CAPÍTULO VI La noche de la fiesta #2
Durante la cena fría, Clara apenas probó nada.
Gabriel permaneció la mayor parte del tiempo junto a Santos y el representante financiero, respondiendo preguntas sobre servidumbres, accesos, riego y viabilidad del molino.
Hablaba con precisión. Nadie habría podido acusarlo de descortesía.
Pero tampoco concedía un milímetro de intimidad.
Cuando Elena intentó incluirlo en una conversación más social, él regresó siempre al asunto técnico.
—La franja sur tiene menos valor residencial, pero mayor valor operativo —explicaba—. Si se vende sin reservar paso, el comprador futuro podrá bloquear usos necesarios.
—¿Y eso puede perjudicar a Clara? —preguntó una invitada que no entendía del todo la cuestión, pero entendía muy bien el nombre que debía pronunciar.
Gabriel tardó un segundo.
—Puede perjudicar a la propiedad Belmonte.
—Clara es la propiedad Belmonte en gran parte —dijo Leonardo.
Gabriel lo miró.
—Eso parece.
La frase fue seca, casi imperceptible en su doble sentido.
Marina, desde una butaca cercana, observaba sin intervenir. Clara sintió sus ojos más de una vez. No la juzgaban como antes. O no solo. Parecían preguntarle cuánto tiempo pensaba resistir dentro de aquella escena sin decir algo verdadero.
Elena estaba radiante en su tensión. Se movía de grupo en grupo, ofreciendo frases perfectas, desviando comentarios, corrigiendo con suavidad cualquier alusión peligrosa.
Cuando alguien preguntó por la salud de don Julián, respondió que necesitaba descanso, pero seguía al tanto de todo.
Cuando otro insinuó que la situación de las fincas debía de ser compleja, habló de reorganización, nunca de deuda.
Cuando una señora mayor felicitó a Clara por verla “tan bien acompañada”, Elena sonrió hacia Leonardo con una gratitud que casi equivalía a un anuncio.
Clara se sintió atrapada en una red de seda.
A las once, Santos pidió un momento de atención.
No fue un discurso. Fue una breve exposición.
Explicó que se había alcanzado un principio de acuerdo para estabilizar las propiedades esenciales, que la finca del molino sería objeto de revisión adicional, que Gabriel Alcázar emitiría un informe técnico definitivo, y que la familia Belmonte agradecía la colaboración de quienes habían permitido mantener la continuidad patrimonial.
Continuidad.
Clara escuchaba palabras que no decían lo que ocultaban.
Después habló Elena.
—No quiero alargar la noche —dijo con una copa en la mano—. Todos conocen la situación delicada de Julián. No es momento de grandes celebraciones, pero sí de gratitud. Gratitud por la amistad, por la discreción y por la lealtad de quienes nos han acompañado siempre.
Al decir “discreción”, varias miradas se bajaron. La discreción era la moneda de aquella sociedad pequeña: todos sabían algo, nadie debía decirlo.
Elena continuó:
—También quiero agradecer especialmente a Leonardo su apoyo constante a Clara y a esta familia. Hay presencias que llegan cuando más se necesitan y que ayudan a mirar el futuro con serenidad.
No dijo más.
No hacía falta.
Leonardo inclinó la cabeza con modestia. Los invitados sonrieron. Algunas copas se alzaron. Clara sintió que el salón entero la empujaba hacia un lugar que no había elegido del todo.
Miró a Gabriel.
Él no alzó la copa.
Tampoco hizo un gesto ostensible. Simplemente sostuvo la mirada hacia algún punto de la mesa, como si aquellas palabras no tuvieran nada que ver con él. Pero Clara vio su mano. Los dedos cerrados con demasiada fuerza alrededor del cristal.
Marina también lo vio.
La música volvió. Las conversaciones se reanudaron con alivio. La máscara había resistido.
Durante un rato.
El incidente llegó de forma casi ridícula.
Fue una mujer mayor, doña Beatriz Aranda, prima lejana de Elena, la que rompió la superficie. Había bebido más vino del prudente y conservaba ese tipo de malicia envuelta en falsa inocencia que algunas personas llaman sinceridad.
Estaba junto a la mesa de los dulces, hablando con el médico, Santos y otra invitada. Clara pasaba cerca con una copa de agua cuando oyó su voz.
—La verdad, Elena debe de sentirse aliviada. Después de lo que ocurrió hace años con aquella boda que no fue boda, ver ahora a Clara tan bien situada es una bendición.
El silencio se extendió en círculos.
No fue inmediato en todo el salón. Primero callaron los que estaban cerca. Luego los que advirtieron el cambio de ambiente. Después los que no sabían qué había pasado, pero entendieron que algo debía no haberse dicho.
Clara se quedó inmóvil.
Doña Beatriz, dándose cuenta tarde de su exceso, intentó arreglarlo.
—Quiero decir... todos sufrimos mucho entonces. También Gabriel, naturalmente. Pero la vida coloca a cada uno donde debe estar, ¿no es cierto?
Gabriel estaba a pocos pasos.
Lo oyó.
Clara vio cómo levantaba lentamente la cabeza.
Elena avanzó con rapidez.
—Beatriz, querida, creo que el vino de la finca es más fuerte de lo que recordabas.
Algunos sonrieron con incomodidad.
Leonardo se colocó junto a Clara, como si fuera a protegerla del comentario. Ese gesto, en aquel instante, resultó insoportable.
Gabriel dejó la copa sobre una mesa.
—Disculpen —dijo.
No miró a nadie.
Salió del salón.
Marina se levantó de inmediato, pero Clara ya se había movido.
