NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO VII La verdad no perdona a medias
68%

CAPÍTULO VII La verdad no perdona a medias

Leonardo no dijo nada hasta que el último invitado abandonó Villa Belmonte.

Esa fue su primera amenaza.

No una palabra, no un reproche, no una escena.

El silencio. Un silencio exacto, contenido, frío, con el que acompañó a Clara durante el resto de la noche sin tocarla, sin ofrecerle el brazo, sin apartarse del todo.

Estuvo a su lado en el salón principal mientras Elena fingía que la fiesta no se había roto.

Sonrió cuando correspondía. Respondió con cortesía a doña Beatriz Aranda, que ya no sabía dónde colocar los ojos.

Escuchó a Santos explicar algo sobre la notaría.

Agradeció al médico su presencia. Asintió cuando el representante financiero dijo que todo parecía encaminado.

Pero no volvió a mirar a Clara como antes.

Eso fue lo que ella percibió con más claridad.

No había perdido la compostura. Leonardo no era un hombre que perdiera nada en público.

Pero algo se había retirado de su rostro, una forma de delicadeza, quizá, o de paciencia.

Hasta entonces, incluso en sus momentos de mayor control, había mantenido hacia Clara una actitud de espera.

Esa noche, después de verla en la terraza junto a Gabriel, ya no esperaba. Calculaba.

Clara permaneció en el salón hasta que la máscara social terminó de deshacerse por agotamiento.

Elena se despidió de los invitados con una dignidad perfecta.

Teresa retiraba copas en silencio. Santos reunió sus papeles con una discreción casi fúnebre.

Marina se había marchado con Gabriel sin despedirse de Elena, aunque sí inclinó la cabeza hacia Clara desde el vestíbulo. Gabriel no volvió a entrar.

Aquella ausencia fue más visible que su presencia.

Cuando la puerta se cerró tras el último coche, la casa quedó en un silencio más verdadero. No descanso. No paz. Solo la caída del decorado.

Elena se llevó una mano a la frente.

—Ha sido una noche muy difícil.

Clara, aún con el vestido marfil, estaba junto a la chimenea apagada.

—La dificultad la organizaste tú.

Elena la miró, cansada y dura al mismo tiempo.

—No empieces ahora.

—No. Ahora no. Ahora ya ha terminado la representación.

Leonardo, que estaba junto a la mesa donde Santos había dejado una carpeta olvidada, habló por primera vez con una serenidad demasiado lisa.

—No ha terminado nada.

Clara se volvió hacia él.

Elena también.

Leonardo recogió la carpeta, la cerró y la dejó sobre el aparador.

—Más bien acaba de empezar la parte peligrosa.

—Leonardo —dijo Elena en voz baja—, quizá sea mejor hablar mañana.

—No. Mañana hablaremos de documentos. Esta noche conviene hablar de lo que todos hemos visto.

Clara sintió que la frase no iba dirigida a Elena.

—Si quieres decir algo, dilo.

Leonardo la miró.

—Te seguí porque tu madre estaba preocupada.

—Mi madre siempre está preocupada cuando no puede vigilar.

—Te seguí porque saliste detrás de Gabriel delante de todos.

—No delante de todos. Después de un comentario cruel.

—Un comentario torpe. No más.

Clara dio un paso hacia él.

—Nombró una boda rota delante del hombre que fue humillado por esa boda.

—Y tú corriste detrás de él.

La frase cayó limpia.

Elena cerró los ojos un instante.

—No corrí —dijo Clara.

—No discutamos el verbo. Lo seguiste.

—Sí.

—Vestida como estabas. En la noche en que tu familia intentaba presentar una imagen de estabilidad. Después de haber aceptado un compromiso conmigo, aunque fuera provisional. Después de haber pedido que tu voluntad fuese respetada.

—Mi voluntad no consistía en convertir esa fiesta en una coronación tuya.

Leonardo no se alteró. Eso la inquietó más.

—No me preocupa la coronación de nadie. Me preocupa el escándalo.

Clara rio apenas.

—Ahí está.

—Sí. Ahí está. Y deberías tomártelo más en serio.

Un escándalo ahora puede destruir la reputación de tu padre, complicar la negociación con los acreedores, debilitar tu posición en la herencia y convertir cualquier decisión futura en una sospecha.

Si mañana empieza a circular que Clara Belmonte volvió para reabrir una relación con Gabriel Alcázar mientras formalizaba un compromiso conmigo y mientras se revisaban operaciones patrimoniales que afectan a ambas familias, no tendrás una tragedia romántica.

Tendrás un problema jurídico, social y económico.

Elena bajó la mirada.

Clara sintió que cada palabra buscaba un punto débil y lo encontraba.

—Hablas como si mi vida fuera un expediente de daños colaterales.

—Esta noche lo ha sido.

—No.

—Sí. Y no porque yo lo diga. Porque lo ha visto gente suficiente.

—Gente que mi madre invitó para legitimar una mentira.

—Gente que puede declarar confianza o desconfianza cuando esta familia necesite crédito, discreción o apoyo.

—¿Ahora los invitados son testigos mercantiles?

—En pueblos como este, todos los invitados son testigos de algo.

Clara se quedó callada.

Leonardo se acercó despacio. No demasiado. Ya no necesitaba cercanía física para imponer presencia.

—No puedes permitirte actuar como si cada impulso sentimental fuera un derecho absoluto.

—No fue un impulso.

—Entonces peor.

—Gabriel estaba herido.

—Gabriel lleva siete años herido. Eso no convierte cada herida suya en mandato para ti.

