No me quites la inocencia Chapter 10 #2
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Chapter 10 #2

Lo hice. Su tabaco era más fuerte y oscuro que el de James, con un golpe más denso, pero dejé que el humo me llenara los pulmones sin inmutarme.

Saboreé el regusto a nicotina y exhalé lentamente por la comisura de los labios, sosteniéndole la mirada.

Él sonrió, satisfecho, y cerró el mechero con un chasquido seco.

—Ayer te luciste —dijo él, rompiendo el silencio tras darle su propia calada. Su voz era baja, rasposa, mezclándose con el sonido del agua—. Casi le da un infarto al pobre James al verte ir hacia Zane.

La mención de lo que pasó me revolvió el estómago. Bajé la vista hacia mis zapatillas, sintiendo la vergüenza quemarme las orejas de nuevo.

—Yo... yo solo quise jugar —susurré, con la voz rota—. Él tiene la maldita manía de sobreprotegerme todo el tiempo.

Asher soltó una risa corta, pero no fue cruel.

Tiró su cigarro a medio terminar a las aguas grises del río.

Acortó la distancia entre nosotros con dos pasos lentos, deliberados, hasta que su pecho casi rozó el mío.

Levanté la cabeza de golpe, con el corazón martilleándome contra las costillas. Era tan alto que bloqueaba la brisa.

Levantó una mano. Sus dedos rozaron la piel desnuda de mi cuello y se deslizaron hacia arriba, delineando la curva de mi mandíbula.

Le di una última calada nerviosa a mi cigarro y dejé que cayera al suelo de cemento, incapaz de sostener nada bajo su toque.

Me miró con una especie de fascinación oscura que me hizo sentir como si fuera la criatura más especial del planeta.

—No necesitas sobreprotección, Emily —murmuró, su voz un susurro grave que vibró en mi pecho—. Lo que necesitas es que dejen de tratarte como a una niña.

No me preguntó. No esperó mi permiso. No dudó. No hubo ninguna de esas pausas torpes donde dos personas deciden si van a besarse o no. Simplemente lo hizo.

Su mano se deslizó desde mi mandíbula hasta mi nuca, enterrando los dedos en mi pelo con una firmeza absoluta. Inclinó la cabeza y atrapó mis labios antes de que pudiera tomar aire.

El impacto me dejó paralizada un segundo. Sus labios eran fuego puro, exigentes y sabían al tabaco oscuro que acabábamos de compartir. Abrió mi boca con la suya, deslizando su lengua con una seguridad que me hizo temblar las rodillas de inmediato.

Mi inexperiencia saltó por los aires. No sabía qué hacer con las manos, no sabía cómo respirar, pero mi cuerpo reaccionó por instinto puro. Levanté los brazos y me aferré desesperadamente a la chaqueta de cuero de sus hombros, colgándome de él para no caerme al suelo.

Su mano libre salió de la nada y se posó pesadamente sobre mi culo.

Apretó la tela del vaquero con fuerza, posesivo, tirando de mi cadera contra la suya con un movimiento seco que me dejó sin aliento.

Sentí la dureza de su cuerpo contra mi estómago, un contraste brutal con la suavidad con la que su otra mano, anclada en mi nuca, controlaba cada milímetro del beso: la intensidad, el ritmo, el ángulo.

Me estaba enseñando cómo quería que lo besara, marcando exactamente lo que esperaba de mí, y yo le estaba cediendo el control sin oponer la más mínima resistencia.

Me derretí contra su pecho, respondiendo con una torpeza desesperada y ansiosa que él absorbió sin esfuerzo, amoldándome a su cuerpo como si yo no tuviera voluntad propia.

Me sentí diminuta, arrastrada por una marea que no entendía, pero al mismo tiempo sentí que estaba exactamente donde debía estar.

La brisa del río, el frío, la vergüenza de la noche anterior.

.. todo desapareció. Solo existía la fuerza de su boca, el olor a cedro y a gasolina que emanaba de su cuello, y la sensación de que, si él me soltaba, me caería.

Cuando finalmente rompió el contacto, lo hizo con la misma lentitud y control con los que había empezado.

Me dejó jadeando, con los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando descontrolado y los labios húmedos e hinchados. Suspiré, un pequeño murmullo que se ahogó en mi garganta.

Abrí los ojos muy despacio. Asher me miraba con esa misma sonrisa ladeada, imperturbable, sin un solo atisbo de la respiración agitada que me ahogaba a mí. Su pulgar rozó la comisura de mi labio inferior, limpiando un rastro de humedad.

—Mucho mejor que el de anoche, ¿verdad, enana? —dijo en voz baja, con un tono aterciopelado.

No pude articular palabra. Solo asentí, estúpidamente hipnotizada.

Me soltó la nuca y dio un paso atrás. El frío de la tarde me golpeó de golpe al perder su calor corporal, dejándome con una punzada de vacío tan fuerte que tuve que apretar los puños dentro de la chaqueta para no estirar la mano y agarrarlo de nuevo.

—Vamos —ordenó con naturalidad, girándose hacia la moto como si no acabara de ponerme el mundo del revés—. Te llevaré a casa antes de que te congeles.

