CAPÍTULO VI La noche de la fiesta
Elena Belmonte llamó recepción íntima a lo que Clara, desde el primer momento, reconoció como una ceremonia de restitución.
No era una fiesta, aunque hubiera flores nuevas en todos los jarrones, copas alineadas sobre las bandejas de plata, manteles largos, música suave en el salón principal y una docena de invitados cuidadosamente escogidos.
No era una celebración familiar, aunque se hubiera preparado cena fría, vino de la tierra, dulces finos y un aparente clima de cordialidad.
No era tampoco una simple reunión patrimonial, aunque Santos hubiera llevado documentos, aunque Leonardo revisara carpetas, aunque algunos presentes hablaran de fincas, plazos, acuerdos, escrituras y estabilización.
Era una puesta en escena.
La casa, durante dos días, había trabajado para borrar sus grietas.
Clara lo vio desde la galería superior mientras Teresa y dos muchachas contratadas para la ocasión colocaban centros de flores blancas en el comedor.
Lo vio en la forma en que su madre ordenaba que se retiraran del salón azul las carpetas demasiado visibles.
Lo vio en la decisión de abrir el salón principal, cerrado casi siempre desde que su abuela murió.
Lo vio en los cristales limpiados hasta que devolvían una imagen falsa de la luz.
Lo vio en la consigna dada a la servidumbre: nada de hablar de enfermedad, nada de mencionar deudas, nada de comentar visitas, nada de permitir que los invitados subieran al piso superior.
Nada de realidad.
Elena llevaba toda la mañana moviéndose por la casa con una energía que no parecía corresponder a una mujer agotada por la enfermedad de su marido.
Pero Clara la conocía. Su madre revivía cuando había que sostener apariencias.
En aquella tarea era casi invencible. Donde otros veían una casa al borde de la ruina económica y moral, Elena veía un salón que aún podía encenderse, una vajilla que aún podía imponerse, unos invitados que aún podían repetir al día siguiente que, pese a todo, los Belmonte seguían siendo los Belmonte.
Y Clara, en el centro de aquella restauración ficticia, debía presentarse como una hija recuperada, una heredera razonable, una mujer acompañada por el hombre conveniente.
Leonardo.
Desde la mañana, él había estado sereno.
Demasiado sereno. No mostraba triunfo abierto, pero su tranquilidad tenía algo de victoria disciplinada.
Había aceptado no llamarlo compromiso oficial, había aceptado no imponer anillo, había aceptado no hablar de fecha.
Y, sin embargo, todo en la organización de aquella noche lo favorecía.
Su nombre aparecía unido al de Clara en cada gesto de Elena, en cada mirada del abogado, en cada frase que evitaba decir demasiado.
Leonardo Valcárcel no necesitaba proclamar su lugar.
La casa lo proclamaba por él.
Clara se miró en el espejo de su habitación al caer la tarde.
El vestido era de color marfil oscuro, casi champagne, de líneas sobrias, con manga larga y un escote discreto. Elena lo había mandado subir sin preguntar. No era un vestido de novia, pero se le parecía lo suficiente para resultar cruel. Clara lo comprendió en cuanto Teresa lo sacó de la funda.
—No pienso ponerme eso —dijo.
Teresa sostuvo el vestido entre las manos.
—Su madre ha dicho que es el más adecuado.
—Precisamente.
La mujer no insistió. Lo dejó sobre la cama y salió.
Durante una hora, Clara lo miró como se mira una amenaza elegante.
Tenía otros vestidos en la maleta. Podía ponerse uno oscuro, sencillo, casi de duelo.
Podía bajar vestida contra la fiesta, contra Elena, contra Leonardo, contra aquel montaje destinado a convertir su agotamiento en consentimiento público.
Pero sabía que esa rebeldía visual solo ofrecería a todos una excusa para llamarla alterada.
La acusarían de dramatizar, de no comprender la importancia del momento, de querer provocar.
Gabriel, si asistía, quizá vería en su vestido oscuro una señal dirigida a él, otra media verdad, otra ambigüedad.
Al final se puso el vestido enviado por su madre.
No por obediencia.
Por cansancio.
Cuando Teresa volvió para ayudarla con el cierre, no dijo nada. Solo abrochó los pequeños botones de la espalda con una delicadeza triste.
—Está usted muy hermosa —murmuró.
Clara miró el espejo.
—Eso no siempre ayuda.
—No.
Teresa bajó la vista.
—¿Vendrá don Gabriel?
Clara no se volvió.
—Sí.
—¿Lo sabe seguro?
—Santos lo confirmó. Hay que presentar el estado técnico de la finca del molino y el acuerdo de servidumbres. Tiene obligación profesional de estar.
—Obligación —repitió Teresa.
—Es la palabra que todos usan cuando no quieren decir condena.
La mujer terminó de abrochar el vestido.
—¿Y el señor Leonardo?
—Leonardo ya está aquí desde hace horas.
—Parece un hombre correcto.
Clara la miró a través del espejo.
—Lo es.
—Eso no le basta.
—No.
Teresa no preguntó más.
A las nueve, Clara bajó.
La escalera principal estaba iluminada por lámparas laterales.
