No me quites la inocencia Chapter 6
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Chapter 6

E l pitido estridente del despertador me taladró los oídos en medio de la oscuridad.

Lo apagué con un manotazo ciego, y dejé que el frío del suelo de madera se me clavara en las plantas de los pies descalzos.

Seis de la mañana. Siempre me levantaba una hora antes para tener tiempo de construir mi armadura frente al espejo. Hoy no iba a ser la excepción.

El baño olía a vainilla del ambientador y a polvos de talco.

Bajo la luz blanca e incandescente, me enfrenté a mi propio reflejo.

Me apliqué el corrector bajo los ojos y una capa gruesa de base de maquillaje, intentando asfixiar cualquier rastro de niñez en mi cara demasiado redonda.

Varias pasadas de rímel, una línea de eyeliner negra y tan afilada que parecía poder cortar.

Encendí la plancha del pelo; el olor a queratina quemada me picó en las fosas nasales mientras alisaba cada mechón castaño con devoción, hasta dejarlo lacio, inerte y perfecto.

Al vestirme, el contraste me golpeó de nuevo.

Me puse unas medias finas, unos vaqueros cortos cuya tela rígida se me clavaba en los huesos de las caderas con cada movimiento.

Después, un top negro bastante escotado.

La tela se tensaba sobre mi pecho, un pecho demasiado grande para una chica de mi edad.

Sabía que rozaba peligrosamente los límites del código de vestimenta del instituto, pero el frío en la piel descubierta de mi escote me hacía sentir viva. Me hacía sentir mayor.

Cogí la mochila y salí a la calle. La mañana era cruda, con ese aire helado que te corta la respiración.

Como siempre, llegué la primera al punto de encuentro.

Me refugié contra la pared de ladrillo de la esquina, saqué mi paquete escondido en el fondo de la mochila y encendí un cigarrillo.

El chasquido metálico del mechero rompió el silencio mortecino de la calle.

Le di una calada profunda, sintiendo el sabor áspero y rasposo del tabaco llenándome los pulmones y bajando a mi estómago vacío.

Mis manos empezaban a congelarse, los nudillos enrojecidos alrededor del filtro, cuando por fin escuché el repiqueteo rítmico de unos zapatos contra el asfalto.

Amelia. Su pelo rubio rebotaba en una coleta impecable, y al detenerse a mi lado, una ráfaga de perfume dulce, floral y asfixiante anuló por completo el olor a tabaco .

—¿Qué haces para tardar tanto? —le recriminé, soltando el humo por la comisura de los labios mientras empezaba a caminar para obligar a mi sangre a moverse.

—El pelo. No me salía la coleta en su sitio —respondió, dándose un toque en la nuca con suficiencia.

—Tampoco es para tanto, Amy. Vamos a clases, no a un puto concurso de belleza. Me he congelado.

—Pero a mí me gusta estar guapa a todas horas. Además —su voz adquirió ese tono agudo y canturreante que siempre usaba para presumir—, al acabar las clases, Josh viene a recogerme con la moto.

Una punzada diminuta, fea y ardiendo en envidia pura se instaló en la boca de mi estómago.

—Qué suerte tienes con él. Se nota que te quiere. —murmuré.

—Ya... bueno... Tiene que mimarme. Soy su novia.

—Supongo —murmuré, pateando una piedra del camino.

—Lo entenderás cuando tengas novio, Em.

—Estoy en ello... creo.

Amelia se detuvo un segundo, sus ojos clavándose en los míos con curiosidad afilada.

—¿Qué pasó anoche?

—Salí a fumar con James, como casi cada noche —empecé, notando cómo el pulso se me aceleraba solo de recordarlo—. Y por fin conocí a un amigo suyo. Que por cierto... es de esos tipos que solo ves en las películas.

La imagen de Asher en la penumbra del parque me asaltó la mente. El olor a cuero y a humo. Sus ojos verdosos escaneándome sin pudor. Su voz ronca arrastrando la palabra enana .

—Creo que es de su edad. Diecinueve. Tiene moto, tatuajes... Y una presencia que te deja clavada en el sitio. Se nota que va al gimnasio, es muy fuerte.

—¿Qué me estás contando? —Amelia abrió mucho los ojos, agarrándome del brazo—. ¿Dónde se había estado escondiendo todo este tiempo?

—Ni idea. Ayer lo conocí. James nunca me había querido presentar a ninguno de sus amigos.

—Te quería solo para él —sentenció Amelia con una sonrisa pícara.

—No digas tonterías. Él solo me ve como a su hermana pequeña.

—Ya... lo que tú digas. Que no haya pasado nada entre vosotros no quiere decir que no lo desee. La forma en que te mira parece que pide más.

—Pues ¿cómo te quedas si te digo que ayer mismo le dejó claro a Asher que solo soy una niña pequeña a la que tiene que cuidar? —repliqué, sintiendo el escozor de la humillación al recordar cómo James me había restado valor frente a él.

Amelia pareció perder el interés en James de inmediato.

—Bueno, da igual. ¿Vas a ir a su fiesta?

—Sí. Le diré a mi madre que me quedaré a dormir en tu casa. Además, hoy estará trabajando. Tiene turno de noche.

—Tienes suerte de que trabaje tanto. Vía libre total.

