NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO VI La noche de la fiesta #3
64%

CAPÍTULO VI La noche de la fiesta #3

Ella se acercó a la balaustrada y miró la oscuridad del jardín.

—Leonardo me ofreció una vida ordenada.

—Y tú necesitas orden.

—Necesito respirar.

—Eso no responde.

—Sí responde. Estoy atrapada, Gabriel. En mi casa, en la enfermedad de mi padre, en una herencia que no entiendo completa, en una carta que alguien cortó, en una culpa que tú me devuelves con cada mirada, en una seguridad que Leonardo me ofrece como si fuera una habitación sin ventanas.

No sé qué necesito. No sé qué deseo sin miedo.

No sé qué parte de mí habla cuando digo que sí o cuando digo que no.

Solo sé que no puedo seguir siendo empujada de una puerta a otra.

Gabriel la escuchó sin interrumpir. Cuando habló, su voz había bajado.

—Y aun así has aceptado su puerta.

—Provisionalmente.

Él sonrió con amargura.

—El amor provisional. La verdad provisional. El compromiso provisional. Todo contigo tiene una salida secreta.

—No.

—Sí.

—Acepté porque no tenía fuerzas para pelear esa mesa delante de todos.

—¿Y tuviste fuerzas hace siete años para irte sin mirarme?

La frase los golpeó a ambos.

Clara se volvió hacia él.

—No.

Gabriel guardó silencio.

—No tuve fuerzas —repitió ella—. Eso es lo que no quieres entender.

O lo entiendes y prefieres no concedérmelo.

Aquella noche no fui fuerte. Fui una mujer asustada, educada durante años para creer que la autoridad de mi padre era una forma de realidad.

Me dijeron que podía arruinarte. Me dijeron que tu padre lo sabía.

Me dijeron que, si te amaba, debía alejarme antes de que todo estallara.

Y yo, cobarde, sí, cobarde de una manera que todavía me avergüenza, no corrí a buscarte.

Escribí una carta. La dejé en una casa de mentirosos y subí a un coche.

Eso hice. No voy a adornarlo. Pero tampoco voy a aceptar que lo conviertas en una simple falta de amor, porque no fue eso.

Gabriel apartó la mirada hacia el jardín.

—Siempre llegas al borde de la verdad cuando ya no sé si puedo soportarla.

—Y tú siempre te escondes detrás de tu herida cuando estás a punto de creerme.

Él la miró de golpe.

—¿Esconderme?

—Sí.

—¿Crees que mi dolor es un escondite?

—Creo que tu odio sí.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—Ten cuidado.

—No. Esta noche no. Tú puedes decirme que callé, que obedecí, que llego tarde, que te humillé, que te dejé solo. Y es verdad. Pero yo también puedo decirte algo. Tú no luchaste por saber la verdad.

La frase cayó con una violencia inesperada.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

Clara respiró hondo.

—Que no luchaste.

—No sabes nada.

—Entonces dímelo.

—Fui a tu casa.

—¿Cuándo?

—Esa misma noche. Cuando entendí que no volverías a la iglesia.

Tu padre no quiso recibirme. Elena salió al vestíbulo y me dijo que estabas agotada, que habías tomado una decisión, que no debía hacer aquello más difícil.

Intenté subir. Dos hombres de servicio me cerraron el paso.

Volví a la mañana siguiente. Me dijeron que ya no estabas.

Pregunté por una carta. Me dijeron que no había ninguna.

Escribí a Madrid a la dirección de una amiga tuya.

La carta volvió. Llamé. Nadie contestó. Marina fue a hablar con Teresa y Teresa lloró, pero no dijo nada. ¿Quieres más lucha?

Clara se quedó blanca.

—No lo sabía.

—Por supuesto que no.

—Mi madre dijo que aceptaste mi marcha.

—Tu madre miente con mucha elegancia.

—Gabriel...

—Esperé semanas. ¿Sabes eso? No sentado en una puerta como un perro, aunque casi.

Esperé una explicación hasta que la espera empezó a parecer una forma de degradación.

Después dejé de preguntar porque cada pregunta me devolvía al mismo sitio: Clara se fue.

Clara no quiere verte. Clara no escribió.

Clara eligió el silencio. Y un hombre también tiene derecho a dejar de suplicar.

Clara sintió que el dolor le subía a la garganta.

—Sí.

—No me digas sí con esa voz.

—No sé qué otra cosa decirte.

—Di la verdad.

—La estoy diciendo.

—No. La verdad completa.

—Todavía no la tengo.

—Entonces deja de acusarme de no haberla encontrado.

Clara recibió el golpe.

—Tienes razón.

Él se apartó, respirando con dificultad.

—No quería tenerla.

—Lo sé.

—No. No sabes nada de lo que yo quería.

—Entonces dímelo.

Gabriel volvió a mirarla. La distancia entre ambos se había reducido sin que ninguno lo decidiera. Desde el salón llegaba el sonido lejano de la música, las copas, las voces educadas. Allí fuera, en cambio, la noche parecía hecha solo para aquello que no podía decirse dentro.

—Yo quería odiarte limpiamente —dijo él.

Clara cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—No. Escucha. Quería que fueras culpable de una manera sencilla.

Quería poder recordar tu rostro sin preguntarme qué parte no había entendido.

Quería que tu ausencia significara cobardía, orgullo, capricho, miedo, cualquier cosa que me permitiera cerrar la puerta.

Y ahora vuelves con una carta, con documentos, con frases que no encajan, con ese modo tuyo de mirarme como si todavía hubiera algo que salvar, y me destrozas incluso el derecho a odiarte bien.

Clara sintió que una lágrima le resbalaba. No la ocultó.

—Yo no quiero quitarte tu derecho a odiarme.

—Pero lo haces.

—No puedo pedirte que me perdones.

—Menos mal.

—Ni puedo prometerte que todo se arreglará.

—No lo hará.

—Pero sí puedo decirte algo.

—Ya has dicho bastante por una noche.

—No. Esto no.

Gabriel intentó apartarse, pero ella lo detuvo con una frase:

—Cuando acepté lo de Leonardo, no pensé en él.

Él se quedó quieto.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No lo digas.

—Pensé en no caerme.

Gabriel la miró con una mezcla de rabia y dolor.

—Eso es cruel para él.

—Lo sé.

—Y para mí.

—También.

—¿Y para ti?