No me quites la inocencia Chapter 5
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Chapter 5

.... . L a gente en el instituto siempre hablaba de sus padres en plural.

Mis padres me castigaron por llegar tarde.

Mis padres me van a comprar el último iPhone para mi cumpleaños.

Nos vamos de viaje con mis padres este verano a la costa.

Lo decían con una naturalidad insultante, quejándose a veces de ellos, como si dar por sentada la presencia incondicional de las dos personas que te trajeron al mundo fuera un derecho universal inquebrantable. Un escudo que nunca iba a romperse.

Para mí, el plural había muerto hacía exactamente dos años.

Un martes por la tarde, en un cruce de carretera empapado por una lluvia de otoño sucia y helada, el coche de mi padre quedó aplastado contra el acero brutal de un camión de mercancías.

Y con ese impacto que nunca llegué a ver pero que me persigue en pesadillas, mi mundo entero se quedó sordo. Se apagó la música.

En mi casa ya no había discusiones por el volumen de la televisión ni risas graves desde la cocina cuando mi madre horneaba bizcochos y mi padre bromeaba manchándola de harina.

Solo quedaba el vacío. El eco afilado de los pasos de mi madre arrastrándose por el pasillo tras un viaje interminable en el metro.

Éramos solo ella y el fantasma de lo que fuimos.

Trabajaba el doble, empalmando turnos en una clínica de Manhattan hasta que las ojeras se le tatuaban en la piel como hematomas oscuros.

Siempre llegaba oliendo a café barato de máquina expendedora y a desinfectante industrial.

Y yo… yo sacaba buenas notas. Estudiaba hasta que las letras de los libros de texto se me difuminaban en lágrimas de puro agotamiento y las sienes me palpitaban, solo para que ella cruzara la puerta de nuestro pequeño piso de Brooklyn, viera la hilera de sobresalientes pegados en la nevera y sintiera algo parecido al alivio.

Quería que se sintiera orgullosa de mí. Quería ser su ancla, demostrarle que su hija no le daría ni un solo problema.

Era nuestro pacto de silencio. Una forma miserable de sobrevivir al inmenso y gélido abismo que mi padre había dejado en la cabecera de la mesa.

Pero a los quince años, ser la hija perfecta y sacar buenas notas no te quita el frío de los huesos. Te hace invisible. Y la invisibilidad pesaba toneladas, asfixiándome especialmente en el instituto, donde ser buena, triste y callada era sinónimo de no existir.

Un jueves de mediados de mayo, durante el recreo, estaba sentada en las gradas del patio.

El cemento frío me traspasaba la falda y se me colaba en los muslos mientras el ruido ensordecedor de cientos de adolescentes me envolvía como un enjambre.

A mi lado estaba Amelia. Era mi mejor amiga, o al menos el salvavidas al que me aferraba, aunque a su lado yo me sintiera constantemente como el borrador mal trazado de una mujer.

Amelia tenía dieciséis años —siete meses más que yo—, el pelo rubio impecable, la piel perfecta y, lo que la convertía en realeza dentro de nuestro ecosistema: tenía novio.

Un novio de verdad. De los que te acorralan contra las taquillas y te esperan en la puerta.

—Te juro que el pobre está obsesionado conmigo —estaba diciendo Amelia.

Destapó su brillo de labios con un chasquido y se aplicó una capa gruesa con sabor a cereza mientras se miraba en la cámara del móvil—.

Josh lleva desde el lunes suplicándome que vaya a su casa este viernes.

Sus padres se largan todo el fin de semana y quiere que me quede a dormir en su casa.

Solo tengo que inventarme una mentira buena para mis padres.

Yo asentí, mordiéndome el interior de la mejilla, intentando poner la cara que se suponía que debía poner. Fascinación. Curiosidad.

—¿Y vas a ir? —pregunté, trazando con la uña el borde del libro de tapa blanda que descansaba sobre mis rodillas.

Amelia me miró de reojo, bajando el móvil lentamente. Suspiró. Era el suspiro denso y condescendiente de quien ya ha cruzado al otro lado de la línea, un territorio adulto que a mí me aterraba y me fascinaba a partes iguales.

—Obvio que voy a ir, Em. Así es como funcionan las cosas.

Si quieres retener a un tío, tienes que darle lo que busca.

—Se giró hacia mí, escaneando mi top ajustado y la falda corta que ambas llevábamos—.

A ver cuándo te echas un novio tú también, nena.

De nada sirve que vengas así vestida al instituto, enseñando piel para hacerte la chula y la dura, si luego, cuando un tío te mira de verdad, te pones roja y te escondes detrás del flequillo.

Tienes el envoltorio, pero por dentro sigues siendo una cría asustada. Tienes que creértelo de una vez.

Me encogí de hombros, asintiendo despacio mientras el cemento de la grada me helaba a través de la falda.

Tenía razón. Llevábamos meses acortando las faldas y bajando los escotes, convencidas de que enseñar piel y vestir provocativas nos daba poder.

