NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO V El compromiso conveniente #4
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CAPÍTULO V El compromiso conveniente #4

—A Leonardo —precisó él.

—Lo quiero.

—No he preguntado eso.

—No lo amo como se ama cuando una no sabe defenderse.

—Eso quizá es bueno.

—O quizá significa que no lo amo bastante.

Don Julián cerró los ojos.

—El amor suficiente rara vez sirve para vivir. El excesivo suele servir para morir de pie.

—¿Eso fue lo que pensaste de Gabriel?

—Pensé que te perdería.

—Me perdiste igual.

La frase quedó en la habitación con una gravedad serena.

Don Julián no se defendió.

—Cásate con Leonardo —repitió—. O al menos acepta el compromiso. Te dará tiempo.

—¿Tiempo para qué?

—Para que Gabriel entienda que no puede volver a reclamarte desde una herida. Para que tú entiendas que no puedes volver a entregarte desde la culpa. Para que esta casa no se derrumbe antes de que sepamos qué puede salvarse.

—Todo vuelve a la casa.

—Porque la casa eres tú también, aunque la odies.

Clara se levantó.

—No. Yo soy lo que intenta salir de ella.

Don Julián la miró.

—Entonces sal con alguien que sepa abrir puertas sin incendiar los muros.

—Gabriel no incendió nada.

—Todavía.

Clara se inclinó hacia él.

—¿Le tienes miedo?

Don Julián no contestó.

—¿A Gabriel?

—Le tengo miedo a lo que puede recordar.

—Eso no es miedo a Gabriel. Es miedo a ti mismo.

El enfermo cerró los ojos.

—Vete. Estoy cansado.

Clara permaneció un momento a su lado.

—Yo también.

Salió.

Elena esperaba en el pasillo.

—¿Te ha hablado?

—Sí.

—¿Y?

—Quiere que acepte a Leonardo.

Elena bajó la mirada.

—Tu padre piensa en tu bien.

Clara la observó con un cansancio casi antiguo.

—No sé si alguno de vosotros sabría reconocer mi bien si no viniera firmado por un abogado.

Bajó al salón.

Leonardo no estaba allí. Lo encontró en la biblioteca, revisando documentos junto a una lámpara. Al verla, cerró la carpeta.

—¿Cómo está tu padre?

—Manipulador incluso enfermo.

—Clara.

—Y lúcido. Las dos cosas.

Leonardo no respondió.

—Quiere que acepte tu propuesta.

—Lo imaginaba.

—Mi madre también.

—Sí.

—Tú también.

—Evidentemente.

Clara se acercó a la mesa.

—Todos queréis que diga que sí porque cada uno gana algo con mi sí.

Leonardo sostuvo su mirada.

—¿Y tú qué ganarías?

—Eso es lo que intento averiguar.

—Ganarías estabilidad.

—Ya lo has dicho.

—Defensa.

—También.

—Tiempo.

Clara se detuvo.

—Eso también lo dijo mi padre.

—Porque es verdad.

—¿Tiempo para alejarme de Gabriel?

—Tiempo para no decidir desde él.

—¿Y si acepto solo eso? ¿Tiempo?

Leonardo se levantó.

—¿Qué quieres decir?

—Que no aceptaré una boda. No ahora. No fijaré fecha. No anunciaré amor eterno. No permitiré que mi madre convierta esto en una restauración familiar ni que tú lo uses como título de propiedad moral sobre mí.

Él la escuchó sin interrumpir.

—Pero aceptaré un compromiso provisional.

Leonardo no mostró alegría. Eso habría resultado casi ofensivo. Mostró alivio, aunque contenido.

—¿Provisional?

—Sí.

—¿Qué significa exactamente?

—Significa que durante un tiempo no rechazaré públicamente la posibilidad de casarme contigo.

Significa que mi familia podrá presentar nuestra relación como seria.

Significa que tú tendrás un lugar claro en las reuniones jurídicas.

Significa que nadie podrá decir que estoy aquí arrastrada por Gabriel.

—¿Y en privado?

—En privado seguiré buscando la verdad.

—¿Con Gabriel?

—Si hace falta, sí.

Leonardo apretó la mandíbula.

—Eso hará difícil el compromiso.

—Entonces no lo aceptes.

Él caminó hasta la ventana.

—Lo aceptaré.

—¿Por qué?

—Porque prefiero una verdad incómoda contigo a una mentira cómoda lejos de ti.

Clara quiso creer esa frase.

Quiso creerla de verdad.

Pero una parte de ella, la parte que había empezado a leer los gestos de todos como documentos, advirtió que Leonardo acababa de aceptar un acuerdo desfavorable porque aún confiaba en ganar el fondo de la negociación.

—No quiero anuncio formal —dijo Clara.

—No hoy.

—No fiesta.

—No.

—No anillo.

Leonardo se volvió.

—Clara...

—No anillo.

—De acuerdo.

—Y no hablarás por mí delante de Gabriel.

—Intentaré no hacerlo.

—No. Lo harás o no lo harás.

—No lo haré.

Ella asintió.

La decisión no la alivió. La dejó vacía.

Leonardo se acercó y tomó su mano. Clara no la retiró. Tampoco la apretó.

