Chapter 10
M e desperté con la boca seca y un dolor sordo palpitando detrás de los ojos.
La luz pálida y plomiza de la mañana se filtraba por las rendijas de la persiana, dibujando franjas pálidas sobre las motas de polvo que flotaban suspendidas en la habitación.
Me pesaba el cuerpo, como si mis huesos estuvieran rellenos de plomo, el recordatorio del vodka de la noche anterior.
Pero debajo de la resaca, debajo del cansancio, algo latía con una fuerza desbocada.
« Mañana por la tarde. Te recojo donde quieras. Solo tú y yo. ¿Te apetece? .»
El recuerdo del mensaje me golpeó de golpe y me incorporé en la cama. El movimiento me costó un mareo vertiginoso que me obligó a apretar los ojos un segundo, pero cuando los abrí, estaba sonriendo. Una sonrisa estúpida, incontrolable, que me estiraba las mejillas hasta hacerlas doler.
Hoy iba a quedar con él. A solas. ¿Qué significará eso? ¿Yo le gustaba?
Todavía no me puedo creer que un hombre como él quisiera estar conmigo.
Hay una diferecia de cuatro años entre nosotros.
En los números no parecía una eternidad, pero en experiencia era una galaxia entera de diferencia.
Él hasta ahora habra tenido mínimo cinco novias.
Yo ninguno... A penas tuve unos cuantos besos. Y esos jugando a la botella.
A las ocho de la mañana escuché el crujido de la puerta principal.
Salí de mi cuarto descalza y caminé por el pasillo de madera que crujía bajo mis pies.
Mi madre acababa de entrar. Llevaba el uniforme azul del hospital arrugado, y el olor a hospital impregnado en su ropa llenó el recibidor.
Se quitó los zapatos ortopédicos con un suspiro que parecía salirle del fondo del alma.
—Hola, mamá —murmuré, apoyándome en el marco de la puerta de la cocina.
Ella levantó la vista lentamente. Tenía los ojos inyectados en sangre y unas bolsas oscuras y hundidas que la hacían parecer diez años mayor.
—Hola, cariño —dijo, frotándose la nuca con una mano temblorosa por el agotamiento—. ¿Qué tal anoche en casa de Amelia? ¿Estudiasteis mucho?
El estómago se me encogió hasta hacerse del tamaño de una nuez. Un latigazo de culpa, frío y punzante, me recorrió la espina dorsal. Estaba mirando a la mujer que se estaba destrozando físicalmente y mentalmente para que yo tuviera de todo, y le iba a mentir en la cara. Otra maldita vez.
—Sí —respondí, y mi voz salió extrañamente firme, vacía de cualquier duda—. Repasamos el temario de historia hasta tarde. Luego vimos una película y nos quedamos dormidas.
Mi madre me dedicó una sonrisa cansada, llena de orgullo ciego.
—Eres una chica tan buena, Emily... —susurró, con un alivio que me quemó la piel—. No sé qué haría, de verdad, no sé cómo lo soportaría si me dieras los problemas que dan otras chicas a tu edad. Descansa hoy, ¿vale? Voy a dormir unas horas.
Pasó por mi lado, dejándome un beso seco en la frente. La vi desaparecer por el pasillo y cerrar la puerta de su cuarto. Me quedé sola en el pasillo, escuchando el zumbido de la nevera.
Eres una chica tan buena.
Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las palmas. Ser buena no me había traído más que compasión, soledad y la maldita sensación de ser invisible. Podría seguir siendo una niña buena y tener novio. Eso no era de niña mala, ¿verdad?
Las horas que me separaban de las cinco de la tarde fueron una lenta e insoportable tortura. La ansiedad me devoraba por dentro, manteniéndome en un estado de alerta constante.
Frente al espejo del baño, descarté el maquillaje excesivo.
Un poco de rímel para abrir la mirada y brillo transparente en los labios.
Nada más. Me puse unos vaqueros negros de tiro alto, tan ajustados que me cortaban un poco la respiración al sentarme.
Unas zapatillas viejas, y un jersey de punto color burdeos, amplio, cuyo cuello caía de forma calculada sobre mi hombro izquierdo, exponiendo la tira negra de mi sujetador y el hueso pálido de mi clavícula.
Le había mandado un mensaje a Asher que me recogiera a tres manzanas de mi casa. No quería arriesgarme a que James me viera desde la ventana, ni mucho menos mi madre si se despertaba.
La primavera en Nueva York era engañosa; a mediados de mayo el sol calentaba al mediodía, pero a última hora de la tarde, la brisa que subía del río seguía siendo afilada y traicionera.
Esperé en la esquina de una calle poco transitada.
El aire frío soplaba y me movía algún mechón de la cara.
Mis manos temblaban dentro de los bolsillos de mi chaqueta, y no sabía si era por la brisa fresca que me erizaba la piel o por el pánico absoluto de estar haciendo esto.
Entonces, el sonido cortó la tarde.
El rugido grave, gutural y rítmico de su motor resonó contra las fachadas de ladrillo antes de que lo viera doblar la esquina. La moto negra apareció como un depredador metálico. Asher frenó justo delante de mí. El motor quedó vibrando entre sus muslos, un monstruo que respiraba metal y gasolina.
