No me quites la inocencia Chapter 8
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Chapter 8

E l aire helado de la calle me golpeó la cara como una bofetada de realidad, pero no fue suficiente para apagar el fuego de la rabia, la humillación y el alcohol que me hervía en la sangre.

James me arrastró por la acera durante media manzana.

Su mano grande era un grillete de hierro apretado alrededor de mi bíceps, clavándome los dedos con una fuerza que me dejaría moretones al día siguiente.

Mis tacones tropezaban torpemente contra las grietas del asfalto.

Cada paso era un tirón violento que me sacudía entera.

—¡Que me sueltes, joder! —grité con todas mis fuerzas, clavando los talones en el suelo y tirando de mi brazo hacia atrás como un animal salvaje.

Esta vez, el tirón funcionó. James me soltó tan de golpe que trastabillé hacia atrás, perdiendo el equilibrio.

Mis rodillas chocaron contra la acera congelada, raspándome la piel desnuda por debajo del vestido rojo.

El dolor agudo me subió por las piernas, pero la humillación que me ardía en el pecho era mil veces peor.

Me quedé allí tirada un segundo, jadeando, con el pelo alborotado cayéndome sobre la cara. La calle estaba vacía y a oscuras, iluminada apenas por el halo amarillento y enfermo de una farola titilante. Olía a tubo de escape, a escarcha y a la peste a vodka de mi propio aliento.

James se pasó ambas manos por el pelo, tirando de las raíces con desesperación. Respiraba muy rápido, exhalando nubes de vaho blanco en el aire frío. Cuando me miró, la furia en sus ojos oscuros me hizo encogerme instintivamente. Era una tormenta a punto de estallar.

—¿Eres estúpida, Emily? —bramó. Su voz rebotó contra las paredes de ladrillo de los edificios cerrados, ronca y cargada de una agresividad que nunca le había visto—. ¡Dime, joder! ¿Eres imbécil? ¿Tienes una mínima idea de lo que estabas a punto de hacer ahí dentro?

—¡Estaba jugando! —chillé desde el suelo, apoyando las manos en el asfalto helado para ponerme de pie.

Las piernas me temblaban tanto por el frío como por el pánico que estaba intentando esconder—.

¡Todo el mundo estaba jugando, James! ¡Tú me humillaste!

¡Me sacaste de allí como si fuera una puta niña de guardería!

—¡Porque eres una niña! —rugió él, dando dos zancadas rápidas hasta plantarse a un palmo de mi cara.

Su sombra me devoró por completo—. Tienes quince años.

Y esos cabrones no estaban jugando contigo, Emily.

Se estaban riendo de ti. Te estaban usando.

¿Te crees que a Zane le importas una mierda?

Solo quería que te humillaras delante de todos para tener algo que contar mañana.Para ellos solo eras un trozo de carne.

Las palabras de James fueron como puñaladas directas a mi ego. La verdad dolía demasiado, así que me aferré a la rabia.

—¡Mentira! —grité, golpeándole el pecho con los puños cerrados.

El impacto contra su chaqueta fue patético, no lo moví ni un milímetro, pero yo estaba llorando a mares.

Las lágrimas calientes me resbalaban por las mejillas, arruinando el maquillaje perfecto que me había costado horas—.

¡Tú tienes la culpa! Si no estuvieras siempre asfixiándome no se burlarían. ¡Asher me estaba mirando!

James soltó una carcajada amarga, seca, sin una pizca de gracia. Me agarró de los hombros, obligándome a dejar de golpearlo, y me sacudió un poco.

—¿Asher? ¿Crees que Asher piensa diferente?

—escupió, y el asco en su voz era palpable—.

Asher es el peor de todos, Emily. Te invitó porque le has parecido buena.

Le encanta rodearse de chicas guapas y dispuestas a pasar el rato con él.

Eres una presa fácil, joder. Y te estabas lanzando directa a la boca del puto lobo.

—¡Te odio! —sollocé, empujándolo con el poco orgullo que me quedaba. Esta vez él me soltó y dio un paso atrás, levantando las manos en señal de rendición—. ¡No quiero volver a verte! ¡Déjame en paz!

El eco de mis palabras murió en el aire y el silencio cayó entre los dos, pesado y asfixiante, roto solo por el sonido de mi respiración entrecortada y el viento gélido colándose por mi vestido.

James me miró fijamente. La furia se había evaporado de su rostro, dejando paso a una decepción tan absoluta, tan profunda, que me hizo sentir sucia.