—Dicho así... supongo que está bien.

Me encogí de hombros, asintiendo, pero por dentro se me formó un nudo denso, pesado y amargo en la garganta. La suerte no tenía nada que ver con esto. La suerte había muerto el mismo día que mi padre.

Antes del accidente, nuestra casa olía a comida caliente, a café recién hecho y sonaba a risas que retumbaban en las paredes.

Me encantaba pasar el rato con ellos. Íbamos al cine, al centro comercial, o mi madre se sentaba en las gradas a vernos jugar al tenis a mi padre y a mí, quejándose de que íbamos a coger un resfriado.

Pero desde su muerte, hace dos años, el silencio absoluto se había tragado nuestro hogar.

Mi madre doblaba turnos en el hospital para pagar el alquiler, los seguros, la comida, mi ropa.

Yo no me podía quejar; se dejaba la piel, la salud y la juventud para que a mí no me faltara de nada material.

Pero el vacío de mi padre me estaba consumiendo por dentro.

Lo quería con locura. Él era camionero, pasaba la semana fuera y la cabina de su camión era su vida, pero los fines de semana regresaba y la casa se llenaba con su voz.

Yo habría cambiado todo el dinero del mundo por tenerlo allí.

Pero un día, volviendo a casa, un camión invadió su carril y chocó brutalmente contra su coche.

Su camión fue su vida y otro camión fue su fin.

—Ya sabes —la voz de Amelia rompió mi trance, devolviéndome al frío de la calle—. Ponte algo sexy para la fiesta. Los chicos mayores se fijan muchísimo en el físico. No van a perder el tiempo mirando tus ojos.

—Sí —dije, tragando saliva para deshacer el nudo de mi garganta—. Creo que tengo un vestido rojo. Es muy ajustado... y me saca mucho pecho.

Amelia me miró de reojo, evaluándome.

—Tienes suerte de tener esas tetas, Emily. A los tíos les encanta eso.

Al oírlo, una ola de calor me subió por el cuello. Mi autoestima, que segundos antes estaba arrastrándose por el suelo, dio un salto eufórico. Les encanta eso . Si mi cuerpo era lo único que necesitaba para que alguien me prestara atención y me hiciera sentir especial, estaba dispuesta a usarlo.

Llegamos al instituto. El pasillo era un caos de taquillas golpeando, risas estridentes y olor a cera para el suelo mezclada con desodorante barato. Nos acercamos a nuestro grupo.

—Emily, me encanta tu top —me saludó Claudia, apoyada en los casilleros, mirándome el escote con evidente fijación.

—Gracias. Me lo compré la semana pasada —respondí, irguiendo un poco la espalda para que la tela se tensara más.

—Yo también lo tengo, pero en rosa —terció Amelia al instante, incapaz de dejar que yo fuera el centro de atención.

Nataly, apoyada contra las taquillas, puso los ojos en blanco con un suspiro exagerado.

—Sois insoportables. Os copiáis en todo. No tenéis personalidad.

Yo sonreí a medias, pero mi mente ya no estaba en el pasillo, ni en el top, ni en las chicas. Estaba en la fiesta de esa noche. En el vestido rojo que me iba a poner. Y en si Asher volvería a mirarme.

El timbre sonó con un chirrido eléctrico que me vibró en las muelas y me atravesó los nervios.

Al instante, el pasillo entero colapsó en un enjambre desordenado de mochilas, empujones y el eco estridente de las taquillas metálicas al cerrarse de golpe.

Amelia y yo nos abrimos paso a codazos hasta nuestra aula, rodeadas por un mar de voces demasiado altas.

Me dejé caer en mi pupitre de la fila del medio, sintiendo la madera dura y arañada bajo mis manos, y clavé la vista en la pizarra manchada de tiza.

Quería que las horas se evaporaran ya. Mi estómago era un nudo denso de anticipación y nervios por la fiesta de esta noche.

Yo no era chica de fiestas. Mi mayor acto de rebeldía hasta ahora había sido sentarme con James en el banco del parque, encogida de frío, compartiendo el humo áspero de un cigarro mientras veíamos pasar los coches.

Siempre se negaba a llevarme más allá de las cuatro calles de nuestro barrio.

Decía que no era un lugar para mí, tratándome como a una niña que tiene que cuidar, y yo empezaba a odiar esa jaula de cristal en la que me había metido.

—Menudos melones te guardabas, Emily —la voz arrastrada de Michael me sacó de golpe de mis pensamientos.

Se había inclinado sobre mi mesa, invadiendo mi espacio.

Olía a chicle de menta fuerte y a colonia cítrica de supermercado.

A principios de curso, Michael me parecía el chico más guapo de la clase.

Me había pasado horas dibujando espirales en mi libreta, imaginando cómo sería besarlo en los pasillos.

Pero ahora, mirándole esa sonrisa torcida de niño que se cree un hombre, solo sentí pereza.

Desde que Amelia salía con Josh y me llenaba la cabeza de historias sobre chicos mayores, los de mi edad me parecían una broma.

Nosotras nos convencíamos de que éramos más maduras, más mujeres, cuando en realidad solo éramos niñas aterrorizadas con demasiada prisa por saltarnos etapas hacia un precipicio que no sabíamos gestionar.