Llevaba el casco negro puesto, pero con la visera levantada.
Sus ojos marones verdozos me escanearon de los pies a la cabeza, deteniéndose un microsegundo en mi hombro descubierto.
Y entonces, la comisura de sus labios se elevó en esa sonrisa ladeada que me volvía loca. Parecía genuinamente contento de verme.
—Hola, enana.
Su voz ronca sonó amplificada por el hueco del casco, pero tenía un tono suave, casi cómplice, como si compartiéramos un secreto que nadie más en el mundo entendía. Ese simple saludo hizo que todo el aire abandonara mis pulmones.
—Hola —conseguí responder, devolviéndole la sonrisa con timidez.
Me tendió un casco negro con un gesto fluido y seguro.
—Sube.
Lo cogí con manos torpes. Me lo puse, abrochándolo bajo mi barbilla, y me acerqué a la moto. Levanté la pierna, pasando por encima del asiento trasero, y me dejé caer mi peso.
El asiento era duro. La vibración atronadora de la máquina se transmitió instantáneamente por mis muslos y mi estómago, un cosquilleo eléctrico y denso que me puso la piel de gallina. Me quedé allí, sentada rígidamente, con los brazos en suspensión, sin saber cómo actuar.
—Agárrate bien, o te vas a quedar en el asfalto —dijo él, girando un poco la cabeza. No fue una orden seca; había un matiz de burla protectora en su tono que me desarmó por completo.
Tragué saliva y pasé mis brazos alrededor de su cintura.
En el instante en que mi pecho chocó contra su espalda ancha, el mundo dejó de girar.
Su chaqueta de cuero estaba fresca por el viento, pero su cuerpo debajo era una estufa.
Olía a tabaco, a gasolina y a ese perfume oscuro que se me había quedado pegado al cerebro desde la noche en que lo conocí.
Era un olor adulto, peligroso y absolutamente embriagador.
Asher aceleró sin previo aviso. El tirón violento de la moto me lanzó hacia adelante, aplastándome contra él.
Por puro instinto, apreté mis brazos alrededor de su abdomen duro y musculoso, entrelazando mis dedos sobre su ombligo.
El viento primaveral rugió en mis oídos, ahogando cualquier pensamiento racional.
Cerré los ojos, apoyando el casco contra su espalda, rindiéndome por completo a la sensación de velocidad, de peligro, de ser llevada a ciegas por alguien que tenía el control absoluto y que, de alguna manera, quería cuidarme.
No supe si pasaron diez minutos o una hora. Cuando el zumbido de la moto murió ahogado en un carraspeo final, abrí los ojos.
Estábamos en un muelle abandonado en la zona industrial de Greenpoint.
No había nadie. Solo naves de ladrillo cubiertas de grafitis descoloridos, el suelo de cemento resquebrajado por el que asomaban malas hierbas muertas, y, frente a nosotros, el agua oscura y agitada del East River.
Al otro lado, el skyline de Manhattan se alzaba como una muralla de cristal y acero bajo la luz dorada del atardecer.
El silencio era abrumador después del ruido de la moto, roto solo por el graznido lejano de las gaviotas y el choque del agua contra los pilares de madera podrida.
Me quité el casco, dejando que mi pelo cayera desordenado, y me bajé de la moto con las piernas todavía temblando por la vibración.
Asher hizo lo mismo. Colgó su casco en el manillar y caminó hacia el borde del muelle, dándome la espalda.
Sus botas resonaban contra el cemento. Se detuvo frente al agua.
Me quedé unos pasos atrás, sintiéndome repentinamente diminuta. En la fiesta, con el alcohol y el ruido, era fácil fingir. Aquí, bajo la luz de la tarde, frente al río inmenso, sentí que él podía ver directamente a través de todas mis inseguridades.
—¿Te da miedo, Emily? —preguntó, girando la cabeza lo justo para mirarme de reojo.
Di un paso tentativo hacia él. El aire olía a sal, a óxido y a río sucio, pero en cuanto me acerqué, su olor a cuero y tabaco volvió a envolverme.
—No —mentí, cruzándome de brazos—. Me gusta.
Se giró lentamente y me miró. Su expresión se suavizó.
Se apoyó contra la barandilla oxidada del muelle, escrutándome en silencio.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó su paquete de tabaco.
Sacó un cigarrillo con los labios, y luego, en lugar de guardarse la cajetilla, dio un golpecito en la base para que asomara otro.
Me lo ofreció.
James siempre me daba cigarros con un sermón pegado, tratándome como a una niña pequeña a la que estaba corrompiendo por pena. Asher no. Asher me lo ofrecía como a una igual. Con él no había reprimendas ni moralidad barata.
Dudé un microsegundo, pero di un paso al frente y lo cogí con dedos temblorosos. Me lo llevé a los labios. Él no me pasó el mechero; acortó la distancia, encendió la llama metálica de su Zippo y la acercó a mi cara. Sus ojos se clavaron en los míos a través del fuego.
—Aspira, enana —murmuró.