NO ME PIDAS QUE TE OLVIDE CAPÍTULO V El compromiso conveniente #3
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CAPÍTULO V El compromiso conveniente #3

Leonardo no contestó enseguida.

—A veces el cansancio muestra con claridad lo que la exaltación oculta.

—Esa frase es terrible.

—Es honrada.

—No. Es peligrosa.

Él se acercó más.

—Clara, no te estoy pidiendo una boda mañana. Te estoy pidiendo formalizar un compromiso. Una posición. Un horizonte. Algo que te dé suelo mientras todo lo demás se mueve.

—Un suelo contigo.

—Sí.

—Un suelo que también te coloca a ti en el centro de mis decisiones.

—Ya estoy en ellas.

—No como marido.

—No aún.

La palabra aún la hizo estremecerse.

—¿Y mis deseos?

—Tus deseos están heridos.

—¿Y por eso no cuentan?

—Cuentan. Pero no pueden mandar solos.

—¿Quién debe mandar entonces? ¿La prudencia? ¿La conveniencia? ¿Tú?

Leonardo la miró con una intensidad que por primera vez rozó la desesperación.

—No me conviertas en enemigo por no arrodillarme ante un amor que te destrozó.

—No te pido que te arrodilles.

—Pero sí que calle mientras Gabriel ocupa de nuevo un lugar que perdió por algo.

—Lo perdió porque me fui.

—Sí.

—Y quizá porque me obligaron a irme.

—Quizá. Pero se quedó con su orgullo. Tú te quedaste con la culpa. Ahora él puede presentarse como víctima y tú como deudora. ¿No ves el peligro?

Clara lo vio.

Ese era el problema. Veía el peligro. Gabriel no la había perdonado.

Su amor, si seguía vivo, venía mezclado con rabia, con daño, con reproches.

No había en él descanso. No había protección.

No había suelo. Había verdad incompleta, deseo herido, memoria quemada.

Con Gabriel, todo podía volver a romperse.

Con Leonardo, todo podía ordenarse.

Y lo que la aterraba era no saber cuál de las dos cosas era peor.

—Mi madre apoya esto —dijo Clara.

—Sí.

—Mi padre también, supongo.

Leonardo guardó silencio.

—¿Ya hablaste con él?

—Esta mañana.

Clara sintió una punzada de indignación.

—¿Antes de hablar conmigo?

—Tu padre quiso verme.

—¿Y le pediste mi mano como si estuviéramos en otra época?

—No. Le dije que quería ofrecerte una salida estable.

—Una salida.

—Sí.

—Siempre salidas. Nadie me ofrece una entrada a mi propia vida.

Leonardo bajó la voz.

—Tu padre cree que sería lo mejor.

—Mi padre creyó muchas cosas.

—También cree que yo podría protegerte de ciertos efectos de la herencia.

—Ahí está otra vez la protección.

—Porque es necesaria.

Clara empezó a caminar hacia la fuente. Leonardo la siguió.

—Dime la verdad —pidió ella—. ¿Casarme contigo facilitaría la reorganización patrimonial?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

—¿Me daría mejor posición frente a acreedores?

—En algunos aspectos, sí.

—¿Ayudaría a mi madre a presentar ante el pueblo una versión limpia de mi regreso?

Leonardo tardó un segundo más.

—Probablemente.

—¿Y dejaría a Gabriel fuera de mi vida?

—Solo si tú quieres.

—No mientas.

—Lo dificultaría.

—Gracias.

Clara se sentó en el borde de piedra de la fuente. El agua caía detrás de ella con un sonido constante, indiferente.

Leonardo permaneció de pie.

—Pero nada de eso elimina que te quiera.

—No. Y eso lo hace más difícil.

—¿Por qué?

—Porque si solo fueras ambicioso, podría rechazarte con claridad.

Si solo fueras útil para mi familia, podría despreciar la propuesta.

Pero me has ayudado. Has estado. Me conoces en mis años de silencio.

