No me quites la inocencia Chapter 6 #2
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Chapter 6 #2

—¿Se te ha perdido algo, imbécil, o solo has venido a babear mi mesa? —le solté, cruzándome de brazos para tensar aún más la tela del top, usando una confianza de prestado que no sentía del todo.

—¿Me dejas tocarlos? —soltó, con el descaro absoluto del que está acostumbrado a que su grupo le rían todas las gracias.

Lo miré de arriba abajo con lentitud calculada, imitando un gesto de desprecio que le había visto hacer a las chicas de último curso.

—¿Has nacido siendo un completo gilipollas o es que te dejaron caer de cabeza al nacer?

Michael soltó una carcajada ronca, recostándose en su silla con chulería, haciéndose el ofendido.

—Nací guapo, nena. Y no te lo creas tanto, que he tocado cosas mucho mejores que tú.

—Claro —escupí, sintiendo cómo la irritación me calentaba la sangre en las mejillas—. Vosotros tocáis un sujetador con relleno por error en el cine y os pasáis el resto del curso alardeando en el vestuario como si fuerais unos expertos.

—Te aseguro que si te pongo la mano encima, la afortunada eres tú, no yo —guiñó un ojo, relamiéndose los labios de una forma que me dio más grima que otra cosa.

—Pues búscate una buena almohada, Michael —le repliqué, dándole la espalda y sacando mi libro de texto con un golpe seco sobre la mesa—, porque vas a tener que seguir soñando.

El sonido de mi libro golpeando el pupitre hizo eco en el aula, pero no fue suficiente para ahogar la carcajada ronca que estalló un par de mesas más atrás.

Era Kevin, el mejor amigo de Michael. Olía a desodorante de pino demasiado fuerte, de ese que marea si te acercas mucho, y tenía la costumbre de reírse como si le faltara el aire.

—Te ha dejado seco, tío —se burló Kevin, dándole un empujón a Michael en el hombro—. Acéptalo, te ha mandado a pastar.

Michael se puso tenso, la vena del cuello marcándosele bajo la piel. El calor de la humillación le subió a las mejillas, manchándolas de rojo.

—Cállate la puta boca, Kevin. Como si a ti te hiciera caso —masculló Michael, intentando recuperar su postura de tipo duro, escupiendo las palabras con rabia herida—. Es que ahora la niña va de diva porque se ha puesto un trapo escotado, pero en el fondo está deseando que la miremos.

Antes de que yo pudiera abrir la boca para defenderme, Amelia soltó su bolígrafo con un chasquido seco contra la mesa y se giró a medias en su silla, clavándole a Michael una mirada cargada de asco.

—Lo único que estamos deseando, Michael, es que te laves la boca y te compres una colonia que no huela a limpiacristales barato —disparó Amelia, con esa voz aguda y autoritaria que no admitía réplicas.

Desde la fila de al lado, Claudia, que estaba sacando sus apuntes, se unió al ataque sin siquiera levantar la vista de la mochila.

—Déjalo, Amelia. No le pidas milagros. Michael todavía se cree que acorralar a tías en los pasillos es ser un macho alfa. Da un poco de pena.

—Mucha pena —añadió Nataly desde el fondo de la clase. Estaba pasándose un brillo de labios—. Ven un trozo de piel y se les olvida cómo sumar dos más dos. Tienen el cerebro en los calzoncillos y, para colmo, ni siquiera les abulta tanto.

Un par de risas ahogadas saltaron por la clase, pero Michael no se encogió esta vez.

Sus fosas nasales se dilataron y su respiración se volvió agitada, agria.

Empujó su silla hacia atrás con violencia, haciendo rechinar las patas de metal contra el suelo, y se espatarró de forma exagerada, llevándose una mano a la entrepierna con un gesto asquerosamente explícito.

—¿Ah, sí? —escupió, clavando sus ojos rabiosos en Nataly y curvando los labios en una sonrisa sucia—. ¿Quieres ver el bulto? Sácalo a pasear si tienes huevos, pero te aviso... a lo mejor luego eres tú la que sale huyendo. O suplicando, nena.

El murmullo general del aula estalló en un coro de « Uuuuh » escandalizados, mezclados con el aullido histérico de Kevin, que golpeaba la mesa celebrando la ordinariez de su amigo.

Nataly ni siquiera parpadeó. Cerró el tubo de brillo de labios con un clac seco, se apoyó en el respaldo de la silla y le sostuvo la mirada con una frialdad absoluta que cortaba el aire.

—Guárdatelo, Michael —arrastró las palabras con pereza—. No me he traído la lupa hoy.

La vena de su frente palpitaba y su respiración se volvió agitada, haciendo que el olor a sudor nervioso y agrio cortara la dulzura de su colonia barata.

Golpeó su mesa con ambas manos, un golpe seco que hizo saltar los bolígrafos de la mesa, y señaló a Nataly con el dedo tembloroso por la rabia.

—Ya quisieras tú tener la oportunidad de mirarlo de cerca, puta barbie —escupió, con los ojos oscurecidos por el cabreo—. Pero no te toco ni con un palo.