—Clara —dijo Leonardo en voz baja.
Ella no se detuvo.
—Clara —repitió Elena, esta vez con pánico contenido.
Pero Clara cruzó el salón, atravesó la galería y salió por la puerta de la terraza.
El aire de la noche la golpeó con una frescura inesperada.
Gabriel estaba al final de la terraza, junto a la balaustrada de piedra que daba al jardín inferior. No se había marchado del todo. Quizá porque no quería huir. Quizá porque aún no sabía hacia dónde. Tenía las manos apoyadas en la piedra y miraba hacia la oscuridad de la vega.
Clara se detuvo a unos pasos.
—Gabriel.
Él no se volvió.
—Vuelve dentro.
—No.
—No hagas otra escena por mí.
—No he hecho ninguna.
—Seguirme ya lo es.
Clara se acercó un poco.
—No podía quedarme allí.
Gabriel soltó una risa breve, amarga.
—Qué frase tan versátil. Te sirve para una fiesta, para una boda, para una vida entera.
Ella aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Eso lo hizo volverse.
—No me des la razón como si fuera una limosna.
—No lo hago.
—¿Entonces qué haces?
—Intento hablar contigo.
—¿Ahora? ¿Vestida para otro, en la fiesta donde tu madre presenta tu futuro con otro, después de que alguien haya tenido la amabilidad de recordarme delante de todos que yo fui la boda que no llegó a ser?
Clara sintió que cada palabra abría una herida distinta.
—No sabía que mi madre iba a convertirlo en eso.
—Pero lo permitió tu silencio.
—Sí.
Gabriel se quedó mirándola. Tal vez esperaba defensa, no aceptación.
—Sí —repitió ella—. Me callé. Otra vez. Estaba cansada. Me sentí rodeada. Leonardo, mi madre, mi padre, la herencia, la enfermedad, los documentos. Me dije que era provisional, que no era una decisión definitiva, que no significaba lo que ellos querían que significara.
—Pero lo significó.
—Para ellos, sí.
—Para mí también.
Clara bajó la mirada.
—Lo vi.
—¿Y aun así no dijiste nada?
—No pude.
Gabriel se apartó de la balaustrada.
—No pudiste. Esa es la frase que resume tu vida cuando alguien espera algo de ti.
—No seas cruel.
—No sé cómo hablarte sin serlo.
—Entonces aprende.
Él la miró con dureza.
—¿Me pides que aprenda? ¿Tú? ¿La mujer que vuelve con una carta rota en una mano y con el futuro de Leonardo en la otra?
Clara levantó la cabeza.
—No tengo el futuro de Leonardo.
—Esta noche lo parecía.
—Porque todos querían que lo pareciera.
—Y tú obedeciste.
—Sí.
—Entonces no culpes a todos.
—No los culpo solo a ellos.
—Qué consuelo.
Ella dio un paso hacia él.
—No vine detrás de ti para justificarme.
—¿Para qué, entonces?
—Para que no te fueras creyendo únicamente lo que viste.
—Lo que vi fue bastante claro.
—No lo fue.
—Te vi junto a Leonardo. Vi a tu madre agradeciéndole que te hubiera devuelto a una vida aceptable.
Vi a todo el salón respirar tranquilo porque Clara Belmonte, la que una vez perdió la cabeza por un Alcázar, por fin volvía al sitio correcto.
Vi tu vestido. Vi su mano cerca de ti. Vi tu silencio. ¿Qué parte no fue clara?
Clara sintió que las lágrimas le subían, pero se mantuvo firme.
—La parte en la que yo no era feliz.
Gabriel se quedó quieto.
—La felicidad nunca fue requisito en tu mundo.
—No hables de mi mundo como si yo no hubiera sido también prisionera de él.
—Fuiste prisionera con llave en el bolsillo.
—No.
—Sí, Clara. Tú podías salir. Saliste. Te fuiste. Yo me quedé con la puerta cerrada por fuera y todos mirando.
—Yo salí porque me empujaron hacia la única salida que me dejaron ver.
—Y ahora te empujan hacia Leonardo.
—Sí.
—¿Y volverás a obedecer?
La pregunta quedó limpia, implacable.
Clara no contestó enseguida.
—No lo sé.
Gabriel rio sin alegría.
—Al menos ya no mientes.
—No es obediencia sencilla.
—Nunca lo es. Siempre hay una razón excelente para entregar la vida a otros.
—No estoy entregando mi vida.
—Esta noche casi lo parecía.
—Lo sé.
El viento movió un mechón de cabello junto a la cara de Clara. Ella lo apartó con dedos inseguros.
Gabriel la observó.
—¿Por qué aceptaste?
—Porque estaba cansada.
—Eso no es una razón para comprometerse.
—Lo sé.
—¿Lo amas?
Clara cerró los ojos.
—No me preguntes eso.
—Claro que te lo pregunto.
—No es justo.
—¿Justo? ¿Qué palabra tan exquisita para aparecer ahora. ¿Lo amas?
Ella abrió los ojos.
—Lo quiero.
Gabriel asintió lentamente.
—Qué diferencia tan cómoda.
—No es cómoda. Es terrible.
—Para él no parece serlo.
—Leonardo cree que puede quererme mejor de lo que tú me quisiste.
Gabriel recibió la frase como un golpe.
—Quizá tiene razón.
—No la tiene.
—¿No? Yo te quise y no pude retenerte. Él te ofrece estabilidad y tú aceptas. Quizá su método es más eficaz.
—No hables como si yo fuera una finca que se retiene.
—Esta noche todos han hablado de ti así, Clara. Yo solo he tenido la vulgaridad de decirlo sin flores.