Y quizá me quieres de verdad. Solo que me quieres como quien intenta salvar una casa apuntalando las paredes sin preguntar si alguien desea seguir viviendo dentro.

Leonardo se sentó junto a ella, dejando una distancia exacta entre ambos.

—Yo no quiero encerrarte.

—Pero quieres evitar que me desordene.

—Sí.

—Y yo no sé si puedo vivir sin desordenarme antes.

Él la miró con una tristeza contenida.

—Gabriel es el desorden.

—No solo.

—¿Qué más es?

Clara no contestó.

Leonardo asintió lentamente.

—Ya veo.

—No ves todo.

—Veo lo suficiente.

—Esa es vuestra enfermedad común. Todos veis lo suficiente para decidir por mí.

—Entonces decide tú.

La frase cayó sencilla, desnuda.

Clara lo miró.

—¿Ahora?

—Sí.

—No puedes pedirme eso.

—Puedo pedirlo. No puedo obligarte.

—Pero sabes que estoy cansada.

—Sí.

—Sabes que mi padre está enfermo.

—Sí.

—Sabes que mi madre me presiona.

—Sí.

—Sabes que Gabriel me duele.

—Sí.

—Y aun así me pides que decida.

Leonardo sostuvo su mirada.

—Porque también sé que, si no decides tú, otros decidirán por ti. Quizá tu madre. Quizá la culpa. Quizá Gabriel. Quizá el miedo. Prefiero que me rechaces con conciencia a verte entregarte sin darte cuenta a algo que te destruya.

Clara cerró los ojos.

No podía odiarlo. Esa era su derrota. Leonardo no era un villano simple.

No era un hombre vulgarmente posesivo, ni un oportunista sin sentimientos, ni una sombra oscura llegada para separar a dos amantes destinados.

Era algo más peligroso: una respuesta sensata en un momento de agotamiento.

Una salida razonable. Una mano limpia. Un futuro presentable. Una vida posible sin incendios.

Y sin embargo, cuando imaginaba ese futuro, veía habitaciones ordenadas, conversaciones correctas, cenas tranquilas, documentos resueltos, viajes discretos, una cama amplia y fría donde nadie pronunciaría jamás el nombre de Gabriel. Se veía a sí misma segura. Serena quizá. Pero no viva del todo.

—No puedo prometerte amor como el que tuve por Gabriel —dijo.

Leonardo apretó ligeramente las manos.

—No te lo pido.

—Deberías.

—No quiero competir con un recuerdo deformado por la pérdida.

—No es solo recuerdo.

—Lo sé.

—Entonces sí compites.

—No. Espero.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que entiendas que no todo lo intenso es verdadero ni todo lo sereno es cobarde.

Clara abrió los ojos.

—Eso es hermoso.

—También es cierto.

—Quizá.

—Clara, formalicemos el compromiso. No fijemos fecha de boda todavía si no quieres. No haremos nada irreversible ahora. Pero permitamos que haya un marco claro. Para tu familia. Para la herencia. Para Gabriel. Para ti.

—Para Gabriel.

—Sí.

—¿Quieres que él lo sepa?

—Quiero que todos sepan desde qué lugar hablo.

—¿Y yo desde qué lugar hablaré?

Leonardo la miró.

—Desde el mío, si lo aceptas.

Clara sintió que el agua de la fuente sonaba más fuerte.

Desde el mío.

No junto a mí.

Desde el mío.

La diferencia era mínima. Y enorme.

—Necesito pensar.

—Lo sé.

—No me sigas.

—De acuerdo.

Leonardo se levantó. Antes de marcharse, dijo:

—Tu padre quiere verte. Le he dicho que hablarías con él antes de la cena.

Clara no respondió.

Leonardo volvió hacia la casa.

Ella permaneció junto a la fuente hasta que la luz empezó a apagarse.

Al subir a ver a don Julián, encontró a Elena sentada junto a la cama, como siempre. La madre se levantó al verla.

—Tu padre te espera.

—¿Para hablar conmigo o para empujarme?

Elena no contestó.