El silencio volvió a caer sobre la clase, denso y cargado de electricidad. Después se giró hacía mí. Me pilló con la media sonrisa todavía en los labios, saboreando la victoria de mi amiga.

—Y tú tampoco te rías, Emily —gruñó, arrastrando mi nombre como si fuera un insulto.

Su mirada bajó descaradamente hacia mi escote, llena de resentimiento—.

Eres una calientapollas igual que tus amigas.

A ver si te aplicas y haces un par de favores en los baños para que te conviertas en puta del todo.

El eco de la palabra puta quedó suspendido en el aire espeso del aula. Por debajo de la mesa, mis uñas se clavaron en mis muslos. Me temblaban las rodillas, pero la adrenalina y la rabia me empujaron hacia adelante. Me incliné sobre el pupitre y lo miré fijamente, negándome a apartar los ojos.

—¿Sabes por lo menos el significado de puta ? —le pregunté, bajando la voz hasta convertirla en un siseo afilado, frío—. Coge un diccionario y búscalo, Michael: mujer que tiene sexo a cambio de dinero.

Él torció los labios, creyéndose ganador, y se inclinó un poco más hacia mí.

—¿Y tú lo ofreces gratis? —lanzó, relamiéndose, esperando que me desmorone.

Mantuve la mirada. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas, pero mi voz salió cargada de un veneno que no sabía que tenía.

—A ti no te lo ofrecería ni aunque fueras el último tío sobre la faz de la tierra, idiota —repliqué, arrastrando cada sílaba—. Y, de todas formas, no eres lo suficientemente hombre para averiguarlo.

Mi voz sonó firme .  Muchísimo más de lo que me sentía por dentro, donde solo era una niña de quince años asustada.

La clase entera dejó escapar un aullido colectivo. « ¡Oooooh !». Alguien silbó desde el fondo. Nataly y Amelia soltaron una carcajada victoriosa y ruidosa que terminó de sepultar el ego de Michael. Se quedó con la boca medio abierta, la mandíbula tensa y las orejas ardiendo en rojo vivo.

El pulso me latía en las sienes, rápido y furioso. Tenía ganas de llorar pero no le iba a dar esa satisfacción a Michael. Era un gilipollas que no merecía la pena. Además, mis amigas eran las mejores. Con ellas al lado, era fácil. Siempre nos apoyabamos las unas a las otras.

El chirrido agudo de la puerta abriéndose de golpe cortó la tensión de raíz. El profesor Harris entró con su maletín de cuero gastado, arrastrando los pies.

—Sentaos todos y callaos de una vez por todas —gruñó, tosiendo un poco mientras borraba la pizarra de un manotazo polvoriento.

Me recosté en el asiento, sintiendo el plástico duro bajo mis piernas. Me pasé la lengua por los labios resecos, saboreando todavía la adrenalina del momento.

Los chicos de mi edad daban pena. Eran niñatos inseguros jugando a ser duros, recurriendo a vulgaridades cuando se sentían acorralados.

Mi mente ya se había escapado muy lejos de esas cuatro paredes. Solo podía pensar en esta noche. En la fiesta. Y en él. Asher no era un niñato de instituto que necesitara agarrarse la entrepierna o insultar para demostrar poder. Él tenía el control sin esfuerzo. Él era un hombre de verdad.

Las pesadas puertas del instituto se abrieron y el aire crudo me abofeteó la cara, barriendo de golpe el calor sofocante y la adrenalina del aula.

Me abracé a mí misma, frotándome los brazos desnudos con las manos congeladas, mientras Amelia caminaba a mi lado con paso acelerado.

Sus ojos escaneaban el aparcamiento exterior hasta que se le iluminó la cara por completo.

El inmenso solar de cemento olía a tubo de escape, a asfalto frío y a libertad de viernes por la tarde. Y allí estaba Josh.

Estaba apoyado contra su moto negra, con un pie en el estribo y la espalda encorvada dentro de su chaqueta de cuero.

A sus dieciocho años, parecía estar a años luz de los idiotas de mi clase.

Daba una calada perezosa a un cigarro, ignorando el caos de alumnos a su alrededor.

Cuando vio acercarse a Amelia, tiró la colilla al suelo, la aplastó con la bota y se enderezó.

Sus ojos fueron directos a mi amiga. Dio un paso hacia ella, la agarró por la cintura con las dos manos y tiró de ella contra su pecho con una fuerza que me hizo tragar saliva. Amelia soltó una risita aguda que murió ahogada contra la boca de él.

No fue un beso romántico de película. Fue crudo.

Húmedo. El chasquido de sus lenguas y el roce de sus respiraciones agitadas sonaron demasiado fuertes en mis oídos.

Desvié la mirada hacia mis zapatillas al instante, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello hasta quemarme las orejas.

Empecé a juguetear con la correa de mi mochila, cambiando el peso de un pie a otro, mientras otros alumnos pasaban por nuestro lado soltando risas o mirándolos.

A él le daba igual. Y a ella le encantaba.

