No me quites la inocencia Chapter 5 #2
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Chapter 5 #2

—Tardas mucho, enana —murmuró al escuchar el leve roce de mis zapatillas. Empujó la puerta con el hombro para salir.

Lo seguí fuera, dejando atrás el olor a lejía.

Salimos y nos hemos sumergido a la noche.

El parque no era más que un trozo de asfalto gastado con un par de bancos de madera, rodeado por una vieja valla de alambre y las típicas escaleras de incendios de hierro oxidado que trepaban por las fachadas traseras de los edificios.

El frío de la calle se colaba por el callejón como un túnel de viento y me golpeó la piel desnuda del pecho y los brazos como un látigo invisible.

Luché con todas mis fuerzas contra el instinto de cruzar los brazos para darme calor.

Me obligué a dejar los brazos a los lados, apoyando el peso en una pierna y me apoyé contra la valla fría adoptando una postura chulesca.

—Estaba durmiendo, imbécil —mentí, viéndolo acercarse—. Y te he dicho mil veces que no me llames enana. Ya soy más alta que tu última novia.

—Apenas rozas el metro cincuenta y cinco, Emily —se burló con una sonrisa torcida—. Y créeme, a ella la altura le sobraba. Para lo que mejor sabía hacer, me venía perfecto que me llegara justo a la altura de la cintura.

Puse los ojos en blanco, intentando ignorar la imagen gráfica que acababa de meterme en la cabeza. Pero entonces, la sonrisa chulesca de James se borró de golpe. Frunció el ceño al instante, escaneándome de arriba abajo y deteniéndose en mi escote pronunciado.

—¿Pero dónde coño vas vestida así con el frío que hace, Emily?

Te vas a congelar —gruñó y su tono protector de hermano mayor me irritó profundamente.

Sacó un paquete de tabaco arrugado del bolsillo de su pantalón de chándal.

Sacó dos cigarrillos y me tendió uno—. Toma.

Y abróchate esa puta chaqueta, por Dios, que me estás dando frío solo de mirarte.

—No tengo frío, James. Relájate —mentí, aunque los dientes amenazaban con castañearme.

Él suspiró, negando con la cabeza, y encendió su mechero Zippo.

Acercó la llama temblorosa a mi rostro. Aspiré hondo, sintiendo el sabor fuerte y áspero del tabaco inundar mi boca y mis pulmones.

El humo me quemó deliciosamente por dentro, haciéndome sentir adulta al instante y dandóme una falsa y ardiente ilusión de control.

—¿Qué tal tu madre? —preguntó James, exhalando una espesa nube de humo gris hacia el cielo sin estrellas de Nueva York.

—Bien. Cansada. Hoy le ha tocado doble turno en urgencias, no llegará hasta las ocho de la mañana —respondí, intentando controlar el temblor de mi mandíbula por la brisa helada—. Y yo tengo examen de matemáticas a primera hora.

—¿Y estás aquí abajo, medio en bolas, fumando en lugar de repasar o dormir? Luego no llores si suspendes.

—Me has llamado tú —le recordé, exhalando mi propio humo—. Ya sabes que no puedo negarme a un cigarrillo. Y no voy a suspender. Es ridículamente fácil.

James bufó, soltando una pequeña carcajada que disipó un poco el humo entre los dos.

—Claro, joder. Se me olvidaba lo jodidamente lista que eres, señorita sobresalientes. —se burló, negando con la cabeza.

Sonreí de lado, sintiéndome orgullosa de mi pequeño teatro.

—Puedo ser lista y portarme mal al mismo tiempo —le contesté, guiñándole un ojo con un encogimiento de hombros displicente. Me gustaba estar allí con él. James era mi único amigo real, me cuidaba y, aunque antes me estuviera regañando por la ropa, me trataba como a una igual.

Estábamos en silencio, en una de esas pausas cómodas que solo tienes con alguien en quien confías, escuchando el lejano sonido de una sirena cruzando alguna avenida y el murmullo incesante de la ciudad que nunca duerme.

Entonces, un ruido rasgó la tranquilidad del callejón.

Empezó como un eco lejano rebotando contra los edificios de ladrillo y creció rápidamente hasta convertirse en un rugido grave, gutural y agresivo.

No era el motor de un coche ni el traqueteo de un taxi amarillo.

Era una moto pesada, muy potente, cortando el silencio de nuestra calle residencial como un cuchillo.

Instintivamente, retrocedí un paso, pegando mi espalda contra la valla de alambre frío del parque.

El sonido ensordecedor se detuvo abruptamente justo en el borde de nuestra acera, justo donde terminaba la valla.

Escuché el crujido de unas botas gruesas y pesadas contra el asfalto asimétrico y el clic metálico, seco y contundente, de la pata de cabra al desplegarse y sostener el peso de la máquina.

Alguien salió de las sombras y cruzó la pequeña puerta abierta de la verja. Mis labios se separaron en un jadeo mudo mientras caminaba hacia la luz anaranjada de nuestra farola.

El aire pareció desaparecer del callejón de repente. Se evaporó. Me quedé completamente congelada, con el cigarrillo a medio camino de mis labios, sintiendo de golpe que la fina chaqueta vaquera que llevaba no me abrigaba absolutamente nada.