Desde arriba llegaban las voces de los primeros invitados: el alcalde, su esposa, dos matrimonios amigos de Elena, Santos con una sobrina discreta, un representante de la entidad bancaria que todos presentaban como “asesor financiero”, el médico de don Julián, y varias personas cuya función real consistía en ver, asentir y repetir después que todo estaba bajo control.
Leonardo la esperaba al pie de la escalera.
Vestía traje negro y corbata gris. Al verla bajar, levantó la mirada con una admiración contenida. No hubo exageración en su gesto. Leonardo era incapaz de la vulgaridad. Pero Clara advirtió en sus ojos algo que la inquietó más que cualquier exceso: satisfacción.
—Estás preciosa —dijo.
—Mi madre estará satisfecha.
—Yo también.
—No era esa la respuesta que buscaba.
—Lo sé. Pero es la verdadera.
Le ofreció el brazo. Clara dudó. La duda duró menos de un segundo, pero él la notó. No retiró el brazo. Esperó. Esa espera era muy propia de él: no imponía de forma visible; obligaba a que una eligiera delante de su paciencia.
Clara aceptó.
Entraron juntos en el salón principal.
Las conversaciones descendieron apenas. No se detuvieron.
Elena había enseñado demasiado bien a su mundo que la curiosidad directa era de mal gusto.
Pero todas las miradas se volvieron. Algunas se posaron en el vestido de Clara.
Otras, en el brazo de Leonardo. Otras, más rápidas y más crueles, buscaron en su rostro restos de la muchacha que un día desapareció antes de casarse con Gabriel Alcázar.
Elena se acercó con una sonrisa perfecta.
—Hija.
La besó en ambas mejillas, como si Clara acabara de llegar a una cena agradable y no a una escena cuidadosamente construida para cerrar el pasado con una firma social.
—Leonardo —añadió Elena—, gracias por acompañarla.
—No tiene que agradecerlo.
—Al contrario. Hoy más que nunca.
Clara miró a su madre.
—Hoy solo presentamos unos acuerdos, ¿no?
Elena sostuvo la sonrisa.
—Naturalmente.
Leonardo apretó apenas el brazo de Clara.
—Será una noche tranquila.
Ella pensó que, en Villa Belmonte, las frases tranquilizadoras solían preceder a los estallidos.
Durante la primera hora, todo sucedió de acuerdo con el guion previsto.
Santos explicó en pequeños grupos que se había avanzado en la reorganización de las propiedades.
El representante financiero habló de estabilidad, plazos y confianza.
Elena introdujo a Leonardo ante los invitados con una naturalidad estudiada: “Leonardo, que ha estado ayudándonos mucho”; “Leonardo, tan cercano a Clara en estos años”; “Leonardo, que conoce muy bien estos asuntos”.
Nadie pronunciaba la palabra compromiso, pero todos la oían.
Clara respondía con educación. Sonreía cuando correspondía. Aceptaba felicitaciones veladas sin confirmarlas. Sentía el vestido sobre la piel como una prenda prestada por una vida que no deseaba.
Don Julián no bajó.
El médico alegó fatiga. Elena lamentó su ausencia con una tristeza elegante, pero Clara sospechó que, en el fondo, era mejor así para todos. Un enfermo demasiado lúcido podía decir una verdad inoportuna. Un enfermo ausente, en cambio, servía como símbolo.
A las diez menos cuarto llegó Gabriel.
No vino solo.
Marina entró con él.
El murmullo del salón cambió sin detenerse.
Gabriel llevaba traje oscuro, camisa blanca sin exceso de formalidad y una carpeta bajo el brazo.
Marina vestía de verde profundo, sobria, casi desafiante.
No parecía invitada. Parecía testigo. Elena no pudo ocultar del todo su disgusto al verla, pero caminó hacia ellos con la sonrisa de quien ha recibido enemigos en salones más difíciles.
—Gabriel —dijo—. Gracias por venir.
—Era necesario.
—Marina.
—Elena.
Ni señora Belmonte ni querida Marina. Solo los nombres, como dos piezas colocadas sobre una mesa sin mantel.
Leonardo se acercó desde el grupo donde conversaba con Santos. Clara, que estaba junto al ventanal, sintió que el aire cambiaba incluso antes de que Gabriel la mirara.
Cuando lo hizo, ella tuvo que sostenerse por dentro.
Gabriel la vio con el vestido marfil. Vio a Leonardo a unos pasos. Vio el salón, las flores, las miradas, la función entera. No dijo nada. Pero su rostro se cerró de tal manera que Clara supo que acababa de comprenderlo todo mal, o quizá demasiado bien.
Leonardo saludó con cortesía.
—Alcázar.
—Valcárcel.
—Marina —añadió Leonardo.
—Qué memoria tan útil —respondió ella.
Elena intervino rápido:
—Santos quería revisar contigo unas notas antes de hablar con todos.
Gabriel asintió.
—Estoy a su disposición.
A su disposición.
Clara sintió la frialdad de la frase. No de la familia. No de ella. De la reunión. Gabriel se protegía reduciéndose a función técnica. Era el administrador de lindes, el hombre de los planos, el colindante necesario. Nada más. Nadie más.
Pero su mirada, cuando volvió un instante a Clara, no obedeció del todo a esa reducción.
Leonardo también lo vio.