CAPÍTULO VII La verdad no perdona a medias #2
—No. Volvemos a la realidad. Si mañana decides romper el compromiso, hazlo con claridad, no desde la culpa ni desde una escena con Gabriel. Si decides mantenerlo, entonces respétalo. Pero no me coloques en la posición de prometido público y estorbo privado.
—No eres mi prometido.
—Esta noche lo he sido ante todos.
—Porque mi madre lo decidió.
—Y tú callaste.
La frase la golpeó con la misma precisión que antes la había golpeado Gabriel.
Leonardo se inclinó apenas.
—Buenas noches.
Salió.
La puerta se cerró con un ruido suave.
Elena se quedó junto al aparador, pálida, rígida, con los ojos fijos en un punto del suelo.
Clara no tenía fuerzas para hablarle. No todavía.
—Mañana —dijo.
—Clara...
—Mañana.
Subió a su habitación sin esperar más.
No se quitó el vestido.
Permaneció sentada al borde de la cama, con las manos sobre la falda marfil, mirando la oscuridad del espejo.
La mujer reflejada parecía una desconocida vestida para una vida ajena.
Una mujer que había casi besado al hombre que amaba, que había aceptado públicamente un compromiso con otro, que había permitido a su madre convertir el cansancio en anuncio y a Leonardo convertir la protección en advertencia.
Cuando al fin se desvistió, dobló el vestido con cuidado y lo dejó sobre una silla.
No quería volver a verlo.
A la mañana siguiente, Marina Alcázar llegó sin anunciarse.
Teresa la hizo pasar a la biblioteca pequeña, no al salón azul.
Clara agradeció ese gesto. La biblioteca era una habitación menos ceremonial, con sillones gastados, estanterías oscuras y una ventana que daba al jardín lateral.
Allí se respiraba mejor porque Elena casi nunca la utilizaba para recibir.
Marina estaba de pie cuando Clara entró.
—No he venido por la fiesta —dijo sin preámbulo.
—Buenos días a ti también.
—Buenos días. No he venido por la fiesta.
Clara cerró la puerta.
—Entonces ha ocurrido algo.
—Sí.
Marina dejó sobre la mesa una tarjeta antigua, amarillenta, con un nombre escrito a mano: Ramona Gil.
—¿Quién es?
—Una mujer que trabajó aquí hace años. En la cocina primero, después en la lavandería. Se fue poco después de que tú desaparecieras.
Clara tomó la tarjeta.
—No la recuerdo.
—Probablemente no. Era de esas mujeres que una casa grande usa hasta volverlas invisibles.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Marina se sentó, pero no se relajó.
—Ayer, después de salir de la fiesta, Gabriel no quiso hablar. Eso en él suele significar que está pensando demasiado. Yo necesitaba hacer algo útil antes de que decidiera convertir otra vez su dolor en cemento. Así que fui a ver a Ramona.
Clara se sentó frente a ella.
—¿Por qué a ella?
—Porque Teresa me dijo una vez, años atrás, que la noche de tu marcha Ramona había visto cosas.
—¿Teresa te lo dijo?
—No de forma directa. Teresa lleva media vida diciendo verdades con la mitad de las palabras.
—¿Qué vio Ramona?
Marina sacó del bolso un papel doblado.
—No quiso venir. No quiere saber nada de los Belmonte. Vive con una hija en el pueblo de al lado. Pero habló.
Clara sintió que el corazón se le aceleraba.
—Dime.
Marina abrió el papel. No parecía una declaración formal, sino notas tomadas a mano.
—La noche en que te fuiste, Ramona estaba en la lavandería, cerca del patio de servicio. Dice que oyó discutir a tu padre y a tu madre en el despacho. No distinguió todo. Luego vio a tu madre bajar al vestíbulo de la puerta lateral. Tú ya te habías ido.
Clara cerró los ojos.
—Sigue.
—Elena llevaba un sobre en la mano.
—¿Con mi carta?
—Eso no puede asegurarlo. Pero el sobre tenía un nombre escrito. Ramona dice que alcanzó a leer las primeras letras: “Gab...” o eso cree.
Clara se llevó una mano a la boca.
Marina continuó:
—Después vio a Elena entrar en el cuarto de la chimenea pequeña. No en el salón principal. En el cuarto donde se encendía fuego en invierno.
—Lo recuerdo.
—Ramona entró más tarde para recoger una bandeja. Dice que había cenizas recientes en la chimenea y que tu madre sostenía todavía un pedazo de papel. No lo quemó todo.
—¿Qué papel?
—No lo sabe. Vio solo que Elena rompía algo y arrojaba una parte al fuego. Otra parte la dobló y se la guardó.
Clara sintió un mareo lento.
La carta incompleta.
La parte quemada.
La parte guardada.
—¿Está segura?
—Tan segura como puede estarlo alguien que vivía de no ver. Me repitió tres veces que no sabe quién ordenó quemarla. No oyó si fue decisión de tu madre o de tu padre. Solo vio a Elena hacerlo.
Clara se levantó y caminó hasta la ventana.
La escena se formó con una claridad insoportable: ella saliendo por la puerta lateral, la carta sobre el escritorio, el coche esperando, el corazón golpeando como si el cuerpo ya supiera que se estaba arrancando de sí mismo.
Después Elena bajando, tomando el sobre, abriéndolo quizá, leyendo su amor escrito para Gabriel, llevando el papel al cuarto de la chimenea, quemando una parte, guardando otra.
No un accidente. No una pérdida. Un acto.
—¿Gabriel lo sabe? —preguntó sin volverse.
—No todavía.
Clara miró a Marina.
—¿Por qué?
—Porque quería decírtelo primero.
—¿Por qué?