Me miró de arriba abajo: el vestido ajustado, el pintalabios corrido, las rodillas raspadas. Ya no veía a su "hermana pequeña". Solo veía a alguien a quien no podía salvar.

—Haz lo que te dé la puta gana, Emily —murmuró, con la voz apagada, vacía—. Pero no quiero ver cómo te destrozan. Eres demasiado inocente para involucrarte con gente como ellos.

Se dio la vuelta, metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros y empezó a caminar en dirección contraria, desapareciendo lentamente en la oscuridad de la calle.

Me quedé completamente sola. El frío empezó a calarme los huesos, provocándome unos temblores incontrolables. Me abracé a mí misma, frotándome los brazos desnudos con las manos heladas. Sentía que iba a vomitar en cualquier momento.

Caminé las tres manzanas que me separaban de mi casa arrastrando los tacones.

Cada paso era un recordatorio físico y punzante de mi fracaso.

El escozor de las rodillas despellejadas palpitaba al ritmo de mis latidos, pero no dolía tanto como la vergüenza.

James tenía razón. Era patética. Asher me había visto como estaba dispuesta a subirme encima de otro y, en el último momento, había visto cómo me sacaban de allí en volandas mientras yo pataleaba y lloraba como la niña inmadura que todos creían que era.

Había perdido la única oportunidad que tenía de demostrarle que yo era especial. Que podría pertenecer a su mundo. Lo había arruinado todo.

El viento sopló, helado y cruel, helandome las piernas desnudas. Apreté la fina tela de la chaqueta contra mi pecho, tiritando violentamente. Las calles estaban oscuras y vacías, pero el silencio se rompió pronto.

Un sedán oscuro giró en la esquina y redujo la velocidad al acercarse a mí. El sonido del motor ronroneó paralelo a mis pasos. Los faros me iluminaron entera, desnudándome en medio de la acera. Un pitido doble, estridente, me taladró los tímpanos.

—¡Eh, preciosa! ¿Te llevo? —Gritó una voz de hombre desde la ventanilla bajada—. ¡Sube, que con ese vestidito se te va a congelar el culo!

La sangre se me retiró de la cabeza. Una taquicardia ensordecedora estalló en mis oídos. Clavé la vista en el suelo, apretando el paso, muda. El motor rugió con impaciencia antes de acelerar, dejándome una nube de humo espeso y ceniza en la boca.

Apenas había cruzado el siguiente semáforo en ámbar cuando otro coche, un taxi fuera de servicio, me dio una ráfaga de luces largas que me cegó por un segundo y el conductor tocó el claxon dos veces, bajando la ventanilla para gritarme algo ininteligible y gutural antes de perderse en la noche.

Eran hombres diferentes que no me veían la cara, que no sabían mi edad, que solo veían piernas, escote y un vestido rojo caminando sola de madrugada.

El terror se me cerró en la garganta, pero, de una forma retorcida y enferma, mi mente lo procesó como algo como normal en el mundo de los mayores. Esto es lo que provoca ser una mujer.

Cuando por fin llegué al rellano de mi casa, el sonido de las llaves temblando contra la cerradura me pareció ensordecedor. Entré y cerré la puerta detrás de mí. El silencio sepulcral del recibidor se me echó encima como manta de plomo.

Me arrastré hasta el baño y encendí el interruptor.

El neón blanco parpadeó, escupiendo una realidad que me revolvió el estómago.

Mi reflejo en el espejo era un desastre.

El rímel negro me corría por las mejillas haciendo surcos oscuros.

El pintalabios rojo estaba borroneado por la comisura de los labios, extendiéndose por mi barbilla como si me hubieran golpeado.

La tela de licra que horas antes me parecía tan sexy, ahora solo me parecía un disfraz barato y vulgar.

Parecía exactamente lo que era: una cría asustada jugando con fuego.

Me arranqué el vestido a tirones, dejando que cayera al suelo del baño. Abrí el grifo y me froté la cara con fiereza, intentando borrar no solo el maquillaje, sino la noche.

Me puse mi pijama de corazones que olía a suavizante floral. Fui hasta mi habitación a oscuras y me dejé caer boca abajo en la cama.

Enterré la cara en la almohada, cerrando los ojos con fuerza. La habitación empezó a dar vueltas de forma nauseabunda. El alcohol seguía haciendo estragos en mi sangre mezclando la vergüenza y la humillación en un cóctel que me asfixiaba.