Caminé tras él, con las piernas sintiéndose como gelatina. Me puse el casco, me subí a la moto. Y esta vez, cuando lo rodeé con los brazos, no hubo ninguna vacilación, ningún temblor torpe de duda. Entrelacé mis dedos sobre su estómago tenso y pegué mi mejilla a su espalda de cuero oscuro.

Mientras el motor rugía y dejábamos atrás el muelle vacío, cerré los ojos.

Toda la soledad, el luto negro que pesaba sobre mi casa y las inseguridades patéticas de mis quince años acababan de borrarse de un plumazo.

Estaba cayendo al vacío sin paracaídas, pero en mi mente, convencida de haber encontrado el amor que leía en los libros, sentí que por fin alguien me había atrapado.

El trayecto de vuelta me pareció mil veces más corto. Quería que las calles de Nueva York se estiraran infinitamente, que los semáforos se quedaran en rojo para siempre, solo para no tener que separarme de su espalda.

Aparcó exactamente donde lo había esperado, a tres manzanas de mi casa, al amparo de las sombras que ya empezaban a tragarse la tarde. El motor murió con un ronroneo pesado.

Me bajé de la moto con cuidado, desabrochando el casco con dedos que aún se sentían torpes, ajenos a mi propio cuerpo.

Se lo tendí. Él lo cogió y lo colgó del manillar, apoyando los antebrazos sobre la moto para mirarme.

La calle estaba vacía, iluminada a medias por una farola parpadeante, y el silencio entre nosotros era denso, pegajoso.

Yo no quería irme. Necesitaba desesperadamente saber qué significaba todo lo que acababa de pasar en el muelle. Necesitaba una etiqueta que justificara cómo me estaba latiendo el corazón. En mi mundo, en los pasillos de mi instituto y en los libros que leía, los besos significaban promesas.

Me pasé una mano por el pelo alborotado y me mordí el labio inferior, un gesto delator que hizo que los ojos de Asher bajaran a mi boca un microsegundo.

—Entonces... —empecé. Mi voz sonó ridículamente fina en el aire frío de la tarde—. ¿Somos novios?

La pregunta salió de mi boca casi como un ruego, cargada inocencia. Esperaba un "sí" rotundo, una declaración que me convirtiera de inmediato en alguien importante.

Asher no se inmutó. Su postura siguió siendo relajada, pero su mirada se enfrió una fracción. Una sombra de diversión seca y sin humor le cruzó la cara antes de inclinar ligeramente la cabeza.

—No me gusta esa palabra, Emily —respondió, con una calma que aplastó mi anticipación de golpe—. "Novios" suena a instituto. A pedir permiso a tus padres y pasear de la mano por el parque. Yo no juego a eso.

El pánico me subió por la garganta. ¿Había hecho algo mal? ¿Había sonado demasiado infantil?

—Entonces... ¿qué se supone que somos? —insistí, sintiendo que me estaba arrastrando, pero incapaz de evitarlo. Necesitaba algo a lo que aferrarme.

Asher se enderezó. Acortó el escaso medio metro que nos separaba y levantó la mano. Su pulgar volvió a rozar mi mandíbula, un toque ligero y distraído que envió chispas de electricidad por mi cuello, borrando cualquier duda.

—Digamos que salimos juntos —murmuró, mirándome fijamente, envolviéndome en esa ilusión de intimidad exclusiva—.

Que eres mía. Pero... tiene que ser nuestro secreto, enana.

Lo que tenemos tú y yo no es asunto de nadie más.

Si la gente se entera, si James o tu madre se meten por medio, lo arruinarán. ¿Lo entiendes?

Que eres mía.

Esas tres palabras me quitaron la respiración. De repente, la palabra "novios" me pareció ridícula, exactamente como él decía. "Novios" eran Amelia y Josh, dándose besos en el aparcamiento para que todo el mundo los viera. Lo nuestro era otra cosa. Era mucho más intenso. Mucho más real.

Y que fuera un secreto lo hacía aún mejor. Era como en los libros que leía en mi cuarto. Una historia prohibida, peligrosa, que solo nos pertenecía a nosotros dos. Tenía todo el sentido del mundo que James no lo supiera; seguro que intentaría separarnos por sus celos absurdos de hermano mayor.

Asentí rápidamente, con el corazón latiéndome desbocado por la emoción.

—Sí. Lo entiendo. Nuestro secreto.

Asher sonrió, satisfecho. Se inclinó y me dio un beso corto en los labios, una promesa sellada que me supo a tabaco y a menta.

—Vete a casa, enana —dijo, dándose la vuelta para ponerse el casco.

Me quedé quieta un segundo, viéndolo arrancar la moto, y luego me giré para caminar las tres manzanas restantes.

El viento frío de la tarde me daba en la cara, pero yo sentía que ardía por dentro. Caminaba flotando sobre el asfalto. No dejaba de sonreír como una idiota. Tenía quince años, acababa de besar al chico más espectacular e inalcanzable que había visto en mi vida, y ahora era... suya .