NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO VI La noche de la fiesta #4
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CAPÍTULO VI La noche de la fiesta #4

Clara soltó una risa rota.

—Para mí todo esto es cruel.

Él se acercó más.

—Entonces rompe el compromiso.

—No puedo hacerlo esta noche.

—Claro.

—No por cobardía.

—¿No?

—No solo. Si lo rompo ahora, delante de todos, mi madre convertirá esto en histeria, Leonardo en prueba de que Gabriel me desestabiliza, Santos en un problema jurídico, mi padre en otro ataque, y tú en el culpable perfecto. No quiero que te usen otra vez.

Gabriel la miró intensamente.

—No me protejas.

—No sé no hacerlo.

—Pues aprende también tú.

La frase, pese a la dureza, tuvo un matiz distinto. Menos ataque. Más súplica.

Clara bajó la voz.

—Me pediste en la bodega que no pronunciara tu nombre como antes.

—Sí.

—No puedo.

Gabriel respiró hondo.

—Clara...

Ella se estremeció al oír su nombre dicho de aquel modo. No formal. No frío. No social. Su nombre como antes, aunque él tampoco quisiera.

—No puedo mirarte como a un técnico de tierras —dijo ella—. No puedo verte entrar en un salón y fingir que solo traes planos. No puedo leer mi propia carta y no imaginarte esperándola. No puedo aceptar que me odies sin querer decirte que te di motivos, sí, pero que no te dejé de amar. No puedo.

Gabriel levantó una mano, pero no la tocó. La dejó suspendida cerca de su rostro, como si hubiera una última barrera invisible.

—No sigas.

—¿Por qué?

—Porque si sigues, no sé si podré recordar que estás comprometida con otro.

La frase los dejó sin respiración.

Clara no se movió.

Gabriel bajó la mano, pero no retrocedió.

—Vuelve dentro —dijo.

—No quiero.

—Yo tampoco quiero que vuelvas.

—Entonces...

—Entonces precisamente por eso tienes que hacerlo.

Ella lo miró.

—¿Siempre vamos a llegar tarde al momento correcto?

Gabriel sonrió apenas, con una tristeza que lo volvió por un instante al hombre que ella había amado sin miedo.

—Llegar tarde parece ser nuestra única puntualidad.

Clara sintió que algo se le rompía y se le abría al mismo tiempo.

No supo quién se acercó primero.

Tal vez ninguno.

Tal vez fue la noche, el cansancio, la carta rota, la humillación pública, el recuerdo de la boda perdida, la rabia dicha, la verdad insuficiente. Tal vez fueron los siete años empujando desde ambos lados.

Gabriel le tocó la mejilla.

Solo eso.

Un contacto mínimo, casi incrédulo.

Clara cerró los ojos.

Aquel gesto no pertenecía al presente. O quizá sí. Pertenecía al lugar donde el pasado seguía vivo, no intacto, pero vivo. La mano de Gabriel no pidió. No tomó. Solo comprobó que ella estaba allí, que no era una frase, ni una carta, ni una culpa, ni una aparición en un taxi.

Ella levantó la mano y cubrió la de él.

Gabriel inclinó la cabeza.

Sus labios quedaron muy cerca.

Clara sintió su respiración. Sintió la suya desordenarse. Sintió que, si aquel beso ocurría, todo lo demás perdería de golpe su precaria arquitectura: Leonardo, Elena, la fiesta, el compromiso provisional, los documentos, la prudencia.

Y, sin embargo, por un instante quiso que ocurriera.

Quiso no pensar.

Quiso no salvar a nadie.

Quiso no proteger a Gabriel, ni a Leonardo, ni a la casa, ni siquiera a sí misma.

Gabriel susurró:

—No me hagas esto si vas a volver con él.

La frase la devolvió.

Clara abrió los ojos.

El beso no llegó.

Ella apartó lentamente la mano.

—No puedo hacerte otra vez una verdad a medias.

Gabriel cerró los ojos, como si esa renuncia doliera más que el beso.

—Entonces vete.

—Gabriel...

—Vete ahora, Clara. Antes de que uno de los dos vuelva a confundir deseo con salvación.

Ella retrocedió un paso.

—No fue eso.

Él abrió los ojos.

—No lo sé. Y esta noche no puedo saberlo.

Clara asintió.

Al volverse hacia la casa, lo vio.

Leonardo estaba al final de la terraza, junto a la puerta abierta que comunicaba con la galería.

No sabía cuánto había visto.

No sabía cuánto había oído.

Pero su rostro bastó.

No había sorpresa.

No había escándalo.

Había una quietud helada, una comprensión inmediata y una herida que, en un hombre como Leonardo, no se convertiría en grito, sino en decisión.

Clara se quedó inmóvil.

Gabriel, detrás de ella, también lo vio.

Durante unos segundos, los tres permanecieron unidos por una escena que ninguno podría explicar sin destruir algo.

Leonardo fue el primero en moverse.

—Clara —dijo con voz baja—. Tu madre te está buscando.

La frase era correcta.

Perfecta.

Socialmente irreprochable.

Y más acusadora que cualquier reproche.

Clara miró a Gabriel una última vez.

Él no dijo nada.

No podía.

Ella caminó hacia Leonardo.

Al pasar junto a él, sintió que no le ofrecía el brazo. Esa ausencia, pequeña y exacta, fue el anuncio de una nueva forma de peligro.

Dentro, la música seguía sonando.

El salón continuaba iluminado.

Los invitados seguían hablando.

Villa Belmonte había recuperado la máscara.

Pero en la terraza, bajo la noche, algo acababa de quebrarse sin remedio: ya no era posible fingir que el compromiso con Leonardo era solo provisional, ni que la herida de Gabriel era solo pasado, ni que Clara podía seguir aplazando la elección entre una seguridad que la apagaba y un amor que todavía podía incendiarla.