El chico que se detuvo a un par de metros de nosotros no era como los chicos de mi instituto.

Era un hombre. Diecinueve, tal vez veinte años.

Vestía completamente de negro. Unos pantalones oscuros, gruesos, llenos de bolsillos utilitarios, y una camiseta negra de manga corta, tan ajustada que se adhería a una musculatura masiva, cincelada y tensa.

Llevaba una chaqueta de cuero oscuro sujeta descuidadamente sobre un hombro, y sus brazos al descubierto eran un lienzo caótico de tinta negra: tatuajes densos, calaveras, líneas duras y sombras que se fundían con su piel bajo la luz de la farola.

Pero no fue la tinta ni la ropa lo que me dejó sin aliento. Fue su cara y la forma de mirarme.

Tenía una belleza cruda, simétrica y violenta que te hacía querer retroceder un paso.

El pelo oscuro, corto a los lados y algo más largo arriba, desordenado por el casco que ahora llevaba colgado del brazo.

Emanaba una presencia pesada, intimidante.

Parecía dueño y señor de cada milímetro cuadrado que pisaba.

James se tensó a mi lado al instante. Toda su postura relajada desapareció; su espalda se puso dolorosamente recta y tiró el cigarro que se estaba fumando contra el cemento antes de que el recién llegado abriera la boca.

—¿Qué haces aquí, Asher? —La voz de James sonó extraña. Dura, cortante, a la defensiva.

Asher no respondió de inmediato. Terminó de acercarse y se apoyó contra el poste de la farola con una tranquilidad insultante.

Con él, llegó una ráfaga de olores que aplastó cualquier rastro de la calle: olía a neumático quemado, a tabaco y a un perfume carísimo, almizcle y madera de cedro, que se me metió directo en mis pulmones.

Lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, levantó la cabeza. Sus ojos se clavaron en mí.

Sentí un vuelco en el estómago, un cosquilleo caliente y nervioso bajando por mi columna vertebral.

Sus ojos eran de un marrón verdoso magnético.

Me miró de arriba abajo. No fue el típico vistazo disimulado de los chicos de mi clase.

Fue un escrutinio lento, físico, descarado.Sus ojos recorrieron mis zapatillas blancas, subieron por las piernas, se arrastraron por mi vientre plano, se detuvieron un segundo eterno, pesado y calculador, en el escote pronunciado de mi top de tirantes y, finalmente, subieron hasta mi rostro infantil, tapado a medias por el denso flequillo castaño.

Me sentí completamente desnuda. Sentí que esos ojos marrones verdosos podían ver a través de la tela de mi top. Pero por primera vez en mi vida, no quise esconderme. Una sonrisa ladeada, afilada y absolutamente cruel, se dibujó en la comisura de sus labios carnosos.

—Vaya —su voz era grave, un rasguño profundo y oscuro que se mezcló con el ruido lejano de la ciudad—. Así que esta es la razón por la que tenías tanta prisa por largarte antes, James. No sabía que ahora te iba lo de asaltar cunas en los callejones.

—Cállate la puta boca, Asher —lo cortó en seco James, dando un paso lateral para interponerse entre su mirada y yo, como un escudo inútil—. Es mi vecina de arriba. Tiene quince años, joder. Es la enana. Déjalo estar de una puta vez y dime a qué has venido.

Asher no se inmutó. Su mirada se desvió perezosamente hacia James antes de volver a clavarse en mí.

—¿Entonces no nos vas a presentar? —ronroneó.

—Ella es Emily —gruñó James, a regañadientes—. Emily, este es Asher.

Di un paso al frente, esquivando el brazo protector de James. Quería que dejara de tratarme como a una reliquia frágil.

—Encantada —dije, forzando la voz para que no me temblara, y me acerqué a darle dos besos en la mejilla, tal y como hacían las chicas mayores. Su piel estaba fría por el viento de la moto, y ese aroma a cedro oscuro y peligro me golpeó de lleno.

—El placer es mío —murmuró él, con una maldita sonrisa intacta.

—¡Asher! ¡Déjala! No es de esas —ladró James, tirando de mí hacia atrás por el codo.

—Solo nos estamos conociendo. Tranquilo, hermano. Ya sabes que no hago nada que no estén dispuestas a hacer —dijo Asher, levantando las manos en un gesto de falsa inocencia.

—Por eso, Asher. Porque te conozco —replicó James, con la mandíbula apretada.

—¡Ehh! ¡Que estoy aquí, James! No ha hecho nada —exclamé, enfadada de verdad. Me hervía la sangre al ver cómo me trataba como a una niña pequeña e indefensa delante del chico más fascinante que había visto nunca.

Asher soltó una carcajada baja, un sonido seco que me erizó la piel. Metió la mano en el bolsillo, sacó un paquete de tabaco y encendió un cigarro con movimientos precisos.

—Bueno, he venido a decirte que mañana Logan dará una fiesta en su casa, como de costumbre —dijo Asher tras darle una calada, exhalando el humo hacia la farola—. Puedes traer también a la peque si quieres —me lanzó una mirada de reojo.

—Podrías haber mandado un puto mensaje. Y la enana no va —sentenció James al instante.