Lo daba todo por perdido. Había perdido a James.

Había hecho el ridículo delante de sus amigos.

Y Asher, el único tío mayor que me habló y miró diferente, seguramente se estaría riendo de mí en ese mismo instante, compartiendo otro porro con Logan y Mark, burlándose de la niña que quiso jugar a ser mayor.

Una lágrima solitaria, tibia y salada, se deslizó por el puente de mi nariz y se hundió en la tela de la almohada.

Y entonces, un sonido rompió la oscuridad de la habitación.

Bzzzz.

El teléfono vibró contra la madera dura de mi mesita de noche. El ruido me sobresaltó tanto que abrí los ojos de golpe.

Me giré, mareada. La pantalla de mi móvil estaba encendida, emitiendo un brillo blanco y fantasmal que proyectaba sombras alargadas en las paredes de mi cuarto. Con el pulso de repente acelerado y las manos temblando de nervios, alargué el brazo y lo agarré.

Parpadeé varias veces para enfocar la vista borrosa.

Era un mensaje de texto. De un número desconocido. No tenía foto, no tenía nombre. Pero las palabras escritas en la notificación hicieron que mi corazón diera un vuelco tan violento que me cortó la respiración por completo.

El nudo de mi garganta desapareció. Las náuseas se esfumaron, reemplazadas por un enjambre de mariposas venenosas que aletearon frenéticamente en mi estómago.

Número desconocido: El beso fue impresionante, enana. Me dejaste con ganas de más.

Me quedé petrificada, sin respirar, viendo cómo la luz de la pantalla se apagó sola. El tamborileo de mi corazón me ensordecía. En medio del desastre, de la humillación y de la soledad de mi habitación, una sonrisa lenta, rota, casi enfermiza, se dibujó en mis labios.

Asher me había escrito. Asher estaba pensando en mí. Asher, el chico más guapo y mayor que había conocido, decía que besaba bien.

Tecleé con los pulgares temblando, desesperada por mantener el hilo que acababa de lanzarme.

Emily: No tengo mucha experiencia como tú...

La respuesta tardó unos segundos agónicos que me parecieron horas.

Asher: Me gusta que seas nueva en esto. Te puedo enseñar.

Un escalofrío de anticipación y peligro me recorrió la columna vertebral.

Emily: ¿Quieres volver a verme? Me dio mucha vergüenza que James me sacara así …

Asher: James es un idiota. Me quedé con ganas de seguir besándote. La próxima vez quedamos solos, sin nadie que nos moleste. Así puedo enseñarte mejor.

Me mordí el labio tan fuerte que casi me hago daño. ¿La próxima vez? ¿Solos? El corazón me latía tan rápido que parecía que se me iba a salir del pecho.

Asher: Mañana por la tarde. Te recojo donde quieras. Solo tú y yo. ¿Te apetece?

Me quedé mirando la pantalla con una sonrisa enorme. La pantalla volvió a apagarse, devolviéndome mi propio reflejo oscuro. Todo el mal rato de la fiesta se estaba borrando. Asher no me veía como una niña ridícula. Me veía como alguien a quien quería besar otra vez y a quien quería enseñar cosas.

Sabía que James se enfadaría si se enteraba. Sabía que mi madre me prohibiría salir si supiera que era con un chico de 19 años.

Yo no sabía nada de chicos, de novios... Apenas sabía de besos. Pero a él no le importaba y estaba dispuesto a salir conmigo.

Emily: Sí, me apetece mucho. Pero tiene que ser nuestro secreto por ahora, ¿vale? A mi madre no le haría gracia saber que salgo con chicos mayores.

Espero que no te moleste lo que le pida y siga queriendo verme.

Asher: Tranquila, será nuestro pequeño secreto. Descansa, enana. Nos vemos mañana. Sueña conmigo.

Bloqueé la pantalla. Deslicé el teléfono bajo la almohada y me abracé a ella con fuerza, sonriendo en la oscuridad como una tonta. El pecho me subía y bajaba con una euforia que me adormecía los sentidos.

Por primera vez sentía que alguien de verdad se fijaba en mí. Que alguien quería estar conmigo y enseñarme cómo funcionaba esto del amor. Alguien me había elegido entre todas las demás.

Cerré los ojos, todavía con el cosquilleo en la barriga.

James no entendía nada. Asher sí sabía cómo tratar a una chica.