No me quites la inocencia Chapter 7 #2
10%

Chapter 7 #2

—Cierra la puta boca, Mark —gruñó James, apretando los puños.

Estaba a punto de abalanzarse sobre él, pero una voz grave y tranquila cortó el ruido del salón como una cuchilla.

—Yo la invité.

Era él.

Asher emergió de las sombras del pasillo. Llevaba una camiseta negra que se adhería a su pecho y una cadena de plata asomando por el cuello. Dio un par de pasos hacia el centro, y el mar de gente se apartó, abriéndole paso sin rechistar.

—Es Emily —añadió Asher, dando un par de pasos hacia donde yo estaba, clavando sus ojos verdosos en Mark—. Y viene conmigo, así que tratadla bien.

El corazón me dio un vuelco tan violento que la habitación entera dio un giro.

Los chicos soltaron unas risas por lo bajo, intercambiando miradas cargadas de subtexto, pero la tensión se disipó. Mark levantó las manos en son de paz y volvió a beber de su botella. Nadie le discutía nada a Asher.

Yo seguía petrificada detrás de James, con los nudillos blancos de tanto apretar mi chaqueta. Asher se detuvo frente a mí. Me miró de arriba abajo, registrando mi miedo, mi incomodidad y lo mucho que me intimidaba ese sitio.

—Estás muy callada —murmuró, inclinando la cabeza—. Relájate, enana. Nadie te va a morder si yo no les dejo. Ven, vamos a ponerte algo. ¿Qué bebes?

No supe qué contestar. Mi cerebro se había apagado.

—Vodka —dije lo primero que se me ocurrió, intentando sonar mayor.

La comisura de sus labios se elevó. Se acercó a la mesa de la cocina que teníamos al lado, agarró un vaso de plástico rojo y una botella de cristal transparente.

Vertió una cantidad exagerada de alcohol, llenando casi tres cuartos del vaso, y luego lo manchó apenas con un chorro miserable de zumo de naranja.

Volvió hacia mí y me lo tendió. Al agarrarlo, la yema de sus dedos rozó mi mano fría.

Le di un trago largo, solo para demostrarle a él y a las chicas del sofá que podía hacerlo. El alcohol me quemó la garganta como ácido de batería, haciéndome toser un poco y lagrimear, pero me lo tragué a la fuerza, apretando la mandíbula para no escupirlo.

—Em, frena, joder —la mano grande de James apareció de la nada, cerrándose alrededor de mi muñeca como una garra, intentando arrancarme el vaso de la boca. Tenía el ceño fruncido y miró el líquido naranja con recelo—. Eso es puro. Te va a sentar mal.

—Déjame en paz, James —le espeté, zafándome de su agarre con un tirón, odiándolo con toda mi alma por tratarme como a una cría torpe delante de Asher. Levanté el vaso y le di otro sorbo, manteniendo los ojos clavados en mi vecino, desafiándolo.

James apretó la mandíbula, pero retrocedió un paso, frustrado.

El alcohol no tardó en hacer efecto en mi estómago vacío.

Me calentó la sangre y los bordes de la realidad empezaron a volverse borrosos y ligeros.

Me quité la chaqueta, dejándola caer descuidadamente sobre una silla, revelando mi vestido rojo en todo su esplendor ajustado.

Noté las miradas masculinas deslizándose por mis piernas y mi pecho.

Me sentía mareada, pero de repente, la casa ya no me parecía tan hostil. Asher me había hecho un hueco en ella.

Él seguía apoyado en la encimera, observándome con esa calma suya que me volvía irracional.

Sacó un cigarrillo, lo encendió con un mechero Zippo y le dio una calada profunda.

Sus ojos no se apartaron de los míos mientras exhalaba el humo gris, dejándolo flotar entre los dos.

Luego, sin decir una palabra, me lo tendió.

Lo cogí. Al hacerlo, me aseguré de que mis dedos rozaran los suyos.

Me llevé el filtro a los labios, buscando el punto exacto donde él había puesto su boca un segundo antes, y aspiré.

El humo rasposo del tabaco se mezcló con el ardor del vodka en mi garganta, pero esta vez no tosí.

Le devolví el cigarro. Estábamos compartiendo el humo, el espacio, el silencio en medio de todo aquel ruido.

Un hilo invisible se había tensado entre nosotros, dejándome atrapada en su gravedad.

Asher sonrió de lado. Pasó por detrás de mí para coger una cubitera con hielo. Al hacerlo, su pecho rozó mi espalda. Las yemas de sus dedos trazaron una línea suave, casi imperceptible, por la piel desnuda de mi cintura.

—Despacio, preciosa —susurró contra mi oído. Su voz fue un rasguño grave que vibró en mis huesos, tan bajo que solo existió para mí—. La noche es muy larga.

Un escalofrío eléctrico me recorrió la espina dorsal.

Al rato, la música bajó de volumen.

—¡Al suelo todo el puto mundo! —gritó Logan—. Vamos a jugar.

Nos sentamos en un círculo gigante sobre la alfombra áspera del salón. Una botella vacía de cristal verde en el centro.

El juego de la botella.

—Empiezo yo —anunció Logan, frotándose las manos. Hizo girar el cristal con fuerza. El cuello dio vueltas hasta detenerse apuntando a una de las chicas del sofá—. Ven aquí, Chloe.