—Gracias —dijo él.

—No me des las gracias. No sé si acabo de hacer algo justo.

—A veces basta con hacer algo posible.

Clara pensó que aquella frase definía exactamente el peligro de Leonardo: convertía lo posible en virtud antes de preguntarse si era vida.

A la mañana siguiente, Elena organizó una comida reducida “para ordenar asuntos”, según dijo.

No sería una celebración. No habría invitados ajenos.

Solo Santos, Leonardo, Clara, Elena, don Julián si el médico permitía bajarlo unos minutos, y Gabriel, convocado para firmar la recepción de nuevos planos y escuchar el estado de la solicitud notarial.

Clara comprendió demasiado tarde la maniobra.

Cuando entró en el comedor principal, Leonardo ya estaba allí.

Santos hablaba con Elena junto al aparador.

Gabriel llegó poco después, solo, sin Marina.

Vestía con sobriedad y traía una carpeta bajo el brazo.

Saludó de forma escueta. Clara percibió que evitaba mirarla demasiado, como si la frase de la víspera siguiera colocada entre los dos.

“No me fui porque dejara de quererte.”

Don Julián fue bajado en una silla de ruedas poco antes de sentarse. Su presencia transformó el ambiente. Ya no era solo una comida. Era una escena familiar con testigo patriarcal. Clara se dio cuenta de que su padre, incluso debilitado, seguía sabiendo ocupar el centro.

La comida transcurrió con una corrección insoportable.

Se habló de la notaría. De los accesos. De la finca del molino. De los plazos. Gabriel respondió con profesionalidad. Santos tomó notas. Elena sonreía lo justo. Leonardo permanecía atento, sereno, casi impecable.

Clara apenas comió.

Al final, cuando Teresa sirvió café, Elena dejó la taza sobre la mesa y dijo con suavidad:

—Hay otro asunto que queremos comunicar.

Clara levantó la cabeza.

No habían acordado eso.

Miró a Leonardo.

Él no parecía sorprendido.

Gabriel también levantó la vista.

Don Julián, desde su silla, mantenía los ojos fijos en la mesa.

Elena continuó:

—Dadas las circunstancias familiares y la necesidad de estabilidad en estos meses, Clara y Leonardo han decidido formalizar su compromiso.

El silencio fue absoluto.

Clara sintió que la sangre se le retiraba del rostro.

Leonardo se volvió hacia ella con una expresión serena, casi suplicante, como si le pidiera que no desmintiera a Elena delante de todos.

Gabriel no se movió.

No dijo nada.

Pero su rostro cambió de un modo que Clara no olvidaría jamás.

No fue sorpresa. No fue ira inmediata. Fue algo más hondo y más frío: una confirmación.

Como si en ese instante todas sus dudas de la víspera, todas las grietas abiertas por la carta, todo el peligro de creerla, quedaran sepultados bajo una evidencia brutal.

Clara Belmonte volvía a elegir el mundo de los Belmonte.

El mundo de los abogados, de las soluciones convenientes, de los compromisos útiles.

El mundo al que él nunca había pertenecido del todo.

Clara quiso hablar.

Quiso decir: no es así.

Quiso decir: es provisional.

Quiso decir: no lo he aceptado por amor.

Pero ninguna de esas frases la salvaría. Al contrario. La humillaría más. Humillaría a Leonardo. Daría a su madre otra prueba de su inestabilidad. Haría que Gabriel la viera, una vez más, como una mujer incapaz de decir la verdad en el momento exacto.

Y estaba cansada.

Tan cansada.

Leonardo tomó su mano sobre el mantel.

No con fuerza.

No con violencia.

Solo con presencia.

—Hemos preferido no hacer anuncio público todavía —dijo él—. Pero sí queríamos que las personas implicadas en esta etapa lo supieran.

Gabriel miró la mano de Leonardo sobre la de Clara.

Después miró a Clara.

Ella no retiró la mano.

Ese fue su consentimiento.

No el del corazón.

No el de la verdad.

El consentimiento agotado de una mujer rodeada por todos los caminos y sin fuerzas para abrir uno propio en mitad de la mesa.

—Entiendo —dijo Gabriel.

La palabra fue perfecta en su destrucción.

Clara sintió que algo se cerraba.

Santos murmuró una felicitación prudente. Elena sonrió con alivio apenas disimulado. Don Julián cerró los ojos. Leonardo apretó suavemente la mano de Clara. Ella siguió inmóvil.

Gabriel se levantó.

—Si no hay nada más sobre los planos, enviaré mi informe por escrito.

Elena intentó detenerlo con cortesía.

—Gabriel, no tienes por qué marcharte tan pronto.

Él la miró.

—Sí. Tengo.

Después se volvió hacia Clara.

—Señorita Belmonte.

No dijo Clara.

No dijo su nombre.

Señorita Belmonte.

La distancia volvió de golpe, más fría que el primer día.

Clara no pudo responder.

Gabriel salió del comedor.

La puerta se cerró sin ruido.

Pero esta vez no sonó como la marcha de un hombre que sabía irse.

Sonó como la retirada de alguien que acababa de castigarse por haber empezado a creer.