No me quites la inocencia Chapter 7
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Chapter 7

E l olor a café soluble y al suavizante de su uniforme inundaba el recibidor de nuestra casa.

Mi madre apuraba los últimos sorbos de una taza de café negro mientras se ataba los cordones de sus zapatos ortopédicos blancos.

Se preparaba para otro turno doble en el hospital.

Tenía ojeras oscuras hundidas bajo los ojos y los hombros caídos por un agotamiento que parecía haberse vuelto crónico desde la muerte de papá.

—Pórtate bien en casa de Amelia, cariño —me dijo, dándome un beso rápido en la frente. Sus labios estaban secos y agrietados—. No os quedéis hasta muy tarde estudiando.

—Tranquila, mamá. Te quiero.

El clic metálico de la cerradura al cerrarse me golpeó el pecho.

Me quedé un momento inmóvil, mirando la madera oscura de la puerta, con un nudo de pura miseria subiéndome por la garganta.

Mi madre se estaba matando a trabajar, arrastrando los pies por los pasillos de un hospital de madrugada, sacrificando su vida para que a mí no me faltara de nada tras el accidente de mi padre.

Su vida entera se había reducido a facturas y turnos dobles. Y yo le estaba mintiendo en la cara.

Apreté los dientes y ahogué la punzada de culpa, empujándola a la fuerza hasta el rincón más oscuro de mi mente. Corrí a mi habitación, abrí el armario y saqué el vestido rojo.

Era un trozo de tela, de esa licra sintética que soltó un leve chispazo de electricidad estática al deslizarse por mis caderas.

Cuando me miré en el espejo de cuerpo entero, tragué saliva.

Era mucho más ajustado de lo que recordaba.

Se ceñía a mi cintura y me aplastaba un poco el pecho, subiéndolo y dejándolo expuesto de una forma que me parecía muy sexy.

Me pasé una capa gruesa de pintalabios rojo mate, me solté el pelo para que cayera sobre mis hombros y me puse mi chaqueta negra encima.

La noche de viernes me recibió con una bofetada de viento helado en cuanto pisé la calle.

El repiqueteo inestable de mis tacones resonaba contra la acera desierta, delatando lo poco acostumbrada que estaba a caminar con ellos.

Apreté los bordes de la chaqueta contra mi cuerpo, temblando por el contraste térmico, pero mi sangre hervía de pura anticipación.

Al doblar la esquina, vi la brasa de un cigarrillo brillando en la oscuridad. El humo gris subía en espirales bajo la luz amarilla y parpadeante de la farola. James estaba allí, apoyado contra el metal frío, con las manos hundidas en los bolsillos de sus vaqueros rotos.

—Te dije que no fueras a esa fiesta, Emily —soltó a modo de saludo, expulsando el humo por la comisura de los labios. Su voz sonaba dura, áspera en el aire helado.

A diferencia de Josh o Asher, James no iba en moto ni llevaba ropa que gritara peligro. Olía a tabaco, a ropa limpia y a seguridad absoluta. Era la única persona en el mundo con la que mi silencio no era incómodo.

Una ráfaga de viento sopló desde el callejón, abriendo los bordes de mi chaqueta negra.

Los ojos oscuros de James bajaron desde mi cuello hasta el escote del vestido rojo, repasaron la tela que apenas me cubría la mitad de los muslos, bajaron hasta los tacones, y luego volvieron a mi cara. La vena de su mandíbula saltó de golpe.

Tiró el cigarro al suelo y lo pisó con una fuerza innecesaria.

—¿Qué llevas puesto, Emily? —preguntó. Su voz no sonaba a hermano mayor protector; sonaba tensa, dura, áspera.

—Un vestido —respondí a la defensiva, cruzándome de brazos al instante, sintiendo cómo el frío se me colaba por la piel desnuda de las piernas—. Vamos a una fiesta. No voy a ir en chándal.

James dio un paso hacia mí. Su sombra me cubrió, bloqueando el viento.

—Por ir así no te van a tomar más en serio, enana —soltó, mirándome directamente a los ojos, con una intensidad que me hizo encogerme por dentro—. ¿Por qué quieres parecer mayor? ¿A quién intentas engañar? Tienes quince años, joder.

—Ya no soy una niña, James —repliqué, levantando la barbilla, aunque el temblor de mi voz me delataba—. Solo quiero arreglarme. Todo el mundo lo hace. Amelia lo hace.

—Amelia es una idiota que está con un niñato que solo quiere exhibirla —escupió él, sin filtro, acercándose un poco más.

Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la distancia que nos separaba—.

Pero a donde vamos esta noche no hay niñatos del instituto.

Son tíos mayores, Emily. Van a lo suyo. Buscan lo que buscan.

Se me secó la boca. Mi pulso empezó a latir con fuerza en mis sienes, un tamborileo sordo que me ensordecía.

—¿Y tú qué sabes lo que busco yo? —ataqué, sintiéndome acorralada.

James soltó una risa amarga y sin rastro de humor. Me miró de arriba abajo de nuevo, deteniéndose un segundo en la curva de mi escote antes de clavar sus ojos en los míos. Estaban lleno de reproche y de algo más oscuro que me negué a analizar.

—¿Ah, sí? —murmuró, bajando el tono de voz hasta que casi fue un susurro—.