—Porque si se lo digo a él antes de que tú sepas qué vas a hacer, vendrá aquí. Y no vendrá como técnico.
Clara asintió lentamente.
—Gracias.
—No me las des todavía. Ramona dijo algo más.
—¿Qué?
Marina miró sus notas.
—Dice que aquella misma semana, antes de la boda, vio entrar y salir varias veces a un hombre joven del despacho de tu padre.
No era Santos. No era de la familia Alcázar.
Un hombre elegante, de Madrid, cree. No recuerda el nombre.
Solo recuerda que Elena le dijo a Teresa que, si preguntaban, era un asesor.
Clara se quedó helada.
—Leonardo.
—No lo sé.
—Leonardo tenía entonces treinta y tres años. Ya ejercía. Conocía a mi padre.
—¿Estás segura?
—Anoche admitió que sabía quién era yo antes de acercarse a mí en Madrid. Que sabía lo de la boda cancelada.
Marina dobló el papel.
—Entonces tu prometido conveniente empieza a parecer demasiado bien situado en demasiados momentos.
—No es mi prometido.
—Anoche lo fue ante medio pueblo.
Clara cerró los ojos.
—Lo sé.
Marina la observó sin compasión fácil.
—¿Qué vas a hacer?
—Hablar con mi madre.
—¿Y si vuelve a mentir?
—La haré elegir entre mentir y delatarse.
—Eso suena muy bien. Pero Elena Belmonte lleva años entrenada en no elegir.
Clara tomó la tarjeta de Ramona.
—Esta vez no hablaré de sentimientos. Hablaré de hechos.
—Los hechos también se deforman en esa casa.
—No si alguien los vio.
Marina se levantó.
—Ramona no declarará si siente que la vais a arrastrar a una guerra. Tiene miedo.
—No quiero dañarla.
—Entonces no uses su nombre de entrada. Usa lo que sabes. Presiona. Deja que Elena crea que sabes más de lo que sabes.
Clara la miró.
—Hablas como si hubieras nacido para interrogar Belmonte.
—No. Nací para no creerlos.
Clara casi sonrió, pero no pudo.
—Marina.
—Qué.
—Anoche, en la terraza...
—No quiero detalles.
—No iba a dártelos.
—Mejor.
—Gabriel y yo casi...
—Lo sé.
Clara bajó la mirada.
Marina suavizó apenas el tono.
—También sé que no pasó.
—¿Él te lo dijo?
—Gabriel no dice esas cosas. Pero volvió con cara de hombre que ha salvado una frontera y no sabe si maldecirla.
Clara sintió dolor y ternura al mismo tiempo.
—Le hice daño otra vez.
—Sí.
—No quiero seguir haciéndoselo.
—Entonces deja de estar a medias en todas partes.
La frase, dicha sin adorno, quedó clavada.
Marina se dirigió hacia la puerta.
—Buscaré si Ramona recuerda algo más. Pero, Clara...
—Dime.
—La verdad no perdona a medias. O la dices entera, o acabará pareciéndose a otra mentira.
Se marchó.
Clara permaneció en la biblioteca con la tarjeta entre las manos.
La frase de Marina se convirtió en una orden interior.
La verdad no perdona a medias.
A mediodía, Elena estaba en el cuarto de costura.
No cosía. Hacía tiempo que nadie cosía allí.
Era una habitación clara, con sillones tapizados, un biombo antiguo y una mesa donde antiguamente se arreglaban manteles, cortinas y ropa de cama.
Elena la utilizaba para revisar correspondencia doméstica, lejos de los espacios principales.
Quizá porque allí la autoridad parecía menos formal, menos expuesta. Clara entró sin llamar.
Su madre levantó la vista.
—¿No te enseñaron a llamar?
—Sí. También me enseñaron a callar. Estoy corrigiendo ambas cosas.
Elena dejó una carta sobre la mesa.
—No estoy de humor para otra discusión.
—No vengo a discutir.
—Entonces ¿a qué?
—A preguntarte si me destruiste la vida.
Elena no se movió.
La pregunta no permitía refugio.
—No hables así.
—¿Me destruiste la vida?
—Esa pregunta es injusta.
—Contesta.
—Ninguna madre destruye voluntariamente la vida de su hija.
—No he preguntado por tus intenciones. He preguntado por mis hechos.
Elena se levantó despacio.
—Tú sigues viva. Tienes trabajo. Tienes independencia. Tienes un hombre como Leonardo dispuesto a casarse contigo. Tienes una herencia que todavía puede salvarse. No hables de destrucción como si hubieras sido abandonada en una cuneta.
Clara sintió que la respuesta confirmaba más de lo que negaba.
—Qué manera tan pobre de medir una vida.
—Es la manera adulta.
—No. Es la manera de quienes nunca preguntan qué parte de una persona queda viva después de obedecerlos.
Elena fue hasta la ventana.
—Si vienes por lo de anoche, no tengo nada que añadir. Tu comportamiento con Gabriel fue imprudente.
—No vengo por anoche.
—Entonces por la carta.
—También.
Elena no se volvió.
—Ya hablamos de eso.
—No. Me diste una versión parcial.
—No hay otra disponible.
—Sí la hay.
Elena se giró.
—¿Qué quieres decir?
Clara no respondió enseguida. Dejó la tarjeta de Ramona sobre la mesa, boca abajo. No mostró el nombre.
—Alguien te vio.
La madre palideció apenas.
—¿A mí?
—La noche en que me fui.
—Muchos me vieron aquella noche.
—No en el salón. No con visitas. No fingiendo desmayo. Te vieron bajar al vestíbulo de la puerta lateral. Te vieron con un sobre. Te vieron entrar en el cuarto de la chimenea. Te vieron quemar parte de una carta.
Elena se quedó inmóvil.