Clara sintió el golpe.

—No lo hizo por mandato.

—¿No? Te levantaste. Lo seguiste. Hablaste con él a solas. Casi...

Se detuvo.

Elena miró rápidamente a Clara.

—¿Casi qué?

Leonardo no apartó los ojos de ella.

—Nada que convenga detallar.

Clara sintió que la humillación subía lentamente, no como vergüenza por lo ocurrido con Gabriel, sino por esa forma de Leonardo de convertirlo en material administrable.

—No hables de mí así.

—¿Cómo?

—Como si hubieras adquirido el derecho a describirme por haber visto algo desde lejos.

—No necesito describirte. Necesito advertirte.

—¿De Gabriel?

—De ti cuando estás con Gabriel.

La frase tuvo más fuerza que un reproche.

Clara sostuvo la mirada.

—No tienes derecho.

—Tal vez no. Pero tengo responsabilidad si hemos formalizado algo que afecta a mi nombre, a mi posición y a la estrategia que estamos construyendo para salvar tu parte de la herencia.

—Mi parte de la herencia.

—Sí.

—Al fin lo dices. No soy solo Clara. Soy posición, nombre, estrategia, herencia.

—También eres una mujer a la que quiero.

—No lo parece en este momento.

—Porque en este momento quiero impedir que te destruyas.

—No. Quieres impedir que me vea con Gabriel.

Leonardo dio un paso más.

—Sí.

La respuesta directa produjo silencio.

Clara no esperaba esa sinceridad.

Leonardo continuó:

—Sí, quiero impedirlo. Porque cada vez que lo ves, sales distinta.

Más alterada, más culpable, más dispuesta a dudar de todo menos de él.

Porque Gabriel puede no hacer nada y, aun así, desplazarlo todo.

Porque lo que hay entre vosotros no está resuelto y no se resolverá con conversaciones nocturnas ni cartas mutiladas ni reproches en una terraza.

Se resolverá destruyendo a alguien. Quizá a ti.

Quizá a mí. Quizá a tu padre. Quizá a todos.

—No tienes miedo de que me destruya. Tienes miedo de perder.

El rostro de Leonardo se endureció por primera vez de forma visible.

—¿Y si lo tengo?

Elena intervino.

—Basta. Los dos estáis agotados.

Leonardo no la escuchó.

—¿Y si tengo miedo de perderte? ¿Eso me convierte en un monstruo? ¿O solo Gabriel tiene derecho a sufrir de una manera noble?

Clara se quedó inmóvil.

Aquello era nuevo. O parecía nuevo. No la lógica, no la estrategia, no la prudencia: el miedo de Leonardo formulado sin máscara.

—No he dicho que seas un monstruo.

—No. Has dicho algo peor. Has dicho que mi amor se parece al control de tu madre.

Que mis advertencias son cadenas. Que mi ayuda te apaga.

Quizá tengas razón en parte. Quizá yo quiera ordenar demasiado porque no sé amar en medio del incendio.

Pero al menos no soy yo quien te dejó siete años con una carta rota y una culpa sin salida.

—Gabriel tampoco.

—No. Gabriel solo ocupa ahora el lugar perfecto para que tú puedas creerlo.

Elena dio un paso.

—Leonardo, por favor.

Clara lo miró con atención.

—¿Qué sabes tú?

La pregunta lo detuvo.

—¿De qué?

—Del pasado. De aquella noche. De la carta. De lo que mi padre dijo. De lo que Elena hizo. De la deuda. De los Alcázar. De mí. ¿Qué sabes exactamente?

Leonardo recuperó parte de su compostura.

—Sé fragmentos.

—Todos sabéis fragmentos. Qué cómoda es esa palabra.

—No conocí esa noche, Clara. Te conocí después.

—No he preguntado cuándo me conociste. He preguntado qué sabes.

Leonardo miró a Elena.

El gesto fue mínimo.

Pero Clara lo vio.

—No mires a mi madre.

—Ella estaba allí.

—Y tú sabes más de lo que dijiste.

—Sé que tu padre tuvo motivos para impedir esa boda.

—¿Motivos económicos?

—Entre otros.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Leonardo guardó silencio.

—¿Antes de acercarte a mí en Madrid?

—No en detalle.

Clara sintió que el suelo volvía a moverse.

—Eso no responde.

—No sabía quién eras cuando te conocí, no de verdad.

—¿De verdad? ¿Sabías mi apellido?

—Sí.

—¿Sabías que yo era la hija de Julián Belmonte?

—Sí.

—¿Sabías que había habido una boda cancelada con Gabriel Alcázar?

Leonardo tardó un instante.

—Sí.

Elena cerró los ojos.

Clara respiró despacio.

—Y aun así te acercaste a mí.

—No por eso.

—¿Por qué entonces?

—Porque te vi rota y sola. Porque me importaste. Porque después supe más y decidí quedarme.

—Después.

—Sí.

—¿Cuándo después?

—Clara, no hagamos esto ahora.

—Lo estamos haciendo ahora porque todos habéis vivido años de “no ahora”.

Leonardo se quedó en silencio.

Elena intervino con voz cansada:

—Leonardo no tuvo nada que ver con aquella noche.

Clara se volvió hacia su madre.

—No he dicho eso. Todavía.

Leonardo recogió su abrigo de una silla.

—No hablaré más esta noche. No en estos términos.

—Naturalmente.

—Necesitas descansar.

Clara sonrió con amargura.

—Y volvemos al principio.

Él se acercó hasta quedar frente a ella.