Era la única forma de que los chicos mayores nos tomaran en serio, de que nos vieran como mujeres intocables y no como niñas aburridas.

Yo quería ser así. Quería que dejara de ser un maldito disfraz para convertirse en mi realidad.

Quería que alguien me mirara y perdiera la cabeza.

Mi primer beso había sido a los catorce años y, la verdad, no tuvo nada de especial.

Fue jugando a la botella con un chico dos años mayor que yo.

Esa tarde nos besamos bastante después del juego, e incluso me acompañó hasta casa.

Pero tuve tan mala suerte que, justo cuando me estaba besando para despedirse delante del portal, mi madre salió de golpe y nos vio.

Según ella, me había llamado como veinte veces y yo no contestaba.

Bueno, primero porque estaba demasiado ocupada besando a ese chico, entusiasmada con mi primer beso y los siguientes.

Y segundo, porque me había quedado sin batería.

Mi madre se puso a gritar como loca en medio de la calle preguntándome por qué no le había cogido el teléfono, aterrorizada pensando que me había pasado algo.

Sorprendentemente, no me dijo ni una sola palabra sobre el hecho de que estuviera con un chico.

A ella solo le importaba que le contestara al maldito móvil que se me había olvidado cargar antes de salir.

¿El chico? Desapareció en cuanto oyó los gritos de mi madre y se volvió invisible para el resto de los días.

Y desde entonces, ya no siento ninguna emoción al jugar a la botella y besar a un niñato del instituto. Mi primer beso ya pasó.

Fue esa necesidad constante de apagar el ruido de mis propias inseguridades y de mantener mi papel, lo que me llevó a empezar a fumar el mismo mes que cumplí los quince.

El ardor rascándome la garganta me hacía sentir mayor, rebelde, me daba algo que hacer con las manos cuando el nerviosismo amenazaba con delatarme.

Mi único cómplice en esto era James, el chico del apartamento del bajo.

James tenía diecinueve años, el pelo negro siempre alborotado en rizos rebeldes, una sombra de barba descuidada y la irritante costumbre de tratarme como a la hermana pequeña que nunca pidió tener. También tenía una carita de niño bueno por muy mayor de edad que fuera.

Eran las doce y cuarto de esa misma noche.

Estaba sentada en mi cama, con las rodillas contra el pecho, escuchando el silencio opresivo de mi casa que contrastaba con el zumbido distante del tráfico de Nueva York.

Las palabras de Amelia todavía resonaban en mi cabeza, repitiéndose en bucle: Tienes que creértelo.

La pantalla de mi teléfono, tirado sobre el edredón nórdico, se iluminó con un zumbido sordo.

James: ¿Vienes a fumar? Estoy abajo. Hace una noche de mierda.

Sonreí. El calor asfixiante del verano aún era una promesa muy lejana, y las noches de mayo seguían respirando ese frescor afilado que se cuela desde el East River y te congela los huesos.

Me levanté y me quité el pijama de corazones a toda prisa, tirándolo sobre la cama con desprecio.

Quería sentirme como la chica segura que fingía ser en el instituto. Quería creérmelo.

Abrí el armario, ignorando las sudaderas cómodas.

Me puse mis vaqueros de talle alto y ajustados, que me marcaban las curvas y me hacían sentir atrevida, y me puse un top negro de tirantes, ajustado como una segunda piel y con un escote en V tan profundo que dejaba a la vista la piel pálida de mi pecho.

Me acerqué al espejo de cuerpo entero. Mis mejillas redondas de niña y mi flequillo recto desentonaban muchísimo con la imagen hipersexualizada que proyectaba de cuello para abajo.

Por un segundo, me sentí ridícula. Pero apreté los puños y levanté la barbilla.

Me veo bien , me dije a mí misma, forzando una expresión de indiferencia. Esto es ser una tía chula.

Cogí una chaqueta vaquera desgastada y me la eché por encima de los hombros, dejándola abierta a propósito para que se viera bien el escote del top.

Salí de casa y bajé las escaleras de puntillas, agarrándome a la barandilla de madera.

Con el ascensor tardaría más. Cada crujido de los escalones viejos me daba un subidón de adrenalina, como si estuviera a punto de cometer un crimen perfecto.

El portal de nuestro edificio estaba a oscuras hasta que puse un pie en el último escalón.

El sensor de movimiento detectó mi presencia con un leve clic y los focos del techo se encendieron de golpe, inundando el recibidor con una luz blanca y nítida.

Olía a limpio. A detergente floral barato y a lejía pura.

La señora Carmen venía cada mañana a fregarlo de arriba abajo, dejando las baldosas blancas tan brillantes que casi podías ver tu reflejo en ellas.

James estaba allí, pero no se había quedado en el recibidor. Estaba apoyado contra la pesada puerta de metal trasera, la que daba al callejón y al pequeño parque encajonado entre nuestro bloque y el siguiente.