de él. Demasiado cerca. La veía reírse de sus chistes, susurrarle cosas al oído, apoyar la cabeza en su hombro. Y Asher no la apartaba. Fumaba, bebía su cerveza, y dejaba pasivamente que ella se restregara.