¿Estás tú lista para ofrecerles eso? Porque te aseguro que a esos tíos les da igual lo lista que seas o qué música escuches.

Si te ven con ese vestido, solo van a pensar en una cosa.

Y una vez que abras esa puerta, no hay marcha atrás.

—No voy a abrir ninguna puerta. Solo voy a ir a una maldita fiesta.

—No te puedes echar en brazos de un tío en la primera noche —me advirtió.

Su mano grande y cálida se cerró alrededor de mi codo, obligándome a mirarle, y su voz se quebró, volviéndose de repente suplicante—.

Menos de alguien de ese grupo. Vas a sufrir, Em.

Te van a hacer daño y luego ni siquiera se van a acordar de tu nombre.

Me zafé de su agarre con un tirón brusco. El roce de sus dedos me quemó en la piel fría.

Estaba enfadada. Muy enfadada. No con él, sino con lo mucho que sus palabras se parecían a mis propios miedos.

Pero no iba a dejar que me arruinara la noche.

James no entendía nada. Me veía como a una niña rota que necesitaba ser rescatada, y yo estaba harta de ser esa niña.

Asher me había invitado a la fiesta. Asher no me veía como a una cría.

—Tú no eres mi padre, James —solté, sabiendo perfectamente que la mención a mi padre era un golpe bajo. Vi cómo sus hombros se tensaban al recibir el impacto—. Si vienes conmigo a la fiesta, genial. Si vas a pasarte la noche dándome sermones por cómo voy vestida, prefiero ir sola.

Me di la vuelta sobre mis tacones, tambaleándome un poco al hacerlo, y empecé a caminar por la acera a paso rápido, con el corazón latiéndome desbocado en la garganta.

Escuché un suspiro profundo detrás de mí, seguido de pasos rápidos.

En unos segundos, James estaba caminando a mi lado otra vez, en silencio.

No volvió a mirarme el escote. Mantuvo la vista al frente, con la mandíbula apretada hasta tal punto que parecía que se le iban a romper los dientes, las manos hundidas en los bolsillos como si estuviera conteniéndose para no agarrarme y arrastrarme de vuelta a casa.

Caminamos así, envueltos en el frío de la noche, hasta que a lo lejos empezamos a escuchar el retumbar grave y pesado de un bajo. La música de la casa de Logan.

Mis entrañas se retorcieron en un nudo ciego de pánico y adrenalina. James creía que estaba caminando hacia la boca del lobo, pero yo estaba convencida de que, por fin, alguien me estaba esperando.

La puerta principal estaba entreabierta, escupiendo hacia la calle un vaho caliente que olía a cerveza, sudor y marihuana dulzona.

Entramos. O, mejor dicho, James entró y yo me quedé pegada a su espalda, sintiéndome de repente diminuta y ridícula.

El salón estaba a oscuras, iluminado solo por unas tiras de luces rojas y azules que parpadeaban al ritmo de la música. Era un caos de cuerpos apretados, humo denso que irritaba los ojos y voces elevadas que competían con la música. En cuanto James cruzó el umbral, su manada lo detectó.

—¡Brown, cabrón! —gritó un chico alto desde la cocina, levantando un vaso de plástico rojo—. Pensé que te habías muerto.

—Ya te gustaría a ti, Logan —respondió James, y entonces supe que él era el famoso Logan. Y esta era su casa.

Otros dos chicos se acercaron de inmediato, chocando las manos con James en esos saludos bruscos y ruidosos de tíos.

—¿Dónde te habías metido? —se rio uno de ellos, que llevaba el cuello lleno de tatuajes—. Dylan y yo te estábamos esperando para abrir el barril bueno. Toma, dale una calada a esto, Zane invita.

James sonrió, agarrando el porro que le ofrecía Zane, integrándose al instante en su ecosistema.

En ese intercambio de testosterona, yo me volví completamente invisible.

Me quedé un paso por detrás, apretando los bordes de mi chaqueta negra, sintiendo cómo el frío de la calle chocaba contra el calor pegajoso y asfixiante del salón.

En el inmenso sofá del fondo, reinaban las chicas. Tenían diecisiete o dieciocho años y parecían sacadas de una revista: maquillaje perfecto, tops minúsculos, miradas aburridas. Una de ellas, morena y con unos ojos delineados de negro que parecían cuchillos, me repasó de arriba abajo.

—Joder, qué vestido más guapo —le dijo a la rubia que tenía al lado, sin dejar de mirarme—. Me encanta cómo te queda.

El aire que tenía atascado en los pulmones salió de golpe. Parpadeé, sorprendida, y le devolví una sonrisa tímida. Había pasado el filtro.

Y entonces, un chico que estaba apoyado contra la pared bebiendo directamente de una botella de ron a medio terminar, entrecerró los ojos hacia nosotros. Tenía una postura tensa y una actitud de arrogancia pura.

—¿Qué cojones, James? —soltó el chico, señalándome con el cuello de la botella, haciendo que todos en el salón se giraran hacia mí de golpe—. ¿Te has echado de niñero?

La humillación me golpeó el pecho, quitándome el aire. Me encogí de hombros instintivamente, deseando que la tierra me tragara. James se tensó de inmediato, dando un paso al frente para cubrirme.