Por el rabillo del ojo, vi cómo una de las manos grandes de Josh bajaba por la espalda de Amelia hasta agarrarle el culo. Apretó la tela de sus vaqueros con posesividad, amasándola a plena luz del día.

Amelia no parecía incómoda. A Amelia le gustaba.

Entonces... así era como tenía que ser. Noté algo raro en el estómago.

No sabía si era verguenza... o ganas de que alguien me besara a mí también.

Quería ser de alguien con esa misma brutalidad.

Quería que me agarraran así, con esa seguridad de quien sabe que le perteneces y no tiene intención de soltarte.

Cuando por fin se separaron, Amelia tenía la respiración entrecortada y los ojos brillantes. Josh le apartó un mechón de pelo de la frente y, solo entonces, como si acabara de recordar que el mundo no terminaba en ella, giró la cabeza hacia mí.

—Ah. Hola, Emily —soltó, con un asentimiento rápido de barbilla, como quien saluda a un mueble.

—Hola, Josh —murmuré, encogiéndome un poco dentro de mi propio cuerpo, sintiéndome repentinamente diminuta y patética.

Él volvió a centrar toda su atención en Amelia, pasándole un brazo por los hombros.

—¿Qué tal la mañana, preciosa? —le preguntó, rozándole la sien con la nariz.

—Insoportable —suspiró ella, apoyando la cabeza en el hombro de él, acomodándose como si fuera su refugio seguro—. Michael ha estado molestando en clase. Se cree un hombre, pero es un niñato pesado.

El cuerpo de Josh se tensó como si le hubieran dado una descarga. El cambio en la atmósfera fue instantáneo. La ternura desapareció y la mandíbula se le cuadró en un gesto violento.

—¿Te ha dicho algo a ti? —gruñó, soltándola a medias para escudriñar el aparcamiento, buscando un objetivo—. Dime quién es el niñato y le arranco la cabeza ahora mismo.

Amelia le acarició el pecho para calmarlo, irradiando orgullo por esa protección instintiva.

—No te preocupes, amor. Lo hemos hundido. Emily le ha cerrado la boca delante de toda la clase. Lo ha dejado humillado y calladito.

Josh parpadeó, sorprendido, y me miró como si de repente hubiera dejado de ser transparente. Soltó una carcajada ronca, genuina.

—Joder, no sabía que tu amiga tenía tantas garras —dijo, asintiendo con una mezcla de rareza y aprobación.

Tragué saliva, sintiéndome de repente expuesta bajo su escrutinio. La seguridad que había fingido en el aula se esfumó.

—Yo... bueno, no ha sido para tanto —murmuré, clavando la vista en la cremallera de mi chaqueta, sintiendo que me temblaba un poco la voz—. Solo... quería que nos dejara en paz.

—Pues bien hecho, pequeña —concedió Josh, perdiendo el interés en mí tan rápido como lo había encontrado. Le dio una palmada sonora en el culo a Amelia y se separó del todo para sentarse a horcajadas en la moto—. Bueno, nena, ¿nos vamos a mi casa?

—Sí —Amelia sonrió, con esa suficiencia de quien tiene la vida resuelta, y se giró hacia mí un segundo—. Acuérdate, Em. Si llama mi madre, estoy en tu casa repasando los apuntes de historia.

—Y tú acuérdate de cubrirme a mí —le recordé con una sonrisa que no me llegó a los ojos—. Mi madre piensa que duermo en la tuya.

—Trato hecho —me guiñó un ojo, subiéndose ágilmente detrás de Josh yenredando sus brazos alrededor de la cintura de Josh, pegando el pecho a su espalda.

Josh metió la llave y el rugido ensordecedor del motor sobresaltó a un par de alumnos que pasaban cerca.

—Nos vemos, Emily —se despidió él con un gesto seco, y arrancó, bajando la moto de la acera de un salto.

Amelia ni siquiera miró atrás. Se aferró a su novio mientras se alejaban calle abajo, dejándome envuelta en el estruendo del motor y un fuerte olor a gasolina.

Me quedé allí parada, completamente sola mientras el resto del instituto se vaciaba a mi alrededor. Siempre era así. En cuanto Josh aparecía, yo desaparecía del radar de Amelia, dejándome a la deriva en un fin de semana que me quedaba enorme.

Era por eso que había empezado a salir más con James. Por su compaña. James me daba cigarrillos, me escuchaba y me cuidaba cuando las paredes de mi casa y el silencio me asfixiaban.

Empecé a caminar. Mis pasos sonaban vacíos en la acera. Esa noche iba a ir a esa fiesta, me iba a poner ese vestido rojo ajustado, iba a maquillarme e iba a demostrarle a Asher que yo también podía ser la chica a la que alguien mirara como si fuera lo único que importaba en el mundo.

No tenía ni la más remota idea de a qué estaba jugando ni de las reglas del mundo en el que me iba a meter. Pero si alguien como él se había fijado en mí... sería por algo. Tenía que ser especial.

Yo quería ser especial. A cualquier precio.