No me quites la inocencia Chapter 4
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No me quites la inocencia

No me quites la inocencia

Por Atena S.

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Chapter 4

(PRESENTE)

P orque hubo un tiempo en que lo creí todo.

Y lo más patético, lo que más me humilla admitir incluso ahora, es que para mí fue real.

La gente suele repetir que el tiempo lo cura todo, escupiéndote la frase como si fuera un consuelo barato, una tirita ridícula sobre una hemorragia abierta.

Te aseguran que los días ponen las cosas en su sitio, que los años borran lo que duele.

Y quizás sea verdad para algunas heridas.

Para los cortes limpios. Para esas cicatrices que se marcan en la piel y sangran por fuera, a la vista de todos.

Pero existen otras. Las que te mutilan por dentro.

Las que te desgarran justo ahí, en el rincón más oscuro y abismal del pecho, donde escondes lo poco que crees valer.

Esas no cicatrizan jamás. Se quedan latentes, cerradas en falso bajo una costra de hielo y aparente normalidad, esperando.

Hasta que un día, sin previo aviso, alguien pronuncia una palabra con un tono específico.

O apoya el peso de su cuerpo contra una mesa de cristal.

O enciende un cigarro con esa misma pereza calculada, exhalando un humo áspero que te nubla los sentidos.

.. y la ilusión de paz se quiebra. La herida se abre de par en par, brutal y despiadada, y te desangras de nuevo mientras la taquicardia te ensordece, exactamente igual que el primer puto día.

Tenía quince años la primera vez que lo vi. Quince años, un flequillo recto que usaba como un escudo frente a un mundo que me venía grande, y el corazón intacto, sin una sola grieta.

Era tan ingenua, una presa tan fácil. No sabía todavía que hay personas capaces de clavarte la mirada, hundirse en tus pupilas, y no verte en absoluto.

Que alguien puede pronunciar tu nombre envolviéndolo en una sonrisa torcida, oscura y letal, sin importarle destrozarte al segundo siguiente.

Desconocía que se puede aniquilar a alguien por completo, reducir su alma a cenizas, sin llegar a mancharse las manos.

Fui tan jodidamente tonta. Y por un instante letal, fui tan feliz.

Y ahora él está aquí. A exactamente tres metros de mí.

La misma oscuridad sofocante, pero ahora envuelta en la seda y el poder de un traje a medida.

El aire de la sala de reuniones de repente pesa toneladas, cargado de un aroma a menta, madera de cedro y tensión estática que me oprime los pulmones hasta dejarme sin aliento.

Siento un vacío abismal abriéndose en mi esternón, mientras mis rodillas tiemblan bajo la mesa y el sudor frío me eriza la nuca.

Sus ojos marrones verdosos —esos mismos ojos depredadores que me devoraron viva hace diez años— me recorren de arriba abajo con una lentitud que quema.

Pero no hay nada en ellos. Ni un parpadeo. Ni una sola chispa de reconocimiento. Para él, soy únicamente una abogada de pelo oscuro; una desconocida atractiva, gélida y lejana.

No tiene ni idea de quién soy. No reconoce las ruinas humeantes del incendio que él mismo provocó. Para él soy una desconocida.

Y yo... yo sé exactamente quién es él. Mi cuerpo entero lo reconoce con una violencia que me da náuseas. Para mí es la persona que me enseñó que el amor duele y que el dolor puede parecerse tanto al amor que a veces no se sabe distinguir. Lo que me hizo no fue un acto, fue una secuencia.

Yo también llegué a pensar que el tiempo lo curaba todo.

Construí mi castillo de hielo, me refugié en una vida aburrida y segura, y me convencí de que era inmune.

Pero, bajo el escrutinio de su mirada vacía, acabo de descubrir de la forma más cruda que todo era mentira.

El tiempo no cura. El tiempo solo entierra la podredumbre más hondo, cubriéndola con capas de tierra fría.

Hasta que un día, vuelves a pararte sobre la tumba exacta donde enterraste tus pedazos.

Tuve quince años y el corazón libre de cicatrices. Ahora tengo veinticinco, el alma llena de ruinas, y sé exactamente dónde duele cada una de ellas. Supongo que eso también es algo.