No me quites la inocencia Chapter 9
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Chapter 9

L a puerta principal se cerró con un golpe seco cuando James se llevó a Emily arrastrándola como a un cachorro desobediente. El sonido reverberó un segundo en el pasillo y luego se perdió entre el bajo pesado de la música.

Me quedé sentado en el suelo del salón, con la espalda apoyada contra el sofá de cuero.

El colocón de marihuana ya empezaba a asentarse en mi cuerpo: un peso agradable en los párpados, una lentitud cálida en los músculos.

El aire estaba cargado, denso. Olía a humo dulce de porro, a alcohol derramado que se pegaba al suelo, a sudor y al perfume de vainilla y fresa que usaban todas las chicas del grupo.

Logan me pasó el porro con una sonrisa torcida.

Lo cogí entre los dedos, lo llevé a los labios y aspiré profundamente.

El humo caliente y rasposo me llenó los pulmones, con ese sabor terroso y ligeramente dulce del buen skunk que Zane siempre conseguía.

Lo retuve unos segundos, sintiendo cómo algo empezaba a nublar mis pensamientos, y luego lo solté lentamente hacia el techo, formando espirales grises que se deshacían bajo las luces rojas y azules que parpadeaban al ritmo de la música.

—Joder, Brown se ha puesto en plan papá esta noche —se burló Mark desde el otro lado de la alfombra, dando un trago largo a su vaso de plástico rojo—. ¿Has visto cómo sacó a la pequeña? Parecía que la estaba rescatando de un puto incendio.

Zane soltó una carcajada ronca, todavía sentado en el suelo con las piernas abiertas.

—Casi la tenía encima, tío. La cría estaba dispuesta a restregarse. Se notaba que nunca había hecho nada parecido en su puta vida. Tenía la cara roja como un tomate.

Me limité a sonreír de lado sin decir nada. El porro volvió a pasar. Le di otra calada más suave esta vez, saboreando el humo en la lengua. Pensé en Emily un segundo. En sus ojos verdes cuando me miró antes de que James la sacara. En ese vestido rojo ajustado que marcaba cada curva.

Estaba… buena. Físicamente, era un trozo de arcilla perfecta que podía pasar por una tía de dieciocho años. Esas tetas... y ese culo.

Pero nada que no haya visto hasta ahora. Lo más probable es que sea virgen. Lidiar con una virgen no estaba en mis planes, pero sí se me ofreciera la oportunidad... ¿por qué no?

Saqué el móvil del bolsillo trasero del vaquero. La pantalla brilló en la penumbra del salón. Abrí el chat con Emily y escribí con una sonrisa ladeada.

Asher: El beso fue impresionante, enana. Me dejaste con ganas de más.

Los tres puntos de suspensión aparecieron en la pantalla casi antes de que yo bloqueara el teléfono.

Emily: No tengo mucha experiencia como tú...

Sonreí.

Asher: Me gusta que seas nueva en esto. Te puedo enseñar.

Emily: ¿Quieres volver a verme? Me dio mucha vergüenza que James me sacara así…

Asher: James es un idiota. Me quedé con ganas de seguir besándote. La próxima vez quedamos solos, sin nadie que nos moleste. Así puedo enseñarte mejor.

Asher: Mañana por la tarde. Te recojo donde quieras. Solo tú y yo. ¿Te apetece?

Tardó unos segundos más esta vez.

Emily: Sí, me apetece mucho. Pero tiene que ser nuestro secreto por ahora, ¿vale? A mi madre no le haría gracia saber que salgo con chicos mayores.

Mejor.

Asher: Tranquila, será nuestro pequeño secreto. Descansa, enana. Nos vemos mañana. Sueña conmigo.

Bloqueé la pantalla de golpe y deslicé el aparato de vuelta al bolsillo. Ya la tenía donde quería. Mañana sería el verdadero comienzo.

En ese momento, el peso de un cuerpo cayó sobre la alfombra, justo a mi lado. El muslo desnudo de Zoe chocó contra el mío, irradiando un calor febril. Olía a marihuana combinado con su perfume a fresa. Me pasó una mano por el interior del muslo, subiendo lentamente.

—¿Ya te has cansado de mirar a la niñita? —murmuró cerca de mi oído, con la voz ronca por el humo y el alcohol.

Giré la cabeza y la miré. Tenía los ojos brillantes, las pupilas dilatadas que casi no se le veía el iris. Su top negro apenas contenía sus tetas y la minifalda se le había subido tanto que casi se le veía la ropa interior.

—Me gusta mirar —respondí, pasándole el porro—. Solo un puto entretenimiento.

Zoe sonrió con malicia y se subió a mi regazo sin esfuerzo, sentándose a horcajadas sobre mis muslos.

Sus caderas se movieron ligeramente contra las mías, provocándome.

Sentí el calor de su cuerpo a través de los vaqueros.

Mis manos bajaron automáticamente a su culo y lo apreté con fuerza, clavando los dedos en la carne blanda.

Ella soltó un gemidito y se inclinó para besarme.

El beso sabía a ron con cola y a una desesperación vacía.

Había vaciado media botella ella solita.

Su lengua era insistente, húmeda, buscando la mía con urgencia.

Le devolví el beso sin pasión real, solo por costumbre.

Era una de las chicas que siempre repetía.

Mis manos subieron por su espalda, metiéndose bajo el top, sintiendo la piel caliente.

A nuestro alrededor, la fiesta seguía su curso.