La chica rubia gateó por la alfombra con una sonrisa perezosa hacia el centro.

Logan la agarró por la nuca con brutalidad y le dio un beso ruidoso y largo, lleno de lengua, mientras los demás aullaban y aplaudían.

Luego la botella volvió a girar. Mark y otra chica a la que llamaron Evelyn.

Evelyn se rio mientras Mark le mordía el labio inferior con brusquedad.

Yo bebía de mi vaso, sintiendo cómo la habitación me daba vueltas lentas.

La botella volvió a rodar. El cuello se detuvo apuntándome a mí. La base apuntó a Zane.

Zane, con sus tatuajes subiéndole por el cuello, me miró y curiosamente le sostuve la mirada. Me recorrió de arriba abajo descaradamente, deteniéndose en mi escote con una intensidad que me hizo arder la piel. Un murmullo corrió entre los tíos del círculo.

—Joder, la nueva está buena —escuché que Dylan le susurraba a Logan.

Zoe resopló desde el sofá, rodando los ojos, pero a mí me importó una mierda.

Una ola de triunfo vanidoso me barrió el pecho. No me veían como a una cría. Me veían como a una mujer deseable.

Zane gateó hacia mí. Olía a marihuana dulce y a una colonia fuerte, agresiva. Me agarró por la cintura con firmeza y me besó.

Mis escasas experiencias se reducían a besos torpes con chicos de mi edad o unos dos años mayores que yo.

Esto fue otra cosa. Zane sabía exactamente lo que hacía.

Sus labios eran carnosos, expertos y dominantes.

Metió la lengua con seguridad, reclamando mi boca de una forma que me dejó sin aliento.

El sabor a marihuana y alcohol me invadió, pero no fue asqueroso; fue embriagador.

Me quedé helada un segundo, sorprendida por la potencia del beso, antes de intentar corresponderle, queriendo demostrar que yo también sabía jugar en esta liga.

Cuando Zane se separó, se pasó el pulgar por los labios húmedos y me guiñó un ojo. Los chicos soltaron silbidos de aprobación. Yo forcé una sonrisa, sintiendo la cara ardiendo, pero con la autoestima por las nubes.

Volvió a girar. Asher. Y la base apuntó a la chica morena de mirada afilada.

—Te toca, Zoe —dijo él, sin hacer el menor amago de moverse.

Zoe no esperó a que él se acercara; se lanzó sobre él como una leona, sentándose a horcajadas en sus piernas.

Le devoró la boca mientras le enredaba las manos en el pelo.

Asher se dejó besar, sus manos grandes descansando en las caderas de Zoe.

Una puñalada de celos tan aguda me atravesó el pecho que tuve que darle un trago enorme a mi bebida para ahogar las ganas de ponerme a llorar.

La botella giró de nuevo. Asher y Allison, una chica castaña. Esta vez fue él quien se inclinó hacia el centro, agarrándola de la mandíbula y dándole un beso tan profundo y húmedo que hizo que Zoe chasqueara la lengua con fastidio.

El cristal rodó una vez más. Se detuvo. Yo, y James.

James clavó sus ojos en el cristal, y su mandíbula se volvió de piedra. Los demás empezaron a gritar: "¡Vamos, Brown! ¡A ver cómo besa tu niña pequeña!". James no se movió. Se quedó mirando la botella con una mezcla de furia contenida y tristeza absoluta.

—Venga, tío, es el puto juego —le presionó Logan, dándole un codazo.

James levantó la vista lentamente y me miró directamente a los ojos. Había tanta reticencia en su mirada, tanta negación, que me sentí herida.

—Paso —soltó James, con una voz helada que cortó la respiración del círculo—. Es como una hermana para mí. No voy a hacer esta mierda con ella.

Un silencio incómodo cayó sobre la sala. Los chicos se miraron entre ellos, sin saber cómo reaccionar. James se había negado a tocarme. Delante de todos. Me había rechazado como si le diera asco.

La humillación me quemó las mejillas, bajando como ácido hasta mi estómago revuelto. Me estaba dejando en el más absoluto ridículo delante de sus amigos. El alcohol y el resentimiento me dieron un empujón ciego, temerario.

No me iba a quedar sentada aceptando el papel de hermanita pequeña.

Me levanté sobre mis rodillas y gateé por la alfombra hasta llegar a él. James se puso rígido al instante, abriendo los ojos de par en par, con una clara advertencia en su postura.

—Emily, no lo hagas... —murmuró, intentando echarse un poco hacia atrás.

Pero yo ya estaba en su espacio. Me acerqué a su rostro, sintiendo su respiración entrecortada, y me incliné hacia su oído, rozando su piel con mi nariz.

—Es solo un beso, James —susurré, arrastrando un poco las palabras.

Antes de que pudiera apartarme, giré la cabeza y pegué mis labios a los suyos.

Fue un choque torpe y desesperado. James se quedó completamente petrificado, como si le hubiera inyectado cemento en las venas.

Mantuvo la boca apretada, negándose rotundamente a corresponderme, negándose a cruzar esa línea.

Segundos después, sus manos grandes y cálidas se posaron en mis hombros descubiertos, empujándome hacia atrás con una firmeza suave pero que no admitía discusión.

Me separó de él, mirándome con una mezcla de furia, decepción y algo roto que me hizo un nudo corredizo en la garganta.

La sala estalló en silbidos y burlas ruidosas.