Don Julián abrió los ojos. Estaba más pálido que el día anterior, pero su mirada conservaba una lucidez incómoda.

—Déjanos solos, Elena —dijo.

La madre dudó.

—Julián...

—Déjanos.

Elena salió.

Clara se acercó a la cama.

—Leonardo ha hablado contigo.

—Sí.

—Antes que conmigo.

—Yo se lo pedí.

—Claro.

Don Julián respiró con dificultad.

—No tengo fuerzas para rodear las cosas.

—Entonces no lo hagas.

—Cásate con él.

Clara se quedó inmóvil.

—Veo que no ibas a rodearlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es el hombre que te conviene.

La palabra la golpeó por repetición.

—Esa palabra empieza a parecer una maldición familiar.

—A veces lo conveniente es lo único que queda cuando lo deseado ha hecho demasiado daño.

—¿Eso te dijiste cuando me separaste de Gabriel?

Don Julián cerró los ojos.

—No he pedido perdón por eso.

—No.

—Quizá no sé.

—Podrías intentarlo.

—No ahora.

—Siempre no ahora.

Él abrió los ojos.

—Leonardo es sólido. Inteligente. Tiene posición. Puede defenderte de lo que viene.

—¿Qué viene?

—Confusión.

—¿O verdad?

—A veces son lo mismo al principio.

Clara se sentó junto a la cama.

—Papá, ¿qué tenía que ver mi boda con la deuda de Esteban Alcázar?

Don Julián no respondió.

—Santos ha encontrado referencias.

—Santos debería medir mejor los tiempos.

—Los tiempos ya los mediste tú hace siete años.

El rostro del enfermo se contrajo. No por dolor físico, o no solo.

—Yo hice lo que creí necesario.

—Esa frase parece hereditaria.

—Porque la necesidad suele ser la única herencia real de una familia.

—¿Leíste mi carta?

Don Julián abrió los ojos.

La pregunta quedó suspendida entre la cama y la hija.

—Sí.

Clara respiró hondo.

—¿Por qué no se la diste?

—Porque si Gabriel la leía, habría venido.

—Era lo que debía hacer.

—No. Habría arruinado cualquier salida.

—¿Qué salida?

—La que te permitió marcharte.

—Yo no quería una salida. Quería una verdad.

—Querías a Gabriel.

—Sí.

—Y por eso no veías.

—¿Qué no veía?

Don Julián hizo un gesto de cansancio.

—No puedo hablar de todo.

—Entonces habla de algo.

—Esteban Alcázar y yo llevábamos años atados por deudas y garantías. Él quería regularizar a su modo. Yo al mío. La boda complicaba las cosas.

—¿Por qué?

—Porque mezclaba afectos con patrimonio.

—No. Eso lo hicisteis vosotros.

—No seas ingenua. El matrimonio también es patrimonio cuando hay familias detrás.

—Para mí no lo era.

—Para ti nada lo era, y por eso eras peligrosa.

La frase la dejó helada.

—¿Peligrosa?

—Sí. Porque eras capaz de amar sin calcular. Eso, en una familia como la nuestra, puede destruir mucho.

—O salvar algo.

Don Julián la miró con una tristeza extraña.

—No supe creer eso.

Clara sintió que el reproche se le quebraba un instante.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy demasiado cansado para creer en cosas que no puedo reparar.

—Podrías decirle a Gabriel la verdad.

—¿Cuál?

—La que sepas.

—Si empiezo, no quedará en pie nadie.

—Quizá no debe quedar en pie lo que se sostuvo mintiendo.

Don Julián cerró los ojos.

—Hablas como quien no ha tenido que sostener una casa.

—No. Hablo como quien fue encerrada dentro de ella.

Él respiró con dificultad.

—Leonardo no te encerrará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te necesita libre para que lo elijas.

—Eso no significa que me quiera libre después.

Don Julián abrió los ojos y, por primera vez, pareció mirarla no como heredera, ni como hija rebelde, ni como pieza de una reparación, sino como mujer.

—¿Lo amas?

Clara no respondió.