La música retumbaba en las paredes, graves pesados que vibraban en el pecho.

Se oían risas estridentes, el choque de vasos de plástico, alguien vomitando en el baño del pasillo.

Era una sinfonía decadente que ya me sabía de memoria.

El salón estaba en penumbra, iluminado solo por las tiras de luces LED rojas y azules que Logan había colgado del techo.

Los cuerpos se movían en el centro, bailando pegados, rozándose sin vergüenza.

Zoe rompió el beso, jadeando, pegando la frente contra mi clavícula.

—Vamos a una puta habitación —suplicó, con la respiración rota, frotándose contra mi erección de nuevo—. Quiero que me folles como la última vez. Que me rompas.

Sonreí contra la piel húmeda de su cuello. No necesitaba que me lo rogara, pero me gustaba que lo hiciera.

Me levanté con ella todavía enredada a mi cintura, sosteniéndola por los muslos. Caminé por el pasillo esquivando a la gente que estaba sentada en el suelo fumando. La habitación de invitados estaba al final. Abrí la puerta de una patada suave y la cerré detrás de nosotros con el pestillo.

No encendí la luz. No hacía falta.

La habitación estaba en penunbra, iluminada únicamente por la luz pálida de la luna que se colaba por las persianas rotas. Dentro había una cama mediana, con sábanas coloridas.

Avancé dos pasos y empujé a Zoe contra la pared con una violencia controlada.

Su espalda chocó contra el yeso con un golpe seco.

Soltó un gemido ahogado, una mezcla de dolor y excitación.

Le subí la minifalda hasta el ombligo de un solo tirón.

No llevaba bragas. Mis dedos bajaron directamente entre sus piernas y la encontré mojada, caliente, resbaladiza.

La penetré con dos dedos sin preámbulos.

Sin delicadeza. Zoe arqueó la espalda y clavó las uñas en mis hombros.

—Joder, Asher… joder, sí… —jadeó, perdiendo el control.

Saqué la cartera del bolsillo con la mano libre, agarré el cuadrado plateado y rompí el envoltorio con los dientes.

Me bajé los vaqueros lo justo, me puse el condón con movimientos rápidos y precisos, sintiendo el látex frío y ajustado.

Luego la levanté por los muslos, apoyándola contra la pared, y la penetré de un solo empujón profundo.

Zoe gritó, un sonido agudo y ronco que se mezcló con la música lejana. Empecé a follarla con fuerza, sin delicadeza. Cada embestida hacía que su espalda golpeara la pared con un ruido sordo. Sus tetas rebotaban contra mi pecho. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación.

—Más fuerte... me cago en la puta, más fuerte... —suplicaba, arañándome la nuca, buscando una conexión que yo no estaba dispuesto a darle.

Aceleré el ritmo. Mis manos apretaban sus nalgas con fuerza, dejando marcas rojas. El sudor empezó a resbalarme por las sienes. Olía a sexo, a marihuana que aún nos impregnaba la ropa y la puta fresa asfixiante de su piel.

Zoe era fácil, siempre venía dispuesta, sin dramas, sin necesidad de convencerla ni de fingir que me importaba. Solo quería que la follaran bien y punto.

Cuando sentí que me acercaba, la embestí más profundo, más rápido.

Zoe se corrió primero, temblando entre mis brazos, apretándome con fuerza.

Su gemido fue largo y roto. Yo la seguí segundos después, corriéndome dentro del condón con un gruñido bajo, las caderas chocando contra las suyas una última vez.

Nos quedamos un momento así, respirando agitados. El sudor nos corría por la piel. Bajé a Zoe al suelo con cuidado. Se tambaleó un segundo antes de recuperar el equilibrio. Ella se recolocó la falda con una sonrisa satisfecha, todavía jadeando.

—Siempre tan bestia… me encanta —murmuró, pasándose los dedos por el pelo revuelto.

Le di una palmada fuerte en el culo y abrí la puerta.

—Vuelve a la fiesta. Necesito otra copa.

Zoe se rio y salió primero, contoneando las caderas de manera exagerada.

Yo me quedé un segundo en la habitación a oscuras, quitándome el condón, anudándolo y tirándolo a la papelera que había en un rincón.

Me subí los vaqueros, me abroché el cinturón y encendí un cigarro.

El humo llenó mis pulmones, calmándome después del subidón.

Salí al pasillo. El ruido de la fiesta me golpeó de nuevo: risas, música, vasos chocando. El olor a hierba se había vuelto insoportable. Caminé hasta la isla de la cocina y me vertí tres dedos de vodka puro. El líquido me quemó la garganta.

Me apoyé en la encimera, observando la escena.

Logan y Mark estaban gritando como simios, jugando a beer pong en la mesa del comedor. Zane estaba en el sofá con Chloe en el regazo, besándola sin pudor. Zoe ya había encontrado a otra persona con quien bailar, moviendo el culo contra él.

Todo era un puto bucle. Predecible. Repetitivo. Insoportablemente aburrido.

Saqué el móvil del bolsillo y abrí el chat con Emily. El último mensaje que le había enviado seguía allí. Sonreí ligeramente al releerlo.

Mañana la vería.

La pequeña Emily, tan inocente, tan fácil de moldear a mi antojo. Tan perfecta para jugar.

Le di otra calada al cigarro exhalando el humo hacia el techo y le di un último trago al vodka.

Iba a ser un juego muy entretenido. Jodidamente entretenido.